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MEDITACIÓN EN LA NATURALEZA EN CUARESMA

Ser peregrino, al menos sentirse así, es vestirnos un poco del espíritu de estos días de cuaresma.

Ser peregrino es sentir que hay en nuestra vida algo tan importante y que nos apremia tanto, que nos empuja a salir por ahí tras ello, tras Él, el dueño del corazón. En la búsqueda siempre arriesgamos en la medida de lo que nos importe lo que andamos siguiendo, es ese ansia profunda la que acelera o retrasa nuestro buscar y nuestro paso.

Estaba estos días muy abatida, sintiendo que tenía tanto que arrancar de mi misma para ser realmente la peregrina que quiere mi corazón. Sintiendo que a veces, las ansias y deseos no van por el mismo camino que nuestros actos, que me pierdo en veredas que no me llevan a lo que anhela mi corazón. La mañana estaba cubierta de niebla, y era tan espesa como mi tristeza, veía el Puerto del Pico taponado con nubes y no podía mas que reprimir mis ganas de llorar, porque todo aquello era el paisaje de mi propio interior. Serpenteando la carretera mas bonita que una peregrina pueda desear, bajamos el puerto y nos llenamos de niebla. Allí, con los focos antiniebla a tope, sentía que la niebla me consolaba como una sábana, la humedad me iba perfectamente para hidratar mi piel.

Con el Libro de Rainer María Rilke ” El libro de las horas”  en mi mochila, arrancaba a caminar en medio del campo. Iba intentando ver si la primavera se comenzaba a notar, los brotes, las primeras flores de los frutales, las matas de hierbas florecidas de los lados de la cuneta. Peregrinaje hacia otro lugar, un amarre vital a la naturaleza que florecerá dentro de mi también. Sentí, y así os lo comparto, que este momento  es realmente muy bello, con toda su cola de tristeza y de silencio. Es como cuando preparas un viaje, y en la preparación vas eligiendo el lugar donde quieres dormir, qué vas a visitar, qué vas a probar de comida,…  te vas entrenando para poder subir cuestas, aligeras el equipaje para poder caminar por dónde vayan los demás. Pensando así en mi vida espiritual, voy avanzando también con espíritu de cuaresma, de regalo, de preparación. Quitando tanto que siento que me lleva a caminos de tristeza y desencanto, caminos por los que avanzo a veces siguiendo un canto de sirena, el mío propio, mi imagen y todo el sobre mundo que a ella he ido agregando. Quizá es eso lo mas difícil de estos días y el mayor sacrificio que podemos tener, quitar de nuestra alma todo lo que hemos puesto basado en nuestra propia apreciación de lo que somos. Arrancar hasta llegar a lo que soy, mi verdadero corazón, un lugar que siento realmente cuarteado.

Dice Rilke: ( en el Libro de las horas, traducción de Federico Bermúdez-Cañete )

DIOS habla a cada cual sólo antes de crearlo;

luego sale, callado, con él desde la noche.

Mas las palabras de antes que cada uno comience,

esas palabras nebulosa, son:

 

Enviado al exterior por tus sentidos,

vete hasta el limite de tu ansia;

dame con qué vestirme.

 

Crece como llama tras las cosas,

para que así sus sombras, extendidas,

me cubran siempre por entero.

 

Deja que te suceda lo bello y lo terrible.

Sólo hay que andar: ningún sentimiento es remoto.

No dejes que te aparten de mi lado.

Cercana está la tierra

a la que llaman vida.

 

La reconocerás por su gran seriedad.

Dame la mano.

Las primulas se miran en la corriente que arrasa con todo, y sobre su ímpetu de agua se miran agarradas a las piedras de la cortante. Y florecen cada mes de marzo, abiertas como ojos llenos de infancia y de candor. El trajín del agua deslizándose sobre la tripa de la reguera, las rocas de la cortante del arroyo, refrescan el alma, y siempre esto a sido así. Llenan el silencio que envuelve estos días de penitencia, de música que arrasa por dentro todo atisbo de tristeza.

