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Es domingo por la mañana y un montón de turistas recorren las vías del casco antiguo, en manadas van pasando por las calles, parándose ante las fachadas de los palacios y la catedral, deambulando de manera gregaria sobre el nuevo pavimento de la ciudad. Tengo esa sensación de que la Ávila que están conociendo es muy distinta de la que tengo en mi corazón. Muchos de los cambios para su adecuación a estos usos turísticos de masas están transformando de manera radical nuestra ciudad.
Cuando paseo por la nueva ciudad, que remoza la antigua, muchas veces me recorre una pena muy honda, por el paso del tiempo que todo lo transforma. Muchos de los recuerdos, sensaciones, olores, visiones de esta ciudad tan querida son ahora muy diferentes de las de antes, cuando el urbanismo no había subido la ciudad sobre un pavimento tan agresivo, cuando había tierra en los jardines y adoquines en las calles. Cuando había arboledas, rosaledas y matas de plantas aromáticas, cuando llegaba el verano y el suelo de tierra se rastrillaba y se mojaba, llenando todo de un olor que aún recuerdo, en los jardines del Recreo, del Rastro o de San Antonio.
Mi formación académica como arqueóloga me regala ese amor por la tierra y ese interés por el sustrato de aquello que pisamos, viendo tanta historia pasada que está a nuestros pies y que todavía nos quiere decir muchas cosas. Cultura propia que crea su propio corpus de conocimiento, la idiosincrasia propia que nos hace únicos.
No estoy de acuerdo con esa consideración tan generalizada de que el turismo debe ser todo en una ciudad tan bella como la nuestra. Y sobre todo no creo que tengamos que adecuarla para un turismo de masas como este.
Miro con interés y un golpe de nostalgia las fotos antiguas de la ciudad, reconociendo casas, aceras, lugares que hoy en día ya están solo en nuestro recuerdo. Y me encuentro con las imágenes de una ciudad antigua tan hermosa en su sencillez que habla de pobreza, pero también de valentía y de belleza. Las imágenes sobre todo de Ortiz-Echagüe me encantan, verdaderos cuadros vivos al estilo de López-Mezquita, Caprotti o Sorolla. No creo que se puedan criticar como se ha hecho de pintoresquismo, buscando sólo lo teatral de nuestros antepasados y de la imagen de la ciudad, creo que lo que busca, junto con los pintores que cito, es la belleza única de nuestra ciudad y de sus gentes.
Me pregunto por qué queremos adecuar nuestra ciudad al estilo de las demás, consiguiendo que se convierta todo en los pasillos de un centro comercial con temática del medievo.
Me detengo en los detalles de la ciudad, las rocas y la tierra sobre la que la muralla se levanta bella y radical, no como se ve hoy en día sobre un césped al estilo campo de golf. Tierra que en primavera reverdecía, donde le paso de las estaciones entraban en diálogo con los lienzos de murallas más bellos de Europa.
Tenemos un patrimonio increíble y único. Y la manera de conservarlo es siendo en primer lugar humildes, dejando a toda la ciudad su protagonismo frente a nuestro afán de pavimentar, levantar y socavar. Todo lo que pongamos se encontrará inmediatamente en dialéctica con una muralla espectacular, unos palacios y edificios renacentistas únicos y con un subsuelo lleno de miles de cosas y de historia que aún nos falta de conocer para reconocernos como personas y como sociedad. En este rico patrimonio, y no desde fuera es donde podemos levantar algo nuevo en nuestra ciudad, que nos aporta tanto.
Avila tiene que seguir por su propia senda, dejando que la historia, el arte y la cultura marquen el día a día. Si la dejáramos así, con la mirada puesta en su pasado tan rico, en arquitectura, bellas artes, música, mística, literatura, etnografía, podríamos mostrar a todos los que nos visiten quiene somos y podían ver el verdadero rostro y la belleza de nuestra ciudad.
Hace años teníamos la costumbre de enviar postales de nuestros viajes a la familia y los amigos, y la recolección de algunas de estas de fechas antiguas, con estas imágenes antiguas, nos muestran la ciudad bella que de los peñascos se eleva. Qué postales podemos mandar hoy de la ciudad, si parece que hemos perdido el aroma de la tierra, si el silencio se quiebra y el ruido de la nieve rancheada sobre los adoquines no nos sacan del sopor.
Vivimos en una ciudad que levanta el cielo, con su belleza, altura y patrimonio.

