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A veces en la vida encontramos personas que nos impresiona conocer. Aquellas que nos hablan en nuestro propio idioma interior, sintiendo una empatía inmediata. Mas allá de las palabras, la experiencia y la vida parece que se unen en un choque de trenes de alta velocidad, y ya nada vuelve a ser como antes. Nos reconocemos entonces con los ojos interiores, los del corazón, sintiendo que la soledad y la incomprensión que nos atenaza, comienza a volar y a marcharse como una manada de grullas sobre el horizonte.
Corría el año 1560 y en medio de un calor sofocante de agosto, en la fresca sala del palacio de Doña Guiomar de Ulloa en Ávila se conocieron Teresa de Jesús y Pedro de Alcántara. Dos personas inmersas en ese momento en un mar de emociones y expectativas. Dos personas que soñaban, cada una en su propio convento, con una vida religiosa más auténtica donde la experiencia y el amor de Dios pudiera construir un nuevo mundo, abriendo nuevas expectativas a la fe, a la caridad y al amor. Dos personas que sentían sobre sus espaldas la fiscalización social y religiosa, aunque en este momento a Pedro ya se le consideraba un verdadero santo y su opinión sobre la monja abulense Teresa era tenida en consideración.
Frente a la sintonía que Teresa sintió con Pedro al comenzar a hablar, se asentaba todo un panorama vital dominado por unos confesores que fiscalizaban sin piedad su vida, poniendo al lado de su experiencia mística la sombra del Maligno. Hombres que miraban la vida mística de las mujeres siempre bajo la censura y la crítica, en un momento en el que la Inquisición y su hoguera estaban al acecho.
La familia de Guiomar era  amiga del santo, su esposo Francisco Dávila señor de Salobralejo había estado siempre al lado de Pedro ayudándole en la fundación de un convento alcantarino en sus propiedades zamoranas de la Aldea del Palo. En este año de 1560, ya viuda, Guiomar solía preparar en su palacio reuniones con amigos espirituales donde comenzaban a dejar que el espíritu les uniera, planeando nuevos panoramas, llenando todo de entusiasmo y ánimo, queriendo transformar todo aquello que interiormente veían como caduco y viejo por nuevos aires místicos y espirituales. Era la continuación de otras conversaciones que habían empezado en la celda de Teresa de Jesús en la Encarnación, donde con amigas, parientes y otras monjas amigas, se sentaban en círculo, rezaban y pedían luz para transformar todo aquello que veían ya pasado, soñando con un cambio profundo al que luego se le dio el nombre de reforma de la orden del Carmelo.
Guiomar era para Teresa su amiga del alma, aquella que siempre estuvo a su lado, ayudándola en todo. Al hacer posible el encuentro con el santo alcantarino, puso en manos de su amiga las claves de su propia vida espiritual, porque desde ese momento Pedro se convirtió para Teresa en un aliado, el que llevaba las riendas de ese caballo desbocado que era su espíritu, tan encadenado y juzgado por tanta gente.
Teresa tenía una capacidad de percepción psicológica de las personas espectacular, algo que fue vital en toda su futura vida como fundadora, tal y como podemos ver de manera clara en todas sus cartas, donde aparece su propia personalidad y estas pinceladas psicológicas de las personas que la rodeaban están presentes. Así cuando conoció a Pedro, pudo ver su interior profundamente y describió su alma como construida a base de raíces de árboles. Una bella comparación de naturaleza poética que nos habla de la mirada contemplativa de nuestra Santa y de la personalidad enraizada y fuerte de su nuevo amigo Pedro.
Cuando te montas en el coche y te vas adentrando en el espeso bosque que conduce al Monasterio de San Pedro de Alcántara en Arenas de San Pedro, Ávila, tienes la sensación de volver a oír a Teresa hablar de las raíces de esos árboles que te dejan tan pequeño y maravillado. Las raíces de Pedro que inmortal permanece en su espíritu con nosotros. Un santo que hacía enraizar los sueños espirituales de sus amigos porque reconocía el ambiente y la niebla, las lluvias y las sequedades del bosque en el que vivía su alma. Un santo que aún hoy en día sigue llamando a miles de personas a ir a su encuentro en este bello rincón abulense y que es el santo para un pueblo que le venera, el de Arenas De San Pedro.
Subía y bajaba los puertos de Menga y del Pico andando con calores y nevadas para ir a ver y a hablar con Teresa y sus amigos, en medio de una vida ascética llena de rigor y enfermedades. Pero el ímpetu de ayudar a los demás era más grande que sus dolencias y podía dejar la camilla del Hospital de San Andrés en Mombeltrán para emprender otra caminata. Entre Pedro y Teresa construyeron nuevos panoramas espirituales, escribiendo y dando testimonios de vida y de fe que aún hoy nos conmueven, y las cartas que se mandaban llevan entre las letras escritas mucha amistad y ternura, comprensión y vida compartida que como aire sentimos que fluye entre nosotros al leerlas. Un Santo hecho de raíces y una Santa que construía castillos de cristal en el aire, viviendo aquí entre nosotros.

