Un jardín

 

El próximo viernes 1 de diciembre presento en Ávila mi último poemario Un jardín amado donde descansar y ahora que tengo ya los ejemplares en mis manos vuelvo al momento de la escritura bajo los prunos de la entrada de casa. Eran esos días en que estábamos aún con la resaca del Covid teniendo miedo de nuestra propia sombra si se acercaba un poco más de la cuenta. El verano estaba siendo cruel, con temperaturas tan elevadas que muchos árboles centenarios se murieron, recuerdo unas nogalas majestuosas y cómo se iban secando desde dentro.

Durante los días del confinamiento mis plantas llenaron esas horas lentas llenas de presión y angustia, de buenas vibraciones y de paz. Mi relación con ellas cambió de manera sustancial, pasaron de ser seres bellos que dormitan en las terrazas, el invernadero y el jardín, a ser verdaderas doctoras de mi alma que en estos días estaba mustia y llena de tristeza. Comencé a relacionarme con ellas de manera más cercana, sintiendo por primera vez que también respiran, me acompañan y me ayudan en muchas cosas del día a día.

Abrirnos a lo natural de manera cercana, sintiéndonos un pequeño ser más de los que pueblan un jardín, es una experiencia llena de emoción que recomiendo a todos, y sobre todo cuando pasamos por malos momentos de tristeza por la pérdida de un ser querido, por tener una migraña pertinaz y dura o un estado anímico lleno de nubarrones.

El ser florista y empresaria en el sector de la jardinería me pone en contacto directo con mis clientes y su relación con las plantas, árboles, semillas y bulbos que adquieren. Muchas veces cuando lo único que mueve a la compra es un deseo de decoración de un determinado lugar de sus casas, me entristece un poco ver la cara de la plantita elegida para esa única función, que se llenará de polvo sobre una repisa encima de un radiador. Considerándolas sólo como elementos decorativos y bellos, que desde luego lo son de verdad, nos estamos perdiendo su verdadero valor en nuestras vidas como aliadas y amigas en nuestra casa.

Siento mucha ternura y una verdadera manta de compasión sobre mi cabeza cuando me pongo a cuidarlas, a cortar sus hojitas, a abonarlas y regarlas. Entro en un estadio de relación que me dice seriamente que estas plantas son seres vivos como yo, que son mis mascotas verdes, floridas y bellas. Me siento amada y comprendida, más allá de la contemplación avanzo por lugares mucho más etéreos, me permiten volar sobre los problemas y los dolores, dejando atrás la sombra de tanta ansiedad.

Abrí mi cuaderno rojo, y toda esa sensación de sentirme cobijada comenzó a reflejarse en los versos que iban saliendo lentamente, mientras las sombras de los árboles se iban moviendo como en un baile lento, con el cielo azul como escenario. Unos versos que quieren agradecer a todas mis plantitas la curación de tanto malestar, migrañas y angustias. A unos amigas llenas de hojas que son mis maestras de vida en muchas cosas, aportando sosiego, ternura y bienestar sólo a cambio de unos pocos cuidados, del riego, y del amor.

Descubrí, y ahora quiero compartirlo con todos vosotros mis lectores, que era la poesía la forma de expresar todo este mundo verde que me salva, porque es la expresión de estas plantas, de este jardín que tanto me aporta y donde puedo descansar sintiéndome amada, consolada y en paz. Es la palabra poética la que puede abrir espacios interiores donde encontrarnos con todo este mundo verde y florido, haciéndonos vivir por momentos en el jardín aún en los meses y días más fríos, tristes y duros. Un nuevo poemario que se llena también de mis acuarelas como expresión de los versos, ampliando  junto a ellos la estadía verde y tierna en un jardín amado donde verdaderamente siento que puedo descansar.

 

El canto azul.

El nuevo Club de Amigos de la Casa de la Poesía.

 

Cuando el poeta Carlos Aganzo escribió su poemario Paraíso claustral no podía imaginar que sus palabras iban a encabezar este artículo en el que quiero hablar de poesía, de amistad y de gratitud. No basta con vivir. Es necesario/ esculpir lo vivido. Los versos son así amigo Carlos, viven libres por ahí y a veces se posan en artículos de periódicos.

Hace cinco años se abrió en Ávila un lugar donde esculpir lo vivido, donde oír los cantos azules de los más de treinta poetas que nos han visitado y que han dejado un legado lleno de lirismo y belleza en nuestro corazón, en la Casa de la Poesía Juan de la Cruz. Grandes poetas y amigos que van ensanchando nuestra mirada cotidiana con su persona y obra.

No basta con leer, con escribir. Es obligado vivir según lo escrito, dice Carlos. Realmente si dejamos anclada a una lectura o escritura solitaria toda nuestra actividad literaria y poética, estamos dejando de disfrutar de muchas otras cosas importantes. La cercanía con quien ha escrito los poemas y con quienes como nosotros disfrutan oyendo recitar versos nos reconforta. La lectura y escritura se convierten en un verdadero placer cuando se asientan, en esta red de amistad con autores y lectores.  Momentos que enriquecen no solo el acto de leer o de escribir sino de vivir. Nos empujan por una senda nueva de vida y de creación que nos hace reflexionar sobre lo más hondo de nosotros, sobre la belleza, el arte y la vida.