 

Los tesoros de la Hispanic Society of America en el Museo del Prado

Corría el año 2009 cuando llegaron al Museo del Prado las impresionantes y enormes tablas de la “ Visión de España” de Sorolla, dibujadas para el Museo de la Hispanic Society de Nueva York. Y tras quedarme impresionada por su tamaño y belleza, comenzó mi interés por conocer quien era ese magnate norteamericano, hispanista y humanista llamado Archer Milton Huntington que hizo a nuestro pintor el encargo. Me pregunto, cómo se llegó a impresionar tanto de España, de una manera tan rotunda, para querer encargar esta obra tan sobresaliente y monumental. En magnificas imágenes que son como fotografías llenas de arte y de color, Sorolla va mostrándonos la España del s. XIX que tanto subyugó a Archer, en tablas tan especiales como la de “ La fiesta del pan” con una imagen bellísima de nuestras murallas, y con los abulenses de aquellos años ataviados con sus trajes y adornos tradicionales. Una suerte de ventana a nuestra historia.

Archer aparece después de revisar su vida y sus fotografías y dibujos como el protagonista de una película al estilo del “el gran Gasby”, como recién salido de una novela de Henry James. Hijo del fundador de la compañía de ferrocarriles Central Pacific Railroad, y de los astilleros de Newport, Collins Huntington, un empresario multimillonario y de Arabella , una fascinante mujer cuya historia apetece contarla en una novela al estilo de “ Lo que el viento se llevó”, una suerte de Escarlata. Nació en Richmond, Virginia, donde su madre tenía una pensión en una zona deprimida de la ciudad, allí en aquellos años abundaban las casas de juego y los burdeles. Casada muy joven con John Worsham ,regentaban varias casas de juego en Nueva York, donde probablemente conoció a Collis Huntington cuando este estaba aún casado con su primera mujer. Se especula que Archer nació de esta relación y que luego cuando sus padres se casaron, fue reconocido como hijo legitimo, y luego heredero de la fortuna paterna.

Al enviudar Arabella de Collis, como viuda triste recorrió media Europa, viviendo como una reina, en compras y visitas a museos y colecciones donde empezó su afición a coleccionar objetos de arte. Con su madre a los doce años Archer visitó Europa, y se quedó cautivado por España. Comenzó a coleccionar todo aquello que podía, arte, libros, mapas, y a estudiar la lengua y la cultura españolas. Un joven que tenía como sueño vivir en una biblioteca llena de España.

Tanta pasión y fascinación por nuestra cultura, arte y civilización me lleva a plantearme muchas cosas. Es posible que un americano que aterrizó por aquí se sintiera mas español que muchos de nosotros, mas orgulloso de nuestra propia historia y manera de ser. El pesimismo por España, muy acentuado en los últimos años del siglo XIX con la pérdida de Cuba, hacía mella en todo el país. Y me parece que en muchos aspectos seguimos imbuidos en este mismo sentimiento.

Cuando entras en la exposición del Prado y ves en unas largas paredes los retratos de artistas, pensadores, literatos, destacados de la España del momento, en los pinceles de Sorolla, Zuloaga y López Mezquita, como los de José Echegaray, Azorín, Machado, Juan Ramón Jiménez, Gumersindo de Azcárate, Pérez Galdós, Baroja, Unamuno,…sientes como un latigazo de admiración por tanta pasión por nuestra historia y cultura. Grandes personajes que están muy olvidados, no sólo de nombre, sino también en su pensamiento y obra. Qué lastima, y qué vergüenza también.

A Archer le describen los expertos en su obra como la comisaria de su Museo de Nueva York, Mencía Figueroa como un verdadero humanista e hispanista de verdad, como el arqueólogo que excavó por ejemplo en Italica en Sevilla. Bibliófilo con una de las mejores colecciones hispanas después de la Biblioteca Nacional, con mas de 25.000 manuscritos, miles de libros raros como el bellísimo “Libro de las Horas” escrito en papel negro con letra en oro que se expone en Madrid, con primeras ediciones de la Celestina y del Quijote. Archer era también un apasionado de la cartografía atesorando joyas como el mapamundi de Guiovani Vespuchi de 1526. Un coleccionista de arte español de primera línea, con obras de Velázquez en un “Conde- Duque de Olivares” genial, “La Duquesa de Alba” de Goya y otras obras maestras de arte hispano. Este es el término que utilizó Archer, muy consciente de que si buscamos lo español, lo encontramos en nuestra historia, en toda la fuerza expansiva del imperio y su legado, su civilización, cultura, pensamiento, religión, abarcando desde luego toda la América Latina y Portugal.

La figura de este filántropo norteamericano nos hace reflexionar sobre nuestras cosas, a valorar lo que somos y hemos sido, a buscar con él el tesoro oculto tras cada piedra, a cantar en voz alta “ El Cantar del Mío Cid”, a maravillarnos protegiendo nuestro patrimonio, queriendo como él vivir ya para siempre en una biblioteca, llena de historia, arte y cultura hispanas. Una exposición única que podemos visitar hasta principios de septiembre en el Museo del Prado.