A veces las palabras parece que ordenan cosas de mi vida y siento que debo dejarlas todo su poder. Esto está ocurriendo con las que componen el poema «El dolmen» basadas en mi experiencia y emoción en el descubrimiento y excavación del dolmen del Prado de las Cruces de Bernuy Salinero, en Ávila. Y es que cuando terminé de escribir el poema y lo leí todo de un tirón me di cuenta de que tenía que decirse todo así, que era como un Cantar de Gesta de época prehistórica, y me imaginaba a un grupo de personas conmigo sentadas oyendo cómo las palabras, adjetivos, imágenes del poema iba haciéndose vida.

Gracias al Excelentísimo Ayuntamiento de Ávila, y a mi amiga Rosa Ruiz la arqueóloga municipal de Ávila, este sueño se va a convertir en realidad el próximo sábado 20 de junio, a las 20,30h. Podré recitar todo el poema acompañada por la percusión del gran percusionista Paco Tejero de Ambú.

Así podré volver a su verdadero lugar a las palabras poéticas que siento que andan volando ante mi. Para vivir una nueva experiencia de arqueología, poesía, naturaleza  y vida. Viendo cómo se junta todo, y cómo lo percibimos cada uno en nuestro interior.

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A veces siento que la vida te sorprende y que en medio del trabajo cotidiano, lo solitario de la creación poética y artística llegan momentos llenos de emoción.  La concesión del Premio de la Critica de Castilla y León a mi poemario «El dolmen» entra dentro de este paisaje de sorpresa y de alegría que me impulsa a vivir cada día.

La misma emoción que siento al saber que hay lectores al otro lado de mis libros, que van a recorrer los caminos interiores que voy mostrando y se van a ir encontrando consigo mismos. Y cuando pienso en cómo ha volado mi libro  tan lejos, cómo ha sido digno de mención por parte de este jurado de críticos, profesores y expertos en literatura, veo que las palabras, las que están dentro de mis versos, son las que han tomado esta decisión de salir de mi entorno y llegar mas lejos, a otros lectores, a otros lugares mas lejanos.

Son las palabras algo muy poderoso, y tienen desde luego vida propia. Las palabras de la emoción que aún siento al rememorar el descubrimiento y la excavación del dolmen de Bernuy Salinero sintiendo lo mágico del lugar, el paso de aves, ese sitio donde el aire se llena miles de aromas ancestrales y agrios. Y cuando el pasado día 6 de junio recibí este Premio, volví allí a esos momentos, me encontré con mis antepasados de hace milenios, con las creencias que salvan mi existencia de caer en el abismo de la muerte y la desesperanza. Viendo allí a mi familia  y mis amigas del alma en esa preciosa sala del Circulo de Recreo de Valladolid dentro de la Feria del Libro de Valladolid... qué momento viví, mil gracias.

Ahora lo poético de mi vida me empuja a seguir por este sendero de silencio, a seguir indagando en lo mas sutil y delicado de todo lo que vivo, a ir siempre por la vida, en cada paseo y meditación con mi cuaderno rojo, el bolígrafo, la caja de acuarelas, los pinceles y el papel, para no dejar nada por ahí flotando en solitario.  Para que todo sea, como realmente es, parte de mis poemas, para que se basen siempre en la verdad, en ese compromiso ético que me empuja a escribir, a pintar, en definitiva, a vivir.

Quiero dar las gracias de corazón al Instituto  Castellano Leonés de la lengua por este galardón y por apostar por la lengua en este mundo tan complicado en el que vivimos como vehículo de entendimiento, concordia y verdad, al valorar la belleza de esta lengua que nos permite expresarnos con tantos matices en todas sus palabras llenas de una historia que es la nuestra. Y a la Viceconsejera de Cultura de la Junta de Castilla y León Mar Sancho por sus preciosas y atinadas palabras sobre mi poema, donde siento que ha entrado hasta el fondo de todo lo que la cata arqueológica nos regala en la emoción y la vida, creencias y amor.  A Andrés Abajo, director de esta Institución por su trato afable y sincero, y la organización de este Premio tan especial. El regalo de mi  retrato por  gran pintor Angel Luis Iglesias siempre me va a recordar este día y este Premio tan especial. Mil gracias de corazón.

Ha sido un placer compartir el premio ex-aequo con el novelista Benjamin G. Rosado, también abulense y con el que comparto muchas cosas relacionadas con la musica clásica, la literatura y la tierra en la que ambos hemos crecido.

