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Mi caja de semillas

Leyendo a Elisabeth von Armin, en un delicioso libro lleno de buen humor, amor por los jardines y libertad ante los convencionalismos sociales, en una escritora del s. XIX que parece traspasar el tiempo en su exposición que encaja a la perfección con las lectoras actuales.

Cuando aparece la naturaleza y todo se despierta de repente sentimos que su reloj inmutable, que funciona exactamente desde hace milenios, nos da la seguridad que necesitamos ante el devenir y las preocupaciones de cada día. Mi reloj en estos días está alerta a la floración de un grupo de amigas, que me levanta feliz por las mañanas. De una tarde de migrañas me levantaron el otro día unas flores de Polentillas en el Pinar de Hoyocasero con el color amarillo mas radiante que pueda imaginar. Las praderas llenas de jacintos silvestres y las flores rojizas de los musgos. La vida, me dicen, está para disfrutar de lo que te regalamos en un paseo.

Muchas personas comparten conmigo estos pensamientos sobre la primavera, y la belleza de lo efímero de las flores. Algunas como Elisabeth von Armin, en su conocido libro Abril Encantado comienza su escritura con un anuncio que me parece genial: “ para aquellos que gusten de las glicinias y el sol, se alquila pequeño castillo medieval italiano durante el mes de abril”. La posibilidad de volcar nuestra agenda y mirada hacia la naturaleza que comienza a deshacerse en belleza.

Es verdad que muy pocos pueden como Elisabeth dedicarse sólo a la contemplación de su jardín, ella era baronesa y vivía en un jardín enorme y maravilloso en Pomerania con su marido y sus hijos, rodeada de jardineros y doncellas. Estoy estos días leyendo su libro Elisabeth y su jardín alemán con tanto placer. Esto es algo que solo la lectura te permite, vivir por momentos con ella disfrutando de sus semilleros, de las plantaciones de rosales e hipoemeas, oliendo las lilas que en cientos de arboles llenaban su jardín.

Cuando llegó a la casa de campo de su marido después de cinco años de matrimonio, se dio cuenta de dónde estaba la felicidad. Mas allá de las relaciones sociales, banquetes y viajes de placer, el lujo está en lo natural que se nos regala a cada momento. Cuando percibimos y olemos, entramos en un mágico momento donde sentimos que todo esto nos pertenece como una segunda piel, y que sólo con lo natural nos sentimos felices y en casa. Estas sensaciones nos reconfortan también porque aceleran nuestra memoria, el pasado deja de habitar en la niebla y se hace presente al oler un ramo de muguets o al mirar la cara de un diente de león en un paseo. Memoria que es nuestro legado y que, me digo a mi misma muchas veces, me tiene que servir para vivir en los momentos difíciles y duros que muchas veces atravieso.

Creo que los jardineros tenemos entre nosotros muchas cosas en común. Fundamentalmente somos personas esperanzadas y pacientes, que tenemos en nuestra caja de semillas nuestro tesoro. Tengo siempre ese deseo de conocer qué variedades guardan los otros amigos en sus cajas, y creo que al ver lo que contienen, descubro su verdadera personalidad de una manera muy sutil, su momento emocional y su energía vital.

Para Elisabeth, la escritura y el jardín son espacios libertad, donde sentirnos realmente vivos. Mas allá de nuestro concepto contemporáneo de decoración de zonas verdes, está la palabra jardín que encierra en si ese germen, a modo de semilla de la libertad. Es espacio de libertad, porque cada parterre de flores parece desatar la sensibilidad, dejándonos disfrutar de lo sencillo mas bello que tenemos a nuestro lado. Y es espacio de creación, porque cuando percibimos la belleza tenemos un deseo imparable de contribuir también a agrandarla, cogiendo un puñado de plántulas y una azada para ir colocándolas de manera natural y armónica en el jardín.

Mi caja de semillas este año está llena, y cientos de plantones crecen por aquí, creo que este duro momento de pandemia también me ha empujado a todo esto, con ese intimo pálpito de que agarrada al reloj de la primavera que va pasando, me voy sintiendo cada vez mejor, como en casa.

Leyendo a Elisabeth von Armin en una bella y cuidada edición de la Editorial Lumen, con los fantásticos dibujos de la ilustradora Sara Morante. Una lectura que recomiendo para disfrutar en el jardín.

Cuando paseo por las ciudades históricas como la nuestra disfrutando de la belleza del entorno, la arquitectura, el cielo, el pavimento, los jardines mi percepción me lleva siempre un poco mas allá de lo que veo. Comienzo a dialogar con todo.

