Inauguración de la Casa de la poesía. Coloquio Daniel Faria.

Se inaugura el dia 15 de noviembre, y abre sus puertas para todos con la presentación de un poeta tan reconocido como valorado, con miles de lectores en todo el mundo. Sus tres poemario traducidos al español han sido valorados por la critica pero sobre todo por sus lectores. Estamos hablando de Daniel Faria, poeta y  místico portugués. Novicio benedictino que murió siendo muy joven y que nos dejó una obra poética llena de personalidad y de luz.

Hombres que son como lugares mal situados,

Hombres que son como casas saqueadas

que son como sitios fuera de los mapas

como piedras arrancadas del suelo

como niños huérfanos

hombres inquietos sin brújula en la que reposar.

Unos versos que nos abren esta puerta, a una casa a la que estáis todos invitados.

 

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!OH, QUÉ BUEN DÍA HE TENIDO HOY!

Una de las cosas que mas sorprende de nuestra Santa es su espontaneidad. Era de esas personas que rápidamente decían lo que sentían, como una especie de grifo abierto de si misma. Un día de 1576, un 13 de diciembre, mandaba desde Sevilla a Toledo una carta a su padre del alma, fr. Jerónimo Gracián. Y nada mas comenzar lanza así este chorro de agua: !Oh ,qué buen día he tenido hoy, que me ha enviado el padre Mariano todas las cartas de vuestra paternidad!

Y hago mío este entusiasmo en mi caso por ella, por Teresa, por tener noticias suyas. “ha tenido mucha caridad en decirme la sustancia de las cosas que pasan. Estamos muy grandes amigos”.

Y es que vivimos en un gran día con Teresa, ahora que pasan los actos y festejos y nos quedamos solos con ella, leyendo sus cosas y nos impresionamos a cada poco con su actualidad.  Para mi lo mas sorprendente de su mensaje es su visión del hombre y cómo nos explica todo esto a base de imágenes tan bellas que tienen un valor que va mas allá de lo estético y aterrizan en la dinámica de la propia vida.

Dice Teresa que el hombre es un jardín y a mi con esta imagen ya me tiene ganada. Así me voy viendo con pozo, huerto, paraíso. Mi alma de jardinera se siente a gusto, siempre he creído que los hombres por dentro tenemos que ir trabajando mucho, para sencillamente sacar lo mejor de nosotros mismos. Para Teresa somos un campo abierto de posibilidades. No un hombre, sino todos hombres tenemos este interior, pese a nuestra vida, actitud y obras. El cultivo del alma en Teresa es abrirse a aceptar y recibir al otro, a los demás mediante la amistad, en un esfuerzo humano de cooperación. Una aventura, un nuevo reto que nace cada día en los demás, pero, y esto impresiona aún mas, Teresa ve todo como un regalo, un “don”,mas que en una conquista personal en la que nos empeñemos. Así esa preciosa expresión de dejarse hacer.

Para Teresa cada hombre es también un castillo, una Ávila amurallada por dentro. Una fortaleza habitada por un Huésped misterioso que nos habita y que hace que el cielo que vemos azul sobre las almenas, comience a estar en nuestra vida cotidiana, ese cielo en la tierra.Es un castillo interior, que a pesar de todos su tropiezos y deslealtades es capaz del Dios que lo habita, de ese Dios de las Caballerias, “ jamás nos acabamos de conocer sino conocemos a Dios”.Aparece así Teresa conectada de manera profunda con el hombre de hoy en día que gasta su dinero en libros de autoayuda, que busca un sentido a su vida, que sondea la espiritualidad de las religiones en busca de si mismo. Pero Teresa lo tiene claro, tenemos ese castillo y lamentablemente está casi siempre en guerra civil. ¡Y tenemos que aprender a vivir en las trincheras muchas veces! Es un lugar tan variado y con tantos matices como los lados de las pirámides de un diamante puesto a la luz, con tantas moradas y habitaciones donde vivir. Un castillo de cristal, donde se une la claridad y el misterio, la conciencia transparente, el reflejo del mundo, la huella de Dios en medio de cada uno.

El hombre de Teresa es también un gusano, pero no como algo asqueroso sino como un ser en transformación, porque vive bajo el calor de la gracia santificante. Se nos habla en sus escritos de muerte y de destrucción, pero también de vida y de hombre nuevo. La mariposica que nace tiene alas, inocencia, mansedumbre, belleza y libertad para poder ir sobre el mundo, atravesando barrancos, motines, noches y mares.

El hombre, todo hombre es para Teresa un amigo intimo. Su vivencia de la amistad empujó su vida y esto fue forjando su pensamiento y su reforma. Somos hombres porque tenemos la capacidad de dialogar, somos amigos porque ponemos esto en marcha a cada poco. Una amistad que requiere de intimidad, mas allá de las redes sociales, buscamos el roce, el cariño y la caricia de verdad. Sin esta intimidad, no hay crecimiento personal. Ella que reforzó la clausura haciéndola mucho mas robusta, es la persona que mas defiende la amistad y la ternura como motores del crecimiento personal. Queriéndonos en lo que somos, respetando nuestra vida y decisión. El Amigo de Teresa, en el que mirarnos, como ese ser íntimo que nos da la vida con su confianza en nosotros, que nos conoce y nos respeta. Nos abre por dentro para completarnos en verdad, liberando la ansiedad y construyendo nuestro interior en el suelo de la paz, en un deseo profundo de transcendencia.

