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Hay momentos en los que sientes que el tiempo se detiene. El otro día en el solsticio de verano en Bernuy Salinero, Ávila, en el dolmen del Prado de las Cruces viví una nueva experiencia cuando las palabras poéticas de mi poemario «El dolmen» comenzaron a llenar el espacio acompañadas por los sonidos ancestrales del percusionista Paco Tejero.

La luz se iba poniendo enrojeciendo todo, y volví a sentir la orfandad de la muerte, el desgarro de los ritos que nos abren las puertas del mas allá, sentada sobre mi propia experiencia arqueológica en este lugar, 40 años desde el descubrimiento y la excavación. Un circulo de emoción que se llenaba del polvo que sobre todos parecía ir posándose.

Mi hija Mencía Barroso se iba moviendo lentamente en las piedras del dolmen, representando esa parte humana de todo, el proceso de escritura, de excavación, de oración en éste que es mi dolmen, mi propia vida y experiencia, las creencias que nos abrazan y nos empujan a vivir cada día con un poco más de sosiego.

Las palabras se quedaron por ahí con los sonidos que se iban marchando en fuga. Y vivimos un momento de comunión íntima con estos antepasados nuestros de hace milenios, yendo mas allá de lo que los estudios arqueológicos nos enseñan, entrando de manera decidida en lo que nos hace verdaderamente humanos. Una comunión con todas las personas que estaban allí ese 20 de junio de 2026 sintiendo todo esto, volviendo por momentos a lugares en nuestra prehistoria que parecían salir vivos de las catas de la excavación. Comunión con la arqueóloga Rosa Ruiz Entrecanales que como amiga del alma y compañera de cata arqueológica conoce este lugar tan lleno de energía ancestral desde el momento del descubrimiento y me ha ayudado con su entusiasmo a poner en pie estas palabras delante de un sol que iba rasgándose  en el horizonte.

Mi familia, a la que he dedicado este libro, estaba allí. Todo volvía otra vez y sentí que el dolmen y este momento me brindaban la oportunidad de volver a estar con los seres queridos que se fueron a otros lugares en el mas allá, que se juntaban con tantos hombres y pueblos que lloraron como yo  ahora en su tránsito. El paisaje era también amigo y me cogía de la mano dándome cariño y confianza.

Y cuando al terminar dije con voz fuerte » Ven y vive»… » sobre un lugar llamado muerte, prado y cruz»… sentí que era verdad. Las semillas se lavaban en un agua ritual para hacerlas fértiles y con ellas podemos sentir que cada año los jacintos de otoño vuelven a nacer en medio de una lluvia ácida.

 

A veces las palabras parece que ordenan cosas de mi vida y siento que debo dejarlas todo su poder. Esto está ocurriendo con las que componen el poema «El dolmen» basadas en mi experiencia y emoción en el descubrimiento y excavación del dolmen del Prado de las Cruces de Bernuy Salinero, en Ávila. Y es que cuando terminé de escribir el poema y lo leí todo de un tirón me di cuenta de que tenía que decirse todo así, que era como un Cantar de Gesta de época prehistórica, y me imaginaba a un grupo de personas conmigo sentadas oyendo cómo las palabras, adjetivos, imágenes del poema iba haciéndose vida.

Gracias al Excelentísimo Ayuntamiento de Ávila, y a mi amiga Rosa Ruiz la arqueóloga municipal de Ávila, este sueño se va a convertir en realidad el próximo sábado 20 de junio, a las 20,30h. Podré recitar todo el poema acompañada por la percusión del gran percusionista Paco Tejero de Ambú.

Así podré volver a su verdadero lugar a las palabras poéticas que siento que andan volando ante mi. Para vivir una nueva experiencia de arqueología, poesía, naturaleza  y vida. Viendo cómo se junta todo, y cómo lo percibimos cada uno en nuestro interior.

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 Programa de Vida y obra de Santa Teresa de Jesús de María Ángeles Álvarez

Las Espadaña. Programa del p. Arturo Díaz para Radio María. 2017/ 2022

Desde que comencé a leer los libros de Santa Teresa, intentando encontrar su verdadero rostro más allá de todo lo que como abulense he ido oyendo de ella a lo largo de mi vida, sentí una gran sintonía y una profunda amistad. Descubrí a una mujer hecha a sí misma, valiente en medio de un mundo muy complicado marcado por las férreas directrices del Concilio de Trento. Una mujer que habla de su experiencia basada en la verdad, sin tapujos ni recovecos, contando a todos los que nos acercamos lo que habitaba en su alma y la iba transformando poco a poco. Este acercamiento a todo ese Castillo Interior habitado que nos descubre en sus palabras, cambió mi vida interior y sentí ese deseo de compartir lo que ella nos dice a otras personas, porque creo que es un verdadero manual de supervivencia frente a las inclemencias del día a día.