 

 

 

El Instituto Castellano Leonés de la Lengua me convocó el pasado lunes 4 de mayo para grabar un Podcast en el Palacio de la Isla en Burgos, con el otro co-ganador del premio Benjamín S. Rosado. Dentro del  proyecto cultural creado en el Instituto y dirigido  por Simoneta Música.

Es un placer hablar de literatura, de la pasión por escribir, de los procesos creativos, de las dificultades y logros a la hora de la creación, la edición y la venta de los libros. Poder compartir mis experiencias poéticas y vitales, todas las vicisitudes de este oficio poético con otro escritor cuyos puntos de vista y opiniones creaban junto a las mías, un mapa conceptual muy rico y diverso.

Un espacio llamado » ¿Seguimos o no?», que viene a reflejar la cantidad de pensamientos, situaciones, preocupaciones que tenemos los escritores dentro de nosotros cada día. Un titulo que nos impulsó a hablar y a disfrutar.

Hablamos de poesía y novela como dos formas de comunicar todo aquello que nos remueve por dentro y nos hace tomar un boli, un ordenador y comenzar a escribir, pensando siempre, al menos en mi caso, en los lectores que con un poemario mío en sus manos, van a entrar en unos pocos versos, en mi propio mundo interior, poético, vital y artístico.

Mas que para hablar de los libros ganadores del Premio, que creo sinceramente que es mejor dejarlos así intactos para la lectura, este Podcast que dirige Simoneta  Música va por otras vías, entrando en la verdad de la escritura, los bloqueos, las inseguridades, lo difícil y bello de sentarse a escribir. Y poder compartir con Benjamín, Diana Garcia Bartolomé y Alfonso Gutierrez  todo esto, ha sido un verdadero placer y una sorpresa, porque aunque tenemos géneros literarios muy distintos, al hablar la sintonía entre nosotros fue total. Nuestros dos trabajos se centran en todo aquello que va mas allá de la palabra, donde la música es el motor que va engendrando las palabras. Los dos somos grandes aficionados a la música clásica, a cantar en espacios únicos, a vivir en silencio creativo, a buscar la soledad como forma de vivir y crear. Nuestra tierra abulense parecía en todo momento, sin citarla, como el paisaje de lo que íbamos contando.

Como punto final, Diana recitando y Alfonso a la guitarra, nos ofrecieron un regalo precioso en forma de música y palabra, poniendo un fondo musical a nuestras obras. Al oír el comienzo de mi poemario «El dolmen» recitado sobre la melodía de la guitarra sentí una emoción muy grande, tan enorme como mi agradecimiento a todos los que hicisteis posible este encuentro.

Doy las gracias de corazón al Instituto de la Lengua Castellano Leonesa, a su director Andrés Abajo González por esta convocatoria y por la acogida tan amigable en una tarde burgalesa donde la lluvia caía como loca por todas partes, llenándonos de vida y energía. Hasta el arco iris se colgó por un momento de la ventana del precioso Palacio de la Isla.

 

Los libros, los poemarios tienen una peculiaridad muy sorprendente que hace que nos sobrecojan algunas de sus cosas. Es esa vida propia que manifiestan una vez que los editamos y comienzan a moverse por ahí.

Cuando escribí » El dolmen» sentí un motor imparable dentro de mí, una verdadera urgencia poética, sintiendo que todo aquello que  se estaba construyendo en mi interior a base de palabras, versos, ritmo, imágenes, siluetas, tenía que salir porque tenía que ser dicho.   Vivía y aún vivo en un nudo donde se junta mi trabajo como arqueologa en el descubrimiento y excavación de este dolmen abulense hace mas de treinta años, con la emoción que aún hoy en día siento por haber vivido en comunión profunda con aquellos pueblos que enterraban a sus seres queridos y cuyos restos yo tuve en mis manos. Y a través del análisis de lo aparecido en la excavación fui conociéndolos más y más hasta sentir algo que es increíble pero cierto, sentí cercanía.

Las palabras tienen la capacidad de abrir nuestro interior hacia lugares propios, nos hacen habitar en otros sitios, dar la mano a otras personas, emocionarnos con rituales que nos comunican dentro de esa montaña mágica que era el dolmen, con otro mundo. Crean ambiente, música, color y frío. Hacen madejas de comunicación entre nosotros que nos atrapan, la emoción, y que nos protegen del frío que muchas veces sentimos.

