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Hondas lamentaciones, tristeza y amor en jueves santo

A veces las cosas que nos van pasando sentimos que tienen un mensaje oculto, una especie de mandato que las empuja. Así leemos estos días de confinamiento, esta entrada y estadía en el horror, el sufrimiento y la oscuridad, cada uno desde su casa.

La vida está llena de cambios de ritmo, de luces y sombras, de badenes emocionales entre la alegría y la profunda tristeza. Así me siento en estos días de confinamiento, mientras vuelvo como cada año a oír la partitura de Semana Santa mas bella nunca escrita, el Officium Hebdomadae Santae de nuestro paisano Tomás Luis de Victoria. Y siento que dibuja musicalmente lo que anda mordiendo por dentro mi interior, la pena en forma de hondas lamentaciones por esta dura situación y también la búsqueda del verdadero sentido de la vida, desprovista de todo lo superfluo, que nos devuelve a la verdad de lo que somos. La música de Victoria es mística, es amor, con un mensaje tan hondo como el de Teresa y Juan, y con unas vías de penetración en nuestro ser mucho mas profundas, a través del oído, el sentido que nos llega a conmover hasta lo mas hondo.

Lamentando tanto dolor, sufrimiento por el confinamiento de millones de personas que se ven entrando en la caverna oscura de la soledad y el aislamiento, en sociedades donde se vive en pequeños núcleos familiares, muchos de ellos de una sola persona. El dolor y la desolación de los enfermeros y médicos que cuidan a tantos enfermos viendo como se apelotonan en los pasillos, teniendo que construir en pocos días hospitales de campaña como en épocas de guerra, combatiendo a la pandemia sin armas reales, sin escudos, ni espadas, a pecho descubierto. Miles de enfermos se mueren solos, desprovistos de una mano familiar que les ayude a abrir las puertas del mas allá, sin consuelo, sin duelo, sin despedida. Deshumanizando el transito doloroso del adiós que tan certeramente dibuja en notas y polifonía Victoria. Los ancianos muriendo solitariamente, dan el tono de estas músicas dolientes, al mostrarnos cómo estamos dibujando la sociedad, y el lugar en el que ponemos las siluetas y el corazón, la vida que han entregado por todos.

A estas lamentaciones, a la manera del profeta Jeremías, tan crudas y dolorosas como las que escribió hace milenios, “ha desviado mi camino, me ha destrozado, me ha dejado hecho una ruina, “… “me ha roto los dientes con guijarro, me ha alimentado de ceniza”, tenemos que sumar las nuestras.

Tengo que citar la incertidumbre y la ansiedad que siento por ver un mundo que se desmorona, que cambia y veo que ya para siempre será diferente. La crisis económica brutal con mas de 3 millones de parados que no pueden conciliar el sueño cada noche, la economía apagada y con el miedo oculto de que al arrancar sus motores se vea que hay cables que se han roto ya para siempre. Y sobre todo las lamentaciones sobre el fin de era que podemos oír dentro de nosotros como en épocas de guerra, sintiendo que el humanismo cristiano que ha definido el mundo que conocemos y desde occidente se ha vertido sobre el planeta, basado en el amor y la caridad de unos hombres, hijos y hermanos, se va a cambiar por otro fondo de pensamiento, otras culturas del ámbito oriental.

Encendemos así las quince velas del tenebrario de nuestro corazón, y dejamos que sea la luz la que ilumine el fondo de nuestro pesar, mientras con matracas y carracas vamos rompiendo el silencio de la noche, como se oía la música de Victoria en la catedral de Ávila, o en la Capilla Sixtina del Vaticano donde se depositó el esbozo de esta partitura. Y la luz se abre paso entre la oscuridad, con un mensaje cargado de optimismo, alegría y esperanza. Como defensa ante todo dolor, aparece el amor. Y es que así lo creemos de verdad, así lo dice el discípulo amado de Jesús, Dios es amor, no es otra cosa. Hacerse uno de nosotros, bajar a la arena de la campaña, del hospital, del asilo, construir un mundo con los más altos ideales y propósitos, amar, socorrer, curar, atender, escuchar, estar ahí cada uno en su lugar en la vida, la familia, la sociedad.

Este es el mensaje que como corriente eléctrica me quema en estos días de hondas lamentaciones y tristeza. Dejar que siga dando chispas a los demás, sonando sobre las tinieblas es la misión mas grande que tenemos en esta vida.

 

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