Este descubrimiento vital que la amistad con Teresa me brinda, se compone tanto de la lectura y estudio de sus libros, las cartas que tanto nos muestran a la verdadera mujer que hay en la santa a la que rezamos, los procesos de beatificación y canonización con esos miles de testimonios de cómo era y cómo actuaba en las distintas actividades y hechos de su vida, como de las horas que he pasado en la Universidad de la Mística, CITeS de Ávila en las clases magistrales del Master en la Santa oyendo a expertos  que me han ayudado tanto a entenderla con mayor hondura.

Vivir en Ávila a pocos minutos en coche del Monasterio de la Encarnación donde ella vivió más de cuarenta años, donde se fraguó la reforma del Carmelo en esa pequeña celda que podemos ver y habitar en la Capilla de la Transverberación cada día, es un regalo que me aprieta de emoción. Un espacio lleno de ella, sintiendo que aún está aquí, entre las hermanas carmelitas descalzas rezando cada día al unísono, sintiendo a Teresa viva entre nosotras.

Nos dice Teresa en El Castillo Interior o Las Moradas algo que comparto completamente, sintiendo la necesidad de compartir lo que ella me enseña, el regalo de su amistad. Un empujón hacia miles de personas, los oyentes de Radio María, donde hablar de ella y transmitir este tesoro escondido que transforma mi vida… mucho debo, mucho he de pagar.

“Tengo para mí, que si los que andan muy perdidos por el mundo se les descubriese Su Majestad, como hace a estas almas, que aunque no fuese por amor, por miedo no le osarían ofender. Pues, ¡oh, cuán obligadas estarán las que han sido avisadas por camino tan subido a procurar con todas las fuerzas no enojar a este Señor! Por Él os suplico, hermanas, a las que hubiere hecho Su Majestad estas mercedes u otras semejantes, que no os descuidéis con no hacer más que recibir. Mirad que quien mucho debe, mucho ha de pagar” 6M 5,4.

 

Antes del año 2017 en que comenzamos a grabar los Programas de Vida y Obra de Santa Teresa de Jesús para Radio María en el espacio que se realiza en el Monasterio de la Encarnación, La Espadaña, el p. Arturo Díaz, director de este espacio y capellán del Monasterio y yo ya estábamos con esa deuda interior, con ese deseo de hablar de Teresa a todo aquel que nos quisiera escuchar. Y fuimos creando este lugar donde Teresa aparecía cada mes desde 2017 al 2022 en nuestra conversación dando a conocer no sólo su vida sino también su obra, su espiritualidad tan necesaria en estos días, dejando que toda su energía y potencia como maestra y mistagoga hiciera su papel en el alma de los oyentes.

Desde entonces íbamos quedando los últimos viernes de cada mes para entablar un diálogo sobre la Santa contando su vida tan aventurera y explicando muchas cosas prácticas para nuestra vida de fe, su espiritualidad, su visión del mundo, sus anhelos y enseñanzas. Cuando voy cada mes subiendo las escaleras de La Torrecita, la que fue casa de San Juan de la Cruz en el Monasterio, siento que me abren la puerta Teresa y Juan, que me empujan a seguir estudiando y documentándome para poder compartir ese legado enorme y maravilloso que nos han dejado para nuestra vida, para vivir más felices y con mucha más paz interior.

Y las ondas de Radio María comenzaron a difundir estas conversaciones y la magia se materializó en los miles de oyentes que iban estando con nosotros cada día al lado de Teresa, siguiendo sus cosas, sus enseñanzas, su modo de orar y de vivir. Oyentes a los que he llegado a oír en los encuentros en la central de la Radio, y que nos han contado lo que ha supuesto esta cercanía con Teresa desde lugares tan diferentes como fábricas, cárceles, conventos. En paseos por el campo, en viajes en coche con la familia y nos han relatado qué ha supuesto todo esto que las ondas llevaban por ahí.

Todo este nudo de grabaciones, emoción, experiencia de fe, amistad… se ha podido difundir gracias a una persona que en la sombra ha estado trasladando los programas a unos videos y grabaciones de Youtube, Ignacio Asensi al que agradezco enormemente toda su dedicación.

Y dentro de la gran familia que crea Teresa en los que nos acercamos a sus cosas, detrás de las ondas mientras hablábamos el padre Arturo y yo, apareció un oyente que sintió que su vida daba también un vuelco y que tenía que devolver algo de lo recibido, esa deuda vital de los que nos sentimos salvados de lo hondo de las mazmorras de la vida, Daniel Quirós ha hecho un trabajo increible que demuestra todo su amor por Teresa, al fundir los 107 episodios de los programas en una grabación de 27 horas que se puede tener y oír desde un pendrive o DVD. Increible de verdad. Muchas veces siento que Teresa que hizo siempre sus Fundaciones sin nada, entrando en portales muchas veces en ruinas para poder empezar su tarea, nos manda energía para rato, que nos insufla valor y tenacidad.

Todos los que seguimos a Teresa, los que leemos sus libros, rezamos sus oraciones y tenemos siempre su presencia dentro de nosotros, somos realmente su familia. Y tenemos que compartir este legado que nos deja. Tenemos que dejar libres sus palabras, que como esas mariposas que salieron de un gusano de seda puedan volar y posarse en todas partes, en las casas interiores de todos, dando energía para continuar y vivir de manera más auténtica.

