A veces siento que la vida te sorprende y que en medio del trabajo cotidiano, lo solitario de la creación poética y artística llegan momentos llenos de emoción.  La concesión del Premio de la Critica de Castilla y León a mi poemario «El dolmen» entra dentro de este paisaje de sorpresa y de alegría que me impulsa a vivir cada día.

La misma emoción que siento al saber que hay lectores al otro lado de mis libros, que van a recorrer los caminos interiores que voy mostrando y se van a ir encontrando consigo mismos. Y cuando pienso en cómo ha volado mi libro  tan lejos, cómo ha sido digno de mención por parte de este jurado de críticos, profesores y expertos en literatura, veo que las palabras, las que están dentro de mis versos, son las que han tomado esta decisión de salir de mi entorno y llegar mas lejos, a otros lectores, a otros lugares mas lejanos.

Son las palabras algo muy poderoso, y tienen desde luego vida propia. Las palabras de la emoción que aún siento al rememorar el descubrimiento y la excavación del dolmen de Bernuy Salinero sintiendo lo mágico del lugar, el paso de aves, ese sitio donde el aire se llena miles de aromas ancestrales y agrios. Y cuando el pasado día 6 de junio recibí este Premio, volví allí a esos momentos, me encontré con mis antepasados de hace milenios, con las creencias que salvan mi existencia de caer en el abismo de la muerte y la desesperanza. Viendo allí a mi familia  y mis amigas del alma en esa preciosa sala del Circulo de Recreo de Valladolid dentro de la Feria del Libro de Valladolid... qué momento viví, mil gracias.

Ahora lo poético de mi vida me empuja a seguir por este sendero de silencio, a seguir indagando en lo mas sutil y delicado de todo lo que vivo, a ir siempre por la vida, en cada paseo y meditación con mi cuaderno rojo, el bolígrafo, la caja de acuarelas, los pinceles y el papel, para no dejar nada por ahí flotando en solitario.  Para que todo sea, como realmente es, parte de mis poemas, para que se basen siempre en la verdad, en ese compromiso ético que me empuja a escribir, a pintar, en definitiva, a vivir.

Quiero dar las gracias de corazón al Instituto  Castellano Leonés de la lengua por este galardón y por apostar por la lengua en este mundo tan complicado en el que vivimos como vehículo de entendimiento, concordia y verdad, al valorar la belleza de esta lengua que nos permite expresarnos con tantos matices en todas sus palabras llenas de una historia que es la nuestra. Y a la Viceconsejera de Cultura de la Junta de Castilla y León Mar Sancho por sus preciosas y atinadas palabras sobre mi poema, donde siento que ha entrado hasta el fondo de todo lo que la cata arqueológica nos regala en la emoción y la vida, creencias y amor.  A Andrés Abajo, director de esta Institución por su trato afable y sincero, y la organización de este Premio tan especial. El regalo de mi  retrato por  gran pintor Angel Luis Iglesias siempre me va a recordar este día y este Premio tan especial. Mil gracias de corazón.

Ha sido un placer compartir el premio ex-aequo con el novelista Benjamin G. Rosado, también abulense y con el que comparto muchas cosas relacionadas con la musica clásica, la literatura y la tierra en la que ambos hemos crecido.

 

 

 

 

Los libros, los poemarios tienen una peculiaridad muy sorprendente que hace que nos sobrecojan algunas de sus cosas. Es esa vida propia que manifiestan una vez que los editamos y comienzan a moverse por ahí.

Cuando escribí » El dolmen» sentí un motor imparable dentro de mí, una verdadera urgencia poética, sintiendo que todo aquello que  se estaba construyendo en mi interior a base de palabras, versos, ritmo, imágenes, siluetas, tenía que salir porque tenía que ser dicho.   Vivía y aún vivo en un nudo donde se junta mi trabajo como arqueologa en el descubrimiento y excavación de este dolmen abulense hace mas de treinta años, con la emoción que aún hoy en día siento por haber vivido en comunión profunda con aquellos pueblos que enterraban a sus seres queridos y cuyos restos yo tuve en mis manos. Y a través del análisis de lo aparecido en la excavación fui conociéndolos más y más hasta sentir algo que es increíble pero cierto, sentí cercanía.

