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LUCIANO DIAZ- CASTILLA Y TERESA DE ÁVILA.

LOS NOMBRES DE TERESA .

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Estaba el otro día en la presentación del nuevo libro de Luciano Díaz- Castilla y sentada en una silla frente a la puesta de sol que sobre los Cuatro Postes se caía, cuando me sorprendía sobre el camino vital y emocional de este artista, que mas que considerar un cuadro, cualquiera de los suyos, como algo redondo en si mismo y lleno de su propio universo, necesita , casi como una urgencia vital además coger un rotulador y escribir versos, estrofas y párrafos, dibujando palabras sobre lo que Teresa de Jesús nos cuenta y manchándose con la pintura de su propio interior.

Cuando frente a la monumental exposición con toda esa hilera impresionante de Teresas, una especie de rosario larguísimo que recorre las paredes del Centro de Exposiciones Lienzo Norte, te encuentras con Luciano y su inseparable compañera del alma María, siempre surge el tema de los nombres de Teresa y la búsqueda que lleva emprendida desde hace tantos años para recogerlos, para terminar confesando que el que le viene realmente encajado en su plenitud es el de Teresa de Ávila. Y esa búsqueda, querido Luciano, creo que es lo que se encuentra en el fondo ese blanco y puro del que todos tus cuadros se pintan. Son como gritos desagarrados y auténticos al estilo teresiano, de buscar a esta mujer tan única y llena de interés que es nuestra paisana. Grito al descubrirla, al caer la tarde como la del otro día quemándose sobre el horizonte en ocres embadurnado, bajo la luz en ducha del sol sobre la vida parda que nos envuelve, encontrando los infinitos espacios del espíritu. Elevándose a veces, levitando en amor toda encendida, desde dentro de las moradas y también desde fuera cuando se contemplan en lo alto del castillo almenado frío y de cristal. La Teresa del interior del alma de Luciano, que en pequeña hornacina se dibuja, la almendra esa del pantocrator, la divinidad contenida en una perla. Calada de música, a veces danzante, eterno baile con la luz, el habito y la toca con pinceladas del color del amor de aquella que embriagada de las bodegas, de su Amado bebía. La que reza sobre la rosa que la mordió, la que amortigua su espíritu tan exaltado y gozoso en la letanía sin fin de un rosario que en escritura y grafía se traduce. Con miles de mariposas que son su reflejo, de las muertes continuas a la luz a la que se eleva dejando a su paso chorretones de plata que de las alas se cuelan. La Teresa que aparece tras un simple trazo negro, en movimiento, rezando y bailando sobre la nada del cuadro, blanco sobre blanco, y sobre blanco mas blanco aún.

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Este deseo de Luciano es su mejor carta de presentación no sólo como artista sino como persona. Buscando a esa enamorada, se encuentra a él mismo y nos los muestra, los cientos de nombres que podemos los espectadores poner a cada uno de sus cuadros, nos describen a Luciano, su alma y su espíritu de buscador de formas, colores, espacios y luz. Porque detrás de cada Teresa de Luciano, aparece el Luciano embelesado con ver a Teresa por ahí, y así puede decir en verdad que es Teresa de Ávila, porque además de ser el lugar de nacimiento y de casi toda su vida, también es el sitio donde se encuentran los dos, el pintor y su modelo. La muralla se transforma siempre en su pintura, en ese castillo interior teresiano., limpio, sobrio y lleno de flores de miles de colores que danzan tan alegres, recreándose. Y mas que ser sólo de cristal, es también un castillo de cielo azul sin mancha, plano como el fondo de telón de un nuevo acto, de una nueva sinfonía de color a punto de empezar. La luz de nuestra ciudad, en palabras de Luciano, es la que no sólo cegó a Teresa, sino aquella que nos envuelve y así podemos decir contigo, Ávila siempre está como dueña del lienzo.

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El proceso mental, espiritual y artístico que está en la armazón de todo, nos demuestra eso que Teresa encontró y que la cambió la vida : La Hermosura del interior, aquella que nos hace dar mil gracias por el hombre y su auténtica verdad. Y ahí surge ese deseo de comunicación imparable, palabras, imágenes de mandalas o círculos que se elevan casi como las moradas del espíritu en una verdadera escalera de ascesis místico. Realmente el cielo se quema Luciano, y Teresa rezando lentamente con el se eleva, al contemplar así en toda la extensión y hondura del termino, tus cuadros se elevan también, tan llenos de los nombres del amor. Del tuyo Luciano, aquí en Ávila.

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