El dolmen. Mi último poemario.
Planeaba el halcón
y su sombra abría raíces
que se colgaban en tu precipicio.
Había rocas en descomposición
pequeños invertebrados
y muerte rodeando todo.
La escritura poética se manifiesta en mi vida como un motor cuyo empuje me lleva a poner en palabras y ritmo aquello que no puedo no decir. Una verdadera urgencia poética es lo que me ha envuelto en la creación de este libro. Tenía que contar mi experiencia en el descubrimiento y la excavación del dolmen de Bernuy Salinero, y tenía que contarlo con estas palabras y brochazos, poesía y pigmentos de color disueltos en agua.
Una urgencia que me llega en un momento de madurez al sentir profundamente que junto con los datos que los arqueólogos sacamos y estudiamos de un lugar, está nuestra propia vida, lo que sentimos y nos revuelve las tripas. La emoción de tomar entre las manos el resto de una vasija que un hombre tuvo entre las suyas hace milenios. Esa parte que tiene que ver con nuestra espiritualidad es lo que nos define realmente como hombres. Pueblos que vivieron en esta misma tierra que compartían unas creencias que los unían y determinaban todos los rasgos de su existencia.
Una fe compartida que los armaba para poder enfrentar los momentos crueles y duros de la vida que sufrimos, como es el tránsito, el dolor por la pérdida, reforzando los lazos que nos unen en la tristeza. Porque el dolmen, “es un templo de dolor” que se asienta en un lago de desgarro que muchas veces se hiela. Un lugar donde creer, esperar, rezar, sufrir y amar. Un lugar donde los ritos unen y permiten seguir la existencia después de la pérdida de un ser que sentimos tan pegado a nosotros como nuestra propia piel.
No sabemos el nombre de esa divinidad: Dios, Ser, … Montaña, Agua, Prado cuarteado. Pero entablamos como aquellos antepasados relaciones en forma de oración y sentimos que está presente en nuestra vida. Un Dios que se manifiesta a veces terrible, poderosos, cruel. Una espiritualidad que flota en este campo nuestro tan místico, en el paso rasante de las rapaces, el olor agreste de las plantas que embalsaman el aire con su dolor, el cielo azul que a veces se rompe en hielo sobre las rocas.
Un dolmen era una montaña sagrada, donde reproducir esos viajes de la vida al mas allá, mientras entraban reptando y colocaban los restos amados en urnas cerámicas junto con aquellas cosas que determinaban su vida y posición social: collares, puntas de flecha… Un viaje sagrado que siento que aún hoy continúa por aquí en esta tierra de Teresa y Juan, en esta Ávila en la que vivimos. Una aventura vital que parece seguir dentro de mi interior, pasados ya más de treinta años de todo aquel trabajo, del descubrimiento cuando iba al campo a prospectar con mi hermano pequeño montados en una moto. De los meses de excavación cuando pasábamos tanto frío que nos poníamos papeles de periódicos como calentadores debajo del jersey. Aquellos días en los que el sol sangraba cada tarde al posarse sobre las montañas del otro lado del más allá.
Y cuando entras en este sentimiento puedes sentir una especie de hermanamiento con aquellos pueblos que cazaban en medio del frío, aquellas mujeres que parían en las rocas cortantes, en los jóvenes que empujaban grandes piedras para construir un lugar donde dejar que el dolor se pudiera posar, donde llorar a la muerte en comunidad.
Este libro más que un poemario es realmente un poema largo, un largo grito lleno de dolor y de esperanza, porque son las palabras poéticas las que tienen semillas en su interior, son las que ponen un poco de vida verde en medio de la tumba, dándonos la posibilidad de legar todo esto, pasando la mano de mi abuelo y mi padre a mi nieto recién nacido. Palabras que van componiendo una cámara donde descansar después de una estadía tortuosa y dolorosa en los corredores del horror que describe cada muerte. Es por tanto un grito que se puede recitar como un Cantar de Gesta, sentándonos en el dolmen, sintiendo que estamos allí siendo parte de lo que pasó hace milenios y que sigue rondando a nuestro alrededor como los abejorros que a veces nos rodean.
Un pequeño libro que hemos preparado para que podamos llevarlo en un bolsillo, y allí en Bernuy soltemos las palabras poéticas para ver dónde se posan, para que puedan contarnos muchas más cosas sobre nosotros mismos de lo que nunca hubiéramos podido imaginar.
Versos y pinceladas para tender ese puente con mis lectores, abriendo mi dolor al de cada uno de vosotros, sintiendo como a veces el frío construye en el vaho de nuestra respiración, castillos hechos de esperanza.
Ven y vive.
Ven y vive.
Ven y vive.
Aspirando lo agreste
de los tomillos
que en aroma de libación
ascienden.






























