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MEDITACION CON SENECIOS ROWLEYANUS, UNA HOJA DE PELARGONIO DE MENTA Y UNA FLOR DE HIBISCO

A veces me meto en charcos y siento que me ahogo, remo sobre el barro y la suciedad como si estuviera en medio del mar. Abro un poemario de un autor que siempre me sorprende y me ayuda mucho a escribir, Wallace Stevens. La tarde está tan cargada.

Leo a Wallace en el poema que lleva este titulo tan rotundo, MAESTRO DEL BARRO, del poemario Ideas de orden, editado con su versión al español de Daniel Aguirre por Lumen. Un libro fundamental de la poesía norteamericana del s. XX, donde la imaginación entra en dialéctica poética con la realidad como en este bello poema. Y dice así:

Turbios de barro los ríos de la primavera

se están embarullando

bajo cielos turbios de barro.

Está la mente turbia.

 

Para la mente aún nuevas riberas

de abultado verde

no hay;

celestes lados de oro

no hay

la mente se embarulla.

 

Renegridísimo canijo,

del barro hay un maestro.

El haz de luz

que allá desciende, en la distancia, de cielo a tierra,

aquel es él…

 

Autor del brote del melocotón,

maestro del barro,

maestro de la mente.

Los días de julio se van volviendo sedientos, y todo el polvo suspendido se disuelve en el aire, sientes que la sombra de todo la vas absorbiendo, que te van manchando las manos y el interior. Desde que llegó a casa la mata de Senecio Rowleyanus supe que su larga cabellera de pequeños planetas verdes me iba a ayudar con cosas importantes de la vida. Las plantas y los senecios siempre tienen ese efecto en mi vida.

Volvía a casa estos días  decepcionada con algunas personas, con sus actitudes, cansada de trabajar, con migraña recurrente, con los ojos llenos de barro y las manos con un vacío en su corazón. Y sus largos cabellos verdes me reconfortaban sobre todo por una cualidad increíble que tienen y que me transmiten, belleza y libertad, movimiento acompasado y camino, frescura verde, puntuación de lo mas triste y profundo de mi corazón, respiración de planta, mundo redondo de hoja redonda, de planta redonda de mundo redondo de cada flor.

Mirar un poco cómo el cielo está turbio cuando avanzo, sentir nublado el corazón, y sentir al fondo de la larga cabellera verde y llena de puntos-mundos, pensamientos verdes y llenos de frescura. Sentir que hay un maestro al fin para mi como me recuerda Stevens hoy. Mi maestro del barro, el que me saca, autor del brote del melocotón, del haz de luz, de los celestes lados de cada día cuando dejo que me envuelvan con su calor.

Me dijo un amigo estos días, con voz de eco, que ya era hora de aprender a cabalgar , dejando a la vida discurrir ante mi,  abandonando el espíritu en momentos de contemplación, como la larga melena del senecio que en los lomos me lleva lejos de la nube de polvo que se hizo barro en mi corazón.

Tarde de verano de un día de María Magdalena, 22 de julio, sus cabellos sobre mí y todo su corazón cayendo sobre la casa de Jesús. Y el amor arrasando con el barro y la sequedad, lo rígido y gastado, lo monótono y mortecino.  La libertad en forma de vida y de camino, pequeñas puntadas como hojas redondas de senecio lanzadas hacia delante en un mundo lleno de luces turbias y de barro en suspensión. Decía Teresa de Jesús que hay que aprender a dejarse hacer, a dejarse llevar, a dejarnos amar.

Parece que a duo puedo ir cantando ahora con Magdalena, mientras coloco una hoja de pelargonium de menta y una flor de Hibisco sobre lo verde del cabello del senecio, de su mundo en planetas verdes, su respiración entrecortada, el eco del corazón.

Autor del brote de melocotón

el maestro del barro,

maestro de la mente.

Y llueve ahora con fuerza, el ozono llena todo de la atmósfera de tus ojos abiertos, maestro del fondo verde de cada flor. Aire desatado que levantas el polvo, mi tristeza en puntos verdes que como planetas dibujan la piel verdadera que me regalas con cada gota de sol.