Mi trabajo como poeta es dejarlas libres para que hagan su propio mundo, desnudándolas de adjetivos que las amordazan, de todo aquello que envuelve la poesía llevándola al lado de lo ya dicho. Un trabajo en el que uno palabra y ritmo, en un largo poema que va reptando a medida que lo lees, como el camino de aquellos hombres al entrar por el corredor con las ofrendas y los difuntos calcinados. Entrando con las palabras en el corredor de la emoción, en un momento que parece que está fosilizado y vivo en cada uno de nosotros, el sufrimiento ante el tránsito de las personas queridas y la estadía a los pies de un abismo que no sabemos cómo se llama.

Hombres que vivieron en esta misma tierra, que se maravillaron ante la caída del sol entre las encinas, que lloraron y amaron, abrazándose a un dios cruel que los unía, construyendo grandes monumentos con piedras graníticas que se iban convirtiendo en guardianes de su vida en el mas allá que por momento sentían que se abría bajo sus pies.

Y como arqueóloga nunca pude contar estas cosas, los estudios siempre son científicos, y exentos de todo lo que tenga que ver con lo sentido, con la emoción de los que sacamos con nuestras manos restos de seres  de más de cuatro mil años. Pero la excavación tiene un elemento único que es el que  pone verdad a todo, el arqueólogo, su persona que va mas allá de lo mecánico de la extracción, siglado y documentado.  Y todo ese mundo verdadero pero en fuga es al que se dirige la poesía mostrando un todo mas orgánico y verdadero.

Recibir este  XXIII Premio de la Crítica de Castilla y León me emociona profundamente. Vuelvo en mi interior a ese momento de unión con esos hombres y de la mano parece que los llevo a este siglo XXI tan convulso donde  las lecciones que ellos nos aportan son importantes más que para vivir, para sobrevivir con dignidad, conociéndonos un poco más a nosotros mismos. A esos seres sencillo que realmente somos, que disfrutamos con el sol rayando el horizonte y el ruido del agua despeñándose entre las rocas. Hombres de esta tierra castellana que parece que se levantan en mis palabras a recibir este abrazo de los lectores que a ellos se dirigen en cada verso del libro.

Un poema que tiene un ritmo por dentro, que nos invita a viajar en un momento a otro lugar que aunque es prehistórico sentimos que ocurre ahora, así es verdadero  y real  para nosotros. Un poema para leerlo en un lugar abierto, en el campo donde las palabras se sientan bañadas por el aire, y la sombra del vuelo de los pájaros vaya anclando todo para nosotros, en la lectura.

Doy las gracias al Instituto de la Lengua Castellana por este Premio que me da nueva energía para seguir en la senda que la poesía me marca, y a todos los lectores que ya han entrado en este corredor angosto, que han vivido los ritos, el desgarro y el dolor en mis palabras y versos, para entre todos, aportar algo al hoy que parece tan atrapado en los barros, donde lo que fuimos aparece como motor de lo que somos y a donde vamos.

En estos días se juntan en mi escritorio y en mi invernadero un montón de libros relacionados con la jardinería. Los árboles están ya mostrando sus yemas y siempre a finales de febrero me pongo a pensar en cómo me gustaría tener el jardín en primavera y comienzo a planificar y a hacer semilleros de todas las plantas y flores que amo. He descubierto, con el paso de los años y las estaciones, que este amor es selectivo, todas las flores me gustan pero hay algunas que para mí, son piezas de un museo. Sigo en este pensamiento a la gran novelistas Vita Sackville-West, una gran jardinera y amiga íntima de Virginia Woolf,cuya relación quedó reflejada en ese libro mágico y lleno de imaginación que es Orlando.

Estoy enfrascada en la lectura de las cosas de Virginia en estos días que celebramos los cien años de la publicación de Mrs. Dalloway. Estoy disfrutando con las cartas recogidas en un delicioso libro de Páginas de Espuma llamado Una carta sin pedirla. En ellas me encuentro con la mujer que estaba detrás de sus libros, en donde hablaba de decoración, de jardinería, de comidas al aire libre, de amigos y tardes con una taza de té, de las dificultades de la escritura, sus entradas y salidas del sanatorio, la crítica despiadada y de las cosas de la imprenta de Hogarth Press. Entre ellas están las cartas a esta amiga tan especial junto a otros grandes escritores como Lytton Strachey, Thomas Hardy, Gerard Brenan, T.S. Eliot. Así como a su hermana Vanessa y su marido Leonard en unas cartas llenas de complicidad y ternura.

