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ARTE FLORAL EN DIALOGO CON LOS CUADROS DE LA FUNDACION ÁVILA.

Desde que comencé a aprender y a practicar los principios básicos del arte floral con mis maestros que tanto recuerdo, sentí que lo que encierra un arreglo floral es algo más que una idea decorativa. Con él podemos expresarnos y llegamos a los demás de manera directa, por los sentidos, en algo que estos lenguajes artísticos tienen, algo que va más allá de lo que encierran las palabras.

Así que cuando me llamaron para realizar una intervención floral en un acto del Comité Ejecutivo de la Obra Social y Fundaciones de CECA en el impresionante Palacio de los Serrano de Ávila, me dirigí a los fondos pictóricos que atesoran, llenos de grandes obras de maestros intemporales. Fuimos viendo los grandes lienzos buscando un nexo de unión entre ellos con el espíritu del encuentro, el momento que vivimos en nuestra pequeña ciudad de Ávila, el tiempo, la belleza, la amistad, la naturaleza y las flores. Lo intemporal de la expresión hizo que eligiera tres cuadros muy diferentes pero que parecía que estaban en el mismo lugar, por esos lazos misteriosos que unen entre si a las obras de arte.

Con cada uno de ellos iba a empezar un diálogo lleno de flores, hojas, ramas, musgos, materiales que iba eligiendo en cada diseño, usándolos al modo de los pigmentos, dejando que lo sutil de su naturaleza etérea y caduca llenara el momento de otros matices que los cuadros atesorados por si solos no pueden aportarnos.

Elegimos un maravilloso cuadro de Eduardo Chicharro, uno de los grandes pintores en el paso del s. XIX al XX.  Discípulo de Sorolla, fue un pintor costumbrista que nos muestra la España de su época con un montón de matices, un colorido brillante, recogiendo elementos y ropas del momento, mostrándonos escenas llenas de vida. Este cuadro muestra una imagen costumbrista llena de encanto: un momento en el interior de una cocina de la Ávila de hace más de un siglo. Nos habla de lo que somos y sobre lo que construimos nuestra sociedad: la familia, la cocina, los niños. Ese interior que da paz y en el que la memoria descansa de tanto ajetreo diario. Con dos elementos típicos de aquí como son la jarra pintada, el plato de loza, y el gorro de paja que he elegido para el diseño.

Elegí un diseño floral clásico de estilo decorativo vintage, construido sobre una jarra con flores otoñales, aquellas que seguramente había en los huertos y jardines de hace un siglo, claveles en colores otoñales y crisantemos. Trabajado en forma de bodegón, con el gorro de paja y un textil antiguo bordado. Y se destaca las caídas de cintas de colores de lana que van a servir de punto de unión en los distintos arreglos florales. La jarra y el plato son reproducciones del ceramista de Cuevas del Valle, Alberto Illescas, con la misma decoración del cuadro.

El siguiente diálogo me ha llevado al cuadro de José Manuel Proto, que nos sumerge en la modernidad más absoluta, esa que busca en lo esencial y en el minimalismo su expresión y el mejor estilo floral para expresar esto es sin duda el Ikebana japonés, en una adaptación que denominamos en el arte floral occidental estilo formal lineal

He seleccionado unos pocos elementos que se mueven en las tres esferas del individuo, el cielo, el hombre y la tierra.  He elegido unas calas amarillas que se mueven en su tallo esbelto mostrando esta concentración, simplicidad y belleza.  Pocas flores son tan espirituales, ligeras y etéreas. Las calas se dibujan en la mirada sobre unas varas de Eremurus. Estas flores forman líneas amarillas muy poderosas y nos dejan ver la belleza rotunda de esta flor de verano que aporta sensación de asentamiento y fortaleza. Una flor que se conoce también como la Rueca de Cleopatra y que nos une con toda la simbología de la decoración. La silueta amarilla que destaca sobre el fondo negro del cuadro está trabajada en los grupos de lana amarilla en forma de nido, que nos muestran la unión de las flores y la lana.

De los dos cuadros situados uno al lado del otro, con su arte floral al lado expresando su verdadera esencia, aparece un elemento que de los cuadros y de los arreglos se lanza a la decoración de las mesas del banquete. ¡Cómo disfruté el otro día dejando caer de los nidos de lana de tonalidades amarillas melenas de lanas que daban a la decoración una calidez increible! Realmente fue la lana la que arrancó en mi interior las líneas de todo el diseño.

El día siguiente a la cena fue el cuadro de Fernando Sánchez “el Pirata” el que marcó todo el diálogo. El mercado de frutas y verduras de los viernes en el Mercado Chico es un lugar de encuentro para todos los abulenses. No sólo encontramos frutas y verduras frescas sino que seguimos con una práctica que ya hacían nuestros abuelos, y donde tenemos anclado nuestro pasado. Aquellos días de mi niñez con mi madre comprando cajas de tomates para hacer conservas.

Este cuadro del pintor abulense Fernando Sanchez tiene todo este poder evocador, en un ambiente casi de ensueño, con una niebla que lleva todo a un lugar casi místico, donde la lluvia moja el suelo, iluminando todo.