Las palabras tienen la capacidad de abrir nuestro interior hacia lugares propios, nos hacen habitar en otros sitios, dar la mano a otras personas, emocionarnos con rituales que nos comunican dentro de esa montaña mágica que era el dolmen, con otro mundo. Crean ambiente, música, color y frío. Hacen madejas de comunicación entre nosotros que nos atrapan, la emoción, y que nos protegen del frío que muchas veces sentimos.

Mi trabajo como poeta es dejarlas libres para que hagan su propio mundo, desnudándolas de adjetivos que las amordazan, de todo aquello que envuelve la poesía llevándola al lado de lo ya dicho. Un trabajo en el que uno palabra y ritmo, en un largo poema que va reptando a medida que lo lees, como el camino de aquellos hombres al entrar por el corredor con las ofrendas y los difuntos calcinados. Entrando con las palabras en el corredor de la emoción, en un momento que parece que está fosilizado y vivo en cada uno de nosotros, el sufrimiento ante el tránsito de las personas queridas y la estadía a los pies de un abismo que no sabemos cómo se llama.

Hombres que vivieron en esta misma tierra, que se maravillaron ante la caída del sol entre las encinas, que lloraron y amaron, abrazándose a un dios cruel que los unía, construyendo grandes monumentos con piedras graníticas que se iban convirtiendo en guardianes de su vida en el mas allá que por momento sentían que se abría bajo sus pies.

Y como arqueóloga nunca pude contar estas cosas, los estudios siempre son científicos, y exentos de todo lo que tenga que ver con lo sentido, con la emoción de los que sacamos con nuestras manos restos de seres  de más de cuatro mil años. Pero la excavación tiene un elemento único que es el que  pone verdad a todo, el arqueólogo, su persona que va mas allá de lo mecánico de la extracción, siglado y documentado.  Y todo ese mundo verdadero pero en fuga es al que se dirige la poesía mostrando un todo mas orgánico y verdadero.

Recibir este  XXIII Premio de la Crítica de Castilla y León me emociona profundamente. Vuelvo en mi interior a ese momento de unión con esos hombres y de la mano parece que los llevo a este siglo XXI tan convulso donde  las lecciones que ellos nos aportan son importantes más que para vivir, para sobrevivir con dignidad, conociéndonos un poco más a nosotros mismos. A esos seres sencillo que realmente somos, que disfrutamos con el sol rayando el horizonte y el ruido del agua despeñándose entre las rocas. Hombres de esta tierra castellana que parece que se levantan en mis palabras a recibir este abrazo de los lectores que a ellos se dirigen en cada verso del libro.

Un poema que tiene un ritmo por dentro, que nos invita a viajar en un momento a otro lugar que aunque es prehistórico sentimos que ocurre ahora, así es verdadero  y real  para nosotros. Un poema para leerlo en un lugar abierto, en el campo donde las palabras se sientan bañadas por el aire, y la sombra del vuelo de los pájaros vaya anclando todo para nosotros, en la lectura.

Doy las gracias al Instituto de la Lengua Castellana por este Premio que me da nueva energía para seguir en la senda que la poesía me marca, y a todos los lectores que ya han entrado en este corredor angosto, que han vivido los ritos, el desgarro y el dolor en mis palabras y versos, para entre todos, aportar algo al hoy que parece tan atrapado en los barros, donde lo que fuimos aparece como motor de lo que somos y a donde vamos.

Ayer estuvimos en el dolmen de Bernuy Salinero para ver la puesta del sol y el firmamento en el solsticio de invierno. Aunque la tarde y la noche estuvieron nubosas y el cielo no permitía ver los astros , planetas y estrellas, el momento fue impresionante.

Las puestas del sol en Bernuy en estos días de otoño- invierno son bellísimas, con sus colores tan marcados sobre las montañas. Disfruté mucho en un viaje que como un regalo me volvía a situar en el momento del descubrimiento y en los días de la excavación. La emoción por ir redescubriéndose una parte de la prehistoria de Ávila, siguiendo la huella a nuestros antepasados de hace milenios. En unos momentos que interrogan al hombre de todos los tiempos, en la muerte y su conexión con la vida, en un circulo continuo en medio de la naturaleza, fuego, piedra, agua y firmamento.

Recordar el descubrimiento hace mas de 30 años, y hacerlo con tanta gente que se acercó al dolmen, mis hijas, mi querida amiga y arqueóloga Rosa Ruiz. Momentos por los que doy mil gracias a Dios.

