Entradas

 

Cuando el verano termina y aparece el otoño con tantos días tristes y oscuros en la mirada, me gusta hacer punto con unas agujas gordas. Largas bufandas de colores que parece que me abrigan en los primeros fríos. Mas que por el calor que me dan desde un punto de vista físico, estas bufandas y estos ratos con las agujas me introducen en un mundo cálido y familiar, algo que me une con mi madre y mis abuelas, que me introduce en la historia. Con este pequeño viaje emocional, rompo el duro aspecto digital de la vida actual, donde las reuniones son a través de las pantallas de los teléfonos y las conversaciones se hacen por wattsap.

La actividad de tricotar nos adentra además hasta la prehistoria, cuando comenzaron nuestros antepasados a vestirse con las pieles de los animales mediante el uso de punzones y buriles. En actividades tribales colectivas para poder ponerse algo sobre el cuerpo. Y cómo poco a poco con el comienzo y el desarrollo de las actividades ganaderas y pastoriles, la lana de las ovejas comenzó a utilizarse, mediante largos procesos de esquileo y lavado para obtener los ovillos, usando para ello también la rueca. Desde entonces comenzó a difundirse el trabajo con la lana, siendo la rueca la actividad femenina mas sobresaliente en el ámbito familiar. Nuestra Santa Teresa sabemos que utilizaba la rueca en su celda de la Encarnación como parte del trabajo diario de la comunidad.

En el ámbito monacal, siguiendo las enseñanzas de San Benito, este tipo de trabajo manual con las lanas era idóneo para mantener el alma en la contemplación de lo eterno mientras con las manos se iban dando cuerpo a los ovillos y a los productos y prendas que de él salían en las manos de los monjes y monjas contemplativos. Este aspecto también lo recalca nuestra Santa. Al realizar estas labores manuales podemos meditar profundamente, el ritmo pausado y repetitivo es idóneo para relajarnos y entrar en unidad con lo mas hondo de nosotros mismos.

Curiosamente el trabajo con dos agujas de punto era una actividad reservada a los hombres hasta hace unos siglos. Se creó en el s. XIV el gremio de los calceteros al que para poder ingresar y formarse en sus actividades, tenían que pasar una serie de exámenes y evaluaciones durante nada menos que seis años. Para pasar el examen de maestría tenían que saber hacer una camisa, un gorro de punto cardado, un par de medias y un tapiz de distintos colores, aunque la variedad de piezas era distinta en cada región.

Ya en las ciudades medievales comenzaron a reunirse en unas determinadas calles las personas que realizaban estas labores, siendo las mujeres las que hilaban y los hombres los que sabían utilizar las agujas que tenían distintos tamaños y formas para adaptarse a cada encargo. Se reunían en el gremio para poder defender sus intereses y apoyarse en todo lo necesario, siendo muchas de las cofradías de naturaleza religiosa. Se establecían en los núcleos urbanos y obligaban a todos los que realizaban estos trabajos a regirse por un único estatuto, para controlar la actividad artesanal, evitando la competencia desleal, uniendo sus intereses para la obtención de la materia prima, la lana. Su organización era jerárquica, con maestros, aprendices que no cobrar nada en sus tres años de aprendizaje y vivían en el taller del maestro y dueño de los talleres y de los instrumentos de trabajo. En todo este panorama gremial las mujeres estaban excluidas hasta pasado el s. XVI. Ellas vivían en el campo y vendían sus productos en el mercado local.

El gremio de calceteros prosperó mucho a partir del s. XV cuando cambió la moda masculina y se sustituyeron las túnicas por otras prendas ajustadas y cortas que dejaban las piernas al descubierto y que era preciso proteger y vestir con los calcetines.

Cuando tiendo en mis manos los ovillos de lana y comienzo a mover las agujas siento esa conexión con todo esto, y me siento afortunada por momentos. Bienestar, meditación y relajación mientras voy llenando los sillones de casa de largas bufandas de colores donde recostarnos en las veladas invernales en familia. Recuerdo cómo era mi casa antes, con esas reuniones alrededor de la mesa camilla, y cómo había calor, cercanía y cariño, mientras a los niños nos ponían con las manos abiertas para ir devanando las madejas, entre conversaciones, recetas y tazas de café. Y comenzaban a aparecer los calcetines, las bufandas, los guantes y los jerséis que cada año iban creciendo en tamaño y colores, adaptando la lana a cada uno de los niños que íbamos tan orgullosos con ellos al colegio. El pasado me abraza en estas madejas que en mis manos me calientan.

 

 

Tener un amigo es tener un tesoro. Su amistad transforma nuestra vida porque sabemos que ya no estamos solos ante los problemas, las adversidades, el vértigo vital y los éxitos con su larga capa de pruebas. Sentimos su cercanía, y esto nos hace seguir con nuestro día a día de otra forma, nos entendemos, nos apoyamos, nos conocemos hasta en los detalles mas pequeños.

Teresa de Jesús era una amiga de verdad en medio de su azarosa vida llena de sobresaltos. Y hoy en día sigue siendo amiga nuestra y sobre todo maestra en estas cosas que están tan cercanas y con los mismos mimbres del amor. Maestra de amistad, de cómo estar cerca de los demás y de cómo disfrutar con ellos

Así, cuando Teresa reforma la orden del Carmelo con la fundación de San José en 1562 sabía que además de la construcción de aquel viejo caserón que habían podido conseguir con tanto esfuerzo, tenía que ir levantando otro edificio de naturaleza espiritual mucho más importante, lleno de amistad, confianza, fe y alegría para poder avanzar en la vida con determinada determinación, como un motor que impulsa todo hacia delante.