Reunirnos para dejar a la poesía un lugar, aquel que se abre más allá de las palabras, y que nos amplifica la mirada y nos hace cantar una música sincopada con el latir del mundo. En un mundo tan complejo como el que vivimos, tan lleno de conflictos, violencia e intransigencia, la poesía enriquece a la vida, sacando la esencia de nuestra naturaleza, de nuestra humanidad. Nos ayuda a descubrir este tesoro oculto en nosotros, dejando que obre con toda su fuerza el mágico poder de las palabras escritas que viven en los poemas y transcienden la vida, como estas de Paraíso claustral.

Carlos ha unido en este poemario el jardín oculto al que se retiró un poeta chino del s. IX llamado Sikong con la celda del monje místico Bernardo de Claraval . Un puente que no es algo forzado, una licencia de creación poética, sino que nos habla de esa íntima relación que existe entre la poesía y la mística. Y es en Ávila donde todo esto tiene un verdadero sentido ya que aquí nació y vivió durante muchos años el poeta más sublime de la historia, Juan de la Cruz. Teníamos que abrir su casa en Ávila, teníamos que ir poniendo poco a poco las piedras de esta construcción en un terrero cercano a donde él vivió, en Monasterio de la Encarnación y donde hoy en día vienen cientos de personas de todo el mundo a estudiar sus libros y a encontrase con su persona en la Universidad de la Mística, CITeS.

San Juan fue un poeta que siempre compartía sus escritos con sus amigos, para ellos escribía. Era muy cercano con todos, y muchas veces cogía un papelito y escribía un poema que ponía en el bolsillo de una monja o de un seglar. En uno de estos papeles dibujó el famoso Cristo con esa perspectiva que tanto impresionó a Dalí y que se encuentra en el Museo de la Encarnación. Nos enseña a compartir poesía, a establecer lazos de fraternidad y de amistad, a construir juntos esta casa poética, a reunirnos cada ultimo martes de mes. A crear nuevos lazos entre nosotros como este nuevo Club de Amigos de la Casa de la Poesía: poetas, lectores y amigos que apoyamos esta construcción. Un club que estamos creando y al que os invito, amigos. Así en las normas de la Casa de la Poesía que este club de amigos presenta, se pone a la poesía, la amistad y la gratitud en el centro de todo. Un club desde donde agradecer tanto que se nos brinda en esta Casa de Poesía, dando las gracias a los poetas que vienen a vernos desde tantos lugares, a los que consideramos verdaderamente amigos. La amalgama de la respiración/con la mas pura vibración del aire. Amalgama de palabras, versos, amistad , belleza, sosiego, creación y paz.

 

Mensajes sanadores desde la nebulosa del tiem

 

Así comienza un poema escrito en el s.XIII por una mujer, beguina, llamada Hadewich de Amberes. Su nombre aparece en medio de una nebulosa que nos lleva a una época muy antigua pero fascinante. La lengua que utiliza para escribir sus textos es la propia del Ducado de Brabante, sus Cartas y Canciones nos muestran su elevada educación y el gran dominio de la lengua en un momento en el que estamos en los inicios de la literatura en los Países Bajos, expresando en ellos su vida interior, yendo por tanto un paso mas allá en la expresión que en el momento se centraba sobre todo en los textos sobre la vida cotidiana y caballeresca.

Lo que me hace leer una y muchas veces sus textos es la viveza de lo contado que al referirse a lo que nos acontece por dentro encuentra un puente perfecto con mi interior. Así nos entendemos profundamente, y llego a aprender muchas cosas de Hadewich, que se comporta conmigo como una mistagoga o maestra de vida espiritual al estilo de Teresa de Jesús.

Hacia finales del s. XII hubo un grupo de mujeres en distintos sitios de Europa que abandonaron sus vidas como señoras, viudas o solteras para ir a mendigar por las aldeas siguiendo el ideal radical y auténtico del Evangelio. Buscaron otra vía alternativa al matrimonio o la vida consagrada dentro de un convento. Algunas vivían errantes y otras se asentaron en casas individuales o en pequeñas comunidades de compañeras. Al principio este nombre, beguinas, tenía connotaciones heréticas como beatas dispersas pero luego poco a poco al ir conociéndolas esta apreciación cambió totalmente. Se dedicaban a enseñar, a curar enfermos, y a ayudar a todo el que estuviera a su alrededor también en el ámbito de la espiritualidad. Llevaban una vida de oración continua y debido a lo esmerado de su educación también interpretaban las Sagradas Escrituras lo que comenzó a levantar muchas sospechas sobre ellas, llevando a un gran número de estas mujeres a la hoguera.