Vita Sackeville-West creó un espacio único en los jardines de su castillo Sissinghurts, en el condado de Ken y escribió un libro delicioso que está siempre presente en mi biblioteca, Mis flores, donde elige unas venticinco flores que para ella son especiales, no por ser las más bonitas por sus colores, aromas o porte sino porque ella al tenerlas y cultivarlas descubría su belleza más sutil, aquella que sólo los muy pegados a la tierra de nuestras macetas y jardines podemos tener. Cuenta algo que comparto completamente, esa imposibilidad de describir la belleza de las flores sin caer en frases e ideas tan manidas como insulsas. Ella llama a sus elegidas, las flores de mi museo, y así considero yo también a las mías en estos gélidos días de febrero aquí en Ávila.

La otra tarde me acerqué con mis hijas al Museo del Prado para disfrutar de una visita que es realmente un paseo botánico. En una selección de cuadros diseminados por todas las salas del enorme edificio, mientras vas paseando por ellas y disfrutando con la vista, comienzas a ver estas flores de museo, que están formando parte de grandes obras de arte y que muchas veces pasan desapercibidas. Me sentí como una niña jugando al escondite, buscando el tesoro escondido, que aparecía en cuadros tan fantásticos como el de Joachin Patinir, Descanso en la huida a Egipto, con un gordolobo grande pintado a la derecha de la Virgen y que es una planta que se utilizaba quemándola en las ceremonias funerarias en alusión a la muerte de Jesús, y a la luz de su Resurrección. Vas en el paseo, basado en el genial libro de Eduardo Barba Gómez, pasando de una belleza botánica a otra, muchas veces miniaturas que aportan sentido al cuadro, como las hierbas de San Benito del Descendimiento de Rogier van der Weyden, unas flores que repelen con su fuerte olor a los bichos peligrosos, y que son capaces de aferrarse a los pelos de los animales que se acercan a su corola, propagando su especie más allá de la planta madre.

Siguiendo a Vita, una de mis flores favoritas y que deseo cultivar aquí en Ávila es la Fritiliaria meleagris, conocida como tablero de damas, que también está en el Prado en un tablero de piedras semipreciosas del Bufete de don Rodrigo Calderón.

Las flores son pequeños seres vivos que viven a la altura de nuestros pies, amigas que nos mandan mensajes, pequeñas cartas sin pedirlas, donde nos hablan de cosas sensibles y delicadas. Las cosas de las que se compone lo mas bello de la vida. Libros de Virginia y de Vita con sus flores amadas, tomando té con mis amigas y mis hijas aquí en el jardín, hablando de la belleza de la Exposición del Prado, viendo cómo avanza la estación y se abre lentamente la primavera, aunque los charcos aún estén tapados de hielos espesos.

Desde hace años cuando llega la primavera suelo cumplir un ritual poético y me siento en medio de una pradera florida a leer el Cántico Espiritual de San Juan. La belleza de lo contemplado tiene un eco en los versos con los que parecen encajar a la perfección los árboles que se cimbrean, las violetas, las hierbas frescas, la luz que se columpia entre todo.

Mi Amado las montañas,

los valles solitarios nemorosos,

las ínsulas extrañas,

los ríos sonorosos,

el silbo de los aires amorosos

Este año mi lectura primaveral se ha visto envuelta en un manto de tierra. Me siento como un topo revolviéndose en sus corredores atrapada por una migraña cronificada que me deja fuera de la vida muchos días. Al dolor físico se une una pena profunda por vivir sólo a sorbos, mientras me siento atrapada en un escenario de oscuridad.

Cuando San Juan creó el poema más bello de la literatura en lengua castellana, se hallaba en una prisión toledana. Estaba como sepultado, en aquel pequeño cubículo, denominado por algunos estudiosos de su vida como sepultura, en una cárcel toledana dentro del Convento de los Carmelitas de Toledo. Le habían detenido en Ávila, en el Monasterio de la Encarnación la noche del 2 al 3 de diciembre de 1577, como si fuera un convicto.  Le montaron en un pollino con los ojos vendados y así llegó a Toledo para comenzar este cautiverio, en absoluta soledad y donde le imponían muchas “disciplinas” que hoy en día nos parecen inhumanas, como echarle la comida en el suelo del refectorio para que comiera como un animal, o no dejarle que se cambiase de habito y ropa, siendo atacado por un ejército de piojos.

Los cargos que se le imputaban tenían que ver con su fidelidad a Teresa de Jesús y a la reforma que había emprendido, y ambos eran definidos en Roma como descalzos desobedientes, rebeldes y contumaces.