En el diseño de este cuadro del mercado, coloqué un paraguas trabajado con verdes ya un poco otoñales. Y una caja de frutas y flores, uvas, higos y peras, así como plantas de  crossandras, brezos, violas y helechos, para que el cuadro tome vida y nos introduzca en todo su mágico escenario pictórico. Todos estamos en este viernes en la plaza del Chico, comprando, encontrándonos y disfrutando

Realicé un camino de arena verde para seguir las mismas líneas compositivas del cuadro, el camino que más que ser sólo el que nos conduce a la compra cada viernes, es el de la vida que viernes a viernes va pasando, donde dejé algunas frutas que muestran la línea de fuga de la memoria que viene hacia nosotros y se va poco a poco perdiendo.

El arte floral expresa vida y nos adentra en nosotros mismos, lo que somo como producto de lo que hemos vivido, de donde hemos tenido la suerte de vivir. El paso del tiempo, como hojas que llenan de color y belleza el pavimento con sus adoquines ruidosos. Como decía  el gran novelista y poeta japonés Natsume Soseki en este bello haiku  : Cayeron hojas,/ y el viento las encumbra,/ sobre las torres. Hojas de recuerdo, flores que avanzan en nuestro interior.

Llevamos desde el mes de marzo metidos en casa, la pandemia nos ha cerrado la puerta. Nuestro hogar ha pasado de ser un lugar de tránsito entre quehaceres laborales, familiares y sociales, a convertirse en nuestro castillo, y aquí estamos tomando posesión de cada rincón, de cada territorio.

Natsume Soseki es un conocido y aclamado autor japonés, que además de cultivar el haiku, escribió una novela considerada por el publico nipón como nuestro Quijote, “ Kokoro”. La dedicación al haiku conlleva una nueva actitud ante las pequeñas cosas de la vida para darlas el verdadero sentido que tienen, como pequeños espejos del cielo, como muestras de Dios en las cosas diarias. Un día escribió este haiku que parece que podría haber salido de nuestras casas en estos días de confinamiento “ Sin decir nada, el niño/ ve un ciruelo a lo lejos/ y lo señala.

Cuando entramos en nuestro castillo familiar y reforzamos los candados, los prunus-ciruelos de Ávila estaban en flor. Desde la ventana mirábamos a lo lejos, aprendiendo a disfrutar en la lejanía de lo que normalmente está sobre nosotros. Los niños, como dice Soseki, miraban por las ventanas dejándonos un momento tan elocuente como difícil, conteniendo las carreras con los amigos, las pachangas en el patio, las clases y los deportes. Duras situaciones que se han convertido en maestras de algo que no se enseña en los colegios, la contemplación, la calma, el silencio y la soledad.

Captar las cosas pequeñas de cada día, mirarlas, disfrutar con ellas y agradecer cada detalle, es una de las lecciones que aprendemos en esta escuela nueva de cada casa- castillo interior. Poder organizar un cajón reencontrándome con cosas que me hablan de mi vida, regalos que me hicieron con tanto cariño, viejos pañuelos bordados metidos en sus cajitas, las láminas dibujadas, los alfilereros, las plumas estilográficas, los plumines con sus cartillas de caligrafía… Volver al mundo que abre en mi corazón cada pequeña cosa de mi vida, es viajar arriba y abajo por mi existencia, dando gracias por tanto como me ha dado.

Edith B. Holden, vivía apegada a lo que cada día le iba regalando, recogiendo en un diario al estilo victoriano, cada flor que se abría la lado del camino, el canto de un arrendajo sobre el grosellero, el movimiento del aire serpenteando las vaguadas floridas de su casa en Solihull, Gran Bretaña, a principios del siglo XX. Cada día iba a ver lo que le regalaba el momento, abriendo cada regalo pequeño que si no lo desempaquetaba, se iba a morir en el rincón del olvido. Tanto es así, que murió en una crecida del rio mientras seguía el movimiento de una rama, después de haber dejado puesta la mesa para la cena en casa. Me gusta leer estos diarios de personas que viven los momentos y los dan su verdadero valor como muestras de lo eterno que se nos regala. Aunque el momento al final sea difícil, aunque la muerte y la enfermedad nos azote, las pequeñas cosas de la vida nos van abriendo las puertas de lo eterno y de la verdad.

En estos días sólo había una noticia que abarcaba todo, y el resto de las miradas han estado centradas en casa. Hacer los puzles que estaban arrinconados en el baúl, intentar hacer un bizcocho o un pan, tocar el piano, bordar un mantel, escribir, dibujar, esculpir, leer… Disfrute, entretenimiento y sobre todo escuela de lo que soy. Te replanteas tu vida mirando lo que realmente importa, y el desarrollo de ti mismo en tantas facetas que hemos ido olvidando y desterrando por el exceso de trabajo, el ritmo de las obligaciones, muchas de ellas autoimpuestas, que han dejado aparte, muchas veces , el equilibrio personal, la fuente del bienestar, el tiempo para ser realmente lo que soy, y entregarme a estas pequeñas cosas que se me regalan, agradeciendo cada una, viviendo mi vida en plenitud.

Dios está en las pequeñas cosas que me rodean, hasta cuando las iglesias han cerrado temerosas de la pandemia, mi casa se ha convertido en un templo, mostrándome algo que intuía, que sólo en el amor está lo divino, y que esto se encuentra en los gestos y actitudes, en las pequeñas cosas de cada día.