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Hay momentos en los que sientes que el tiempo se detiene. El otro día en el solsticio de verano en Bernuy Salinero, Ávila, en el dolmen del Prado de las Cruces viví una nueva experiencia cuando las palabras poéticas de mi poemario «El dolmen» comenzaron a llenar el espacio acompañadas por los sonidos ancestrales del percusionista Paco Tejero.

La luz se iba poniendo enrojeciendo todo, y volví a sentir la orfandad de la muerte, el desgarro de los ritos que nos abren las puertas del mas allá, sentada sobre mi propia experiencia arqueológica en este lugar, 40 años desde el descubrimiento y la excavación. Un circulo de emoción que se llenaba del polvo que sobre todos parecía ir posándose.

Mi hija Mencía Barroso se iba moviendo lentamente en las piedras del dolmen, representando esa parte humana de todo, el proceso de escritura, de excavación, de oración en éste que es mi dolmen, mi propia vida y experiencia, las creencias que nos abrazan y nos empujan a vivir cada día con un poco más de sosiego.

Las palabras se quedaron por ahí con los sonidos que se iban marchando en fuga. Y vivimos un momento de comunión íntima con estos antepasados nuestros de hace milenios, yendo mas allá de lo que los estudios arqueológicos nos enseñan, entrando de manera decidida en lo que nos hace verdaderamente humanos. Una comunión con todas las personas que estaban allí ese 20 de junio de 2026 sintiendo todo esto, volviendo por momentos a lugares en nuestra prehistoria que parecían salir vivos de las catas de la excavación. Comunión con la arqueóloga Rosa Ruiz Entrecanales que como amiga del alma y compañera de cata arqueológica conoce este lugar tan lleno de energía ancestral desde el momento del descubrimiento y me ha ayudado con su entusiasmo a poner en pie estas palabras delante de un sol que iba rasgándose  en el horizonte.

Mi familia, a la que he dedicado este libro, estaba allí. Todo volvía otra vez y sentí que el dolmen y este momento me brindaban la oportunidad de volver a estar con los seres queridos que se fueron a otros lugares en el mas allá, que se juntaban con tantos hombres y pueblos que lloraron como yo  ahora en su tránsito. El paisaje era también amigo y me cogía de la mano dándome cariño y confianza.

Y cuando al terminar dije con voz fuerte » Ven y vive»… » sobre un lugar llamado muerte, prado y cruz»… sentí que era verdad. Las semillas se lavaban en un agua ritual para hacerlas fértiles y con ellas podemos sentir que cada año los jacintos de otoño vuelven a nacer en medio de una lluvia ácida.

 

Ayer estuvimos en el dolmen de Bernuy Salinero para ver la puesta del sol y el firmamento en el solsticio de invierno. Aunque la tarde y la noche estuvieron nubosas y el cielo no permitía ver los astros , planetas y estrellas, el momento fue impresionante.

Las puestas del sol en Bernuy en estos días de otoño- invierno son bellísimas, con sus colores tan marcados sobre las montañas. Disfruté mucho en un viaje que como un regalo me volvía a situar en el momento del descubrimiento y en los días de la excavación. La emoción por ir redescubriéndose una parte de la prehistoria de Ávila, siguiendo la huella a nuestros antepasados de hace milenios. En unos momentos que interrogan al hombre de todos los tiempos, en la muerte y su conexión con la vida, en un circulo continuo en medio de la naturaleza, fuego, piedra, agua y firmamento.

Recordar el descubrimiento hace mas de 30 años, y hacerlo con tanta gente que se acercó al dolmen, mis hijas, mi querida amiga y arqueóloga Rosa Ruiz. Momentos por los que doy mil gracias a Dios.

UN LIBRO QUE HAY QUE LEER.

Creo que la vida muchas veces nos va empujando. Nos dejamos llevar en el momento que abrimos las puertas de nuestra mente, nos atamos las zapatillas, y comenzamos sencillamente a caminar, a mirar, a comenzar a dialogar con lo que nos rodea, el terreno, las piedras, los surcos de un arado, los montículos de tierra que sobresalen al final de un prado.

En el año 1986 estaba en mi cuarto curso de prehistoria y arqueología en la Universidad de Salamanca. En una larga mesa en medio de la biblioteca del departamento del Palacio de Anaya se impartían las clases a un reducido numero de alumnos, éramos sólo doce.  Terminábamos en una cata arqueológica muchas veces, o recorríamos con los coches de un yacimiento a otro, después de las clases. Sobre las mesas había libros y algún material a estudiar y siempre había una conversación sobre alguna investigación que quedaba en el aire.