 

Cada año cuando la primavera comienza a desabrocharse de tanto frío, de las heladas y los vientos, y todo el campo como un mar verde va descargando toda su energía sobre nosotros, siento nostalgia del tiempo pasado. Es una mezcla curiosa de emoción por la belleza que se me regala en cada momento, en cada paseo, el aroma, la suave sensación de que todo vuelve a nacer nuevo y de vértigo porque en primavera todo lo que soñaba que iba a nacer, ya está delante de mi.

Y en los últimos años recurro a encontrarme con otros jardineros, a conversar con ellos, en las lecturas de tratados sobre jardinería, las plantas, los invernaderos y la primavera silvestre. Y acaba de llegar a mi jardín abulense un pequeño librito muy antiguo que me ha sobrecogido porque viene a decir muchas cosas que comparto profundamente sobre el concepto de los jardines y de los espacios naturales como el lugar de la espiritualidad y el alma del hombre. Lugares que nos cuentan cosas, que nos hacen sentirnos a gusto como si fuera el escenario de nuestra propia casa y que ha sido así desde la Antigüedad. Ya los griegos y los romanos se encontraban con las deidades mágicas en los bosques, fuentes y jardines , los genius loci, y allí se sentían en lugares especiales imbuidos de emoción.

El jardín perdido del islandés de origen y británico de vida, Jorn de Précy, publicado en 1912 es un libro que recoge las percepciones y opiniones de un jardinero muy especial. Nacido en Reikiavik en 1837, abandona su isla camino de Europa, visitando Roma, la Toscana y Paris, para afincarse de manera definitiva en Gran Bretaña construyendo un jardín en Greystone en Oxfordside. Fueron sus paseos de niño por los bosques de abedules de Islandia, buscando los claros de vegetación que en redondo aparecían llenos de ciclamen y otras espacies, lo que cambió su vida, y le empujó durante toda su existencia a recrear esa atmósfera llena de emoción, disfrute, creatividad, donde parece que viven las divinidades de los bosques, donde encontrarse realmente en paz.

Cuenta que cuando estaba viendo casas de campo inglesas para comprar su jardín, pedía a las personas que se lo enseñaban que le dejaran irse solo un largo rato a estar por allí, para poder dejar libre el alma del lugar y ver qué era lo que le iba diciendo. En Greystone, los largos setos podados y las gritonas y multicolores begonias dejaban, en silencio y muy al fondo, oírse el sonido de un lugar mucho más auténtico y salvaje, y se dedicó a desmontar mucho de lo construido para liberar todo del peso de tanto diseño hecho en un estudio, alejado del campo, desde donde hay que empezar siempre a construir los jardines, en un diálogo botánico y vital con todo.

El jardinero como Jorn es siempre un ser parecido a un ermitaño, que parece tener sus raíces en el suelo fértil del jardín. Amigo de otra gran paisajista inglesa Gertrude Jekyll, fue filosofando, plantando, dejándose llevar por el jardín mientras descubría en él su lado más revolucionario, lo que le llevó a entrar durante unos años en el ámbito político, para poder desarrollar una revolución social basada en el respeto y amor por lo natural, un anticipo lleno de honda filosofía de los pensamientos ecologistas actuales.
En este planteamiento de cambio social ecológico, se encontró y comenzó a trabajar con William Morris padre del movimiento Arts & Crafts , en la época de construcción de la Red House, ladrillo a ladrillo. Un foco de reivindicación de la artesanía como reducto humano frente a los excesos de la industrialización. Un movimiento con un lado estético muy bello, en los diseños textiles y de otras artesanías de Morris que hoy en día admiramos.
Propugnaba Percy, que un jardinero lo mejor que puede hacer en su jardín es no hacer nada, dejando que la naturaleza vaya mostrando su verdadero mensaje.

Mientras paseo por el camino verde de Guimorcondo, me voy sorprendiendo por la belleza del campo, los grupos de retamas salpicando unos campos reverdecientes, con el aroma de los espliegos, las pequeñas matas de armerias y silenes, las santolinas en capullos y los espinos blancos en plena explosión bajo la copa de las encinas en floración, voy recordando todo lo leído en ese pequeño librito de Jorn. Qué bello sería crear un jardín solo con estos ingredientes, para que acogiera a la ciudad y su bella muralla. Poder construir jardines acordes con los muros de los palacios renacentistas con sus huertos medicinales, con mirtos y celindas y muros llenos de madreselvas, donde se pudiera oír el silencio místico que la envuelve.

Los jardines nos hacen entrar en lugares de nuestro interior y memoria que aún están vivos, y nos abren los sentidos para recoger tanta belleza natural que se nos ofrece. Jorn, me cautiva tu discurso, como le ocurrió a Monet que visitó Greystone y puso muchos de tus pensamientos en forma de flores y nenúfares en Gyverny. Como dicen algunos de los versos-canciones de Bob Dylan que también relee tus páginas de vez en cuanto. Y volver cuando el cansancio me ataca a coger la regadera y a descansar.