Teresa aparece en sus escritos pero sobre todo en lo que nos han contado de su vida y en sus cartas, como una maestra de vida, una amiga que pone la amistad como el cimiento de todo su pensamiento. La amistad es la que define su experiencia espiritual, y llega a definir a la oración, lo mas importante de toda su existencia, como un trato de amistad, algo que incluso hoy en día nos parece sorprendente.

Orar según nos dice Teresa, es tratar con quien sabemos nos ama. La amistad se constituye en los cimientos de su vida y de sus enseñanzas, y en esto nos enseña como una maestra.

Teresa fue una mujer muy cercana con todas las personas que estaban a su alrededor, era simpática y alegre, tenía un don de gentes, sabía tratar a todo el mundo y nos enseña cómo conseguirlo. Así podemos ir aprendiendo en sus escritos mayores, en la Vida, en el Castillo interior, en Camino de Perfeccióny en las Fundaciones, pero también en sus otros escritos más breves y sobre todo en sus cartas donde aparece su verdadero rostro humano y en lo que nos cuentan de su vida y de su manera de comportarse y de ser, recogido en los Procesos de beatificación y canonización que siguieron a su muerte.

Hay un Aviso que recogió Fray Luis de Leon  en la edición principede sus obras en 1588, que aunque hoy en día se cuestione la autoría de Teresa, recoge su enseñanza de manera tan clara que no puedo por menos que considerarlo como fruto de su puño y letra y de su propia experiencia personal, la que ha servido siempre de cimiento de todo su pensamiento: acomodarse a la complexión de aquel con quien trata en el alegre, alegre, y con el triste triste, en fin de hacerse todo a todos para ganarlos a todos.

Algo que hoy llamaríamos empatía que nuestra Santa ya ponía en funcionamiento en pleno siglo XV. Hay una expresión suya que recoge totalmente toda esta enseñanza, cuando nos dice que con un amigo, con la persona que tenemos al lado, tenemos que abajarnos, es decir que tenemos que pararnos un poco y mirar al otro y bajar hasta su propia vida, al momento que está pasando para ponernos en su piel  y así podremos entender qué le pasa, nos dolerán sus penas y nos pondrán muy alegres sus triunfos, seremos por momentos uno con él en la amistad y en el amor. Dos términos que Teresa siempre dice juntos, como unidos por las mismas fibras.

Teresa nunca habla de algo que no sea su propia experiencia, de algo que no haya vivido, y la amistad era lo que ocupaba su vida desde la infancia en la concurrida y alegre vivienda de don Alonso y doña Beatriz pegada a la muralla, donde jugaba con sus hermanos y con los niños que vivían por allí como los de la familia de Núñez de Vela. Los amigos y sus hermanos fueron lo mas importante en estos momentos infantiles de juegos y risas. Cuando siendo una niña murió su madre, se refugió tanto en sus amigos que su padre, tan preocupado por educar a sus hijos en la doctrina católica y en los valores de una familia hidalga castellana, no dudó en meter a la pequeña en un convento de agustinas. Era como una especie de internado donde la hermana María Briceño se convirtió en su maestra, en su madre y sobre todo en su primera amiga en el ámbito espiritual, mostrando a esta pequeña niña que eran estos sentimientos de amistad los que iban a formar siempre la urdimbre de toda su existencia.

Frente a su padre que aún desconfiaba de su hija que comenzaba a mostrar una inclinación hacia la vida religiosa, Teresa se apoyó en una amiga que estaba en el recién inaugurado Monasterio de la Encarnación, Juana Juárez, para ingresar en este enorme centro con cientos de monjas que vivían como en un pueblo medieval, libres  de las ligaduras familiares y dedicadas a la oración. Monjas entre las que la joven Teresa comenzó a encontrar a sus amigas, con las que hallar la fuerza para, un día después de la festividad de Todos Los Santos, entrar por las puertas del monasterio, a espaldas de su padre, que se disgustó mucho con la decisión de su hija.

La relación de Teresa con su padre, es una de las páginas más entrañables de todo su legado, cómo se fueron conociendo, y cómo Teresa fue entrando en el alma de su padre, y don Alonso en el de su hija inquieta y andariega, en un profundo amor que dio sentido a sus vidas y que  permitió a don Alonso caminar por las sendas místicas de la mano de su hija. Padre, hermanos y sobrinos que siempre estuvieron en el corazón de la Santa, intentando ayudarlos a todos soportando muchas veces las rencillas familiares y las pujas por los bienes. Entre todos sus familiares la relación de Teresa con su hermano don Lorenzo nos muestra la hondura de sus desvelos y cómo las preocupaciones englobaban también las del ámbito puramente espiritual y místico, con unas cartas bellísimas entre hermanos a las que hay que volver de vez en cuando.

Comenzó a tener amigos y amigas en Ávila, a través de las visitas que las monjas tenían que hacer a las familias que ayudaban económicamente al convento, y también en las animadas charlas en los locutorios. Teresa era muy popular y querida, su alegría y cercanía hacían a muchas personas acercarse a la reja, algo que a ella en muchas ocasiones le causaba mucha preocupación porque se alejaba de sus horas de silencio y meditación, metiendo su mundo en la vorágine de las relaciones sociales y personales. Entre ellas tenemos que recordar a su gran amiga Guiomar de Ulloa, que tanto ayudó en las licencias, en la financiación  y las obras del convento de San José y que presentó a Teresa a un fraile muy delgado y espiritual, de maneras sencillas y muy entrañable, llamado fray Pedro de Alcántara, y allí en la casa de Guiomar se hicieron muy amigos y se ayudaron profundamente a nivel espiritual conectando de inmediato y a nivel práctico también con todos los inconvenientes que tuvo Teresa que sortear toda su vida.

Amigos espirituales de la ciudad de Ávila que constituyeron, junto con sus amigas de Encarnación el germen de la reforma, en sus encuentro orantes y de amistad, donde había personalidades tan especiales y espirituales como Marí Díaz que en ese momento estaba trabajando en la casa de doña Guiomar y que es una gran mística y santa.