Para poder comprar estas grabaciones podéis contactar con Radio María en el  teléfono 91 822 8010

Como dice Teresa en estos versos tan bellos: Oh Hermosura… engrandecéis nuestra nada

¡Oh Hermosura que excedeis

A todas las hermosuras!

Sin herir dolor hacéis,

Y sin dolor deshacéis

El amor de las criaturas.

 

Oh nudo que así juntáis

Dos cosas tan desiguales

No sé por qué os desatáis,

Pues atado fuerza dais

A tener por bien los males.

 

Juntáis quien no tiene ser

Con el Ser que no se acaba;

Sin tener que amar amáis,

Engrandecéis nuestra nada

 

 

El Instituto Castellano Leonés de la Lengua me convocó el pasado lunes 4 de mayo para grabar un Podcast en el Palacio de la Isla en Burgos, con el otro co-ganador del premio Benjamín S. Rosado. Dentro del  proyecto cultural creado en el Instituto y dirigido  por Simoneta Música.

Es un placer hablar de literatura, de la pasión por escribir, de los procesos creativos, de las dificultades y logros a la hora de la creación, la edición y la venta de los libros. Poder compartir mis experiencias poéticas y vitales, todas las vicisitudes de este oficio poético con otro escritor cuyos puntos de vista y opiniones creaban junto a las mías, un mapa conceptual muy rico y diverso.

Un espacio llamado » ¿Seguimos o no?», que viene a reflejar la cantidad de pensamientos, situaciones, preocupaciones que tenemos los escritores dentro de nosotros cada día. Un titulo que nos impulsó a hablar y a disfrutar.

Hablamos de poesía y novela como dos formas de comunicar todo aquello que nos remueve por dentro y nos hace tomar un boli, un ordenador y comenzar a escribir, pensando siempre, al menos en mi caso, en los lectores que con un poemario mío en sus manos, van a entrar en unos pocos versos, en mi propio mundo interior, poético, vital y artístico.

Mas que para hablar de los libros ganadores del Premio, que creo sinceramente que es mejor dejarlos así intactos para la lectura, este Podcast que dirige Simoneta  Música va por otras vías, entrando en la verdad de la escritura, los bloqueos, las inseguridades, lo difícil y bello de sentarse a escribir. Y poder compartir con Benjamín, Diana Garcia Bartolomé y Alfonso Gutierrez  todo esto, ha sido un verdadero placer y una sorpresa, porque aunque tenemos géneros literarios muy distintos, al hablar la sintonía entre nosotros fue total. Nuestros dos trabajos se centran en todo aquello que va mas allá de la palabra, donde la música es el motor que va engendrando las palabras. Los dos somos grandes aficionados a la música clásica, a cantar en espacios únicos, a vivir en silencio creativo, a buscar la soledad como forma de vivir y crear. Nuestra tierra abulense parecía en todo momento, sin citarla, como el paisaje de lo que íbamos contando.

Como punto final, Diana recitando y Alfonso a la guitarra, nos ofrecieron un regalo precioso en forma de música y palabra, poniendo un fondo musical a nuestras obras. Al oír el comienzo de mi poemario «El dolmen» recitado sobre la melodía de la guitarra sentí una emoción muy grande, tan enorme como mi agradecimiento a todos los que hicisteis posible este encuentro.

Doy las gracias de corazón al Instituto de la Lengua Castellano Leonesa, a su director Andrés Abajo González por esta convocatoria y por la acogida tan amigable en una tarde burgalesa donde la lluvia caía como loca por todas partes, llenándonos de vida y energía. Hasta el arco iris se colgó por un momento de la ventana del precioso Palacio de la Isla.

 

Los libros, los poemarios tienen una peculiaridad muy sorprendente que hace que nos sobrecojan algunas de sus cosas. Es esa vida propia que manifiestan una vez que los editamos y comienzan a moverse por ahí.

Cuando escribí » El dolmen» sentí un motor imparable dentro de mí, una verdadera urgencia poética, sintiendo que todo aquello que  se estaba construyendo en mi interior a base de palabras, versos, ritmo, imágenes, siluetas, tenía que salir porque tenía que ser dicho.   Vivía y aún vivo en un nudo donde se junta mi trabajo como arqueologa en el descubrimiento y excavación de este dolmen abulense hace mas de treinta años, con la emoción que aún hoy en día siento por haber vivido en comunión profunda con aquellos pueblos que enterraban a sus seres queridos y cuyos restos yo tuve en mis manos. Y a través del análisis de lo aparecido en la excavación fui conociéndolos más y más hasta sentir algo que es increíble pero cierto, sentí cercanía.

Las palabras tienen la capacidad de abrir nuestro interior hacia lugares propios, nos hacen habitar en otros sitios, dar la mano a otras personas, emocionarnos con rituales que nos comunican dentro de esa montaña mágica que era el dolmen, con otro mundo. Crean ambiente, música, color y frío. Hacen madejas de comunicación entre nosotros que nos atrapan, la emoción, y que nos protegen del frío que muchas veces sentimos.

