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Mi poemario » El dolmen» gana el XXIII Premio de la Crítica de Castilla y León 2026

 

Los libros, los poemarios tienen una peculiaridad muy sorprendente que hace que nos sobrecojan algunas de sus cosas. Es esa vida propia que manifiestan una vez que los editamos y comienzan a moverse por ahí.

Cuando escribí » El dolmen» sentí un motor imparable dentro de mí, una verdadera urgencia poética, sintiendo que todo aquello que  se estaba construyendo en mi interior a base de palabras, versos, ritmo, imágenes, siluetas, tenía que salir porque tenía que ser dicho.   Vivía y aun vivo en un nudo donde se junta mi trabajo como arqueologa en el descubrimiento y excavación de este dolmen abulense hace mas de treinta años, con la emoción que aún hoy en día siento por haber vivido en comunión profunda con aquellos pueblos que enterraban a sus seres queridos y cuyos resto yo tuve en mis manos. Y a través del análisis de lo aparecido en la excavación fui conociéndolos más y más hasta sentir algo que es increíble pero cierto, sentí cercanía.

Las palabras tienen la capacidad de abrir nuestro interior hacia lugares propios, nos hacen habitar en otros sitios, dar la mano a otras personas, emocionarnos con rituales que nos comunican dentro de esa montaña mágica que era el dolmen, con otro mundo. Crean ambiente, música, color y frío. Hacen madejas de comunicación entre nosotros que nos atrapan, la emoción, y que nos protegen del frío que muchas veces sentimos.

Mi trabajo como poeta es dejarlas libres para que hagan su propio mundo, desnudándolas de adjetivos que las amordazan, de todo aquello que envuelve la poesía llevándola al lado de lo  ya dicho. Un trabajo en el que uno palabra y ritmo, en un largo poema que va reptando a medida que lo lees, como el camino de aquellos hombres al entrar por el corredor con las ofrendas y los difuntos calcinados. Entrando con las palabras en el corredor de la emoción, en un momento que parece que está fosilizado y vivo en cada uno de nosotros, el sufrimiento ante el tránsito de las personas queridas y la estadía a los pies de un abismo que no sabemos cómo se llama.

Hombres que vivieron en esta misma tierra, que se maravillaron ante la caída del sol entre las encinas, que lloraron y amaron, abrazándose a un dios cruel que los unía, construyendo grandes monumentos con piedras graníticas que se iban convirtiendo en guardianes de su vida en el mas allá que por momento sentían que se abría bajo sus pies.

Y como arqueóloga nunca pude contar estas cosas, los estudios siempre son científicos, y exentos de todo lo que tenga que ver con lo sentido , con la emoción de los que sacamos con nuestras manos restos de seres  de más de cuatro mil años. Pero la excavación tiene un elemento único que es el que  pone verdad a todo, el arqueólogo, su persona que va mas allá de lo mecánico de la extracción, siglado y documentado.  Y todo ese mundo verdadero pero en fuga es al que se dirige la poesía mostrando un todo mas orgánico y verdadero.

Recibir este  XXIII Premio de la Crítica de Castilla y León me emociona profundamente. Vuelvo en mi interior a ese momento de unión con esos hombres y de la mano parece que los llevo a este siglo XXI tan convulso donde  las lecciones que ellos nos aportan son importantes más que para vivir, para sobrevivir con dignidad, conociéndonos un poco más a nosotros mismos. A esos seres sencillo que realmente somos, que disfrutamos con el sol rayando el horizonte y el ruido del agua despeñándose entre las rocas. Hombres de esta tierra castellana que parece que se levantan en mis palabras a recibir este abrazo de los lectores que a ellos de dirigen en cada verso del libro.

Un poema que tiene un ritmo por dentro, que nos invita a viajar en un momento a otro lugar que aunque es prehistórico sentimos que ocurre ahora, así es verdadero  y real  para nosotros. Un poema para leerlo en un lugar abierto, en el campo donde las palabras se sientan bañadas por el aire, y la sombra del vuelo de los pájaros vaya anclando todo para nosotros, en la lectura.

Doy las gracias al Instituto de la Lengua Castellana por este Premio que me da nueva energía para seguir en la senda que la poesía me marca, y a todos los lectores que ya han entrado en este corredor angosto, que han vivido los ritos, el desgarro y el dolor en mis palabras y versos, para entre todos aportar algo al hoy que parece tan atrapado en los barros, donde lo que fuimos aparece como motor de lo que somos y a donde vamos.

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