Hadewich tiene un lugar de renombre entre las beguinas, por su propia vida y expresión de lo vivido en el alma, lo que llega acarrearle muchas incomprensiones incluso entre estas mujeres. Sus Cartas son documentos muy valiosos no sólo para sus discípulas de ese momento sino para todos y así a sido a lo largo de la historia. Su camino místico empujó a esta beguina a hablar sobre sus experiencias y a compartir todo esto con sus amigas para ayudarlas también a ellas en el camino de la vida.

En un tono apasionado nos habla del amor y de cómo cambia nuestra vida cuando nos hacemos súbditos de él. Pero lo que me engancha a su lectura son todas las apreciaciones sobre las adversidades, problemas, enfermedades que sufrimos. Sobre la falta de lealtad de los amigos, la inestabilidad interior y la búsqueda de Dios en el ritualismo que nos ata dolorosamente el espíritu cuando no va lleno de la verdad y el amor que nos habita. Sobre el abandono que sentimos, ese sentimiento de orfandad vital que nos empuja muchas veces a la tristeza y la depresión.

La literatura epistolar en la Edad Media tenía unos matices diferentes a los de hoy en día. Se escribía para ser leído en voz alta, ya que la escritura estaba sólo restringida a un grupo de privilegiados. Siempre utiliza la expresión “querida niña”, no porque sus destinatarias fueran jóvenes sino para introducir en sus palabras un gesto de cariño y cercanía que hoy llamamos empatía. Con sus consejos hallaban consuelo en la adversidad de una vida llena de riesgos y de dificultades.

Sus Canciones, a las que pertenece este verso que he utilizado para el título, expresan de manera poética la raíz experiencial de su vida. Nuevamente éste es el medio que utilizan los místicos para comunicarnos su vida interior. Para contarnos que aunque languidecen la estación y las aves, aunque la vida a veces se ponga difícil, es el amor lo que nos salva, rescatándonos como a estas mujeres del peligro, la incomprensión y la tristeza. Mujeres que desde la nebulosa del tiempo nos lanzan mensajes sanadores para seguir caminando.

Durante el s.XIX en Inglaterra se desarrolló una verdadera pasión por los helechos. Una verdadera Pteridomanía.
Eran las plantas mas deseadas por los jardineros, sustituyendo flores y macizos y también eran la inspiración para muchos trabajos manuales decorativos.
Se enviaban hojas de helechos pegados para felicitar el día de san Valentín, para invitaciones de bodas, bautizos. Aparecieron decoradas las vajillas, cortinas, papeles pintados con hojas de helechos
La locura por los helechos llegó a tal punto que se llegaron a esquilmar algunas variedades. !Se llegó a hablar de la necesidad de legislar para protegerlos!.

En la segunda mitad del s. XIX,….! los padres elegían el nombre de Fer, helecho para sus hijas e hijos!, y también en  el nombre de sus casas: Fern House, Fern Lodge, Fern Ville.
Las hermanas Bronte, las reconocidas escritoras de novelas tan famosas como “Cumbres borrascosas” adoraban los helechos. Salian diariamente a dar largas caminatas, para admirarlos, y recolectar sus hojas. Les recordaban los poemas de poetas románticos como  Dorothy y William Wordsworth.

Dorothy , la hermana de Wordsworth recogía los helechos en los alrededores de su casa en Dove, los transplantaba en su jardín para que su hermano se inspirara y pudiera escribir sus poemas. Charlotte  Bronte se fue de luna de miel a ver helechos,…

 


Como los helechos nacían en lugares oscuros y en medio de bosques, en ruinas, tapias, árboles huecos, cercas, sirvieron como imagen de las ambientaciones de los poemas góticos, dentro de un Revival del estilo, en el arte, arquitectura y diseño. Hadas, duendes se reunían en los claros de los bosques llenos de helechos al caer la noche,…

El helecho se contemplaba como una emanación del alma de las personas, espíritu de artista, con una creatividad orgánica total. Ruskin creía que la mano de Dios podía hallarse en los espirales de los helechos florecidos.

En el lenguaje de las flores, una tarjeta con un helecho significaba fascinación

Esta ramita de helecho
te dirá, sin necesidad de palabras
que, gracias a los encantos de tu arte,
tu  semblante modesto,
tu corazón amante,
me tienes felizmente fascinado

 

¡Ten compasión, piedad, amor!… de John Keats

¡Ten compasión, piedad, amor! ¡Amor, piedad!

Piadoso amor que no nos hace sufrir sin fin,

amor de un sólo pensamiento, que no divagas,

que eres puro, sin máscaras, sin una mancha.

Permíteme tenerte entero… ¡Sé todo, todo mío!

Esa forma, esa gracia, ese pequeño placer

del amor que es tu beso… esas manos, esos ojos divinos

ese tibio pecho, blanco, luciente, placentero,

incluso tú misma, tu alma, por piedad, dámelo todo,

no retengas un átomo de un átomo o me muero,

o si sigo viviendo, sólo tu esclavo despreciable,

¡olvida, en la niebla de la aflicción inútil,

los propósitos de la vida, el gusto de mi mente

perdiéndose en la insensibilidad, y mi ambición ciega!