Es domingo por la mañana y un montón de turistas recorren las vías del casco antiguo, en manadas van pasando por las calles, parándose ante las fachadas de los palacios y la catedral, deambulando de manera gregaria sobre el nuevo pavimento de la ciudad. Tengo esa sensación de que la Ávila que están conociendo es muy distinta de la que tengo en mi corazón. Muchos de los cambios para su adecuación a estos usos turísticos de masas están transformando de manera radical nuestra ciudad.
Cuando paseo por la nueva ciudad, que remoza la antigua, muchas veces me recorre una pena muy honda, por el paso del tiempo que todo lo transforma. Muchos de los recuerdos, sensaciones, olores, visiones de esta ciudad tan querida son ahora muy diferentes de las de antes, cuando el urbanismo no había subido la ciudad sobre un pavimento tan agresivo, cuando había tierra en los jardines y adoquines en las calles. Cuando había arboledas, rosaledas y matas de plantas aromáticas, cuando llegaba el verano y el suelo de tierra se rastrillaba y se mojaba, llenando todo de un olor que aún recuerdo, en los jardines del Recreo, del Rastro o de San Antonio.
Mi formación académica como arqueóloga me regala ese amor por la tierra y ese interés por el sustrato de aquello que pisamos, viendo tanta historia pasada que está a nuestros pies y que todavía nos quiere decir muchas cosas. Cultura propia que crea su propio corpus de conocimiento, la idiosincrasia propia que nos hace únicos.
No estoy de acuerdo con esa consideración tan generalizada de que el turismo debe ser todo en una ciudad tan bella como la nuestra. Y sobre todo no creo que tengamos que adecuarla para un turismo de masas como este.
Miro con interés y un golpe de nostalgia las fotos antiguas de la ciudad, reconociendo casas, aceras, lugares que hoy en día ya están solo en nuestro recuerdo. Y me encuentro con las imágenes de una ciudad antigua tan hermosa en su sencillez que habla de pobreza, pero también de valentía y de belleza. Las imágenes sobre todo de Ortiz-Echagüe me encantan, verdaderos cuadros vivos al estilo de López-Mezquita, Caprotti o Sorolla. No creo que se puedan criticar como se ha hecho de pintoresquismo, buscando sólo lo teatral de nuestros antepasados y de la imagen de la ciudad, creo que lo que busca, junto con los pintores que cito, es la belleza única de nuestra ciudad y de sus gentes.
Me pregunto por qué queremos adecuar nuestra ciudad al estilo de las demás, consiguiendo que se convierta todo en los pasillos de un centro comercial con temática del medievo.
Me detengo en los detalles de la ciudad, las rocas y la tierra sobre la que la muralla se levanta bella y radical, no como se ve hoy en día sobre un césped al estilo campo de golf. Tierra que en primavera reverdecía, donde le paso de las estaciones entraban en diálogo con los lienzos de murallas más bellos de Europa.
Tenemos un patrimonio increíble y único. Y la manera de conservarlo es siendo en primer lugar humildes, dejando a toda la ciudad su protagonismo frente a nuestro afán de pavimentar, levantar y socavar. Todo lo que pongamos se encontrará inmediatamente en dialéctica con una muralla espectacular, unos palacios y edificios renacentistas únicos y con un subsuelo lleno de miles de cosas y de historia que aún nos falta de conocer para reconocernos como personas y como sociedad. En este rico patrimonio, y no desde fuera es donde podemos levantar algo nuevo en nuestra ciudad, que nos aporta tanto.
Avila tiene que seguir por su propia senda, dejando que la historia, el arte y la cultura marquen el día a día. Si la dejáramos así, con la mirada puesta en su pasado tan rico, en arquitectura, bellas artes, música, mística, literatura, etnografía, podríamos mostrar a todos los que nos visiten quiene somos y podían ver el verdadero rostro y la belleza de nuestra ciudad.
Hace años teníamos la costumbre de enviar postales de nuestros viajes a la familia y los amigos, y la recolección de algunas de estas de fechas antiguas, con estas imágenes antiguas, nos muestran la ciudad bella que de los peñascos se eleva. Qué postales podemos mandar hoy de la ciudad, si parece que hemos perdido el aroma de la tierra, si el silencio se quiebra y el ruido de la nieve rancheada sobre los adoquines no nos sacan del sopor.
Vivimos en una ciudad que levanta el cielo, con su belleza, altura y patrimonio.

 

 

Cuando en estos días de guerra cruenta y salvaje en Ucrania leo que Putin utiliza a veces frases de Leo Tolstoi para intercalarlas en sus mítines, algo en mi interior se revuelve; la lectora y admiradora de la obra del gran escritor ruso parece que comienza a sufrir también en otro campo de batalla lleno de mentiras. Tostoi que era de naturaleza sensual e hipersensible, sufría mucho cuando veía a la naturaleza animal que subyace por dentro de cada hombre, saltar como un tigre sobre la conciencia personal llegando a devorarla.
El escritor de dos de las más grandes novelas de todos los tiempos, Guerra y Paz y Ana Karenina, escritas en su juventud en los primeros años de su matrimonio, dio un giro radical a su vida a los cuarenta años cuando lo ético pudo más que lo estético, y decidió sacrificar su acomodada vida familiar y su papel fulgurante como novelista, en pos de una nueva vida basada en la religiosidad y moralidad cristiana, abogando por una vida sencilla y solidaria con los demás, compasiva y abierta a todos. En 1919 se dio cuenta de que si seguía viviendo en su hacienda traicionaba su ideal de existencia. Y este pensamiento le empujó a coger un tren camino de un monasterio muriendo en un banco del andén, congelado de frío con ochenta años.