Así cuando se fundó San José, aquel día sofocante de agosto, con toda la ciudad de Ávila en contra de un grupito de monjas que se habían desplazado, Teresa tenía que construir lo más importante, su pensamiento recogido en papel para ayudar a sus hijas y a sus amigos a caminar por la vida: todas se han de amar, todas se han de querer.

Puso a la amistad como la piedra angular de esta nueva construcción y todo basado en su propia experiencia más íntima al encontrarse en lo hondo de su alma con el amigo, con Jesucristo, con el que trata de amistad, con el que se siente amada y con fuerzas para transmitir todo esto. La experiencia mística de Teresa es el amor, y así debemos entender a nuestra amiga y sus mensajes, yendo más allá de éxtasis y levitaciones, aterrizando en esta relación de amor y amistad que rodeaba su vida y que nos enseña a caminar.

Cuando conocía a alguien, Teresa que era una mujer muy lista y que sabía que tenía que poner en marcha este proceso de “abajamiento”, hablaba tan desde dentro  contando su propia vida sin tapujos, como hace de manera sorprendente con todos nosotros en sus escritos , que ya quedaban amigos íntimos para siempre, con personas de toda índole y situación social, desde el rey Felipe II que siempre socorrió a Teresa en sus momentos más críticos en relación con las investigaciones de la Inquisición  y en todos los vaivenes de la orden descalza y su relación con la calzada, hasta los carreteros con los que iba por los caminos embarrados de Castilla y Andalucía, sus hijas  siempre con ella pasando frío bajo las telas de la tartana, en ventas desoladas, ríos en crecida, al acecho de maleantes y de ordas de poblaciones enfurecidas por el paso de tanta monja.

La biografía de Teresa está atravesada por miles de amigos a los que ella quería de verdad, así sus cartas nos van descubriendo el trato que tenía con ellos, cómo se hablaban cuando estaban en intimidad, con su padre del alma y confesor Jerónimo Gracián, con Juan de la Cruz el otro pilar espiritual y vital de la reforma al que Teresa siempre vio en su santidad y valía humana. Con sus hijas más queridas, a las que hablaba tan en confidencias, animándolas y a veces reprendiéndolas en otro aspecto de la amistad que Teresa también maneja con autoridad, en la ayuda a mejorar diciendo las cosas que pueden cambiar nuestra manera de ser y de comportarnos, así aparecen figuras de las grandes hijas de Teresa que luego llevaron su legado por España y por Europa, cómo María de San José, Ana de Jesús, Ana de San Bartolomésu última amiga, enfermera, secretaria, sus manos y su corazón.

En estos días de fiestas desde hace años me acerco a Teresa buscándola a ella de verdad mas allá de las imágenes barrocas y la ornamentación festiva.  En ella encuentro a una amiga que me enseña sobre cómo es y cómo debería ser la verdadera amistad apareciendo al momento una carga eléctrica que recorre todo. Sobre cómo debo proceder con los demás, sobre la espiritualidad más auténtica y la materia de la que está compuesta, sobre cómo mirar a los demás y abajarme para ver, sentir y vivir. De cómo sólo se nos pide el amor y sólo el amor en nuestra vida como decía tan bellamente san Juan y cómo la amistad se nutre de la fuente más honda de nosotros mismos. Somos y damos lo que tenemos, lo que descubrimos, lo que ponemos en marcha cada día. Mi amiga Teresa, mi maestra de vida y de amor.

 