Mi trabajo como poeta es dejarlas libres para que hagan su propio mundo, desnudándolas de adjetivos que las amordazan, de todo aquello que envuelve la poesía llevándola al lado de lo ya dicho. Un trabajo en el que uno palabra y ritmo, en un largo poema que va reptando a medida que lo lees, como el camino de aquellos hombres al entrar por el corredor con las ofrendas y los difuntos calcinados. Entrando con las palabras en el corredor de la emoción, en un momento que parece que está fosilizado y vivo en cada uno de nosotros, el sufrimiento ante el tránsito de las personas queridas y la estadía a los pies de un abismo que no sabemos cómo se llama.

Hombres que vivieron en esta misma tierra, que se maravillaron ante la caída del sol entre las encinas, que lloraron y amaron, abrazándose a un dios cruel que los unía, construyendo grandes monumentos con piedras graníticas que se iban convirtiendo en guardianes de su vida en el mas allá que por momento sentían que se abría bajo sus pies.

Y como arqueóloga nunca pude contar estas cosas, los estudios siempre son científicos, y exentos de todo lo que tenga que ver con lo sentido, con la emoción de los que sacamos con nuestras manos restos de seres  de más de cuatro mil años. Pero la excavación tiene un elemento único que es el que  pone verdad a todo, el arqueólogo, su persona que va mas allá de lo mecánico de la extracción, siglado y documentado.  Y todo ese mundo verdadero pero en fuga es al que se dirige la poesía mostrando un todo mas orgánico y verdadero.

Recibir este  XXIII Premio de la Crítica de Castilla y León me emociona profundamente. Vuelvo en mi interior a ese momento de unión con esos hombres y de la mano parece que los llevo a este siglo XXI tan convulso donde  las lecciones que ellos nos aportan son importantes más que para vivir, para sobrevivir con dignidad, conociéndonos un poco más a nosotros mismos. A esos seres sencillo que realmente somos, que disfrutamos con el sol rayando el horizonte y el ruido del agua despeñándose entre las rocas. Hombres de esta tierra castellana que parece que se levantan en mis palabras a recibir este abrazo de los lectores que a ellos se dirigen en cada verso del libro.

Un poema que tiene un ritmo por dentro, que nos invita a viajar en un momento a otro lugar que aunque es prehistórico sentimos que ocurre ahora, así es verdadero  y real  para nosotros. Un poema para leerlo en un lugar abierto, en el campo donde las palabras se sientan bañadas por el aire, y la sombra del vuelo de los pájaros vaya anclando todo para nosotros, en la lectura.

Doy las gracias al Instituto de la Lengua Castellana por este Premio que me da nueva energía para seguir en la senda que la poesía me marca, y a todos los lectores que ya han entrado en este corredor angosto, que han vivido los ritos, el desgarro y el dolor en mis palabras y versos, para entre todos, aportar algo al hoy que parece tan atrapado en los barros, donde lo que fuimos aparece como motor de lo que somos y a donde vamos.

ARTE FLORAL EN DIALOGO CON LOS CUADROS DE LA FUNDACION ÁVILA.

Desde que comencé a aprender y a practicar los principios básicos del arte floral con mis maestros que tanto recuerdo, sentí que lo que encierra un arreglo floral es algo más que una idea decorativa. Con él podemos expresarnos y llegamos a los demás de manera directa, por los sentidos, en algo que estos lenguajes artísticos tienen, algo que va más allá de lo que encierran las palabras.

Así que cuando me llamaron para realizar una intervención floral en un acto del Comité Ejecutivo de la Obra Social y Fundaciones de CECA en el impresionante Palacio de los Serrano de Ávila, me dirigí a los fondos pictóricos que atesoran, llenos de grandes obras de maestros intemporales. Fuimos viendo los grandes lienzos buscando un nexo de unión entre ellos con el espíritu del encuentro, el momento que vivimos en nuestra pequeña ciudad de Ávila, el tiempo, la belleza, la amistad, la naturaleza y las flores. Lo intemporal de la expresión hizo que eligiera tres cuadros muy diferentes pero que parecía que estaban en el mismo lugar, por esos lazos misteriosos que unen entre si a las obras de arte.

Con cada uno de ellos iba a empezar un diálogo lleno de flores, hojas, ramas, musgos, materiales que iba eligiendo en cada diseño, usándolos al modo de los pigmentos, dejando que lo sutil de su naturaleza etérea y caduca llenara el momento de otros matices que los cuadros atesorados por si solos no pueden aportarnos.

Elegimos un maravilloso cuadro de Eduardo Chicharro, uno de los grandes pintores en el paso del s. XIX al XX.  Discípulo de Sorolla, fue un pintor costumbrista que nos muestra la España de su época con un montón de matices, un colorido brillante, recogiendo elementos y ropas del momento, mostrándonos escenas llenas de vida. Este cuadro muestra una imagen costumbrista llena de encanto: un momento en el interior de una cocina de la Ávila de hace más de un siglo. Nos habla de lo que somos y sobre lo que construimos nuestra sociedad: la familia, la cocina, los niños. Ese interior que da paz y en el que la memoria descansa de tanto ajetreo diario. Con dos elementos típicos de aquí como son la jarra pintada, el plato de loza, y el gorro de paja que he elegido para el diseño.