Su religión era una mezcla del Nuevo Testamento de Jesús sin la iglesia que luego los creyentes fueron creando, todo amalgamado con ideas de espiritualidad hindú. Todo lo que no fuera ético y solidario con los demás debía de tener un papel marginal en su vida, y así después del rotundo éxito de Ana Karenina, determinó sólo escribir ensayos de naturaleza ética. Algo que no fue así de rotundo, gracias a Dios, y nos ha dejado obras maravillosas posteriores como Resurrección.


Mientras las imágenes de tanto sufrimiento y muerte por esta barbarie se cuelan en mi interior y parece que no salgo de las carreteras polvorientas y nevadas que llevan a miles de personas de un lugar a otro bajo el tronar de los bombardeos y de las alarmas, me pregunto qué puede haber en el alma de un ser tan cruel como Putin, cómo es ese interior tan lleno de violencia, en qué radica el alma rusa que ha perpetrado tan grandes sufrimientos a millones de personas en una historia reciente recubierta de sangre y de violencia. Me pregunto en qué parte del legado de Tolstoi puede un tirano como Putin centrase y hacer referencia a él, que fue uno de lo impulsores junto con Gandhi y Thoureau del pensamiento de la insumisión civil y de la paz.

La novela de Resurrección termina así: ”el único medio para salvarse del terrible mal que hace sufrir a los seres humanos consiste en que la gente se reconozca siempre culpable ante Dios, y por tanto, incapaz de castigar ni de corregir a otras gentes”. Instaurando el reino de Dios en la tierra, cuyo primer mandamiento es que el hombre no debe matar, irritarse ni despreciar a sus hermanos, reconciliándose con ellos.

Tolstoi fue un buscador de la verdad, en su aspecto inmortal, una verdad esencial rusa instina algo que ha suscitado el interés de la mayoría de los escritores rusos. Me pregunto cuál es esa verdad en el alma del tirano Putin, y creo que anda muy cerca de sus más íntimos anhelos viscerales de fama, riqueza y poder, sintiéndose superior al someter a los pueblos y a las personas a sus propios mapas políticos y económicos en pos de una gran Rusia, de la que desde luego Tolstoi no puede formar parte. Putin se comporta como un zar del s.XXI, y juega a desempeñar un papel en la historia rusa como un “gran hombre”, no dándose cuenta de que va a figurar en ella como un asesino cruel.

En Guerra y Paz, Tolstoi retrata la batalla de Borodino, en 1812, entre el ejército de Napoleón Bonaparte y el ejército ruso. Allí, “millones de hombres, renunciando a sus sentimientos humanos y a su razón, tuvieron que ir a matar a los de su propia especie”. Bonaparte, como ahora pienso de Putin, creía que la historia depende de la habilidad de un hombre que se erige en su interior como un ser superior. Un gran hombre capaz de crear un nuevo escenario mundial y personal aunque tenga que sacrificar a miles de personas, sintiendo sólo su propio dolor, ajeno a los gritos y muertes ajenas.

Solamente encuentro que Putin pueda sentir sintonía con Tolstoi en las descripciones del campo ruso nevado y racheado de vientos, en la belleza de cada paisaje y en esa sensación de estar dentro de lo novelado como si un reloj literario se moviera por dentro de cada lector. Un tictac oculto, que en el lado de Putin se confunde con las bombas y los misiles que lanza cada día sobre poblaciones de madres, niños y ancianos que buscan la libertad al fin del camino polvoriento y helado. Un tictac que a Tolstoi seguro que le hace retorcerse de dolor en su tumba de Yasnaia Poliana.

 

El próximo sábado 12 de marzo estrella en Salamanca para presentar mi poemario ” Las hierbas de los regalos están blancas. Crónica poética de un agosto en llamas” en la librería Letras Corsarias. Contaré con la presentación de la gran poeta Asunción Escribano, a la que doy las gracias por acompañarme en este acto.

 

Tu libro Las hierbas.. me ha supuesto una gratísima sorpresa porque no te conocía como poeta. La edición, con tus elegantes y sencillas ilustraciones, invitan a su lectura, de la que uno no puede salir defraudado.

Me gusta tu lenguaje contenido y preciso, el silencio de naturaleza espiritual que has logrado preservar entre las palabras, elegidas una a una como esas flores con las que edificas tus universos florales. Me atrae la profunda simbología de tus palabras, a la vez sencillas y evocadoras, la elementalidad de esos conceptos, tan próximos a la naturaleza, que se nutren de toda la simbología de los textos sagrados y que, desde su humildad, adquieren toda la trascendencia de lo alto, de lo inaprensible, de lo que permanece al margen de nuestra comprensión.