Y es que todo ” crece como llama tras las cosas”, en mi caso sé lo que persigo, y doy gracias a la vida que me lo ha mostrado desde la hierba florida, la aromática recién nacida, la rama de albaricoque llena de capullos, la luz y cómo se filtra entre los alisos. Llegar a Dios a través de lo natural, no es que sea fácil, es que es automático.  Querer seguir a Jesucristo sentimos que nos llena el alma de semillas de primulas, que aunque no sepamos cuidar como merecen, florecerán en primavera. Crearán con su color y belleza el aspecto del Reino ese que quiere en nosotros construir para deleite y gusto de los demás. Los otros, los que son realmente los dueños de todo este jardín de dentro del corazón, por los que florece por Pascua.

 

Sólo tenemos que estar ahí en la naturaleza y hacer eso que Teresa de Jesús llama ” conocimiento de si”, o mirarnos por dentro, y veremos, como así a mi me pasa, que somos un ser mas de un lugar mágico y bello que no es sólo nuestro. Y que estamos en su ciclo como algo mas, que tenemos que salir del invierno, quitar el frío y la tristeza, y llegar florecer para dar fruto. Algo que ofrecer con las manos abiertas.

Poco a poco los días van pasando, y vuelvo a salir por ahí en cuanto puedo. La naturaleza es verdaderamente nuestra casa, como lo es de las arañas que se agarran a los palos del establo, de los membrillos que comienzan a brotar, de los mirlos que canturrean por las sendas, los gatitos que pasan por allí, el topo que deja toda la pradera llena de volquetes de tierra oscura y humeante. Allí encuentro el sentido de mi verdadera alma de peregrina que hacia adelante avanza, siguiendo el rastro del corazón. ¿Dónde está el mío?, en dónde a veces lo coloco no sabiendo que debe estar cerca del agua manantial, y siempre bañándose en la luz.

Pasé el otro día por mis propios pasos, y aún había una prímula viviendo tan tranquila en la pila de agua de la entrada de la ermita. La luz se filtraba entre los robles que empezaban a brotar, los castaños y los nogales. En forma de triángulo se dibujaba sobre la superficie, y me conmovió su figura. Sin querer recitaba las palabras del libro de Isaias: ” como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra y fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será la palabra que sale de mi boca”,… cómo bajan,…y cómo empapan,…

 

Palabras que abren el alma, arrancan la niebla y hacen en lo hondo de nosotros crecer la vida en forma de jardín. Empujan mi alma peregrina hacia delante y digo con Rilke, desvistiendo mi vida de tanta tristeza,…

” DESDE  mis amplias alas vuelvo a casa,

de extraviarme con ellas.

Como un canto fui yo, y Dios, como una rima,

aun suena en mis oidos”

 

Cuaresma como camino

y mi alma hecha de anhelos

vestida de capa de peregrina

con anémonas de luz dentro de la tristeza,

arrancando la maleza que el invierno oscuro crió

dentro de mi, para seguirte

y en las alas de la luz bañarme

suspendida en el agua del amor.

 

 

El paisaje me susurra, para que no esté ya triste,…  Deja que te suceda lo bello y lo terrible,… Vive de veras tu vida,…Sólo hay que andar, nada de lo que sientes es remoto, ajeno, extraño, es la misma vida que a chorros sobre ti va cayendo.

Y grito yo también !! no dejes que te aparten de mi lado, Oh Señor mío!. Mira aquí abajo, mira,… está cercana la tierra, la que llaman vida.

Peregrinando por mi propia vida, sintiendo que ya sólo el camino aunque a veces esté nublado es un regalo,  un don que nos regala la sombra que nos cubre. Voy así avanzando hacia la primavera , la Pascua  que renacerá en el abismo de mi vida.

 

La música de todo este paisaje interior que comparto con vosotros es esta maravillosa pieza de Anton Webern, Im Sommerwind, compuesta en 1904. Con sus sonidos como tendidos al infinito, flotando, creando una especie de tela de araña, de ala delta para nuestro espíritu. De terciopelo en su naturaleza, lleno del post romanticismo mas brillante y lleno de belleza. Una obra para oír en soledad, cerrando los ojos y sumergiéndonos en toda la hondura de la música. Una obra maestra, al menos para mi.