Elegí un diseño floral clásico de estilo decorativo vintage, construido sobre una jarra con flores otoñales, aquellas que seguramente había en los huertos y jardines de hace un siglo, claveles en colores otoñales y crisantemos. Trabajado en forma de bodegón, con el gorro de paja y un textil antiguo bordado. Y se destaca las caídas de cintas de colores de lana que van a servir de punto de unión en los distintos arreglos florales. La jarra y el plato son reproducciones del ceramista de Cuevas del Valle, Alberto Illescas, con la misma decoración del cuadro.

El siguiente diálogo me ha llevado al cuadro de José Manuel Proto, que nos sumerge en la modernidad más absoluta, esa que busca en lo esencial y en el minimalismo su expresión y el mejor estilo floral para expresar esto es sin duda el Ikebana japonés, en una adaptación que denominamos en el arte floral occidental estilo formal lineal

He seleccionado unos pocos elementos que se mueven en las tres esferas del individuo, el cielo, el hombre y la tierra.  He elegido unas calas amarillas que se mueven en su tallo esbelto mostrando esta concentración, simplicidad y belleza.  Pocas flores son tan espirituales, ligeras y etéreas. Las calas se dibujan en la mirada sobre unas varas de Eremurus. Estas flores forman líneas amarillas muy poderosas y nos dejan ver la belleza rotunda de esta flor de verano que aporta sensación de asentamiento y fortaleza. Una flor que se conoce también como la Rueca de Cleopatra y que nos une con toda la simbología de la decoración. La silueta amarilla que destaca sobre el fondo negro del cuadro está trabajada en los grupos de lana amarilla en forma de nido, que nos muestran la unión de las flores y la lana.

De los dos cuadros situados uno al lado del otro, con su arte floral al lado expresando su verdadera esencia, aparece un elemento que de los cuadros y de los arreglos se lanza a la decoración de las mesas del banquete. ¡Cómo disfruté el otro día dejando caer de los nidos de lana de tonalidades amarillas melenas de lanas que daban a la decoración una calidez increible! Realmente fue la lana la que arrancó en mi interior las líneas de todo el diseño.

El día siguiente a la cena fue el cuadro de Fernando Sánchez “el Pirata” el que marcó todo el diálogo. El mercado de frutas y verduras de los viernes en el Mercado Chico es un lugar de encuentro para todos los abulenses. No sólo encontramos frutas y verduras frescas sino que seguimos con una práctica que ya hacían nuestros abuelos, y donde tenemos anclado nuestro pasado. Aquellos días de mi niñez con mi madre comprando cajas de tomates para hacer conservas.

Este cuadro del pintor abulense Fernando Sanchez tiene todo este poder evocador, en un ambiente casi de ensueño, con una niebla que lleva todo a un lugar casi místico, donde la lluvia moja el suelo, iluminando todo.

En el diseño de este cuadro del mercado, coloqué un paraguas trabajado con verdes ya un poco otoñales. Y una caja de frutas y flores, uvas, higos y peras, así como plantas de  crossandras, brezos, violas y helechos, para que el cuadro tome vida y nos introduzca en todo su mágico escenario pictórico. Todos estamos en este viernes en la plaza del Chico, comprando, encontrándonos y disfrutando

Realicé un camino de arena verde para seguir las mismas líneas compositivas del cuadro, el camino que más que ser sólo el que nos conduce a la compra cada viernes, es el de la vida que viernes a viernes va pasando, donde dejé algunas frutas que muestran la línea de fuga de la memoria que viene hacia nosotros y se va poco a poco perdiendo.

El arte floral expresa vida y nos adentra en nosotros mismos, lo que somo como producto de lo que hemos vivido, de donde hemos tenido la suerte de vivir. El paso del tiempo, como hojas que llenan de color y belleza el pavimento con sus adoquines ruidosos. Como decía  el gran novelista y poeta japonés Natsume Soseki en este bello haiku  : Cayeron hojas,/ y el viento las encumbra,/ sobre las torres. Hojas de recuerdo, flores que avanzan en nuestro interior.

ESTÁIS EN LA TIERRA Y VESTIDO DE ELLA.

 

Cogimos el coche en dirección a Alba de Tormes. El campo se iba iluminando al paso de las nubes. Sentí que estaba en un mar verde que iba meciéndose al ritmo de la lluvia. Un mar tempestuoso como ese del que nos habla Santa Teresa, nuestra vida y todos los revolcones y aguadillas, problemas, desilusiones, ansiedades, errores que tenemos que ir sorteando. Decía que debemos ir en una nao hecha de fe y experiencia sobre este mar embravecido.

Se fue formando una cola muy larga de náufragos llegados de muchos lugares, que esperábamos para poder ver los restos de Teresa que descansan en el convento de sus hijas carmelitas. La razón de porqué estábamos allí para ver los restos de una santa de hace tantos siglos se explica más en el lenguaje espiritual con el que Teresa nos enseña que con la lógica de una mujer del siglo XXI. Tenemos que ver estas cosas con los ojos del corazón, en palabras de San Pablo.