GuardarGuardar

GuardarGuardar

GuardarGuardar

GuardarGuardar

Tu libro Las hierbas.. me ha supuesto una gratísima sorpresa porque no te conocía como poeta. La edición, con tus elegantes y sencillas ilustraciones, invitan a su lectura, de la que uno no puede salir defraudado.

Me gusta tu lenguaje contenido y preciso, el silencio de naturaleza espiritual que has logrado preservar entre las palabras, elegidas una a una como esas flores con las que edificas tus universos florales. Me atrae la profunda simbología de tus palabras, a la vez sencillas y evocadoras, la elementalidad de esos conceptos, tan próximos a la naturaleza, que se nutren de toda la simbología de los textos sagrados y que, desde su humildad, adquieren toda la trascendencia de lo alto, de lo inaprensible, de lo que permanece al margen de nuestra comprensión.

La luz que abre nuestro entendimiento puede ser la misma que agosta los sembrados y las tierras de Ávila, porque es sobre la vocación del desierto sobre la que se trazan los caminos, inesperadamente fértiles, de la espiritualidad.

Me gusta mucho la valoración que de tu libro hace nuestro común amigo Álvaro Valverde. Es poesía de la compasión y del consuelo, de la amistad y del amor. Una poesía basada, como comenté yo mismo hace unos días (y que también recoge tu cita de Whitman), sobre la imagen, que es sobre la que se ha construido la mejor poesía de todos los tiempos.

Escribir desde la verdad es un riesgo en estos tiempos que corren. Es más, escribir desde la sinceridad y la honradez es sin duda un acto subversivo en medio de tanta impostura literaria. Por eso me alegra descubrir a una poeta que, ahondando en sí misma, y sin renunciar a la herencia de nuestra mejor tradición literaria, ha sido capaz de recoger lo mejor de sí misma.

Enhorabuena, amiga María Ángeles, gracias por hacerme partícipe de tu hospitalidad y de tu rico universo personal, tan próximo al mío.

 

RABINDRANATH TAGORE

Después del parón académico impuesto por la pandemia, retomamos las actividades poéticas en La Casa de la Poesía Juan De la Cruz de la Universidad de la Mística de Ávila. Y lo hacemos dando a conocer uno de los poemarios mas valorados y leídos en todo el mundo,  Gitánjali ( Ofrenda lírica) del gran Rabindranath Tagore, en su traducción directa del bengalí por Manuel Díaz Gárriz. Un poemario por el que Tagore ganó en Premio Nobel de Literatura en 1913. Tagore era un hombre profundamente humanista, poeta, dramaturgo, novelista, pintor, músico, pedagogo y místico.

 

Algunos libros y autores se encuentran durante muchos años, algunos toda la vida, bajo el influjo del tiempo vital en que los hemos leído. Como lectores no somos hoy en día los mismos que cuando éramos jóvenes y niños, lo que podíamos disfrutar y entender es al menos diferente sino completamente alternativo. Esta es la deuda que siento con Tagore, haber dejado mi admiración y lectura aparcada por decenios en las lecturas de mi juventud. Para los jóvenes de los ochenta, Tagore era una referencia, leíamos sus poemas y sobre todo extraíamos bellas frases que nos conmovían por su belleza y las colocábamos en las carpetas del instituto y colgábamos posters con imágenes de naturaleza con sus frases para que decoraran nuestro cuarto.

Este verano debajo de los árboles del parque he comenzado a  releer a Tagore y me ha dado un vuelco el interior. He sentido una enorme gratitud hacia él por mostrarme tantas cosas de la vida y sobre todo del mundo interior tan llenos de belleza y naturaleza, que lejos de estar fuera de nosotros, en su lectura siento que nos abre las puertas de lo hondo. Silencio, gratitud, belleza, música y vida en la simplicidad. Y no he parado de encontrar en muchos matices e imágenes a nuestro Santo Juan de la Cruz.  Y muchas veces he dicho por dentro: si es así Rabindranath, Juan también nos cuenta esto mismo…

Siempre había leído su obra poética en un bello libro azul de la biblioteca de mi  madre, de la editorial Aguilar, en la depurada y poética traducción de Zenobia Camprubí y revisada y enriquecida por Juan Ramón Jimenez, con un prólogo muy documentado de Ortega y Gasset. En él siempre he releído con admiración la parte relativa a la escuela experimental de Tagore, Santiniketan en Bengala occidental, entrando en su filosofía de base , con los alumnos viviendo con su maestro en una comunidad educativa autosuficiente.