Para poder escribir el poema, nuestro Santo no tenía nada. Su mini celda era el retrete del convento, no tenía luz, sólo una pequeña ventana dejaba entrar algún rayo de sol en algún momento del día, y no tenía papel ni pluma. Toda esa belleza donde él buscaba a su Amado estaba sólo en su cabeza, en su interior.

Me imagino las horas recitando por dentro todo, y viviendo, emocionándose con el amor que sentía en medio de la oscuridad más absoluta y del dolor físico y emocional.

Buscando mis amores,

iré por esos montes y riberas;

ni cogeré las flores,

ni temeré las fieras

y pasaré los fuertes y fronteras

 

Ahora que yo también recuerdo los versos en el eco que han dejado en mí tantas lecturas, en la oscuridad y la pena que el dolor me deja, entiendo todo y veo la vida de una manera más sensible y verdadera, con sus claroscuros. No hay en estos momentos difíciles que todos vivimos una oscuridad absoluta que nos deja fuera de la vida, aunque por momentos sentimos que es así y nos desesperamos. Nos dice el Santo que hay una especie de penumbra iluminada por lo vivido, por el amor recibido, por tanta belleza que se nos ha dado lo largo de nuestra vida, esas tardes y mañanas en la pradera llena de violetas con mis hijos alrededor. Nuestro lecho florido, de cuevas de leones enlazado, en purpura tendido, de paz edificado…

A Juan para insultarle le llamaban en el convento Lima sorda, porque no eran capaces de sacarle ninguna critica a Teresa renegando de su reforma. El síndrome de Estocolmo no le afectó en absoluto, todo el mecanismo de hablar sobre él como renegado de la causa, de su soledad siguiendo una cimera que ni Teresa ya seguía, no hicieron mella en su espíritu.  Estaba lleno de luz y amor, y esto bastaba para iluminar todo y llenar su existencia de belleza, consuelo y paz.

La lección que nos regala Juan dirigiendo su vida llena de dolor, oscuridad, incomprensión y sufrimiento es enorme. Esa noche que nos aplasta muchas veces no es tan radicalmente oscura, podemos volver a tantos momentos llenos de amor y belleza y reviviendo en ellos al modo de las moradas de Teresa, abrimos puertas y pequeñas ventanas en medio del sufrimiento.

He aprendido de Juan que cuando una migraña me azote, en esa mazmorra de mi cama, puedo volver a recitar como rumiando lentamente estas palabras tan bellas y llenas de verdad:

Más ¿cómo perseveras,

¡oh vida ¡, no viviendo donde vives,

y haciendo porque mueras,

las flechas que recibes

de lo que del Amado en ti concibes,?

Entonces toda esta lección de vida siento que me levanta el ánimo y me consuela, llenando de belleza tanto malestar.

Y el cerco sosegaba,

y la caballería

a vistas de las aguas descendía.

Un jardín

 

El próximo viernes 1 de diciembre presento en Ávila mi último poemario Un jardín amado donde descansar y ahora que tengo ya los ejemplares en mis manos vuelvo al momento de la escritura bajo los prunos de la entrada de casa. Eran esos días en que estábamos aún con la resaca del Covid teniendo miedo de nuestra propia sombra si se acercaba un poco más de la cuenta. El verano estaba siendo cruel, con temperaturas tan elevadas que muchos árboles centenarios se murieron, recuerdo unas nogalas majestuosas y cómo se iban secando desde dentro.

Durante los días del confinamiento mis plantas llenaron esas horas lentas llenas de presión y angustia, de buenas vibraciones y de paz. Mi relación con ellas cambió de manera sustancial, pasaron de ser seres bellos que dormitan en las terrazas, el invernadero y el jardín, a ser verdaderas doctoras de mi alma que en estos días estaba mustia y llena de tristeza. Comencé a relacionarme con ellas de manera más cercana, sintiendo por primera vez que también respiran, me acompañan y me ayudan en muchas cosas del día a día.

Abrirnos a lo natural de manera cercana, sintiéndonos un pequeño ser más de los que pueblan un jardín, es una experiencia llena de emoción que recomiendo a todos, y sobre todo cuando pasamos por malos momentos de tristeza por la pérdida de un ser querido, por tener una migraña pertinaz y dura o un estado anímico lleno de nubarrones.