Vivir en ciudades así tan apabullantemente bellas y llenas de historia y cultura requiere sobre todo afinar nuestra sensibilidad ante lo natural y el pasado, sobre todo a aquellas personas que tienen la responsabilidad de llevar a cabo las actuaciones que se requieran.

Algo en lo que siempre me fijo es en los jardines, las plazas con arbolado, los paseos serpenteados de matas, las laderas cultivadas, las especies y su ubicación. Desarrollo, sobre todo por mi amor por lo natural, por la botánica y el Patrimonio, un diálogo con lo que me encuentro. Una conversación que muchas veces me deja llena de pena.

Creo que debo empezar a analizar todo desde las propias palabras con las que denominamos todo esto, viendo qué entendemos porque de ellas se va a derivar un planteamiento o una actuación concreta. El primer concepto es el de zonas verdes. Con él se engloba una serie de ideas y planteamientos muy distintos y en muchos casos antagónicos, podría decir que en lucha campal muchas veces. En zonas verdesincluimos los jardines junto con las zonas de esparcimiento social de distinta naturaleza, como zonas de juegos para niños, campos de deportes, lugares para practicar deportes estáticos, zonas para perros y otras muchas mas. Todo creo que parte de las bondades y belleza de los jardines por su propia naturaleza: todos disfrutamos en ellos y desde la Antigüedad se han constituido en lugares para el disfrute. Y se ha ampliado su uso a todas aquellas manifestaciones de tiempo libre que se realizan al aire libre. Meter en todo este conjunto tan heterogéneo de lugares a los jardines y sobre todo a los de las ciudades históricas de manera absoluta me parece un error. Algo que lamentablemente veo a mi alrededor.

Los jardines forman parte de nuestro Patrimonio, son un Bien cultural a proteger porque están en una relación intrínseca con el resto de los otros Bienes como los edificios. Son además, como dice la Carta de Florencia de la Unesco de 1981 unos Bienes vivos, perecederos y renovables. Una expresión de la unión entre la historia y la naturaleza. Bellos y únicos por estar formados de especies naturales son lugares para el deleite, el paseo, la meditación.

Los jardines y zonas ajardinadas o arboladas de nuestra ciudad son jardines históricos y la conservación del Patrimonio debe englobarlos. Así no sólo hay que proteger lo que tenemos, árboles, especies, diseños, tierras y rocallas, parterres, rosaledas y fuentes, buscando siempre renovar aquellas plantas que vayan faltando por el paso del tiempo, o por enfermedades y plagas de distinto tipo, sino que el planteamiento de nuevas intervenciones arquitectónicas debe ir envueltas en el Patrimonio vegetal y la historia. Digo esto porque me duele ver cómo se colocan especies de plantas, árboles sin que los aspectos antes mencionados de respeto al lugar se mantengan. Quitamos Negrillos porque están muriéndose, algo lamentable y que a veces ya no resulta posible solucionar, y en vez de volver a plantarlos en los mismos lugares de la ciudad donde han estado por siglos, los sustituimos por otro árboles ajenos a todo, que no mantienen coherencia con el entorno y dejan las plazas en una situación absolutamente diferente de lo que la historia nos ha regalado.

Para mi, todo jardín en Ávila es un jardín histórico, tiene a la muralla como muro, al cielo y al roquedo como aliado. Jardines que nos deben decir de nosotros, de nuestra historia, recuperando lo que se perdió y cuidando lo que mantenemos. Haciendo un diálogo cultural, estético y coherente con el medio en el que nuestra ciudad se mueve, la Sierra, los cantos berroqueños, dejándonos leer algo interesante, motivador y auténtico. Buscando en lo nuestro a nivel botánico lo que debemos replantar, sabiendo que es mas sostenible en cuanto al clima, agua y suelo e infinitamente mas bello por ser natural y nuestro. Rocallas con plantas vivaces que puedan atraer a visitantes de todo el mundo, viendo como florece la Saxifraga, las Prímulas serranas, los Dianthus de nuestros roquedos, los ranúnculos. Las aromáticas en variedades. Mostrando el paso de las estaciones y la belleza de nacer entre rocas y formar con ellas espacios armónicos como los que vemos en un paseo por los alrededores.  Macizos de piornos que muevan a disfrutar de sus variedades y colorido, siendo en esto un jardín en la línea con otros botánicos de todo el mundo. Rosaledas con variedades antiguas, zonas alrededor de las fuentes con aromáticas, algunas de ellas en los claustros conventuales con su sentido medicinal.

Con todo esto los jardines se irían constituyendo en otras páginas de la ciudad que muestran su historia, que sirven para algo mas que para ser zonas verdes, crean cultura, fomentan el turismo y las visitas y nos enseñan a todos lecciones de historia, cultura, belleza y humildad.