LA VIDA CON PROUST.

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En medio de la campaña electoral que ya está surgiendo como los acianos en las vaguadas repletas de trigos al lado de las carreteras , siento que nuevamente esto ya lo he oído, que lo he visto, que ya me he preocupado antes, que me satura un poco. Y cojo un libro que mas que ser un libro, es el libro, aquel que los amantes de Proust siempre tenemos en la mesilla:“ En busca del tiempo perdido”. Un bloque compacto que tienes cerca y que lees de vez en cuando para sentir esa agradable sensación de que no pasa nada, que pesa mucho, que estás en casa de la Duquesa de Germantes, y que el tiempo se detiene ante ti , en su narración mientras tranquilamente aprendes cosas , hilas detalles sutiles de lo que hay y transcurre alrededor. Asmático, siempre acurrucado en un sillón parisino lleno de bellas aristócratas, crápulas, literatos y artistas hasta altas horas de la noche, dando vida a su famosa frase: “ durante mucho tiempo, me acosté temprano”, Marcel es un escritor de culto para muchos lectores , para mí al menos creo que por dos motivos muy claros. El primero y que articula la validez del segundo, es que fue por la vida en primera persona, huyendo de frecuentar “ lugares comunes”, pensamientos y frases hechas que le producían verdaderas ganas de devolver. Si bien es cierto que la luna tiene una luz blanca y que el sol muchas veces arde, y que esta observación es compartida por millones de seres de todo el mundo, es un lugar tan común que está completamente invalidado para expresarnos literariamente. Tenemos que procurar ir por otro camino, nos dice con energía, estrujar un poco las palabras, dejar que crujan para así usarlas con mayor sentido, con mas cercanía si cabe.

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El segundo motivo que impulsa a los miles de seguidores de todo el mundo a tumbarnos con él en el sofá, creo que es esa capacidad de expresión literaria minuciosa, larga, lenta y aterciopelada. Sus larguísimas frases en las que descansar un rato, como aquella de su quinto volumen con una longitud de casi cuatro metros, suficiente para poder rodear hasta diecisiete veces la base de una botella de vino, para describir un sofá y unos sillones. Y detrás de ellos dejarnos ver la personalidad de Madame Verdurin y sus invitados. Con su narración, el tiempo realmente se detiene, ese que él parece que buscaba, palabra a palabra, mientras se recreaba en cada una dotándolas de profundidad semántica y sentimental. Desde su habitación forrada de corcho, sus abrigos de piel, y sus largas convalecencias, nos muestra un modo de ver la literatura y la vida absolutamente nuevo y personal. Curiosamente él que toda su vida fue tan desdichado, con una afectividad truncada al querer siempre que lo amaran y lo acariciaran mas que lo admiraran, oculto en casa, nos fascina con sus opiniones y su postura ante la vida. Porque al menos es auténtico y tiene un pensamiento, muy enredado a veces, pero propio, dilatado, agudo y lleno de lirismo vital.

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Leer a Proust en todo momento es un placer porque si te engancha su libro este tan largo, sólo escribió uno en toda su vida, ya no vas a dejarlo nunca, y puedes a él llegarte en momentos distintos para reanudar la lectura que dejaste hace meses. Siempre estará ahí, no como un lugar común con el que repetir sus cosas , es como si te empujara a pararte un poco, frenar los días, escupir sobre los clichés fabricados, las frases usadas por otros, las ideas lamidas y usadas masivamente, y buscar honestamente cómo expresar tu propio pensamiento. Los acianos manchan las vaguadas, las amapolas rugen entre el tráfico galopante del día a día, la política llena todo de pancartas y de ideas enrolladas, con mas curvas muchas veces que la frase mas larga que un escritor francés haya escrito jamás en una novela. Y recostados en un sofá metafórico, con Proust disfrutamos de las cosas sencillas de la vida, recreándolas en palabras leídas, escritas . En palabras al menos envueltas en un abrigo nuevo.

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