El ser florista y empresaria en el sector de la jardinería me pone en contacto directo con mis clientes y su relación con las plantas, árboles, semillas y bulbos que adquieren. Muchas veces cuando lo único que mueve a la compra es un deseo de decoración de un determinado lugar de sus casas, me entristece un poco ver la cara de la plantita elegida para esa única función, que se llenará de polvo sobre una repisa encima de un radiador. Considerándolas sólo como elementos decorativos y bellos, que desde luego lo son de verdad, nos estamos perdiendo su verdadero valor en nuestras vidas como aliadas y amigas en nuestra casa.

Siento mucha ternura y una verdadera manta de compasión sobre mi cabeza cuando me pongo a cuidarlas, a cortar sus hojitas, a abonarlas y regarlas. Entro en un estadio de relación que me dice seriamente que estas plantas son seres vivos como yo, que son mis mascotas verdes, floridas y bellas. Me siento amada y comprendida, más allá de la contemplación avanzo por lugares mucho más etéreos, me permiten volar sobre los problemas y los dolores, dejando atrás la sombra de tanta ansiedad.

Abrí mi cuaderno rojo, y toda esa sensación de sentirme cobijada comenzó a reflejarse en los versos que iban saliendo lentamente, mientras las sombras de los árboles se iban moviendo como en un baile lento, con el cielo azul como escenario. Unos versos que quieren agradecer a todas mis plantitas la curación de tanto malestar, migrañas y angustias. A unos amigas llenas de hojas que son mis maestras de vida en muchas cosas, aportando sosiego, ternura y bienestar sólo a cambio de unos pocos cuidados, del riego, y del amor.

Descubrí, y ahora quiero compartirlo con todos vosotros mis lectores, que era la poesía la forma de expresar todo este mundo verde que me salva, porque es la expresión de estas plantas, de este jardín que tanto me aporta y donde puedo descansar sintiéndome amada, consolada y en paz. Es la palabra poética la que puede abrir espacios interiores donde encontrarnos con todo este mundo verde y florido, haciéndonos vivir por momentos en el jardín aún en los meses y días más fríos, tristes y duros. Un nuevo poemario que se llena también de mis acuarelas como expresión de los versos, ampliando  junto a ellos la estadía verde y tierna en un jardín amado donde verdaderamente siento que puedo descansar.

 

El canto azul.

El nuevo Club de Amigos de la Casa de la Poesía.

 

Cuando el poeta Carlos Aganzo escribió su poemario Paraíso claustral no podía imaginar que sus palabras iban a encabezar este artículo en el que quiero hablar de poesía, de amistad y de gratitud. No basta con vivir. Es necesario/ esculpir lo vivido. Los versos son así amigo Carlos, viven libres por ahí y a veces se posan en artículos de periódicos.

Hace cinco años se abrió en Ávila un lugar donde esculpir lo vivido, donde oír los cantos azules de los más de treinta poetas que nos han visitado y que han dejado un legado lleno de lirismo y belleza en nuestro corazón, en la Casa de la Poesía Juan de la Cruz. Grandes poetas y amigos que van ensanchando nuestra mirada cotidiana con su persona y obra.

No basta con leer, con escribir. Es obligado vivir según lo escrito, dice Carlos. Realmente si dejamos anclada a una lectura o escritura solitaria toda nuestra actividad literaria y poética, estamos dejando de disfrutar de muchas otras cosas importantes. La cercanía con quien ha escrito los poemas y con quienes como nosotros disfrutan oyendo recitar versos nos reconforta. La lectura y escritura se convierten en un verdadero placer cuando se asientan, en esta red de amistad con autores y lectores.  Momentos que enriquecen no solo el acto de leer o de escribir sino de vivir. Nos empujan por una senda nueva de vida y de creación que nos hace reflexionar sobre lo más hondo de nosotros, sobre la belleza, el arte y la vida.

Reunirnos para dejar a la poesía un lugar, aquel que se abre más allá de las palabras, y que nos amplifica la mirada y nos hace cantar una música sincopada con el latir del mundo. En un mundo tan complejo como el que vivimos, tan lleno de conflictos, violencia e intransigencia, la poesía enriquece a la vida, sacando la esencia de nuestra naturaleza, de nuestra humanidad. Nos ayuda a descubrir este tesoro oculto en nosotros, dejando que obre con toda su fuerza el mágico poder de las palabras escritas que viven en los poemas y transcienden la vida, como estas de Paraíso claustral.