 

UN PASEO INVERNAL CON THOREAU.  El arte de caminar como un vagabundo.

 

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Estaba el domingo esperando la nevada que los meteorólogos nos anunciaban , hundida en un sillón con una taza de te, cuando cogí el libro de Thoreau, “ Un paseo invernal”, de la editorial Errata Natura , publicado en noviembre de 2014. Y allí apareció algo que suele caer como una nevada estos primeros días de enero: un propósito de año nuevo. Ese deseo que siempre tenemos de que este año alguna cosa de nuestra vida diaria cambie, hacer deporte, adelgazar unos kilos,… El propósito que Thoreau nos propone es realmente muy sencillo, un empujón nada mas: caminar. Un arte que lejos de recubrirse de fines deportivos, o incluso de salud física, está mas cerca de un planteamiento libertario de la vida, cercano a la actividad de los “ holgazanes” que abren la puerta de su casa y se van por ahí deambulando durante horas. Y así, alguien que permanece sentado en su casa todo el día puede ser el mayor vagabundo, aquel que de repente un día abre la puerta y pone en marcha toda su verdadera vocación de peregrino, casi de cruzado: aquellos que se embarcan en empresas sólo con el espíritu de salir por ahí, y hacen de esta caminata, su bandera y escudo.

 

Henry David Thoreau (1817-1862), naturalista, conferenciante, agrimensor y fabricante de lápices, es uno de los padres fundadores de la literatura norteamericana, defensor “ de la naturaleza, la libertad absoluta y lo salvaje”. Con un pensamiento libertario de desobediencia civil ante todo aquello que invada el ámbito de nuestra herencia natural, y apuñale nuestra libertad de seres propietarios de un espacio concreto del universo llamado tierra. Aquel que dice que para ejercitar este arte del paseo, debemos ser dentro de nosotros así, porque “ ambulator nascitur non fit” , no nos hace el camino: nosotros lo llevamos como carga genética muy dentro. Unas caminatas que no tienen nada que ver con esto “ de hacer ejercicio”, como si habláramos de enfermos que tienen que tomarse una medicina todos los días, sino que se constituye en si misma en una aventura diaria. “ Si de verdad queréis hacer ejercicio, id en busca de las fuentes de la vida”, traspasando el gimnasio o el paseo siempre constreñido a una calle o avenida concreta, para encontrar cada día las fuentes de la salud que a borbotones brotan en lo alto del cerro, el camino verde o la vaguada al lado del rio. Somos como hombres, el fruto de una larga evolución desde aquellos primates que se pierden en la bruma de nuestro árbol genealógico y que han vivido durante milenios al aire libre, expuestos al sol y al viento. Cara curtida, manos callosas, y el anhelo íntimo de un trabajo manual que las ponga en marcha, conectando piel y espíritu, mientras avanzamos a veces sin saber qué nos pasa. Días enteros dentro de casa, las oficinas, cocinas, colegios, negocios,… apartados de aquello que agudiza nuestra sensibilidad, la capacidad de relajarnos, de aprender de todo aquello con lo que nos topamos, el sol sobre la nieve resbalando, el aire que corta las mejillas, la luz vagabunda bajo la capa del cielo.

 

Cómo empezar, cómo comienzo esta nueva aventura-propósito , poniendo en funcionamiento este verbo de caminar dentro de unas botas de vagabunda vital,… Yendo en esto más allá de la senda en el jardín, la avenida y el parque, dirigiendo mis pasos y pisando de veras el campo, mojándome en los charcos y resbalando entre veredas. Cuantas veces he ido por ahí, caminando por un bosque y mis preocupaciones y pensamientos no me han dejado realmente sentir que estoy rodeada de pinos, con piñas nevadas, y que todo lo que veo, siento y respiro, es para mí.