
No podía empezar esta nueva sección dominical con un título diferente a este que he elegido: «Lejos del mundanal ruido», tomado de una novela de Thomas Hardy y que, en un viaje desde el siglo XIX victoriano, llegó hasta mi biblioteca un día. Este título me enganchó profundamente ya antes de abrir sus páginas; es como si recogiera todos mis anhelos. Hardy, que era un gran poeta, tomó a su vez esta frase de un verso de un poeta muy conocido, Thomas Gray, que solo escribió trece poemas en toda su vida. Está recogido en su poemario Elegía escrita en un cementerio de campaña y decía… «Lejos del mundanal ruido / sus deseos sobrios nunca se desviaron / a lo largo del fresco valle de la vida / mantuvieron el temor silencioso de su camino».
Ese deseo de huir del ruido en el que vivimos creo que es algo que comparto con muchas personas. Y poder ir a otro lugar donde realmente encontrar la calma. Curiosamente, la novela de Hardy, que se desarrolla en un bucólico paisaje de la campiña inglesa, es todo lo contrario; a veces creo que Thomas usó la famosa ironía inglesa al poner este título. Desde su heroína, Bathsheba, hasta las tramas llenas de giros, muchos de ellos trágicos, donde los personajes se encuentran dominados por sus propias pasiones, muestran todo lo contrario a lo que puedes pensar. Y es que en la sociedad victoriana había mucha tensión, sobre todo en las ciudades, con una industrialización muy cruel para muchas personas e incluso para los niños. Y este título seguro que empujaba a la venta y a la lectura. ¡Qué importante es el título de un libro! Parece una pequeña ventana a lo que dentro de las páginas se encierra.
Para mí, más que el ruido de las ciudades o el tráfico, lo que me aprisiona por dentro es la contaminación de las redes en las que estamos envueltos en este mundo interconectado. Contestar WhatsApp rápidamente a cualquier hora, mirar las redes sociales, las series y películas de las plataformas, dominado todo por ese algoritmo cruel que me conoce más que yo misma a veces, sabe lo que me gusta y me va poniendo, por ejemplo, cosas de Hardy cada poco, entrando en espirales de vida que parece que se van metiendo en las neuronas. Y busco nuevos suelos vitales, más firmes y silenciosos, como la naturaleza en un paseo por alguna garganta de Gredos; tocar un poco el clave, bordar al sol en el pueblo, hacer algún bizcocho en una tarde de otoño llena de hojas amarillas cayendo ante mí, la meditación siguiendo a Teresa de Jesús cada día.
Estoy muy contenta con la elección de Victoria Cirlot para el Premio de las Letras Teresa de Ávila de este año. Tuve la ocasión de disfrutar de su presencia en Ávila, en la Universidad de la Mística, hace unos meses, hablándonos de Hildegard von Bingen. Al conocerla, sentí que todo lo que veía detrás de sus libros era ella misma, su verdad, sus estudios minuciosos y detallados de la Edad Media, la literatura, la espiritualidad y la vida. Al hablar aquí de ese anhelo de silencio que me envuelve, recuerdo lo que aprendí en su libro Monasterio interior, cuando habla de la manera de construir una cabaña, esa búsqueda de la interioridad, tomada de san Agustín y su locus qui est non locus, un lugar que no es lugar. Busco, pues, ese lugar en distintos ámbitos; la Edad Media es, sin duda, un terreno al que me dirijo muchas veces en este afán. Victoria nos habla de cómo en el siglo XII el hombre encontró la interioridad, en imágenes rotundas como el jardín o el huerto, donde los trovadores cantan a sus amadas, o en los miniaturistas de los códices, como ese tan bello de Ana de Bretaña.
El filósofo Jung nos habla de la necesidad de encontrar ese lugar, «no lugar», o, al menos, de levantarlo. Es la «construcción de la cabaña», un encuentro entre el paisaje exterior y lo que sucede en nuestro interior. La búsqueda de un suelo acogedor y protector. Así podremos vivir la emoción de ver cómo una intuición se convierte en un impulso constructivo vital. La cabaña aparece como un refugio para realizar aquello a lo que uno está llamado.
Gabriel, el protagonista más maravilloso que Hardy haya escrito nunca, es un pastor de ovejas que vive en una cabaña muy sencilla, dedicado a cuidar con esmero a su ganado. Desde una pequeña abertura en la pared mira a sus ovejas, que van a desaparecer trágicamente, pero que siempre estarán en su corazón, aunque tenga que ir a trabajar como un pobre jornalero lejos de todo. Él tiene siempre esa cabaña de la que nos habla Victoria, y ese suelo firme en el que se asienta es lo que le salva de tantas adversidades y le da una pátina de hondura y verdad que conmueve a los lectores desde hace más de un siglo.
«Gamo ante la casa solitaria» (The Fallow Deer at the Lonely House) es un poema de Hardy que relata todo esto de manera tan bella:
Afuera, en las tinieblas, alguien mira
a través del cristal de la ventana
desde la blanca sábana.
Afuera, en las tinieblas, alguien mira
cómo, en vela, aguardando la mañana,
junto a la lumbre de la chimenea.
Hardy, aunque lo intentó, no pudo seguir escribiendo novelas después de los escándalos de Tess de los d’Urberville y de Jude el oscuro, donde, al presentar a personajes reales envueltos en su propia existencia con la sociedad, saltó por el aire la estricta moral. Pero siguió como poeta, refugiándose cada día en esa cabaña de Gabriel, buscando un equilibrio en la naturaleza del campo, verdaderamente lejos del mundanal ruido.
Esta cabaña se abre para todos vosotros, lectores: un refugio en medio de tantas tormentas que nos acechan.