Sentí por primera vez en mi vida que la historia de la humanidad mas primitiva y antigua que siempre me había fascinado, estaba escrita en un libro y que nos invitaba a leerla.  Que eso es en realidad la arqueología. Un libro por leer, investigar, cavar, nivelar, estructurar, haciendo su planimetría, cribando todo el polvo y el barro, dibujando, siglando, escribiendo al fin una nueva página del devenir del hombre prehistórico.

En la asignatura de metodología nos empujaban a ir al campo y a comenzar a trabajar, aprendiendo a caminar con los ojos en el suelo, a seguir mapas, a orientarnos con la brújula. A ir siempre con cuadernos, y anotar todo, haciendo dibujos. A recoger los materiales arqueológicos y a estudiarlos. A prospectar, a mirar, a aprender fundiéndonos en el campo, abriendo nuestras puertas y empujándonos por ahí. Aquel comienzo en mi manera de ir al campo se ha quedado creo que para siempre.

Siento desde entonces que soy un ser mas de los que por aquí han pasado, vivido, sufrido y disfrutado tambien. Que miles de años antes ya había otros hombres poblando estos campos, mirando las nubes, los astros, la huella de un roedor y el vuelo racheado de un milano sobre las rocas. Miles de años en un pequeño trozo de cerámica con el que me da la mano la historia y el hombre que detrás emerge.

En medio de mis caminatas alrededor de Ávila, me topé un día con un grupo de piedras hincadas bastante grandes en un prado cercano al pueblo de Bernuy Salinero.

Al mirarlas, estudiando su distribución y forma, me di cuenta de que estaba ante un dolmen. La emoción no me dejó dormir durante días, y me levantaba a cada poco a volver a estudiar las características de estos enterramientos en la Meseta Norte.

Formábamos el equipo de excavación un grupo de jóvenes arqueólogos, historiadores  que estuvimos trabajando durante dos largos meses de un frio otoño, con Javier Armendariz, Carlos Macarro, Virtudes Dominguez, Venancio del Hoyo, Ana Montalbo, Charo Moral, Ascensión Salazar y Carmen Sanchidrian. Frio combatido con la emoción de tener en las manos restos de hace milenios.

El megalitismo es quizá uno de los temas de la arqueología que mas interés ha suscitado y que sigue haciéndolo.   Sus construcciones son tan monumentales que intentamos entender cómo las hicieron. Creo que esto se basa en una apreciación falsa que tenemos los hombres del s. XX y XXI con relación a los de hace 6000 años, los consideramos poco capaces, preparados, listos, sensibles. Y no consideramos posible que hayan hecho monumentos tan impresionantes como los dólmenes, los cromlesh o círculos megalíticos, los menhires… Miles de libros, reconstrucciones avalan este interés.

Un dolmen es una construcción importante hecha a base de grandes piedras hincadas con fines religiosos, como enterramiento colectivo. Venía a reconstruir una cueva donde se enterraba y donde se hacían ritos y ceremonias. Así se cubría la cámara y el corredor o pasillo con otras piedras horizontales a veces megalíticas y otras con lajas de diferentes tamaños que tapaban la superficie cubriendo todo con tierra, dejando probablemente una salida de humos central ya que suele aparecer en el suelo de la cámara restos de hogares como aquí en Bernuy. Un trabajo que implica un reparto de funciones en el planteamiento, levantamiento y conservación del mismo que nos lleva desde luego a ver la estratigrafía social que había detrás de toda esta cadena de trabajo con un mando único y organizado. Cortar las piedras después de localizarlas, transportarlas a base del rodamiento troncos pelados, fabricar las cuerdas que posibilitaban el movimiento. Llevar a cabo los ritos y enterramientos, dejando visible para los demás a lo largo del tiempo su presencia, así como un hito en medio del campo. Un lugar claramente diferenciado que fue saqueado desde la antigüedad, con fines funerarios, o simplemente de buscadores de tesoros, y su paso lo seguimos en el estudio del subsuelo donde aparecen sus restos, enterramientos, ajuares de distintas épocas, hasta una moneda del s. XVII.

Los arqueólogos reconstruimos la vida de los hombres del pasado a base de materiales y evidencias. Es por tanto mucho mas fácil reconstruir un poblado, viendo cómo eran las casas, los restos de alimentos y detritos, los materiales cerámicos, la cocción, que la reconstrucción de esa otra parte de las personas que es el mundo espiritual. Un mundo que a pesar de ser mucho mas escurridizo, y que nos lleva a mas escrúpulos a la hora de reconstruir, es lo que nos define como hombres. Seres que son capaces de transcender con su pensamiento la vida y el devenir. De todo este mundo es fruto el fenómeno megalítico, donde sus lugares son santuarios al aire libre, y lugares donde los hombres entraban en contacto con los muertos, uniendo vida y muerte, subsuelo, luz, oscuridad, agua y fuego. Entrando y saliendo  de si en este viaje iniciático, como las serpientes que con su movimiento simbolizan este paso del hombre a la muerte, de la vida presente a la del mas allá.