A veces en la vida encontramos personas que nos impresiona conocer. Aquellas que nos hablan en nuestro propio idioma interior, sintiendo una empatía inmediata. Mas allá de las palabras, la experiencia y la vida parece que se unen en un choque de trenes de alta velocidad, y ya nada vuelve a ser como antes. Nos reconocemos entonces con los ojos interiores, los del corazón, sintiendo que la soledad y la incomprensión que nos atenaza, comienza a volar y a marcharse como una manada de grullas sobre el horizonte.
Corría el año 1560 y en medio de un calor sofocante de agosto, en la fresca sala del palacio de Doña Guiomar de Ulloa en Ávila se conocieron Teresa de Jesús y Pedro de Alcántara. Dos personas inmersas en ese momento en un mar de emociones y expectativas. Dos personas que soñaban, cada una en su propio convento, con una vida religiosa más auténtica donde la experiencia y el amor de Dios pudiera construir un nuevo mundo, abriendo nuevas expectativas a la fe, a la caridad y al amor. Dos personas que sentían sobre sus espaldas la fiscalización social y religiosa, aunque en este momento a Pedro ya se le consideraba un verdadero santo y su opinión sobre la monja abulense Teresa era tenida en consideración.
Frente a la sintonía que Teresa sintió con Pedro al comenzar a hablar, se asentaba todo un panorama vital dominado por unos confesores que fiscalizaban sin piedad su vida, poniendo al lado de su experiencia mística la sombra del Maligno. Hombres que miraban la vida mística de las mujeres siempre bajo la censura y la crítica, en un momento en el que la Inquisición y su hoguera estaban al acecho.
La familia de Guiomar era  amiga del santo, su esposo Francisco Dávila señor de Salobralejo había estado siempre al lado de Pedro ayudándole en la fundación de un convento alcantarino en sus propiedades zamoranas de la Aldea del Palo. En este año de 1560, ya viuda, Guiomar solía preparar en su palacio reuniones con amigos espirituales donde comenzaban a dejar que el espíritu les uniera, planeando nuevos panoramas, llenando todo de entusiasmo y ánimo, queriendo transformar todo aquello que interiormente veían como caduco y viejo por nuevos aires místicos y espirituales. Era la continuación de otras conversaciones que habían empezado en la celda de Teresa de Jesús en la Encarnación, donde con amigas, parientes y otras monjas amigas, se sentaban en círculo, rezaban y pedían luz para transformar todo aquello que veían ya pasado, soñando con un cambio profundo al que luego se le dio el nombre de reforma de la orden del Carmelo.
Guiomar era para Teresa su amiga del alma, aquella que siempre estuvo a su lado, ayudándola en todo. Al hacer posible el encuentro con el santo alcantarino, puso en manos de su amiga las claves de su propia vida espiritual, porque desde ese momento Pedro se convirtió para Teresa en un aliado, el que llevaba las riendas de ese caballo desbocado que era su espíritu, tan encadenado y juzgado por tanta gente.
Teresa tenía una capacidad de percepción psicológica de las personas espectacular, algo que fue vital en toda su futura vida como fundadora, tal y como podemos ver de manera clara en todas sus cartas, donde aparece su propia personalidad y estas pinceladas psicológicas de las personas que la rodeaban están presentes. Así cuando conoció a Pedro, pudo ver su interior profundamente y describió su alma como construida a base de raíces de árboles. Una bella comparación de naturaleza poética que nos habla de la mirada contemplativa de nuestra Santa y de la personalidad enraizada y fuerte de su nuevo amigo Pedro.
Cuando te montas en el coche y te vas adentrando en el espeso bosque que conduce al Monasterio de San Pedro de Alcántara en Arenas de San Pedro, Ávila, tienes la sensación de volver a oír a Teresa hablar de las raíces de esos árboles que te dejan tan pequeño y maravillado. Las raíces de Pedro que inmortal permanece en su espíritu con nosotros. Un santo que hacía enraizar los sueños espirituales de sus amigos porque reconocía el ambiente y la niebla, las lluvias y las sequedades del bosque en el que vivía su alma. Un santo que aún hoy en día sigue llamando a miles de personas a ir a su encuentro en este bello rincón abulense y que es el santo para un pueblo que le venera, el de Arenas De San Pedro.
Subía y bajaba los puertos de Menga y del Pico andando con calores y nevadas para ir a ver y a hablar con Teresa y sus amigos, en medio de una vida ascética llena de rigor y enfermedades. Pero el ímpetu de ayudar a los demás era más grande que sus dolencias y podía dejar la camilla del Hospital de San Andrés en Mombeltrán para emprender otra caminata. Entre Pedro y Teresa construyeron nuevos panoramas espirituales, escribiendo y dando testimonios de vida y de fe que aún hoy nos conmueven, y las cartas que se mandaban llevan entre las letras escritas mucha amistad y ternura, comprensión y vida compartida que como aire sentimos que fluye entre nosotros al leerlas. Un Santo hecho de raíces y una Santa que construía castillos de cristal en el aire, viviendo aquí entre nosotros.

 

Cada año cuando la primavera comienza a desabrocharse de tanto frío, de las heladas y los vientos, y todo el campo como un mar verde va descargando toda su energía sobre nosotros, siento nostalgia del tiempo pasado. Es una mezcla curiosa de emoción por la belleza que se me regala en cada momento, en cada paseo, el aroma, la suave sensación de que todo vuelve a nacer nuevo y de vértigo porque en primavera todo lo que soñaba que iba a nacer, ya está delante de mi.

Y en los últimos años recurro a encontrarme con otros jardineros, a conversar con ellos, en las lecturas de tratados sobre jardinería, las plantas, los invernaderos y la primavera silvestre. Y acaba de llegar a mi jardín abulense un pequeño librito muy antiguo que me ha sobrecogido porque viene a decir muchas cosas que comparto profundamente sobre el concepto de los jardines y de los espacios naturales como el lugar de la espiritualidad y el alma del hombre. Lugares que nos cuentan cosas, que nos hacen sentirnos a gusto como si fuera el escenario de nuestra propia casa y que ha sido así desde la Antigüedad. Ya los griegos y los romanos se encontraban con las deidades mágicas en los bosques, fuentes y jardines , los genius loci, y allí se sentían en lugares especiales imbuidos de emoción.

El jardín perdido del islandés de origen y británico de vida, Jorn de Précy, publicado en 1912 es un libro que recoge las percepciones y opiniones de un jardinero muy especial. Nacido en Reikiavik en 1837, abandona su isla camino de Europa, visitando Roma, la Toscana y Paris, para afincarse de manera definitiva en Gran Bretaña construyendo un jardín en Greystone en Oxfordside. Fueron sus paseos de niño por los bosques de abedules de Islandia, buscando los claros de vegetación que en redondo aparecían llenos de ciclamen y otras espacies, lo que cambió su vida, y le empujó durante toda su existencia a recrear esa atmósfera llena de emoción, disfrute, creatividad, donde parece que viven las divinidades de los bosques, donde encontrarse realmente en paz.

Cuenta que cuando estaba viendo casas de campo inglesas para comprar su jardín, pedía a las personas que se lo enseñaban que le dejaran irse solo un largo rato a estar por allí, para poder dejar libre el alma del lugar y ver qué era lo que le iba diciendo. En Greystone, los largos setos podados y las gritonas y multicolores begonias dejaban, en silencio y muy al fondo, oírse el sonido de un lugar mucho más auténtico y salvaje, y se dedicó a desmontar mucho de lo construido para liberar todo del peso de tanto diseño hecho en un estudio, alejado del campo, desde donde hay que empezar siempre a construir los jardines, en un diálogo botánico y vital con todo.