Esta amistad es un regalo, toda amistad verdadera lo es, buscando al otro, dando siempre el primer paso, acercándonos de corazón.

Puedo así terminar con las mismas palabras de la carta a Gracián: Estamos muy grandes amigos, y me encanta recibir vuestros mails, saber de vosotros, buscar el lugar, quedar e ir así avanzando por la vida, en esta suerte de vivir en la ciudad, en el castillo. ¡Oh, qué buen día he tenido hoy, Teresa de Jesús!

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Resplandor en la hierba

 La belleza y el recuerdo

Cuando el otro día paseaba por la abadía de Burgohondo, disfrutando del paisaje y del lugar, me acordé de otra abadía por donde he estado veraneando: La Abadía de Tintern, de William Wordsworth. Unos días paseando por sus páginas, por sus versos, disfrutando de sus palabras y adjetivos. Creo que no exagero en esta comparación, los lectores entramos tanto en lo leído que desde luego tenemos la sensación de vivir ratos mas o menos largos por allí. Unos rincones, lugares, abadías por donde ya podremos volver en nuestra memoria. Y esto es uno de los mayores regalos que tenemos al leer, la larga agenda de casas y lugares, paisajes en los que vivimos sólo abriendo otra vez las páginas de un libro.

Pocas presentaciones puedo hacer de William Worsworth (1770-1850), creo que es tan conocido como admirado. Sólo unos versos de la Oda a la Inmortalidad han empujado a miles de espectadores a ir a ver la famosa película de Elia Kazán interpretada por Natalie Wood. Aquellos versos que dicen

“aunque nada pueda hacer

volver la hora del esplendor en la hierba, 

de la gloria en las flores, 

porque la belleza sólo subsiste en el recuerdo.

Worsworth es un poeta romántico inglés que tiene un sello muy especial: su intima relación con la naturaleza. El nudo entre nuestra mente y lo natural se va atando a medida que nos adentramos libres de prejuicios en todo el mar de hojas, paisajes con rocas, ríos que se desploman y puestas de sol que rompen el cielo con sus colores.  La palabra Romántico, referido a este momento cultural, es una de las mas incomprendidas y poco conocidas en su realidad. Tal y como comenta Gonzalo Torné, hay que situar su concepto lejos de desahogos sentimentales, empanadas místicas, y emociones en bruto. No, no es el Romanticismo Walt Disney, ni nada parecido.

El poeta y con él sus lectores, podemos desde su aportación poética y su mirada, estar en la naturaleza, contemplarla y escribir sobre ella desde nuestro propio mundo interior que completa lleno de belleza todo lo natural, lo que con los sentidos exteriores podemos apreciar de manera positivista. Empieza un nudo de unión entre el hombre, su interior y la naturaleza, en la que ambas partes van creciendo y lo que resulta es algo tan poético, como vital y sublime.

William definió la poesía como “un desbordamiento de sentimientos poderosos, recordados en tranquilidad”, la lectura personal en ese binomio interior que lo ata con el paisaje, la naturaleza, la belleza y la vida.

Creo que estas reflexiones, al margen de su interés poético y cultural nos vienen muy bien hoy en día. La naturaleza no es sólo algo que está ahí, para admirarla, su influjo dentro del hombre es tan grande, que sigue creciendo dentro de cada ser, en todo este mundo natural que cuando lo recordamos con tranquilidad, aparece. No es algo de fuera de la ventana, es el suelo de nuestro interior y refuerza además lo mas bello que tenemos como hombres, nuestra capacidad de recrear aumentando muchas veces la belleza natural que con el filtro de personas tan especiales como Wordsworth se refuerza.

“vivimos gracias al corazón humano

gracias a su ternura, sus alegrías y sus miedos,

y el soplo de la más humilde de las flores puede ofrecer

pensamientos que a menudo encuentro demasiado profundos para desgarrarlos.

La abadía de Wordswoth va caminando en este terreno, sembrado de grandes sentimientos batidos por vientos huracanados, los campos regados por el rio Dye.  La relación con la naturaleza surgió en Wordswoth  en su infancia y juventud, cuando recorría el campo buscando señales, siguiendo el rastro sonoro de cada palabra, de cada sentimiento, de cada impresión. La naturaleza se presenta como otro organismo que al hombre le cuestiona a cada poco, le subyuga y con él termina fundiéndose en algo mas, en ese sustrato del que se nutren los artistas, en el que viven las palabras de los poetas que hablan desde el corazón. Un corazón, el suyo, un bosque que se levanta,

Bosques jamás tocados por la muerte,

que subsistirán mientras la muerte exista.

Desde luego que hay un resplandor en la hierba, muchas veces mas fuerte en un poema que lees tranquilamente en un sillón de casa, donde la naturaleza sobre tu interior se desploma, cayendo a peso sobre ti, que impresionado fijas la mirada y con el bisturí diseccionas palabras, vas avanzando así, verso a verso. El regalo de viajar a tantos sitios, al leer con pasión, al buscar pistas en un libro.

 

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