Rabindranath fue el menor de los catorce hijos de Debendranath y Sarada, y vivió en una casa que era un centro cultural, donde los hijos se dedicaban a la música, el teatro o la poesía. Así sus hermanos fueron novelistas, músicos, dramaturgos. Era además un lugar imbuido de una honda espiritualidad, ya que su padre era la figura clave de la religión Brahmputra o Sociedad de Dios. Siguiendo al fundador, Roy Rammohun creían que los conocimientos de occidente no podían ser ignorados. Admiraban las tradiciones filosóficas liberales y criticaban de manera rotunda la religión existente en India con sus prácticas y sobre todo por su rígido sistema de castas.

El interés por occidente determinó a los padres a enviar a sus hijos a estudiar a occidente, en concreto Rabindranath estuvo en Brigthon y en el universitario collage de Londres. Pero estuvo sólo un año y volvió a la India sin terminar sus estudios. Entiendo perfectamente que su delicado y meditativo espíritu no pudiera vivir en medio de las rígidas normas inglesas.

Fue cuando después de casarse muy joven, aterrizó como administrador de las propiedades familiares en Shilaihaha ( Banglades) y empezó a sentirse como un poeta, viviendo en una casa barco. La vista que se perdía en la superficie del agua, las ramas en su movimiento aéreo, el suave tintineo de los cascabeles que las jóvenes se colocaban en los pies.

La poesía siempre nace de la contemplación y de estadios de silencio, pudiendo captar los aspectos de la vida que están visibles pero que parecen no ser apreciados en un mundo de prisas y de superficialidad.

Si la traducción de Zenobia es un trabajo muy poético y bello, la reciente traducción directamente del bengalí del padre jesuita Manuel Díaz Gárriz está llena de verdad, experiencia y hondura. Recordemos que fue el propio Rabindranath el que tradujo del bengalí, su lengua materna, al inglés su poema Gitánjali y él no dominaba a fondo la lengua inglesa. Y de esta versión, Zenobia tradujo al castellano en poema. Según cuentan los estudiosos, la traducción de esta obra fue para Zenobia y Juan Ramón como un encuentro poético entre ellos, ya que disfrutaron amorosamente de estar juntos traduciendo las bellas palabras de Tagore. Hasta la llegada de Gitánjali a Europa en 1912, Europa ignoraba culturalmente a Asia.

El padre Díaz Gárriz misionero en la India es el traductor de este poema desde el bengalí. La India tiene 450 idiomas muchos de ellos de minorías y posee además veintidós idiomas oficiales, con mas de 230 millones de hablantes. Es una traducción que me conmueve profundamente porque al ir directamente a la raíz de cada palabra y al dejarla limpia, la devuelve a la verdad que llena de belleza insondable cada verso. La palabra poética es tan bella y potente que sólo en la desnudez de complementos disfrutamos de su esencia y verdad. Esta austeridad bella y rotunda es la que contemplo al leer el Gitánjali en esta traducción. Siento además que el poemario vuelve a ser lo que quería el poeta, una ofrenda a la vida, al amor y al desconocido amante que vive en las sombras de cada planta y cada raíz.

Releer a Tagore es una nueva aventura llena de sentido, mística y verdad.

Tú me has hecho inmortal. Así ha sido de tu agrado./Este vaso mío lo vacías y lo llenas/con vida siempre nueva

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El mar de Castilla donde el alma aúlla

 

 

Después de tanto tiempo encerrada en casa he podido hacer un pequeño viaje por el mar más impresionante que tenemos al lado, el campo de Castilla. La vista se pierde en el horizonte y descansa en los roquedos y las sierras, mientras las olas del trigo se destacan sobre el fondo lleno de aire azul.

Tanta belleza en medio de tanta paz. El aire se posa lentamente mientras surcamos carreteras secundarias detrás de alguna vaguada. Es Castilla la maestra de los que por allí nos acercamos, con lecciones tan serenas como bárbaras sobre la verdad, la luz y el consuelo. Fue la maestra también de Antonio Machado cuando llegó ligero de equipaje, dejando los juegos poéticos que lucían en el simbolismo parisino, para encontrar la palabra que pudiera asentarse levemente sobre las llanuras, las veredas serpenteantes de los ríos y el mar de la mirada. Aprendiendo a desechar muchas cosas, muchas palabras, para quedarse con las auténticas, las que visten de abrigo cada día con su color, su luz y su muerte.

Castilla ahora que las autovías concentran el tráfico galopante aparece con su aspecto ancestral en las carreteras secundarias al abrigo de la velocidad y la prisa. Donde puedes parar en un mirador, contemplar las genistas que pintan los lados de las cunetas, seguir el paso de los tractores, el planeo de las cigüeñas que viven en lo alto de una iglesia que se eleva piedra a piedra para morir en un cielo, azul y evanescente.

En estos días todo parece que me van empujando a cada poco, es lo que tiene querer explicar la vida secreta de las palabras.  Ir viendo su fondo, miles de matices, paisajes por dentro, colores, sutilezas que desconozco, incluso de las mismas palabras que uso en mis poemas. Y todo en un proceso de explicación de algo que ya es mucho más que lo escrito y versificado. Así sé que en cada lector se deslizan de manera diferente, y los suelos sobre los que planean son completamente únicos.