La luz que abre nuestro entendimiento puede ser la misma que agosta los sembrados y las tierras de Ávila, porque es sobre la vocación del desierto sobre la que se trazan los caminos, inesperadamente fértiles, de la espiritualidad.

Me gusta mucho la valoración que de tu libro hace nuestro común amigo Álvaro Valverde. Es poesía de la compasión y del consuelo, de la amistad y del amor. Una poesía basada, como comenté yo mismo hace unos días (y que también recoge tu cita de Whitman), sobre la imagen, que es sobre la que se ha construido la mejor poesía de todos los tiempos.

Escribir desde la verdad es un riesgo en estos tiempos que corren. Es más, escribir desde la sinceridad y la honradez es sin duda un acto subversivo en medio de tanta impostura literaria. Por eso me alegra descubrir a una poeta que, ahondando en sí misma, y sin renunciar a la herencia de nuestra mejor tradición literaria, ha sido capaz de recoger lo mejor de sí misma.

Enhorabuena, amiga María Ángeles, gracias por hacerme partícipe de tu hospitalidad y de tu rico universo personal, tan próximo al mío.

 

 Y salí de mi tienda sombría

 

Parece increíble y cruel que volvamos a vivir cosas y acontecimientos históricos salvajes que parecían ya cosa del pasado, algo superado. Sentíamos que la humanidad había aprendido de sus errores mayúsculos, de tanta sangre y que no iba a transitar por un camino de violencia, muerte, guerra e invasiones. Pero este ataque bélico  de Rusia contra Ucrania, nos demuestra que todo puede volver a aparecer en las sociedades avanzadas e intercomunicadas del s. XXI.

Ivan Bunin es un autor ruso del s. XX que tuvo que salir de su país cuando comenzó Revolución Rusa, abandonando su hacienda y su carrera profesional y vital. Todo el mundo en el que vivía se desmoronó de repente con un estallido que sabemos cómo ha cambiado el panorama mundial desde entonces y todo lo que supuso en las guerras y atrocidades vividas en este siglo. Un escritor que obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1933 y que tiene, junto a su obra en prosa una producción poética muy singular que estoy en estos días leyendo.

Un escritor como él, es en el fondo de su ser, un verdadero poeta que mira la vida de forma especial, cabalgando sus sentimientos y observaciones con las palabras, buscando el sentido oculto de cada imagen, haciéndonos vivir en su mundo que va apareciendo verso a verso.

En un poema escrito en 1907, se va en imágenes a la tumba de Abraham, Isaac, Sara y Raquel en el Hebrón,  en una ancha llanada de piedra,/entre cuestas y rampas/… escuché en plena noche,/ como llanto de un niño,/ a un chacal que gritaba. Y parece que ese grito se junta en mi interior con los que las noticias nos muestran de la situación en Ucrania, donde hay lobos entre niños, y donde la población que había olvidado a sus muertos, vuelve a recorrer las cuestas empinadas llenas de pedregales, para encontrarse con ellos, reviviendo el dolor de una historia cuajada de violencia, guerra y atrocidades.

En este momento, en el que el alma de millones de personas se encuentra preocupada por todo lo que está ocurriendo y por lo que se avecina, recordando momentos que parecen similares y que fueron el desencadenante de las guerras mundiales, me pregunto cómo puede la diplomacia mundial, después de las lecciones pasadas, haber fallado de manera tan rotunda. Cómo no se pueden encerrar a los lobos en sus guaridas, al margen de los niños y de sus familias, cómo podemos estar así después de todo lo que el mundo ha sufrido hace unos años, que parecían lejanos y ahora están aquí en pie con nosotros.

Y salí de mi tienda, doliente, no sé qué buscaba… es como si toda la historia de Abraham se pusiera también de pie tomado la actualidad como escenario para desarrollarse, buscando una tierra donde vivir y donde no sufrir el ataque y la guerra. Esas largas caravanas de personas que intentan salir de la ciudad, mientras sobre Kiev y sus alrededores se oyen los bombardeos. Los miles de habitantes que buscan cobijo en los refugios subterráneos, el metro, y el miedo y la preocupación que como lobo hambriento va comiéndose por dentro el bienestar que parecía que como sociedades estábamos disfrutando.

Volver a la historia vivida nos enseña mucho de nosotros mismos y su reflexión empuja muchas veces nuestras acciones, tanto en el buen sentido, aprendiendo de los errores para superarlos, como en el negativo, intentando volver a momentos pasados que se consideran mejores en algún aspecto, olvidando el mapa completo de la situación. Este tipo de planteamientos que buscan retroceder a un tiempo de supremacía de un pueblo sobre otro, configurando un nuevo orden social, es lo que debe estar en al hoja de ruta de Putin. Volver a un mapa ya disuelto, donde países que hoy en día son soberanos, deben , en su planteamiento, volver a estar en la esfera de poder y de influencia de Rusia.

Un ataque que pilla a todo el mundo en medio de una pandemia que desangra las fuerzas tanto económicas como vitales, una pandemia que desde luego ha cambiado el panorama de poder en el mundo, en el que Rusia quiere, con estas acciones bélicas, dejar claro su papel protagonista en la esfera mundial, pasando por encima de todo, sin oír el llanto de los niños, siguiendo sólo el instinto de lobo que tras la piel de cordero, se esconde.