 

Este año nos está poniendo a prueba. Todas las restricciones que impone la pandemia así como el temor al contagio y el dolor por la perdida de seres queridos parece que son un poso amargo que va cayendo dentro de cada uno.

Las reuniones familiares se quedan muy reducidas, las fiestas sociales desaparecen, las calles parecen mucho mas tristes este año con cientos de negocios cerrados. En palabras de nuestro santo Juan de la Cruz sentimos que atravesamos una noche oscura llena de pesar y ansiedad. Pero si nos acercamos al santo de manera un poco mas cercana, leyendo sus obras y meditando lo que nos dice, la noche no es sinónimo de oscuridad y tristeza absoluta sino es un espacio donde vislumbramos la luz, transformando nuestro corazón. Un periodo de prueba que nos puede transformar si queremos vivir de manera mas sincera con nosotros mismos. Un momento de reflexión en la penumbra que nos reconstruye por dentro.

En Ávila estas navidades están llenas de esos pequeños rastros de la luz que nos pueden ayudar. Y tenemos que hacer una lectura desde la penumbra de estos días, viendo qué somos y cómo nos transformamos para ese renacimiento que supone la navidad.

Estamos en la ciudad mejor para vivir algunas experiencias navideñas únicas, las de la verdadera navidad alejadas de todo el ruido y el consumismo que rodea estas fiestas. La primera y mas sobresaliente es sin duda la propia ciudad amurallada, la decoración navideña mas bella que se pueda imaginar. La vista de una ciudad que en la noche parece elevarse en medio de un cielo azul, tan bella y sorprendente, aunque lleves toda tu vida viviendo entre estas almenas. Nos empeñamos en poner luces en las calles al modo de otras ciudades y tenemos en luz lo que nadie puede tener, una muralla bellísima iluminada.

Tenemos en segundo lugar una historia profunda y riquísima que aparece también en estos días como luces en medio de la oscuridad. Muchos pueblos desde la prehistoria han vivido en este mismo lugar donde ahora estamos tan tristes y desconcertados. Debajo de nuestros pies los yacimientos arqueológicos nos van mostrando sus costumbres y modo de vida, como vivían estos días de navidad que coinciden con el cambio de estaciones en el solsicio de invierno. Tenemos un yacimiento extraordinario en el dolmen de Bernuy Salinero, que nos habla de las gentes que vivieron en esta tierra hace miles de años y que también se conmovían con la oscuridad de estos días y buscaban como hacer para que la luz de la primavera comenzara a iluminar sus vidas. La posibilidad de ver el cielo y estar al atardecer del día 21 de diciembre en el dolmen es un regalo navideño para todos, porque nos habla de esta conexión con nuestras raíces mas remotas, uniéndonos entre nosotros.

La navidad es para todos un momento de renacimiento, un año nuevo siempre aparece como el mejor regalo de estos días. Decoramos nuestras casas y nuestros místicos Juan y Teresa nos hablan de lo que puede pasar en nuestro interior, en nuestro castillo si nos abrimos al misterio que nos envuelve en estos días. Lo exterior desaparece tras la recogida de los adornos y la limpieza de la casa, mientras lo que renace por dentro nos lleva adelante sacándonos del miedo, la ansiedad y la tristeza.

Tenemos por tanto una tercera experiencia navideña única en Ávila, poder leer lentamente a nuestros místicos en el lugar donde ellos vivieron y sintieron tantas cosas que nos explican, en una ciudad que estaba en su retina y en su corazón como en nosotros. Nadie tiene esto, a Teresa y a Juan a su lado en casa esta navidad.

Frente a la pesadumbre que oigo entre mis amigos sobre la situación y la ciudad en estos días, me atrevo a gritar que esto no es así. Hay aquí mas luces navideñas que en ningún otro lugar del mundo, y además son luces que nos hacen revivir anclándonos a nuestro pasado, dentro de una ciudad abrazada por una muralla que, en luces, se eleva. Feliz Navidad.