 

 

 

UN VERANO EN EL CAMPO. Meditación sobre la naturaleza y el silencio.

IMG_2009Desde hace algunos años pasamos nuestras vacaciones en el campo, desconectados de todo, dejando a un lado el ritmo de vida diario con sus rutinas, horarios y deberes. Sentir por unos días que las horas pasan lentamente, que tienes tiempo para vivir de forma sencilla en medio de la naturaleza, vuelve a cargarte de energía para otro montón de meses.

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Y cuando llevas allí unos días, y la cadencia del río parece tu respiración. Cuando sientes que las sombras dibujan tu interior entre los henos, empiezas a vivir en otro estadio tan natural como vital, real : el silencio… la naturaleza te  sopla el cuello, la noche parece dormitar sobre el arroyo, la paz  envuelve el bosque.

Lo que soy,

lo que siento,

mi cadencia vital,

la cola de un traje de noche lleno de espuma y de reflejos de luz sobre la corriente.

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Como nos dice Wallace  Stevens ( 1879-1955) de manera tan bella en su poemario ” Ideas de orden”,” ninguna cosa sabe la noche de los cantos de la noche…“. Un libro  en el que el gran poeta norteamericano  se mueve entre la realidad y la imaginación,  mientras ambas dialogan.

Ninguna cosa sabe la noche de los cantos de la noche.

Ella es lo que es así como yo soy lo que soy:

y percibiendo esto mejor percibo mi ser.

 

y el tuyo. Solamente nosotros dos podemos intercambiar,

cada uno en el otro, eso que tiene cada uno que dar.

Solamente nosotros dos somos uno, no tú y la noche,

 

la noche y yo tampoco, sino tú y yo, solos,

tan solos, tan profundamente a solas con nuestros seres,

tan lejos, tan apartados de las fortuitas soledades,

 

que es la noche solamente el trasfondo de nuestros seres,

supremamente veraz cada uno con su separado ser,

a la pálida luz que arroja cada uno sobre el otro.

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Vivimos en un mundo lleno de ruidos, nuestro pensamiento se enreda en las ondas del televisor, la radio, el ordenador… Nos cuesta salir de esa maraña que no es la nuestra, y aprendemos a seguir otros modos de vivir, de ver  la realidad, llegando a sentirlos como propios.  Así llego a veces  a meter en un cajón del desván de la vida, la capacidad mas genuinamente humana, la auténtica belleza del ser: el raciocinio personal, mi tesoro mas preciado, mi patrimonio íntimo.

Y cuando por unos días puedes volver a sentir el paso de los minutos, el planeo de las libélulas sobre las mentas, el crepitar de la hoguera. Cuando las  conversaciones se abren a la naturaleza que te rodea en un diálogo profundo que te devuelve a tu auténtico lugar en el universo, a vivir tranquilo en la piel esta que te acompaña a lo largo de tantos años, sientes por un momento la plenitud de tu existencia. Como un pequeño ser , uno de tantos que es feliz retozando entre las hierbas. Un habitante mas de la naturaleza, enamorado de  la luz de la luna que bajo los robles como ducha, se  filtra. Enamorado de su luz.

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Si, reitero este romance, y pido a la noche, así en un profundo silencio de larga panza de duna del desierto, habitar en mi propia piel y que dentro de ella sepa vestirme siempre aquel vestido que tanto me favorece: el silencio con su larga cola bordada de espuma y los reflejos de luna sobre la corriente.

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He cogido mis pinceles y el cuaderno para recoger aquellos pensamientos que el aire parecía revolver entre los henos, el aguacero de lluvias que reparte la garganta en sus cortantes, el polvo suspendido del camino cuando la luz parece ponerse entre las viñas. Para recoger aquella cosecha que regala la vida cuando durante un rato, en silencio a ella te acercas.

Silencio sobre los fresnos

que cargados de chicharras crujen,

Silencio del agua al tropezar en la luz ,

sobre el envés de la hoja de roble que el viento sopla.

Silencio entre nosotros

tejido entre los dos.

Y sí, contigo Wallace puedo decir,… solamente nosotros dos podemos intercambiar, cada uno en el otro, eso que tiene cada uno que dar. Solamente nosotros dos somos uno.

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