En la ruta de Hebron estamos ahora todos, llorando por las víctimas que no deberían estar ahí, fueron llevadas en plena noche alumbraban, inmóviles, silenciosas estrellas la tierra ancestral, olvidada… en una noche que a pesar de ser oscura y atroz presenta en su propio alumbramiento astral, tenue pero real, un atisbo de esperanza. Las estrellas siguen ahí brillando, marcando senderos de cordura, solidaridad y siguiendo el predicado de Abraham como padre de tantos creyentes en todo el mundo, de amor. Y es esto lo que puede transformar la sinrazón, cuando entre todos, al lado de las tumbas de los que se fueros antes de tiempo, mirando el firmamento, podamos ayudar a construir un panorama mas justo, humano y real.

 

 

En este comienzo de año recojo todos mis propósitos, ideas y proyectos para los meses que se avecinan y me siento tranquilamente debajo de un árbol en medio del bosque. No conozco nada que tenga, al menos para mi, mas potencia que estos momentos, sintiendo que no sólo las ramas me abrazan en el cielo que en ellas se recorta, sino que las raíces me introducen en un submundo real y lleno de energía. Nos cuentan los naturalistas como Peter Wohlleben que las raíces de los árboles de un bosque se interrelacionan formando una red tupida por la que fluye energía, y donde se comunican información sobre las amenazas y las distintas peculiaridades del momento. Así entiendo ese poder de envolvernos y de cobijo cuando nos sentamos como yo ahora, a principios de 2022 en la base de su tronco.

La niebla se va levantando como puede, quedándose enganchada a veces en las ramas de los árboles cargados de líquenes en el camino umbroso que conduce al Santuario de San Pedro de Alcántara en Arenas de San Pedro. La vista parece abrigada por la filigrana de ramas plateadas envueltas en niebla, en un espectáculo que parece salido de un cuento navideño, mostrándome árboles que parecen cantar y susurrar cosas, palabras, pensamientos y canciones, con el paso del viento.

El árbol ha fascinado a todos los hombres desde la más remota antigüedad siendo adorados como dioses, sintiendo su poder al conectar el cielo con lo mas profundo de la tierra, viendo que eran el canal que comunica el sol sanador y fuente de vida con la tierra que por él se engendra rociada de semillas. Se junta así el árbol cósmico y el árbol del conocimiento que nos conecta con el inframundo. Un árbol que nos invita a un viaje hasta lo más hondo de nosotros mismos, meditando en sus profundidades y encontrando cómo dice nuestra Santa la fuente del conocimiento de la verdad del ser y de la naturaleza amorosa del Creador. Sentados bajo sus ramas, en esta mañana de enero, cuajadas de frío y líquenes, aprendemos de manera inmediata algo sobre nosotros, el futuro que se avecina y las raíces de lo vivido.

En este mágico lugar al sur de Gredos, me encuentro con el gran amigo de Teresa, san Pedro de Alcántara, que también se sentó como yo por aquí, maravillado por las cortezas secas, retorcidas y plateadas que le recordaban su propio camino en la fe, su personalidad austera y brillante, la humildad, la pobreza en el escenario más rico en belleza natural que podamos admirar.

En todo este vértigo de comenzar un nuevo año, donde la reflexión sobre lo vivido, los logros y patinazos, las pérdidas de amigos entrañables, y el empuje hacia delante,  parece que me va enseñando, tengo esa necesidad de escribir todas estas palabras que los árboles me regalan. Poder compartirlas como parte del paisaje gélido de esta mañana, junto con los líquenes y la niebla. La palabra hace en un momento vivir lo que existía solo en mi mente, y al tomar cuerpo en el papel parece que comienza una nueva andadura en mi vida y en la de los que las van haciendo suyas.

Vivimos un tiempo muy convulso, la pandemia del COVID ha trastocado nuestra existencia y por lo menos en estos días, nada es como ha sido siempre, durante siglos. La parte más dura y cruel es la que tiene que ver con las relaciones interpersonales. Las limitaciones para encontrarnos, abrazarnos y conversar en privado, nos ha empujado a lugares virtuales, con las series, películas, y chats que nos aíslan aún más de los demás y también del entorno donde habitamos. Todo parece sacado de una pesadilla, los paseantes y peregrinos que suben al santuario andando bajo la bóveda de ramas y musgos, llevan sus mascarillas como una especie de escudo frente al aire, la brisa, los aromas del bosque. Pero el bosque ejerce incluso frente a esa armadura de las mascarillas, su influjo, dándonos paz y serenidad, conectándonos con la tierra en un paseo por nuestro pasado que nos empuja a vivir este nuevo tiempo que comienza de manera sencilla.