El jardinero como Jorn es siempre un ser parecido a un ermitaño, que parece tener sus raíces en el suelo fértil del jardín. Amigo de otra gran paisajista inglesa Gertrude Jekyll, fue filosofando, plantando, dejándose llevar por el jardín mientras descubría en él su lado más revolucionario, lo que le llevó a entrar durante unos años en el ámbito político, para poder desarrollar una revolución social basada en el respeto y amor por lo natural, un anticipo lleno de honda filosofía de los pensamientos ecologistas actuales.
En este planteamiento de cambio social ecológico, se encontró y comenzó a trabajar con William Morris padre del movimiento Arts & Crafts , en la época de construcción de la Red House, ladrillo a ladrillo. Un foco de reivindicación de la artesanía como reducto humano frente a los excesos de la industrialización. Un movimiento con un lado estético muy bello, en los diseños textiles y de otras artesanías de Morris que hoy en día admiramos.
Propugnaba Percy, que un jardinero lo mejor que puede hacer en su jardín es no hacer nada, dejando que la naturaleza vaya mostrando su verdadero mensaje.

Mientras paseo por el camino verde de Guimorcondo, me voy sorprendiendo por la belleza del campo, los grupos de retamas salpicando unos campos reverdecientes, con el aroma de los espliegos, las pequeñas matas de armerias y silenes, las santolinas en capullos y los espinos blancos en plena explosión bajo la copa de las encinas en floración, voy recordando todo lo leído en ese pequeño librito de Jorn. Qué bello sería crear un jardín solo con estos ingredientes, para que acogiera a la ciudad y su bella muralla. Poder construir jardines acordes con los muros de los palacios renacentistas con sus huertos medicinales, con mirtos y celindas y muros llenos de madreselvas, donde se pudiera oír el silencio místico que la envuelve.

Los jardines nos hacen entrar en lugares de nuestro interior y memoria que aún están vivos, y nos abren los sentidos para recoger tanta belleza natural que se nos ofrece. Jorn, me cautiva tu discurso, como le ocurrió a Monet que visitó Greystone y puso muchos de tus pensamientos en forma de flores y nenúfares en Gyverny. Como dicen algunos de los versos-canciones de Bob Dylan que también relee tus páginas de vez en cuanto. Y volver cuando el cansancio me ataca a coger la regadera y a descansar.

Es domingo por la mañana y un montón de turistas recorren las vías del casco antiguo, en manadas van pasando por las calles, parándose ante las fachadas de los palacios y la catedral, deambulando de manera gregaria sobre el nuevo pavimento de la ciudad. Tengo esa sensación de que la Ávila que están conociendo es muy distinta de la que tengo en mi corazón. Muchos de los cambios para su adecuación a estos usos turísticos de masas están transformando de manera radical nuestra ciudad.
Cuando paseo por la nueva ciudad, que remoza la antigua, muchas veces me recorre una pena muy honda, por el paso del tiempo que todo lo transforma. Muchos de los recuerdos, sensaciones, olores, visiones de esta ciudad tan querida son ahora muy diferentes de las de antes, cuando el urbanismo no había subido la ciudad sobre un pavimento tan agresivo, cuando había tierra en los jardines y adoquines en las calles. Cuando había arboledas, rosaledas y matas de plantas aromáticas, cuando llegaba el verano y el suelo de tierra se rastrillaba y se mojaba, llenando todo de un olor que aún recuerdo, en los jardines del Recreo, del Rastro o de San Antonio.
Mi formación académica como arqueóloga me regala ese amor por la tierra y ese interés por el sustrato de aquello que pisamos, viendo tanta historia pasada que está a nuestros pies y que todavía nos quiere decir muchas cosas. Cultura propia que crea su propio corpus de conocimiento, la idiosincrasia propia que nos hace únicos.
No estoy de acuerdo con esa consideración tan generalizada de que el turismo debe ser todo en una ciudad tan bella como la nuestra. Y sobre todo no creo que tengamos que adecuarla para un turismo de masas como este.
Miro con interés y un golpe de nostalgia las fotos antiguas de la ciudad, reconociendo casas, aceras, lugares que hoy en día ya están solo en nuestro recuerdo. Y me encuentro con las imágenes de una ciudad antigua tan hermosa en su sencillez que habla de pobreza, pero también de valentía y de belleza. Las imágenes sobre todo de Ortiz-Echagüe me encantan, verdaderos cuadros vivos al estilo de López-Mezquita, Caprotti o Sorolla. No creo que se puedan criticar como se ha hecho de pintoresquismo, buscando sólo lo teatral de nuestros antepasados y de la imagen de la ciudad, creo que lo que busca, junto con los pintores que cito, es la belleza única de nuestra ciudad y de sus gentes.
Me pregunto por qué queremos adecuar nuestra ciudad al estilo de las demás, consiguiendo que se convierta todo en los pasillos de un centro comercial con temática del medievo.
Me detengo en los detalles de la ciudad, las rocas y la tierra sobre la que la muralla se levanta bella y radical, no como se ve hoy en día sobre un césped al estilo campo de golf. Tierra que en primavera reverdecía, donde le paso de las estaciones entraban en diálogo con los lienzos de murallas más bellos de Europa.
Tenemos un patrimonio increíble y único. Y la manera de conservarlo es siendo en primer lugar humildes, dejando a toda la ciudad su protagonismo frente a nuestro afán de pavimentar, levantar y socavar. Todo lo que pongamos se encontrará inmediatamente en dialéctica con una muralla espectacular, unos palacios y edificios renacentistas únicos y con un subsuelo lleno de miles de cosas y de historia que aún nos falta de conocer para reconocernos como personas y como sociedad. En este rico patrimonio, y no desde fuera es donde podemos levantar algo nuevo en nuestra ciudad, que nos aporta tanto.
Avila tiene que seguir por su propia senda, dejando que la historia, el arte y la cultura marquen el día a día. Si la dejáramos así, con la mirada puesta en su pasado tan rico, en arquitectura, bellas artes, música, mística, literatura, etnografía, podríamos mostrar a todos los que nos visiten quiene somos y podían ver el verdadero rostro y la belleza de nuestra ciudad.
Hace años teníamos la costumbre de enviar postales de nuestros viajes a la familia y los amigos, y la recolección de algunas de estas de fechas antiguas, con estas imágenes antiguas, nos muestran la ciudad bella que de los peñascos se eleva. Qué postales podemos mandar hoy de la ciudad, si parece que hemos perdido el aroma de la tierra, si el silencio se quiebra y el ruido de la nieve rancheada sobre los adoquines no nos sacan del sopor.
Vivimos en una ciudad que levanta el cielo, con su belleza, altura y patrimonio.