Carlos ha unido en este poemario el jardín oculto al que se retiró un poeta chino del s. IX llamado Sikong con la celda del monje místico Bernardo de Claraval . Un puente que no es algo forzado, una licencia de creación poética, sino que nos habla de esa íntima relación que existe entre la poesía y la mística. Y es en Ávila donde todo esto tiene un verdadero sentido ya que aquí nació y vivió durante muchos años el poeta más sublime de la historia, Juan de la Cruz. Teníamos que abrir su casa en Ávila, teníamos que ir poniendo poco a poco las piedras de esta construcción en un terrero cercano a donde él vivió, en Monasterio de la Encarnación y donde hoy en día vienen cientos de personas de todo el mundo a estudiar sus libros y a encontrase con su persona en la Universidad de la Mística, CITeS.

San Juan fue un poeta que siempre compartía sus escritos con sus amigos, para ellos escribía. Era muy cercano con todos, y muchas veces cogía un papelito y escribía un poema que ponía en el bolsillo de una monja o de un seglar. En uno de estos papeles dibujó el famoso Cristo con esa perspectiva que tanto impresionó a Dalí y que se encuentra en el Museo de la Encarnación. Nos enseña a compartir poesía, a establecer lazos de fraternidad y de amistad, a construir juntos esta casa poética, a reunirnos cada ultimo martes de mes. A crear nuevos lazos entre nosotros como este nuevo Club de Amigos de la Casa de la Poesía: poetas, lectores y amigos que apoyamos esta construcción. Un club que estamos creando y al que os invito, amigos. Así en las normas de la Casa de la Poesía que este club de amigos presenta, se pone a la poesía, la amistad y la gratitud en el centro de todo. Un club desde donde agradecer tanto que se nos brinda en esta Casa de Poesía, dando las gracias a los poetas que vienen a vernos desde tantos lugares, a los que consideramos verdaderamente amigos. La amalgama de la respiración/con la mas pura vibración del aire. Amalgama de palabras, versos, amistad , belleza, sosiego, creación y paz.

 

Mensajes sanadores desde la nebulosa del tiem

 

Así comienza un poema escrito en el s.XIII por una mujer, beguina, llamada Hadewich de Amberes. Su nombre aparece en medio de una nebulosa que nos lleva a una época muy antigua pero fascinante. La lengua que utiliza para escribir sus textos es la propia del Ducado de Brabante, sus Cartas y Canciones nos muestran su elevada educación y el gran dominio de la lengua en un momento en el que estamos en los inicios de la literatura en los Países Bajos, expresando en ellos su vida interior, yendo por tanto un paso mas allá en la expresión que en el momento se centraba sobre todo en los textos sobre la vida cotidiana y caballeresca.

Lo que me hace leer una y muchas veces sus textos es la viveza de lo contado que al referirse a lo que nos acontece por dentro encuentra un puente perfecto con mi interior. Así nos entendemos profundamente, y llego a aprender muchas cosas de Hadewich, que se comporta conmigo como una mistagoga o maestra de vida espiritual al estilo de Teresa de Jesús.

Hacia finales del s. XII hubo un grupo de mujeres en distintos sitios de Europa que abandonaron sus vidas como señoras, viudas o solteras para ir a mendigar por las aldeas siguiendo el ideal radical y auténtico del Evangelio. Buscaron otra vía alternativa al matrimonio o la vida consagrada dentro de un convento. Algunas vivían errantes y otras se asentaron en casas individuales o en pequeñas comunidades de compañeras. Al principio este nombre, beguinas, tenía connotaciones heréticas como beatas dispersas pero luego poco a poco al ir conociéndolas esta apreciación cambió totalmente. Se dedicaban a enseñar, a curar enfermos, y a ayudar a todo el que estuviera a su alrededor también en el ámbito de la espiritualidad. Llevaban una vida de oración continua y debido a lo esmerado de su educación también interpretaban las Sagradas Escrituras lo que comenzó a levantar muchas sospechas sobre ellas, llevando a un gran número de estas mujeres a la hoguera.

Hadewich tiene un lugar de renombre entre las beguinas, por su propia vida y expresión de lo vivido en el alma, lo que llega acarrearle muchas incomprensiones incluso entre estas mujeres. Sus Cartas son documentos muy valiosos no sólo para sus discípulas de ese momento sino para todos y así a sido a lo largo de la historia. Su camino místico empujó a esta beguina a hablar sobre sus experiencias y a compartir todo esto con sus amigas para ayudarlas también a ellas en el camino de la vida.