Llevo un tiempo enfrascada en lecturas y ensayos sobre la espiritualidad del medievo, tan distinta a la nuestra y tan fascinante.  Estoy estudiando el poder de atracción que tenían las reliquias de los santos que empujaban a peregrinar por media Europa a miles de peregrinos de toda clase y condición, caminos como el de Santiago, el del santo sepulcro de Jerusalén o Roma con los restos de San Pedro. Lugares que todavía mantienen la esencia de ese influjo que empuja el caminar. He estado en Paris hace pocos días visitando el Museo de Cluny, lleno de bellos relicarios, para imbuirme de toda esta espiritualidad que consideraba los restos de un santo venerado como motor de un ambiente de sacralidad que caía sobre los peregrinos que allí se acercaban transformando sus vidas. Decía nuestra Santa en su libro  al Señor de su alma: “estáis en la tierra y vestido de ella”. Allí en Alba sentí algo parecido, había algo que parecía recién salido de la boca y del corazón de Teresa, que llamaba a ese gran amor: el Dios de las caballerías que trotaba en su alma.  Estaba en la tierra y se vestía de ella. Una experiencia llena de fuerza y de verdad que nos saca del mar en el que tantas veces nos sumergimos.

Estábamos tantos amigos de Teresa, y sentía que esa cola que guardé durante un rato se iba hacia otros momentos, siglos atrás: el duque de Alba, el nuncio del Papa, obispos, alcaldes, familias, hijas de Teresa, carmelitas.  Sentí que en la cola estaba también junto con mi hermana, mi madre y mi abuela y que mano a mano iba perdiéndose todo hasta llegar muy lejos, siglos atrás, hasta el sepelio de Teresa.

Todo era igual a lo que leí en las crónicas sobre la muerte de Teresa. Recuerdo tantos momentos estudiando en la Universidad de la Mística y hablando de ella en Radio María, mientras me iba sumergiendo más y más en su pensamiento, su obra y su espiritualidad.  Y por momentos todo volvía: allí estaba Teresa increíblemente conservada, y rodeada de la oración de tantos peregrinos, de tantos hijos y amigas.

Teresa, he encontrado siempre tu esencia en tus escritos, allí estás viva y apareces como amiga y maestra de vida. Todo ese mundo lleno de enseñanzas, de amor y amistad se puede sentir estos días en Alba de Tormes, por el cariño y dedicación con que tus hijos y amigos han preparado todo tan brillantemente decorado con flores como a ti te gustaba. Por abrir con el estudio de tus restos, nuevos datos para conocer mejor tu cuerpo y tu existencia, abriendo nuevas páginas en el conocimiento de tu testimonio de vida, tan necesario en este mundo tan difícil en el que vivimos. Un testimonio de amor.

Un mar verde inunda estos días el féretro de Teresa.  Alba es un lugar sagrado, centro de peregrinación  para todos.

 

Una de las cosas que provocan las obras de arte es la invasión de nuestros sentidos, la habitación interior. Cuando, después de ver una exposición, oír un concierto o una ópera, visitar la capilla de un templo, leer un poema, sigues en ese mundo creado para ti, durante días o meses, la obra de arte está ejerciendo todo su poder: puedo decir, sin ser exagerada, que sientes que está viva.

Este poder mágico hace que los días que están bajo su influjo, salgan de lo cotidiano para llevarnos a otros lugares. Esto es lo que siento con un cuadro de Lord Frederick Leigthon que tuve la ocasión de ver en una fría mañana londinense en la Royal Academy of Arts. Una mancha naranja potente que atraviesa la figura femenina y que se fija en las pupilas del espectador, y nos hace sentir calor en medio del clima frío, alegría en medio de una migraña cruel, amistad mientras estamos recluidos en casa. Calor, luz y vida recogidos en el cuadro “Flaming June”.

La obra que pude ver en Londres está habitualmente en el Museo de Arte de Ponce de Puerto Rico. A este país llegó en una serie de vaivenes que relatan muy bien las fracturas que muchas veces presenta el mercado del arte y las críticas y apreciaciones de las obras de arte a lo largo de los años. Pese a ser la obra de un artista consagrado, que llegó a ser el director de esta Academia Real londinense, su obra sufrió durante decenios una cruel consideración de ser amanerada, pasada de moda y al contrastarla con el arte contemporáneo, se la dejó de valorar en su justa medida. Algo que pasó con buena parte de los artistas del movimiento llamado  Prerafaelitismo del siglo diecinueve inglés.

Leigthon, no sólo fue un hombre guapo, fuerte, inteligente y poliglota, sino que se formó en París tomando clases con Alexander Dupuis, en Roma con Eduard Pynter y en París nada más ni nada menos que con Mcneill Whismer. Fue el líder de un grupo de escultores que tenían como inspiración en Partenon, llamados “Los olímpicos” donde estaba también Lawrence Alma Tadema.