 

 

Cuando en estos días de guerra cruenta y salvaje en Ucrania leo que Putin utiliza a veces frases de Leo Tolstoi para intercalarlas en sus mítines, algo en mi interior se revuelve; la lectora y admiradora de la obra del gran escritor ruso parece que comienza a sufrir también en otro campo de batalla lleno de mentiras. Tostoi que era de naturaleza sensual e hipersensible, sufría mucho cuando veía a la naturaleza animal que subyace por dentro de cada hombre, saltar como un tigre sobre la conciencia personal llegando a devorarla.
El escritor de dos de las más grandes novelas de todos los tiempos, Guerra y Paz y Ana Karenina, escritas en su juventud en los primeros años de su matrimonio, dio un giro radical a su vida a los cuarenta años cuando lo ético pudo más que lo estético, y decidió sacrificar su acomodada vida familiar y su papel fulgurante como novelista, en pos de una nueva vida basada en la religiosidad y moralidad cristiana, abogando por una vida sencilla y solidaria con los demás, compasiva y abierta a todos. En 1919 se dio cuenta de que si seguía viviendo en su hacienda traicionaba su ideal de existencia. Y este pensamiento le empujó a coger un tren camino de un monasterio muriendo en un banco del andén, congelado de frío con ochenta años.

Su religión era una mezcla del Nuevo Testamento de Jesús sin la iglesia que luego los creyentes fueron creando, todo amalgamado con ideas de espiritualidad hindú. Todo lo que no fuera ético y solidario con los demás debía de tener un papel marginal en su vida, y así después del rotundo éxito de Ana Karenina, determinó sólo escribir ensayos de naturaleza ética. Algo que no fue así de rotundo, gracias a Dios, y nos ha dejado obras maravillosas posteriores como Resurrección.


Mientras las imágenes de tanto sufrimiento y muerte por esta barbarie se cuelan en mi interior y parece que no salgo de las carreteras polvorientas y nevadas que llevan a miles de personas de un lugar a otro bajo el tronar de los bombardeos y de las alarmas, me pregunto qué puede haber en el alma de un ser tan cruel como Putin, cómo es ese interior tan lleno de violencia, en qué radica el alma rusa que ha perpetrado tan grandes sufrimientos a millones de personas en una historia reciente recubierta de sangre y de violencia. Me pregunto en qué parte del legado de Tolstoi puede un tirano como Putin centrase y hacer referencia a él, que fue uno de lo impulsores junto con Gandhi y Thoureau del pensamiento de la insumisión civil y de la paz.

La novela de Resurrección termina así: ”el único medio para salvarse del terrible mal que hace sufrir a los seres humanos consiste en que la gente se reconozca siempre culpable ante Dios, y por tanto, incapaz de castigar ni de corregir a otras gentes”. Instaurando el reino de Dios en la tierra, cuyo primer mandamiento es que el hombre no debe matar, irritarse ni despreciar a sus hermanos, reconciliándose con ellos.

Tolstoi fue un buscador de la verdad, en su aspecto inmortal, una verdad esencial rusa instina algo que ha suscitado el interés de la mayoría de los escritores rusos. Me pregunto cuál es esa verdad en el alma del tirano Putin, y creo que anda muy cerca de sus más íntimos anhelos viscerales de fama, riqueza y poder, sintiéndose superior al someter a los pueblos y a las personas a sus propios mapas políticos y económicos en pos de una gran Rusia, de la que desde luego Tolstoi no puede formar parte. Putin se comporta como un zar del s.XXI, y juega a desempeñar un papel en la historia rusa como un “gran hombre”, no dándose cuenta de que va a figurar en ella como un asesino cruel.

En Guerra y Paz, Tolstoi retrata la batalla de Borodino, en 1812, entre el ejército de Napoleón Bonaparte y el ejército ruso. Allí, “millones de hombres, renunciando a sus sentimientos humanos y a su razón, tuvieron que ir a matar a los de su propia especie”. Bonaparte, como ahora pienso de Putin, creía que la historia depende de la habilidad de un hombre que se erige en su interior como un ser superior. Un gran hombre capaz de crear un nuevo escenario mundial y personal aunque tenga que sacrificar a miles de personas, sintiendo sólo su propio dolor, ajeno a los gritos y muertes ajenas.

Solamente encuentro que Putin pueda sentir sintonía con Tolstoi en las descripciones del campo ruso nevado y racheado de vientos, en la belleza de cada paisaje y en esa sensación de estar dentro de lo novelado como si un reloj literario se moviera por dentro de cada lector. Un tictac oculto, que en el lado de Putin se confunde con las bombas y los misiles que lanza cada día sobre poblaciones de madres, niños y ancianos que buscan la libertad al fin del camino polvoriento y helado. Un tictac que a Tolstoi seguro que le hace retorcerse de dolor en su tumba de Yasnaia Poliana.

 

El próximo sábado 12 de marzo estrella en Salamanca para presentar mi poemario ” Las hierbas de los regalos están blancas. Crónica poética de un agosto en llamas” en la librería Letras Corsarias. Contaré con la presentación de la gran poeta Asunción Escribano, a la que doy las gracias por acompañarme en este acto.