En un tono apasionado nos habla del amor y de cómo cambia nuestra vida cuando nos hacemos súbditos de él. Pero lo que me engancha a su lectura son todas las apreciaciones sobre las adversidades, problemas, enfermedades que sufrimos. Sobre la falta de lealtad de los amigos, la inestabilidad interior y la búsqueda de Dios en el ritualismo que nos ata dolorosamente el espíritu cuando no va lleno de la verdad y el amor que nos habita. Sobre el abandono que sentimos, ese sentimiento de orfandad vital que nos empuja muchas veces a la tristeza y la depresión.

La literatura epistolar en la Edad Media tenía unos matices diferentes a los de hoy en día. Se escribía para ser leído en voz alta, ya que la escritura estaba sólo restringida a un grupo de privilegiados. Siempre utiliza la expresión “querida niña”, no porque sus destinatarias fueran jóvenes sino para introducir en sus palabras un gesto de cariño y cercanía que hoy llamamos empatía. Con sus consejos hallaban consuelo en la adversidad de una vida llena de riesgos y de dificultades.

Sus Canciones, a las que pertenece este verso que he utilizado para el título, expresan de manera poética la raíz experiencial de su vida. Nuevamente éste es el medio que utilizan los místicos para comunicarnos su vida interior. Para contarnos que aunque languidecen la estación y las aves, aunque la vida a veces se ponga difícil, es el amor lo que nos salva, rescatándonos como a estas mujeres del peligro, la incomprensión y la tristeza. Mujeres que desde la nebulosa del tiempo nos lanzan mensajes sanadores para seguir caminando.

Durante el s.XIX en Inglaterra se desarrolló una verdadera pasión por los helechos. Una verdadera Pteridomanía.
Eran las plantas mas deseadas por los jardineros, sustituyendo flores y macizos y también eran la inspiración para muchos trabajos manuales decorativos.
Se enviaban hojas de helechos pegados para felicitar el día de san Valentín, para invitaciones de bodas, bautizos. Aparecieron decoradas las vajillas, cortinas, papeles pintados con hojas de helechos
La locura por los helechos llegó a tal punto que se llegaron a esquilmar algunas variedades. !Se llegó a hablar de la necesidad de legislar para protegerlos!.

En la segunda mitad del s. XIX,….! los padres elegían el nombre de Fer, helecho para sus hijas e hijos!, y también en  el nombre de sus casas: Fern House, Fern Lodge, Fern Ville.
Las hermanas Bronte, las reconocidas escritoras de novelas tan famosas como «Cumbres borrascosas» adoraban los helechos. Salian diariamente a dar largas caminatas, para admirarlos, y recolectar sus hojas. Les recordaban los poemas de poetas románticos como  Dorothy y William Wordsworth.

Dorothy , la hermana de Wordsworth recogía los helechos en los alrededores de su casa en Dove, los transplantaba en su jardín para que su hermano se inspirara y pudiera escribir sus poemas. Charlotte  Bronte se fue de luna de miel a ver helechos,…

 


Como los helechos nacían en lugares oscuros y en medio de bosques, en ruinas, tapias, árboles huecos, cercas, sirvieron como imagen de las ambientaciones de los poemas góticos, dentro de un Revival del estilo, en el arte, arquitectura y diseño. Hadas, duendes se reunían en los claros de los bosques llenos de helechos al caer la noche,…

El helecho se contemplaba como una emanación del alma de las personas, espíritu de artista, con una creatividad orgánica total. Ruskin creía que la mano de Dios podía hallarse en los espirales de los helechos florecidos.

En el lenguaje de las flores, una tarjeta con un helecho significaba fascinación

Esta ramita de helecho
te dirá, sin necesidad de palabras
que, gracias a los encantos de tu arte,
tu  semblante modesto,
tu corazón amante,
me tienes felizmente fascinado

 

¡Ten compasión, piedad, amor!… de John Keats

¡Ten compasión, piedad, amor! ¡Amor, piedad!

Piadoso amor que no nos hace sufrir sin fin,

amor de un sólo pensamiento, que no divagas,

que eres puro, sin máscaras, sin una mancha.

Permíteme tenerte entero… ¡Sé todo, todo mío!

Esa forma, esa gracia, ese pequeño placer

del amor que es tu beso… esas manos, esos ojos divinos

ese tibio pecho, blanco, luciente, placentero,

incluso tú misma, tu alma, por piedad, dámelo todo,

no retengas un átomo de un átomo o me muero,

o si sigo viviendo, sólo tu esclavo despreciable,

¡olvida, en la niebla de la aflicción inútil,

los propósitos de la vida, el gusto de mi mente

perdiéndose en la insensibilidad, y mi ambición ciega!

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