La lectura de todo esto que sucedió hace milenios nos sorprende por su actualidad. Primero porque al analizar sus proporciones, diseños, modos de construcción, oficios, comenzamos a considerar la inteligencia, el pensamiento y la decisión de aquellos hombres, nuestros antiguos antepasados. Eran capaces de vivir en unas condiciones muy duras, sacando del suelo, la caza, la domesticación del ganado, los ríos y lagunas, el alimento. Eran capaces de transcender la existencia, creando un mundo de creencias que mas que ser un abrigo que me pongo o me quito a lo largo del día basado sólo en ritos, era su propia vida y existencia lo que consistía esta prenda que los cubría. Experiencia profunda de una naturaleza protectora.

Nos hace reflexionar sobre nuestro lugar en ella que para estos antiguos pueblos era realmente su casa, su madre. Su interlocución continua con ella los hacía mucho mas sensibles y respetuosos que nosotros que tan alejados pasamos nuestros días. A las sociedades de hoy en día que llenan de basura los campos, y envenenan las aguas de tantos lugares, que viven apartadas de todo este regalo natural que recibimos y a la vez tenemos ese deber moral de transmitir, nos cuestionan mucho.

Había el otro día en la charla muchos amigos, compañeros, arqueólogos y entre ellos un grupo de vecinos el pueblo de Bernuy muy interesados en conocer este lugar, orgullosos del dolmen y de toda la belleza que se extiende sobre la vaguada, los montes y altozanos, recordaban el momento de la excavación en un lugar destacado de su infancia en el pueblo.

Abrimos en las excavaciones el suelo para leer sus secretos, y lo que vamos viendo, estudiando, analizando nos va contando muchas cosas. Al leer vamos también viendo como el libro se va como polvo soplado, volando y desapareciendo. Un libro muy delicado, único que no es nuestro, que era de nuestros antepasados y queda como patrimonio para el futuro. Un libro abierto en este dolmen donde leemos cosas de los moradores, de sus galerías de la muerte, allí se enterraban sus huesos calcinados en vasos de cerámica hecha a mano y cocida en hornos primitivos, con el ajuar que iban a necesitar, puntas de flecha de sílex, cuentas de collares de bariscitas y talco, con trozos de cuarzo cristalizado que junto con el fuego les hablaba del mas allá construyendo un mundo de creencias en su mente. Materiales estudiados profundamente en la memoria de la excavación por F. Fabián. 1997.

Comencé la charla con unos versos de Ida Vitale,

CREES descubrir lo secreto

_ donde lo oscuro compite con el azar y repite

sus modelos en secreto-

tocando un cielo concreto

con manos de ilusión…

Al leerlos en estos días de nuevo aterrizaje en las cosas de hace milenios, siento que ese círculo mágico que envuelve la mente de los hombres del neolítico, del calcolítico… desde lo oscuro del fondo de la cata arqueológica nos va metiendo también en su movimiento, y lo vivido hoy se encuentra también inmerso en un movimiento imparable que desde hace milenios nos empuja.

Este lugar de Bernuy es muy especial, el cielo se tiñe de colores majestuosos en su declinación, así también lo vieron estos pueblos que se enterraban ahí, unos tras otros con una secuencia de miles de años que abarca desde el neolítico (4000-2000 a.C) pasando por el máximo esplendor del Calcolítico (1.700 a. C)  con algunas intrusiones del mundo Campaniforme y terminando en la edad del bronce ( 1.500-1.200 a.C). Cielo abierto desde la salida del sol que iluminaba con sus primeros rayos el corredor. Campos encharcados en primavera que se volvían secos y agrietados al fin del verano. El paso de las aves, y el camino de los animales. Una zona amplia de clara significación en sus creencias, con círculos megalíticos, dolmen y santuarios al aire libre con pinturas en Ojos Albos.

Pasear es una invitación a la aventura, no sólo por la orografía, la belleza de los campos y su singularidad, como por seguir la huella del hombre, que se impresionaba con ella y la dominaba, extendiendo sobre el mundo su mirada, inteligencia y emoción.

Amemos un poco mas nuestro patrimonio arqueológico, dejemos a los arqueólogos abrir el suelo para saber algo mas del pasado, mensajes de hombres de hace milenios que nos aportan mucha sabiduría y belleza en sus monumentos y en toda su cultura material.