Pese a lo bellisimo que es este cuadro Luz de junio, con esa figura femenina recostada que recuerda a las figuras que el gran Miguel Angel realizó para la tumba de Giuliano de Medici, no se llegó a vender en una subasta en 1960, una década cruel para este movimiento prerrafaelista. Su precio de reserva era de unos 860  euros actuales, más o menos.

Luis E. Ferrer, empresario y político puertorriqueño, estaba de viaje en Europa y encontró en Ámsterdam, en un rincón perdido de una galería este cuadro, que inmediatamente cautivó su mirada. Pudo adquirir la obra por unos 10.000 dólares, ya que le dijeron que nadie la quería por ser una pieza anticuada. Y así llegó Flaming June a Puerto Rico y hoy en día es una de las piezas más emblemáticas que tiene este museo, y que hace que miles de visitantes de todo el mundo vayan a ver este cuadro que se le considera allí como un milagro, al modo de la Gioconda y sus miles de visitantes.

No siempre lo que dicen los críticos de arte, ni los manuales al uso debe cambiar lo que sentimos al vivir una obra de arte que se mete en vena en nuestro interior. La experiencia personal, nuestros sentidos y sensibilidad están por encima de todo y sólo a ellos debemos rendir respeto.  Eso siento cuando cada día veo una pequeña reproducción del cuadro que pude comprar en la tienda de la Royal Academy. Adoro las tiendas de los museos, poder llevarme una pequeña reproducción de eso que tanto me ha cautivado, para dejar que me ayude a vivir aquí en casa, así, aunque haya días fríos y pasados por agua, puedo sentir esa luz de junio naranja y cálida que me llena de emoción.

En estos días se juntan en mi escritorio y en mi invernadero un montón de libros relacionados con la jardinería. Los árboles están ya mostrando sus yemas y siempre a finales de febrero me pongo a pensar en cómo me gustaría tener el jardín en primavera y comienzo a planificar y a hacer semilleros de todas las plantas y flores que amo. He descubierto, con el paso de los años y las estaciones, que este amor es selectivo, todas las flores me gustan pero hay algunas que para mí, son piezas de un museo. Sigo en este pensamiento a la gran novelistas Vita Sackville-West, una gran jardinera y amiga íntima de Virginia Woolf,cuya relación quedó reflejada en ese libro mágico y lleno de imaginación que es Orlando.

Estoy enfrascada en la lectura de las cosas de Virginia en estos días que celebramos los cien años de la publicación de Mrs. Dalloway. Estoy disfrutando con las cartas recogidas en un delicioso libro de Páginas de Espuma llamado Una carta sin pedirla. En ellas me encuentro con la mujer que estaba detrás de sus libros, en donde hablaba de decoración, de jardinería, de comidas al aire libre, de amigos y tardes con una taza de té, de las dificultades de la escritura, sus entradas y salidas del sanatorio, la crítica despiadada y de las cosas de la imprenta de Hogarth Press. Entre ellas están las cartas a esta amiga tan especial junto a otros grandes escritores como Lytton Strachey, Thomas Hardy, Gerard Brenan, T.S. Eliot. Así como a su hermana Vanessa y su marido Leonard en unas cartas llenas de complicidad y ternura.

Vita Sackeville-West creó un espacio único en los jardines de su castillo Sissinghurts, en el condado de Ken y escribió un libro delicioso que está siempre presente en mi biblioteca, Mis flores, donde elige unas venticinco flores que para ella son especiales, no por ser las más bonitas por sus colores, aromas o porte sino porque ella al tenerlas y cultivarlas descubría su belleza más sutil, aquella que sólo los muy pegados a la tierra de nuestras macetas y jardines podemos tener. Cuenta algo que comparto completamente, esa imposibilidad de describir la belleza de las flores sin caer en frases e ideas tan manidas como insulsas. Ella llama a sus elegidas, las flores de mi museo, y así considero yo también a las mías en estos gélidos días de febrero aquí en Ávila.

La otra tarde me acerqué con mis hijas al Museo del Prado para disfrutar de una visita que es realmente un paseo botánico. En una selección de cuadros diseminados por todas las salas del enorme edificio, mientras vas paseando por ellas y disfrutando con la vista, comienzas a ver estas flores de museo, que están formando parte de grandes obras de arte y que muchas veces pasan desapercibidas. Me sentí como una niña jugando al escondite, buscando el tesoro escondido, que aparecía en cuadros tan fantásticos como el de Joachin Patinir, Descanso en la huida a Egipto, con un gordolobo grande pintado a la derecha de la Virgen y que es una planta que se utilizaba quemándola en las ceremonias funerarias en alusión a la muerte de Jesús, y a la luz de su Resurrección. Vas en el paseo, basado en el genial libro de Eduardo Barba Gómez, pasando de una belleza botánica a otra, muchas veces miniaturas que aportan sentido al cuadro, como las hierbas de San Benito del Descendimiento de Rogier van der Weyden, unas flores que repelen con su fuerte olor a los bichos peligrosos, y que son capaces de aferrarse a los pelos de los animales que se acercan a su corola, propagando su especie más allá de la planta madre.