El bosque constituye ese lugar que los hombres hemos llamado casa desde milenios, aunque, como en algunas reformas de nuestra casa, hayamos metido la pata al elegir qué introducir, las plantaciones y las acciones que llevamos a cabo. El hombre se siente por encima de la creación, con un deseo de perfeccionarla para su propio interés económico, de disfrute, de apreciaciones vitales. Más que sentirse un ser más que vive entre sus árboles, matas y ramas, se erige como director de operaciones en medio del bosque, provocando dolor a  los habitantes, a los árboles, las plantas, con la contaminación, las talas despiadadas, el fuego devastador, la planificación de sus recursos con fines puramente económicos.

Bosques llenos de belleza, que nos enseñan lecciones de humildad y cooperación, mientas entramos en sus reinos llenos de admiración y profundo respeto. Árboles que nos regalan palabras cargadas de sosiego, belleza , paz y esperanza. Feliz año 2022

 

 

 

La noche estaba muy fría pero serena, la nieve comenzaba a caer lentamente. Veía como en un cine una historia cruel por ser absolutamente verídica: tras la ventana se arremolinan las miradas de los miles de seres que buscan la manera de pasar una frontera, huyendo del hambre, el frio y la miseria. Estoy anclada en estas imágenes, en la frontera ente Polonia y Bielorrusia, y parecen recién sacadas de una novela naturalista, donde el frio se convierte, junto con el bosque, en el protagonista . Donde el horror se congela y gime lleno de vergüenza.

Junto con las razones que los políticos y los analistas presentan sobre el verdadero sentido de todo, está la nieve, la miseria y el hambre, interrogándonos como ese gamo que se acerca a la ventana mirando desde lejos, en el poema del poeta y novelista británico, Thomas Hardy.

Estos días en mi pesadumbre por tantos seres que pasan tanta necesidad en medio del bosque, me he sumergido con este poema en el mundo de Hardy, leyendo sus novelas y poesías,  aprendiendo muchas cosas sobre la capacidad de describir lo cotidiano, la personalidad de cada uno, la trama llena de giros tan insospechados como la propia vida.

Thomas Hardy(1840/1928) considerado uno de los padres de la poesía británica actual, tiene unas obras tan bien trabadas que podríamos leerlas durante años, sin dejar nunca de emocionarnos, llenas de una profunda melancolía, donde la muerte y el sentido de lo efímero cae sobre sus poemas y novelas. Concibe en sus obras la vida humana como ajena a la voluntad, todo parece estar atado por un sentido que se extiende mas allá de lo sensato.

Leyendo Los habitantes del bosque, mientras nevaba sobre Ávila, me he sentido tan cerca de lo que describe que me ha recorrido un frío interior. El bosque se convierte en el protagonista que fagocita y va expulsando a cada personaje, completamente revestidos de su esencia. Una obra maestra que nos transporta mas allá de la sociedad rural victoriana en la Inglaterra del s.XIX, y que hoy en día tiene tanta vigencia y actualidad en la lamentable situación de tantos seres que, con sus ojos oscuros nos miran detrás de la ventana, en una Europa que se siente a salvo de las oleadas de migrantes, al otro lado de las alambradas del miedo, llenos de falta de compasión.

Europa aparece en la protagonista, Grace Melbournes, preciosa, culta y remilgada a la que le resulta imposible mirar mas allá de su propia existencia para descubrir como, los seres menos favorecidos por la historia y la existencia, tienen valores y normas de comportamiento mas elevadas y dignas de admiración y respeto, llegando a morir por ello, como ocurre con el protagonista Giles Winterbone, comportándose como un Jean Valjean en el ámbito inglés.

afuera, en las tinieblas, alguien mira/ través del cristal de la ventana/desde la blanca sábana aterida”… un gamo que nos habla de la naturaleza y de la soledad, pasando por la existencia sin ser visto por los otros, siendo el bosque el que atenaza a sus personajes, como así lo consideraba Virginia Woolf, ya que Hardy era amigo de su padre Leslie Stephen.

Se han sucedido mas de treinta mil intentos de cruzar la valla alambrada cada noche en medio del frio y la nieve. Cientos de personas y niños viven en este frio entorno en tiendas de campaña, empujadas por el ejercito bielorruso contra una alambrada, después de haber sido conducidos como ratones a este terreno oscuro por el sonido de una flauta al modo de Hamelin.

La niebla se junta con el humo y no somos capaces de distinguir mas que los ojos al final de las nubes. Recogen ramitas para calentarse en tímidas fogatas, recordando sus casas y el viaje que les proporcionaron las agencias que empujaron a tantas personas al fondo del abismo y de la niebla.

El bosque contiene, a la manera de Hardy, su propia vida, incluso en la Navidad, albergando el hogar de Ded Morón, el abuelo de los fríos, una versión eslava de Santa Claus, que ancla sus raíces en los pueblos preromanos.

Estamos en Adviento, alguien nos mira al otro lado del cristal, pero damos la vuelta porque estamos cómodos y calentitos en nuestro salón, ajenos a tanto sufrimiento, sin saber que, si no miramos la realidad mundial como parte de nuestra propia esencia personal, nada cambiará.Nada cambiará si no somos un poco Jean Valjean y Giles Winterbone.