 

Mañana dos de julio presento en el Lienzo Norte mi nuevo poemario” las hierbas de los regatos están blancas. Crónica poética de un agosto en llamas”. Siento que abro las puertas de una jaula poética para que las palabras comiencen a volar libres y verdaderas, en el campo de cada lector que las va haciendo suyas. En esta aventura con las palabras, este campo de Castilla me va enseñando mientras habito así: el tiempo dilatado, la historia de cada roquedo, el polvo de la pradera, el cielo rasgado al ponerse el sol, el incendio sobre todos los que nos quemamos con el deseo de renacer y revivir, el calor y el verano que, con toda su crueldad, nos abrazan.

Con la poesía tengo una relación de absoluto hechizo y respeto. Qué dice y por dónde nos lleva, qué mundos levanta, hacia donde nos empuja cuando nos dice por ejemplo A. Machado estos versos tan llenos de ladridos: “Desnuda está la tierra,/ y el alma aúlla al horizonte pálido/ como loba famélica. ¿Qué buscas/poeta, en el ocaso?

 Escribir poesía me ha transformado en alguien diferente, sintiendo el regalo de cada verso que voy poniendo en mi cuaderno, la gratitud y el asombro al sentir que voy paseando por caminos por descubrir, que están palabra a palabra en mi cabeza muchos días y que al publicarse comienzan a vagar por ahí, siendo yo, como en el mar de Castilla, la que abre la puerta, deja la ropa y se lanza a bucear.

Quiero un mar de palabras, hondas y rasgadas, esenciales, sutiles y libres, surcando el auditorio del Lienzo Norte, y a mis amigos y lectores sumergidos conmigo en un rincón de Ávila, al sur de Gredos donde la garganta suena como un organista y las hierbas con el calor se hacen blancas y eternas.

EL JARDIN DE JANE

 

Desde que visité la casa museo de Jane Austen en Chawton hace ya unos años por estas fechas, tengo una tendencia a volver a leer sus novelas por enésima vez en primavera, a sumergirme en los personajes tan fascinantes que va describiendo y que vemos en su actitud y acciones ante las cosas y acontecimientos de la vida. Volver a pasear con ella por los bosques, los grandes salones que miran al jardín, los senecios de sus terrazas, las gallinas, las orquídeas de los invernaderos, los helechos arrancados que van durmiendo entre las hojas de los libros en la biblioteca.

Estos días releo a Jane con otro nuevo ensayo de Espido Freire, a la que tuve el gusto de tener como profesora en los talleres de escritura del Palacio de los Serrano. Y comparto muchas cosas con ella, sobre todo ese sentimiento de que cuando un autor nos lleva a querer saber mucho mas de él que lo que leemos literalmente en sus obras, cuando queremos también saber entender cada matiz de lo que dice y todo lo que hay alrededor, estamos en una esfera diferente, no sólo leemos a Jane, sino que comenzamos a vivir con Jane.

Reconozco que me encanta la literatura que evoca cosas, que me hace ir mas allá de la trama, que me sorprende con su manera de contar y describir, que me empuja a seguir en muchas mas cosas que lo narrado, el sentido de todo. La que va levantando un mundo en el que puedo estar y vivir, sobre las palabras y las descripciones, aprendiendo a escribir y a leer. En las novelas, Jane siempre aparece en el papel en blanco entre las palabras escritas, su propio ser, porque tienes la sensación de que te lo está contando, con todo lujo de detalles, sólo para ti, para que disfrutes entrando en su mundo. Algo así me ocurre con otras mujeres escritoras como Teresa de Jesús y Virginia Woolf. Me conmueve sentir su manera de escribir completamente femenina, llena de la esencia de la autenticidad mas profunda.

Cuando viajas por los lugares de Jane, entras dentro de un magma de seguidores y lectores de todo el mundo, ves las casas y los salones, los jardines con sus borduras floridas, los caminos entre los tilos. Algo así como el turismo teresiano que va poco a poco tomando la ciudad en pos de Teresa de Jesús buscando su rastro y los lugares en los que se inspiró para crear sus grandes obras, para ver, aquí en Ávila, cual es la ciudad que inspiró el Castillo interior o Las Moradas, sentir el cielo azul, el frio, el roquedo, el silencio y el eco de su oración.

En las casas de Jane hay muchos detalles para entrar en su mundo personal, entre todos me quedo con su pequeño escritorio al lado de la ventana, octogonal y minúsculo, donde, cuando las visitas le dejaban un momento libre, se ponía a escribir en pequeños papeles cosidos a mano, que terminaban acumulados en los cajones secretos de su escritorio portátil. Contrastando con estas mesas de trabajo actuales, donde hay tanto espacio para trabajar como cosas variopintas acumuladas, bolígrafos, lápices, ordenadores, impresoras… También me encanta ver su pianoforte en la zona de estar, tan sencillo y pequeño, sus partituras, las labores de patchwork, su pequeña cruz de topacios.