 

 

Cada vez me doy mas cuenta de la relación tan profunda que tenemos los hombres con el medio donde nacemos y vivimos, con la naturaleza donde existimos. El suelo con su variedad de colores, minerales, las piedras, los árboles y arbustos que crecen alrededor. Los pequeños roedores, las águilas que surcan el cielo. Los ríos, arroyos, las tranquilas charcas donde se refleja el sol. El firmamento que se enciende al declinar cada día marcando rutas misteriosas encima de nosotros.

Nuestros antepasados mas remotos, los que vivieron en esta misma tierra hace mas de 5000 años tenían todavía una relación mas íntima con lo natural.  De su fusión con la naturaleza surgieron sus creencias, sus divinidades, ritos de distinto tipo. La explicación de los enigmas de la vida como los muertos y su relación con los vivos, el agua como elemento básico de la existencia, las luces que allá en el cielo cada día relumbran, las manchas rojizas de las rocas que muestran de manera natural siluetas llenas de significado…

No eran seres para los que sus creencias eran algo externo sólo sujetas a ritos en determinados momentos, sino que estas eran lo que movía su existencia, las que organizaban socialmente los grupos jerarquizados y lanzaba a los miembros de cada grupo a ser productivos para los demás, cazando, preparando el alimento, construyendo casas, enterramientos y lugares de rito y ceremonia. Eran seres rastreadores de indicios y huellas en lo que les rodeaba.

Los arqueólogos sacamos y estudiamos los materiales que aparecen en las excavaciones desde ahí podemos ir dando forma a pequeños retazos de la vida de los pueblos primitivos, usando distintos métodos de datación y con nuestro conocimiento sobre tipografía y elaboración de los materiales. También miramos alrededor, mirando al cielo, integrando nuevos conocimientos y perspectivas al estudio, como las que nos ofrece la Astroarqueología, una disciplina que se define como una astronomía de la cultura, buscando la relación de lo que vemos en el cielo con los restos arqueológicos de los yacimientos.

Todos los pueblos primitivos tenían esta fascinación por el cielo estrellado, allí encontraban indicios de un primitivo calendario, y en algunos momentos de la prehistoria, como en el megalitismo, esto era todavía mucho mas intrínseco: sabemos y podemos comprobar cómo se tenía en cuenta el firmamento, y los movimientos del sol para la situación y orientación de los dólmenes y de los cromlech o círculos megalitos. El cielo era en estas etapas el elemento vector de las construcciones y marcaba el ritmo  de las celebraciones y ritos.

La situación de los dolmenes en sitios abiertos al firmamento es algo que podemos vivir al llegar a Bernuy y adentrarnos por el camino que desde el pueblo nos lleva al yacimiento. Igual que ahora podemos divisar desde lejos la silueta del dolmen, los pueblos primitivos durante milenios sabían que estaba allí, sabían su función como lugar de enterramiento y de celebración de ritos relacionados con el mas allá. El fuego, que aparece en el suelo de la cámara en la excavación, así como los otros fuegos que sabemos que se encendían en la entrada, en el exterior, se juntaban con la piedra, indicando el sentido de viaje iniciatico hacia el interior del monumento. Aparecen cuarzos cristalizados que con el fuego y el agua, que había en esta época de año por aquí, muestran el circulo mas profundo de creencias en el mas allá, juntando todo bajo el cielo y su enigmáticos misterios.

Poder venir en el solsticio de invierno aquí y ver con detenimiento el firmamento, respirando el aire que envuelve las tardes – noches de diciembre en medio del campo abulense, es una experiencia arqueológica y vital única, para mirar con los telescopios y la ayuda de los expertos astrónomos que nos van a acompañar, es una ocasión para tener una experiencia de cómo vivían nuestros antepasados. Así uniendo lo que observemos y vivamos con toda la información que los arqueólogos vamos descifrando y mostrando en los estudios que continuamente van actualizando , aumentará el conocimiento de esas épocas tan remotas de nuestra historia.

Una actividad abierta a todo  el que quiera acompañarnos. La organiza el Ayuntamiento de Ávila, con la dirección de la arqueologa municipal Rosa Ruiz Entrecanales y colabora Jose Raúl Muñoz director  del Grupo de Observadores Astronómicos de Ávila que explicara el firmamento  desde los telescopios que se colocaran en el recinto para que podamos ver y disfrutar con la visión del cielo en el solsticio de invierno en el dolmen de Bernuy Salinero. En un día en el que se podrá ver la conjunción Jupiter- Saturno.