Giles muere en un chamizo para que Grace no pase frio, en medio del clima cruento del bosque. Mas allá del miedo se establece el reino del amor y la compasión, cuando somos capaces de ver en medio de la niebla sintiendo que nos duele todo por dentro, viendo que hay un gamo que nos mira en las tinieblas, a través del cristal de la ventana del salón de casa.

 

 

Las suites francesas de Bach

 

Desde hace unos días estoy estudiando  unas partituras que me llenan de emoción, las suites francesas de Bach en mi piano. Paso por momentos de la partitura a la música en vivo y con ella parece que entro en lugares muy distintos del salón de casa, voy al estudio del gran maestro, su casa en Leipzig llena de estudiantes bulliciosos y una familia muy numerosa. Me encuentro con Anna Magdalena Bach, la esposa del gran maestro, soprano, música, copista y estudiante de clave, para ella dejó Bach escritas un montón de bellísimas partituras entre las que se encuentran estas suites.

Al ir tocando las suites comencé a sentir su sentido como piezas de baile y de cortejo amoroso.Son rítmicas y llenas de melodías profundamente sentimentales que se van repitiendo.Las suites son piezas compuestas para  disfrutar oyéndolas, para ser bailadas, en un momento en el que eran los bailes los lugares para relacionarse y encontrar pareja mediante los movimientos. Me recreo en las allemandes sabiendo que se bailaban cogidos de las manos, con su composición binaria y lenta, llena de romanticismo, tan lejos de cómo se crearon en el medievo para caballeros que las bailaban lentamente al ir vestidos con sus armaduras. El ritmo sensual de las zarabandas me atrapa.

Bach debió componer estas piezas entre 1722/ 1725 cuando trabajaba en la corte de Cöthen para Leopoldo de Anhalt, después de haberse formado musicalmente leyendo los libros de partituras para clavecín de Jean- Henri d´Anglebert, los de Francoise Dieupart y Couperin, cuando estudiaba en Luneburgo.

Esta corte era, hasta el matrimonio con su prima Federica Henrietta, muy musical, algo que cambió totalmente por la falta de interés de la princesa, lo que motivó que Bach que acababa de casarse con Anna Magdalena se tuviera que marchar a Leipzig. Se casó Bach con Anna Magdalena dieciséis años mas joven que él, un día laboral de diciembre y todos los estudiosos comentan que fue por amor, él tenía hijos de su matrimonio anterior con María Barbara y la novia se ganaba la vida como cantante. Sólo el amor explica el motivo.

El amor que se profesaron queda reflejado en el interés que tuvo Bach de regalarle a su mujer lo que más podría gustarle, un conjunto de obras para clave recogido con el nombre de  Pequeño álbum de Anna Magdalena Bach.  En el primer volumen de los dos estaban las suites francesas junto con otras obras de Bach y de otros autores de la época.Un regalo que también podía proporcionarle algún ingreso en el momento que lo necesitara, aunque ella nunca vendió estas piezas, pese a que sabemos que murió pobre de solemnidad y que mendigaba por las calles para poder comer cuando Bach murió.

Anna Magdalena como nos dice su biógrafa Esther Meynell, era una persona alegre que disfrutaba tocando, cantando, bailando. En su casa organizaba unas tertulias musicales muy animadas y seguro que bailó estas suites que tal vez se llegaron a oír y a bailar en los cafés de la ciudad de Leipzig en sus horarios de invierno y de verano en los jardines.

Estas notas de baile y de relaciones sociales completan la imagen que tenemos de Bach como músico dedicado al área religiosa con sus Cantatas, sus Oratorios y Pasiones.Nos cuenta John Eliot Gardiner que era una persona que disfrutaba mucho de la vida social, haciendo con ello un paréntesis de su apretada vida laboral y compositiva en la parroquia de Santo Tomás, con tantos alumnos y obligaciones. Nos cuenta que las habitaciones de la familia estaban pegadas a las salas de estudio y de prácticas musicales de los alumnos y parece mentira que en este galimatías de sonidos y ruido pudiera componer esas sublimes partituras y cantatas que nos conmueven profundamente.

La música clásica lleva desde el s XIX encerrada en las salas de conciertos, y está muy bien que así sea, que los oyentes rompan su vida por unos minutos u horas y se pongan con todos sus sentidos a oír y disfrutar estas suites.Pero ha perdido con ello, esta es mi opinión, vida real.Poder llenar toda nuestra vida con música, orar con ella, danzar y enamorarnos, consolar a los que han perdido un ser querido, celebrar un matrimonio,… Que al oír música clásica entendiéramos música viva, que se crea para nuestros oídos y en ellos desaparece, que nos embarca en una actividad cognoscitiva que nos hace personas mas completas, agilizando nuestro propio entendimiento, sensibilidad y corazón.

Me encantan estas suites, no sólo son bellísimas musicalmente, llenas de interés, de retos compositivos, interpretativos y musicales, sublimes y delicadas, sino que me abren un mundo nuevo cada vez que voy estudiando, compás a compás sus movimientos, sintiendo sobre mí las manos unidas de los enamorados que van bailando, con los claveles amarillos que tanto gustaban a Anna Magdalena,  con los pajaritos (pardillos) que adoraba y que piaban apoyados en las ventanas de la parroquia.