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A veces en la vida encontramos personas que nos impresiona conocer. Aquellas que nos hablan en nuestro propio idioma interior, sintiendo una empatía inmediata. Mas allá de las palabras, la experiencia y la vida parece que se unen en un choque de trenes de alta velocidad, y ya nada vuelve a ser como antes. Nos reconocemos entonces con los ojos interiores, los del corazón, sintiendo que la soledad y la incomprensión que nos atenaza, comienza a volar y a marcharse como una manada de grullas sobre el horizonte.
Corría el año 1560 y en medio de un calor sofocante de agosto, en la fresca sala del palacio de Doña Guiomar de Ulloa en Ávila se conocieron Teresa de Jesús y Pedro de Alcántara. Dos personas inmersas en ese momento en un mar de emociones y expectativas. Dos personas que soñaban, cada una en su propio convento, con una vida religiosa más auténtica donde la experiencia y el amor de Dios pudiera construir un nuevo mundo, abriendo nuevas expectativas a la fe, a la caridad y al amor. Dos personas que sentían sobre sus espaldas la fiscalización social y religiosa, aunque en este momento a Pedro ya se le consideraba un verdadero santo y su opinión sobre la monja abulense Teresa era tenida en consideración.
Frente a la sintonía que Teresa sintió con Pedro al comenzar a hablar, se asentaba todo un panorama vital dominado por unos confesores que fiscalizaban sin piedad su vida, poniendo al lado de su experiencia mística la sombra del Maligno. Hombres que miraban la vida mística de las mujeres siempre bajo la censura y la crítica, en un momento en el que la Inquisición y su hoguera estaban al acecho.
La familia de Guiomar era  amiga del santo, su esposo Francisco Dávila señor de Salobralejo había estado siempre al lado de Pedro ayudándole en la fundación de un convento alcantarino en sus propiedades zamoranas de la Aldea del Palo. En este año de 1560, ya viuda, Guiomar solía preparar en su palacio reuniones con amigos espirituales donde comenzaban a dejar que el espíritu les uniera, planeando nuevos panoramas, llenando todo de entusiasmo y ánimo, queriendo transformar todo aquello que interiormente veían como caduco y viejo por nuevos aires místicos y espirituales. Era la continuación de otras conversaciones que habían empezado en la celda de Teresa de Jesús en la Encarnación, donde con amigas, parientes y otras monjas amigas, se sentaban en círculo, rezaban y pedían luz para transformar todo aquello que veían ya pasado, soñando con un cambio profundo al que luego se le dio el nombre de reforma de la orden del Carmelo.
Guiomar era para Teresa su amiga del alma, aquella que siempre estuvo a su lado, ayudándola en todo. Al hacer posible el encuentro con el santo alcantarino, puso en manos de su amiga las claves de su propia vida espiritual, porque desde ese momento Pedro se convirtió para Teresa en un aliado, el que llevaba las riendas de ese caballo desbocado que era su espíritu, tan encadenado y juzgado por tanta gente.
Teresa tenía una capacidad de percepción psicológica de las personas espectacular, algo que fue vital en toda su futura vida como fundadora, tal y como podemos ver de manera clara en todas sus cartas, donde aparece su propia personalidad y estas pinceladas psicológicas de las personas que la rodeaban están presentes. Así cuando conoció a Pedro, pudo ver su interior profundamente y describió su alma como construida a base de raíces de árboles. Una bella comparación de naturaleza poética que nos habla de la mirada contemplativa de nuestra Santa y de la personalidad enraizada y fuerte de su nuevo amigo Pedro.
Cuando te montas en el coche y te vas adentrando en el espeso bosque que conduce al Monasterio de San Pedro de Alcántara en Arenas de San Pedro, Ávila, tienes la sensación de volver a oír a Teresa hablar de las raíces de esos árboles que te dejan tan pequeño y maravillado. Las raíces de Pedro que inmortal permanece en su espíritu con nosotros. Un santo que hacía enraizar los sueños espirituales de sus amigos porque reconocía el ambiente y la niebla, las lluvias y las sequedades del bosque en el que vivía su alma. Un santo que aún hoy en día sigue llamando a miles de personas a ir a su encuentro en este bello rincón abulense y que es el santo para un pueblo que le venera, el de Arenas De San Pedro.
Subía y bajaba los puertos de Menga y del Pico andando con calores y nevadas para ir a ver y a hablar con Teresa y sus amigos, en medio de una vida ascética llena de rigor y enfermedades. Pero el ímpetu de ayudar a los demás era más grande que sus dolencias y podía dejar la camilla del Hospital de San Andrés en Mombeltrán para emprender otra caminata. Entre Pedro y Teresa construyeron nuevos panoramas espirituales, escribiendo y dando testimonios de vida y de fe que aún hoy nos conmueven, y las cartas que se mandaban llevan entre las letras escritas mucha amistad y ternura, comprensión y vida compartida que como aire sentimos que fluye entre nosotros al leerlas. Un Santo hecho de raíces y una Santa que construía castillos de cristal en el aire, viviendo aquí entre nosotros.