 

Tu libro Las hierbas.. me ha supuesto una gratísima sorpresa porque no te conocía como poeta. La edición, con tus elegantes y sencillas ilustraciones, invitan a su lectura, de la que uno no puede salir defraudado.

Me gusta tu lenguaje contenido y preciso, el silencio de naturaleza espiritual que has logrado preservar entre las palabras, elegidas una a una como esas flores con las que edificas tus universos florales. Me atrae la profunda simbología de tus palabras, a la vez sencillas y evocadoras, la elementalidad de esos conceptos, tan próximos a la naturaleza, que se nutren de toda la simbología de los textos sagrados y que, desde su humildad, adquieren toda la trascendencia de lo alto, de lo inaprensible, de lo que permanece al margen de nuestra comprensión.

La luz que abre nuestro entendimiento puede ser la misma que agosta los sembrados y las tierras de Ávila, porque es sobre la vocación del desierto sobre la que se trazan los caminos, inesperadamente fértiles, de la espiritualidad.

Me gusta mucho la valoración que de tu libro hace nuestro común amigo Álvaro Valverde. Es poesía de la compasión y del consuelo, de la amistad y del amor. Una poesía basada, como comenté yo mismo hace unos días (y que también recoge tu cita de Whitman), sobre la imagen, que es sobre la que se ha construido la mejor poesía de todos los tiempos.

Escribir desde la verdad es un riesgo en estos tiempos que corren. Es más, escribir desde la sinceridad y la honradez es sin duda un acto subversivo en medio de tanta impostura literaria. Por eso me alegra descubrir a una poeta que, ahondando en sí misma, y sin renunciar a la herencia de nuestra mejor tradición literaria, ha sido capaz de recoger lo mejor de sí misma.

Enhorabuena, amiga María Ángeles, gracias por hacerme partícipe de tu hospitalidad y de tu rico universo personal, tan próximo al mío.

 

 Y salí de mi tienda sombría

 

Parece increíble y cruel que volvamos a vivir cosas y acontecimientos históricos salvajes que parecían ya cosa del pasado, algo superado. Sentíamos que la humanidad había aprendido de sus errores mayúsculos, de tanta sangre y que no iba a transitar por un camino de violencia, muerte, guerra e invasiones. Pero este ataque bélico  de Rusia contra Ucrania, nos demuestra que todo puede volver a aparecer en las sociedades avanzadas e intercomunicadas del s. XXI.

Ivan Bunin es un autor ruso del s. XX que tuvo que salir de su país cuando comenzó Revolución Rusa, abandonando su hacienda y su carrera profesional y vital. Todo el mundo en el que vivía se desmoronó de repente con un estallido que sabemos cómo ha cambiado el panorama mundial desde entonces y todo lo que supuso en las guerras y atrocidades vividas en este siglo. Un escritor que obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1933 y que tiene, junto a su obra en prosa una producción poética muy singular que estoy en estos días leyendo.

Un escritor como él, es en el fondo de su ser, un verdadero poeta que mira la vida de forma especial, cabalgando sus sentimientos y observaciones con las palabras, buscando el sentido oculto de cada imagen, haciéndonos vivir en su mundo que va apareciendo verso a verso.

En un poema escrito en 1907, se va en imágenes a la tumba de Abraham, Isaac, Sara y Raquel en el Hebrón,  en una ancha llanada de piedra,/entre cuestas y rampas/… escuché en plena noche,/ como llanto de un niño,/ a un chacal que gritaba. Y parece que ese grito se junta en mi interior con los que las noticias nos muestran de la situación en Ucrania, donde hay lobos entre niños, y donde la población que había olvidado a sus muertos, vuelve a recorrer las cuestas empinadas llenas de pedregales, para encontrarse con ellos, reviviendo el dolor de una historia cuajada de violencia, guerra y atrocidades.

En este momento, en el que el alma de millones de personas se encuentra preocupada por todo lo que está ocurriendo y por lo que se avecina, recordando momentos que parecen similares y que fueron el desencadenante de las guerras mundiales, me pregunto cómo puede la diplomacia mundial, después de las lecciones pasadas, haber fallado de manera tan rotunda. Cómo no se pueden encerrar a los lobos en sus guaridas, al margen de los niños y de sus familias, cómo podemos estar así después de todo lo que el mundo ha sufrido hace unos años, que parecían lejanos y ahora están aquí en pie con nosotros.

Y salí de mi tienda, doliente, no sé qué buscaba… es como si toda la historia de Abraham se pusiera también de pie tomado la actualidad como escenario para desarrollarse, buscando una tierra donde vivir y donde no sufrir el ataque y la guerra. Esas largas caravanas de personas que intentan salir de la ciudad, mientras sobre Kiev y sus alrededores se oyen los bombardeos. Los miles de habitantes que buscan cobijo en los refugios subterráneos, el metro, y el miedo y la preocupación que como lobo hambriento va comiéndose por dentro el bienestar que parecía que como sociedades estábamos disfrutando.

Volver a la historia vivida nos enseña mucho de nosotros mismos y su reflexión empuja muchas veces nuestras acciones, tanto en el buen sentido, aprendiendo de los errores para superarlos, como en el negativo, intentando volver a momentos pasados que se consideran mejores en algún aspecto, olvidando el mapa completo de la situación. Este tipo de planteamientos que buscan retroceder a un tiempo de supremacía de un pueblo sobre otro, configurando un nuevo orden social, es lo que debe estar en al hoja de ruta de Putin. Volver a un mapa ya disuelto, donde países que hoy en día son soberanos, deben , en su planteamiento, volver a estar en la esfera de poder y de influencia de Rusia.

