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Cada día cuando cae la tarde, enciendo una vela de la corona de adviento de la cocina de casa, mi mirada parece que se va a otros lugares y a otros tiempos. Recuerdo al encender las cerillas el cuento navideño que mas me ha conmovido desde niña, el de la vendedora de fósforos de Hans Christian Andersen que me contaba mi madre y yo leía también en un libro ilustrado precioso que teníamos en casa.

En aquellas épocas, los niños sabíamos que los cuentos a veces eran crueles, la endulzada saga de Disney no había comenzado. Que el soldadito de plomo y su bailarina morían en una lumbre y que esta pequeña niña de largos cabellos rubios del cuento, terminaba por fallecer de frio la Nochebuena, congelada en un recodo a la intemperie entre dos casas, descalza, en la heladora Dinamarca del s. XIX.

La lectura de los cuentos de Andersen, la que se basa en los originales y no en las retocadas versiones que aparecen hoy en día, tienen algo que a mi me engancha y conmueve, hablan de la verdad. Cruda, dura y cruel pero así es la vida, y así es la verdadera Navidad para miles de personas en todo el mundo. Las imágenes de los cortes de luz y calefacción en Ucrania, usando estos recursos necesarios para la supervivencia como armas bélicas, nos vuelve otra vez a esta calle helada, y a esta pequeña niña que no puede vender sus fósforos y tiene miedo de volver a su casa, a recibir el castigo por ello, y con una pequeña cerilla encendida, puede soñar con una Navidad llena de calor, de vida familiar, con una mesa repleta de comida caliente.

Y es que la verdadera Navidad está llena de contrastes, de claroscuros. Mientras disfrutamos de reunirnos con la familia, echamos tanto de menos a los seres queridos que no están que muchas veces sentimos el corazón helado y triste. Vemos cuanta gente está sola, ancianos recluidos en sus casas, mendigos en centros de acogida o en medio de la calle muertos de frio. Familias desunidas con escenas de desencuentro en sus salones. Gente triste que no sabe el motivo pero que vive estos días como en esta calle helada, con un pequeño fosforo en su corazón para calentarse.

La vida de Andersen es tan apasionante como sus cuentos, sus poemas y novelas que le llevaron a ser una persona admirada en su época, y que salvaron a aquel niño delgaducho y alto, con una gran nariz, de vivir como esta vendedora de nuestro cuento. Con una madre mendiga, que nos recuerda a esta pequeña niña de los fósforos y un padre zapatero y ausente, que veía en los libros el mundo mágico del que escapar de la miseria, creía que su hijo sólo podría salir de esta situación vital si se educaba. Y así ocurrió, y aunque nunca tuvo una educación esmerada, fue un hombre culto y curioso, que viajó por media Europa, incluida España, pasando un frio terrible en Castilla. Él, como Dickens, relata la vida, y sus cuentos son bellos en sus descripciones porque nos introducen en un mundo real, lleno de estos claroscuros que definen la existencia.

Hoy en día se critica mucho a Andersen y a Dickens, se le da la vuelta a libros, películas e historias para que sean políticamente correctos. Para que no haya nada que pueda ser agresivo para nadie, y esto desde mi punto de vista es algo realmente hipócrita y falto de verdad. A los niños hay que tratarlos como lo que son, seres con inteligencia, y no hay que ocultarles la verdad, la muerte, el dolor, el sufrimiento, sino que hay que presentar todo esto como parte de la vida, sus claroscuros y su belleza oculta.

Cuando estos días nos juntemos en familia y  esté en la cocina preparando el menú, decorando el árbol,  poniendo el belén, me voy a acordar de esta niña, de tantos seres que como ella pasan necesidad, de tantas personas con frio y hambre, solas y enfermas y voy a encender en mi interior una cerilla, una luz de esperanza basada en mis mas profundas creencias sobre la vida que renace cada año en un niño, y que nos hace sentir que podemos construir un mundo mas justo y compasivo en el año nuevo que se inaugura estos días.

Una cerilla se enciende esta Navidad en lo mas hondo, mostrándome el cuento de mi vida, empujando mi corazón hacia delante.