En la tarea de recrear el mundo de Jane, también se han estudiado las variedades botánicas que ella adoraba, así los jacintos que crecían en Nothanger Abbey cerca de Catherine Morland, los geranios barbados de Fanny Price en Mansfield Park, los paseos floridos que recorría Marianne Dashwood en Sentido y Sensibilidad, el jardín de rosas de lady Bertram. Las semillas de mostaza que tanto gustaban a su hermana Cassandra y las grosellas que recogía con tanto agrado Mrs. Austen. La flor favorita de Jane eran las lilas, elegidas entre los hemerocalis, las loniceras, el phox, la rosa centifolia, las rudbeckias , las verónicas, la alchemila mollis, la astrantia y la dicentra.

En una carta de 23 de agosto de 1814 a su hermana Cassandra decía: Me alojo en una habitación de la planta baja, que me gusta especialmente, pues da al jardín. De tanto en tanto me voy a respirar un poco de aire fresco y después vuelvo a la brisa solitaria.

Y así estoy yo, querida Jane, respirando un poco, en el jardín, entre tus libros que me invitan a vivir, a aprender y a disfrutar.

ANHELO DE RAICES

Leyendo a May Sarton en el jardín de casa

En aquel primer fin de semana establecí el rito de la cena. Cuando me sentara a la mesa, tenía que haber flores; debía haber una botella de vino y que la mesa estuviera puesta con esmero, como por el mejor sirviente. Un libro abierto para poder leer, el equivalente a la conversación civilizada para un solitario. Todo estaba preparado como para recibir a un invitado y el invitado de la casa iba a ser yo.

May Sarton.

 

Vivimos en una sociedad liquida tal y como nos explica Zygmunt Bauman. Muchas cosas y aspectos de nuestra vida parece que se volatilizan, dejándonos flotar en el vacío tanto a nivel social como existencial. El relativismo sobre las cuestiones cotidianas, formas de vida, valores, anhelos, sensaciones acampa cada día de manera mas rotunda.

La introspección sobre lo esencial requiere de un lugar interior, una habitación propiaen la que proceder, tomando la expresión de Virginia Woolf. Requiere por tanto de un lugar en el que, a modo de un jardín, echemos raíces. Así lo refiere de manera muy bella y poética, la poeta norteamericana May Sarton(1912-1995), amiga de Virginia Woolf y de Elisabeth Bowen.  Echar raíces supone tomar posesión de lo que es nuestro y sobre lo que estamos perdiendo el dominio, cuando ya no somos conscientes de nuestros sentimientos, sensaciones, ideales, precepciones para sumergir todo en un magma común dominado por las opiniones manidas y comunes que nos envuelven con sus cantos de sirena.

Este lugar propio requiere para poder habitarlo, de momentos de silencio y de contemplación, como vamos leyendo en el libro de Sarton Anhelo de raíces. Después de una vida como poeta y profesora universitaria completamente transhumante por toda norteamerica, May mirando las pertenencias y enseres de sus padres provenientes de Gantes en Bélgica, decide pararse y buscar un lugar donde colocarlos para que constituyan físicamente el espacio que ella necesitaba para avanzar existencialmente, para constituir su propia casa. Y es que en nuestro interior tenemos también que dejar que echen raíces los recuerdos, las vivencias, las percepciones de toda nuestra vida.

Y comienza a desembalar su interior mediante los pequeños aspectos y actividades cotidianas como elegir las paredes para colgar los cuadros, el trabajo sobre un terreno de jardín pedregoso, la poda de un árbol, el canto de las bandadas de los colibríes. Y desde ahí, comienza a construir su propia vida, la verdadera, la que tiene que ver con su manera de ser, sentir y vivir, todo estaba preparado para recibir a un invitado, y el invitado de la casa iba a ser yo.

Compró una vieja granja del s. XVIII en un pequeño pueblo llamado Nelson en Nuevo Hampshire. Y poco a poco fue rehabilitándola y construyendo allí su vida y nos describe este intenso proceso cotidiano, mientras pinta paredes de blanco para captar la luz y elige el tono preciso para el suelo de la cocina. Unas bellas reflexiones sobre la amistad y el amor, la presencia real y vivida de las personas amadas que con sus visitas a nuestra casa se quedan viviendo en ella, llenando nuestra vida con su presencia. Sobre la naturaleza, en una relación con ella activa y recreadora de belleza y de vida, mientras se agrieta las manos plantando iris y moldeando parterres de flores. Y nos habla también de manera precisa, sobre el proceso creativo, cómo se desarrolla en medio de los quehaceres dando la vuelta a la existencia por momentos y asombrando en su proceder.