BOCCHERINI Y ARENAS DE SAN PEDRO: UN PUZLE.

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La vista de la Sierra de Gredos se recorta por encima de los bosques de castaños, cuando vas llegando a Arenas: fresnos, alisos en los arroyos, higueras y pinos, entre praderas y huertas. La mirada va planeando en ala delta de un lugar a otro, las mimosas florecidas, mimbres y rocas en las que los arroyos se desploman. Y cuando oí por primera vez el “ Stabat Mater” de Boccherini, el ilustre músico que vivió y compuso joyas musicales como esta por aquí, tuve esa sensación de haber terminado un puzle , como esa pieza de bordes curvos que encaja perfectamente sobre todo.

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Luigi Boccherini ( Lucca, 1734-Madrid 1805), vino a Arenas a la corte del infante Luis Antonio de Borbón, hermano menor de Carlos III, como maestro de música de cámara, “ compositore e virtuoso da camera” para componer, interpretar y dirigir la orquesta que entretenía y deleitaba al infante, a su esposa María Teresa Vallabriga y a la corte que les rodeaba. El lugar, la tranquilidad esa que parece rebotar por allí y la vegetación del enclave se juntaron en la maestría de un músico genial, aquel que es capaz de conmover al público durante años, siglos también. ¿Hasta dónde influye un lugar en una obra de arte, como este Stabat Mater encajando en Gredos y sus cortantes, para que lo oigamos tan cercano, lleno de actualidad y belleza? Sinceramente creo que las obras de arte así contempladas , en el lomo del ala delta, amplían nuestra mirada y el horizonte en el que se enmarcan, se dilata; las entendemos y las disfrutamos con mayor profundidad. La interacción del paisaje y la vida natural en el arte, creo que nos lleva a experiencias artísticas mucho mas hondas y verdaderas. En el camino de la creación interior y personal del espectador que ante ellas se conmueve. Llevar la obra de arte de la mano del lugar en el que se engendró, la música de Boccherini, este “Stabat Mater” tan bello a las cascadas de los ríos que de las montañas se lanzan, las praderas encharcadas entre los bosques de vegetación, el suave perfume de las hojas del nogal, las salas y los pasillos donde se oyen los pasos al caminar del palacio, el perfume que sobre el paisaje se tiende, parterres de flores y cestos de frutas recién cogidas.

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Dicen los expertos que compuso esta pieza, bajo la influencia de Pergolesi, pero personalmente creo, al oírlo tranquilamente, que nuestro músico lo supera, con esas melodías galantes que parecen posarse entre los robles, con un lenguaje a varias líneas musicales internas, lleno de belleza.

Comenzó a sonar así el día del estreno: la propia mujer de Boccherini , Clementina Pelicho cantaba en la voz de soprano, mientras Luigi tocaba el chelo, con la familia Font llevando el quinteto de cuerdas al ritmo; y todo allí en el Palacio de la Mosquera.

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Así sientes que por un momento has entrado en “la máquina del tiempo”, el lugar con su belleza natural tan delicada parece colarse entre la música; la historia llega viva como un relato de actualidad. El legado ese que deja como un camino de huellas sobre la carrera del día a día, se hace por un momento partitura ante nosotros: la música enredada en los bosques, parece que comienza muy lentamente a despegar.

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Arenas de San Pedro, un lugar único en el que la belleza de las cumbres de Gredos sobre el campo suena lentamente, mientras paseamos por sus bosques llenos de vida natural, música y arte vivo. Y Boccherini mas que sentir lejanía viviendo a tantos miles de kilómetros de los círculos musicales de Europa, vistió de su sensibilidad tan sobresaliente, su música, llevándola por derecho propio a la historia del arte de todos los tiempos. Compositore e virtuoso, como nuestra vista entre los pinos que encajando melodías, arroyos y robles, como pieza de un puzle, del Puerto del Pico se lanza.

Articulo publicado en el Diario de Ávila. Jueves 13  de Noviembre. 2014.