Un ataque que pilla a todo el mundo en medio de una pandemia que desangra las fuerzas tanto económicas como vitales, una pandemia que desde luego ha cambiado el panorama de poder en el mundo, en el que Rusia quiere, con estas acciones bélicas, dejar claro su papel protagonista en la esfera mundial, pasando por encima de todo, sin oír el llanto de los niños, siguiendo sólo el instinto de lobo que tras la piel de cordero, se esconde.

En la ruta de Hebron estamos ahora todos, llorando por las víctimas que no deberían estar ahí, fueron llevadas en plena noche alumbraban, inmóviles, silenciosas estrellas la tierra ancestral, olvidada… en una noche que a pesar de ser oscura y atroz presenta en su propio alumbramiento astral, tenue pero real, un atisbo de esperanza. Las estrellas siguen ahí brillando, marcando senderos de cordura, solidaridad y siguiendo el predicado de Abraham como padre de tantos creyentes en todo el mundo, de amor. Y es esto lo que puede transformar la sinrazón, cuando entre todos, al lado de las tumbas de los que se fueros antes de tiempo, mirando el firmamento, podamos ayudar a construir un panorama mas justo, humano y real.

 

 

En este comienzo de año recojo todos mis propósitos, ideas y proyectos para los meses que se avecinan y me siento tranquilamente debajo de un árbol en medio del bosque. No conozco nada que tenga, al menos para mi, mas potencia que estos momentos, sintiendo que no sólo las ramas me abrazan en el cielo que en ellas se recorta, sino que las raíces me introducen en un submundo real y lleno de energía. Nos cuentan los naturalistas como Peter Wohlleben que las raíces de los árboles de un bosque se interrelacionan formando una red tupida por la que fluye energía, y donde se comunican información sobre las amenazas y las distintas peculiaridades del momento. Así entiendo ese poder de envolvernos y de cobijo cuando nos sentamos como yo ahora, a principios de 2022 en la base de su tronco.

La niebla se va levantando como puede, quedándose enganchada a veces en las ramas de los árboles cargados de líquenes en el camino umbroso que conduce al Santuario de San Pedro de Alcántara en Arenas de San Pedro. La vista parece abrigada por la filigrana de ramas plateadas envueltas en niebla, en un espectáculo que parece salido de un cuento navideño, mostrándome árboles que parecen cantar y susurrar cosas, palabras, pensamientos y canciones, con el paso del viento.

El árbol ha fascinado a todos los hombres desde la más remota antigüedad siendo adorados como dioses, sintiendo su poder al conectar el cielo con lo mas profundo de la tierra, viendo que eran el canal que comunica el sol sanador y fuente de vida con la tierra que por él se engendra rociada de semillas. Se junta así el árbol cósmico y el árbol del conocimiento que nos conecta con el inframundo. Un árbol que nos invita a un viaje hasta lo más hondo de nosotros mismos, meditando en sus profundidades y encontrando cómo dice nuestra Santa la fuente del conocimiento de la verdad del ser y de la naturaleza amorosa del Creador. Sentados bajo sus ramas, en esta mañana de enero, cuajadas de frío y líquenes, aprendemos de manera inmediata algo sobre nosotros, el futuro que se avecina y las raíces de lo vivido.

En este mágico lugar al sur de Gredos, me encuentro con el gran amigo de Teresa, san Pedro de Alcántara, que también se sentó como yo por aquí, maravillado por las cortezas secas, retorcidas y plateadas que le recordaban su propio camino en la fe, su personalidad austera y brillante, la humildad, la pobreza en el escenario más rico en belleza natural que podamos admirar.

En todo este vértigo de comenzar un nuevo año, donde la reflexión sobre lo vivido, los logros y patinazos, las pérdidas de amigos entrañables, y el empuje hacia delante,  parece que me va enseñando, tengo esa necesidad de escribir todas estas palabras que los árboles me regalan. Poder compartirlas como parte del paisaje gélido de esta mañana, junto con los líquenes y la niebla. La palabra hace en un momento vivir lo que existía solo en mi mente, y al tomar cuerpo en el papel parece que comienza una nueva andadura en mi vida y en la de los que las van haciendo suyas.

Vivimos un tiempo muy convulso, la pandemia del COVID ha trastocado nuestra existencia y por lo menos en estos días, nada es como ha sido siempre, durante siglos. La parte más dura y cruel es la que tiene que ver con las relaciones interpersonales. Las limitaciones para encontrarnos, abrazarnos y conversar en privado, nos ha empujado a lugares virtuales, con las series, películas, y chats que nos aíslan aún más de los demás y también del entorno donde habitamos. Todo parece sacado de una pesadilla, los paseantes y peregrinos que suben al santuario andando bajo la bóveda de ramas y musgos, llevan sus mascarillas como una especie de escudo frente al aire, la brisa, los aromas del bosque. Pero el bosque ejerce incluso frente a esa armadura de las mascarillas, su influjo, dándonos paz y serenidad, conectándonos con la tierra en un paseo por nuestro pasado que nos empuja a vivir este nuevo tiempo que comienza de manera sencilla.

El bosque constituye ese lugar que los hombres hemos llamado casa desde milenios, aunque, como en algunas reformas de nuestra casa, hayamos metido la pata al elegir qué introducir, las plantaciones y las acciones que llevamos a cabo. El hombre se siente por encima de la creación, con un deseo de perfeccionarla para su propio interés económico, de disfrute, de apreciaciones vitales. Más que sentirse un ser más que vive entre sus árboles, matas y ramas, se erige como director de operaciones en medio del bosque, provocando dolor a  los habitantes, a los árboles, las plantas, con la contaminación, las talas despiadadas, el fuego devastador, la planificación de sus recursos con fines puramente económicos.

Bosques llenos de belleza, que nos enseñan lecciones de humildad y cooperación, mientas entramos en sus reinos llenos de admiración y profundo respeto. Árboles que nos regalan palabras cargadas de sosiego, belleza , paz y esperanza. Feliz año 2022