May escribe desde ella misma y retrata de manera exquisita el alma femenina. Al ir leyéndola he vuelto muchas veces a Virginia Woolf, a ese monólogo interior, al flujo de la consciencia que también me acerca a Marcel Proust. Escribiendo sobre lo interior, dando vida en lo relatado a las emociones e interpretaciones sociales y sobre todo las cotidianas de las que tan poco se escribe, incluso hoy en día.  En ese flujo de percepciones aparece la feminidad verdadera que voy compartiendo con la lectura. Lo femenino que lejos de estar sometido exclusivamente a la sexualidad que se mueve entre la heterosexualidad y la homosexualidad, es lo que describe el mundo y lo construye.

En estos días de principios de primavera avanzo por las horas al modo de May, plantando semillas y dejando que mis plantas echen raíces, viendo pasar el tiempo en el invernadero del jardín de la familia.

 

Cuando decimos que San Juan de la Cruz es el mejor poeta de cuantos han escrito en nuestra lengua es, junto a otras cosas (más propias de una clase de literatura que del placer de leer), por libros como este –Las hierbas de los regatos están blancas– que arrojaron luz y armonía sobre el año 2020 que pasó. Los mejores escritores lo incendian todo a su paso. Es la enorme paradoja en torno a la que danzan la mística y el amor: cómo el amor puede ser tan intenso que la vida no sea nada tras su paso ya; cómo morir se puede de tanto amor.

La muerte blanca de la luz inmensa que nos inunda el corazón de amor: “Las hierbas de los regatos/ están blancas/ de tanto sol” –ha escrito, sintetizándolo a la perfección, la poeta María Ángeles Álvarez. O tal vez no lo haya escrito, y solo lo ha escuchado en su interior como reverberación de otras palabras que leyera: “¡Oh Llama de amor viva/ que tiernamente hieres/ de mi alma en el más profundo centro!”. Como amanuense ha transcrito, así, con paciencia gozosa e infinito alborozo, el eco de las palabras de aquel abanderado del amor y de la fe que fue –que es cada día más– Juan de la Cruz.

En este contexto de la mística sanjuanista, la poesía de María Ángeles Álvarez surge de la paradoja y el asombro de los contrastes. “La charca/ se incendiaba”, o “A veces/ me quemas/ sin llama” son inicios de alguno de sus poemas. Algunos de sus finales son: “Lirios que nacen entre cenizas/ floreciendo en las dunas/ de mi sed” o “Mi alegría entonces/ es seguir así/ en la nube de calor/ que me está matando”. Tal vez una adherencia de la mística que la impregna. “Sé regar plantas/ y me muero/ de sed” –nos dice–. Y también: “Eres/ el incendio/ y la cerilla que lo prende”. Ninguna metáfora como la de la sed para aludir al ansia de conocimiento de los místicos; ninguna como el fuego para aludir al amor. Bien lo sabe la autora, que habla de la sed desde el alto corazón roquedo de la meseta; que habla de calor allí donde mora el frío.

Con un pie en esta corriente poética –tan presente en la poesía castellanoleonesa de las últimas generaciones– que abandera el sentimiento cercano del campo y el paisaje, y el otro en la tradición poética de nuestros dos principales escritores místicos (ella y él), la poesía de María Ángeles Álvarez traslada al paisaje castellano el fuego místico del sentimiento amoroso, reflejando en la naturaleza que hay a su alrededor sus propios sentimientos de amor humano. Las hierbas de los regatos están blancashabla, por tanto, de la naturaleza de lo humano. Habla de los contrastes del amor: “Una mano amorosa/ que quema,/ que va arrasando con todo”.

Asunción Escribano. Poeta 

Asunción Escribano es una escritora salmantina, catedrática de “Lengua y Literatura Españolas” en la Facultad de Comunicación de la Universidad Pontificia de Salamanca, donde es responsable de las materias asociadas con la Lengua y la Literatura y sus relaciones con los Medios de Comunicación Social, con la Publicidad, con la adaptación literaria a formatos audiovisuales; con la creatividad y con la escritura literaria.

Es profesora en el Máster y Diploma de Especialización en Creación Literaria de la Universidad de Salamanca.

Es miembro del Instituto de Estudios Medievales, Renacentistas y de Humanidades Digitales (IEMYRhd), de la Universidad de Salamanca.

Forma parte de “E-LECTRA. Grupo de Investigación sobre Lectura, Edición Digital, Transferencia y Evaluación de la Información Científica” de la Universidad de Salamanca.

05-AsunEscribano.jpg

Foto: Carmen Borrego

Es Doctora en Lengua española por la Universidad de Salamanca con la tesis titulada “Uso periodístico de la lengua: los títulos en prensa”, dirigida por el catedrático D. Ricardo Senabre, y defendida en la Facultad de Filología de la Universidad de Salamanca.

Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca, y Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Pontificia de Salamanca.

Máster en Creación Literaria por el Grupo Planeta y la Universidad Internacional de Valencia

Diplomada en Música, en la especialidad de Piano en el Conservatorio de Salamanca. Tiene la Certificación de Aptitud Pedagógica (C.A.P.) por la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Salamanca.

Blog Literario: asuncionescribano.net

Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Asunción_Escribano_Hernández