Siguiendo a Vita, una de mis flores favoritas y que deseo cultivar aquí en Ávila es la Fritiliaria meleagris, conocida como tablero de damas, que también está en el Prado en un tablero de piedras semipreciosas del Bufete de don Rodrigo Calderón.

Las flores son pequeños seres vivos que viven a la altura de nuestros pies, amigas que nos mandan mensajes, pequeñas cartas sin pedirlas, donde nos hablan de cosas sensibles y delicadas. Las cosas de las que se compone lo mas bello de la vida. Libros de Virginia y de Vita con sus flores amadas, tomando té con mis amigas y mis hijas aquí en el jardín, hablando de la belleza de la Exposición del Prado, viendo cómo avanza la estación y se abre lentamente la primavera, aunque los charcos aún estén tapados de hielos espesos.

LA CANTATA DE LAS MIGRACIONES.

Cuando mi querida amiga y admirada poeta María Ángeles Pérez López me invitó a la presentación en primicia de la Cantata de las Migraciones en la Universidad de la Mística, ya intuía que el argumento y el texto iba a recordarme su poemario El mar Mediterráneo de los muertos. Hay libros que cuando los lees sientes que algo en tu interior se ha dado la vuelta, que el mundo poético que habitas, donde escribes y donde aprecias la obra de otros poetas, ha cambiado. Esto siento cada vez que abro este poemario, que ganó el prestigioso premio de poesía Margarita Hierro, así como el Premio Nacional de Poesía Menéndez Valdés al mejor libro de poemas del 2024. Cuando dejas a la palabra poética lanzar toda su potencia, que es enorme y ataca directamente a nuestro interior, sientes que es una herramienta maravillosa que transforma todo.

Romper el lenguaje, ir siempre más allá en la expresión, buscar las imágenes más genuinamente valientes para ir construyendo un poema íntimo y personal. Y cuando expresamos sentimientos profundos, comienza todo a hablarnos de manera muy particular, en temas tan dolorosos, injustos y crueles como la sangría de miles de seres que en un intento de llegar a una costa de vida, se encuentran en un mar de muerte.

Una Cantata en pleno siglo XXI, que arranca su vuelo en una capilla, en un ambiente de oración profundo que nos iba llevando a habitar en esos escenarios que iban apareciendo: una nueva morada teresiana en esta su casa. Una cantata donde los inspirados y bellos versos de María Ángeles se fundían de manera profunda con la música que el grupo musical Pilar de la Sota de Salamanca ha creado para ellos. La voz de los dos cantantes se enlazaba con el chelo, las flautas traveseras, el violín, la guitarra y el acordeón. Y comenzaba a aparecer todo como un conjunto armónico, en la recitación de los poemas por parte de distintas personas que con sus voces daban también una mezcla de colores y de matices a los versos.

Las palabras y las canciones nos llevaban a esos momentos íntimos en los que un ser decide dejar su vida y su casa para empezar en tierras lejanas una nueva existencia. Y este anhelo, “levantando arroyos verticales al perseguir la luz” se convirtió en una trepadora llena de zarcillos, ahogando y maltratando sus ilusiones.  Comenzaba la música dentro de un aire, un viento que fue moviéndose hasta el final, mostrándonos el rostro de tantos seres, de tantos muertos abandonados, de niños que dejaron atrás sus juguetes, de mujeres que solo querían morir en medio del paraíso al que llegaban.

Cifras, miles de muertos, miles de seres envueltos en una caravana de penas y de violencia, mientras el mundo en el que habitamos vuelve la cara. Y yo me preguntaba en medio de la impresión por lo que íbamos oyendo, si la compasión y el amor que ha construido nuestras creencias y que empuja nuestras vidas, no es capaz de lanzarnos a los demás, a esos seres indefensos que el mar dejar varados en las costas.

Las imágenes que íbamos viendo en la pantalla al ritmo de la música comenzaban a mostrarnos algunos rostros con nombres propios como el del pequeño niño Adou que viajó en una maleta, como los de Dunia, Alima y Mariam.

Y todo terminó de una manera tan bella como cruel, el cielo que era un mar rojo comenzó a llover gotas de sangre, mientras las libélulas se golpeaban una y otra vez. Un mar que todos comenzamos a producir en nuestras gargantas, que nos lanzaba a cantar alzando la voz, mientras la capilla se llenaba de una cálida y húmeda capa tejida con la emoción que conteníamos.

La poesía es un instrumento muy sutil que nos da vuelcos por dentro y que puede cambiar el panorama de este mundo tan cruel en el que habitamos, si hacemos caso a nuestro corazón y vamos a coger la mano del que se ahoga delante de nuestra casa.

Querida amiga poeta, escribir versos que se llenan de música por dentro, que vuelan sobre los espectadores, que gimen y lloran, mientras en su ser íntimo no pueden dejar de ser bellos, es algo que transforma el momento, como el que viví el otro día en el CITeS, en medio del Congreso “ De los sentidos del corazón” de la X Cátedra Enrique Ossó.   Palabras y versos que transforman mi vida, mi escritura y mi corazón, gracias.

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