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El dolmen. Mi último poemario.

Planeaba el halcón

y su sombra abría raíces

que se colgaban en tu precipicio.

 

Había rocas en descomposición

pequeños invertebrados

y muerte rodeando todo.

La escritura poética se manifiesta en mi vida como un motor cuyo empuje me lleva a poner en palabras y ritmo aquello que no puedo no decir. Una verdadera urgencia poética es lo que me ha envuelto en la creación de este libro. Tenía que contar mi experiencia en el descubrimiento y la excavación del dolmen de Bernuy Salinero, y tenía que contarlo con estas palabras y brochazos, poesía y pigmentos de color disueltos en agua.

Una urgencia que me llega en un momento de madurez al sentir profundamente que junto con los datos que los arqueólogos sacamos y estudiamos de un lugar, está nuestra propia vida, lo que sentimos y nos revuelve las tripas. La emoción de tomar entre las manos el resto de una vasija que un hombre tuvo entre las suyas hace milenios. Esa parte que tiene que ver con nuestra espiritualidad es lo que nos define realmente como hombres. Pueblos que vivieron en esta misma tierra que compartían unas creencias que los unían y determinaban todos los rasgos de su existencia.

Una fe compartida que los armaba para poder enfrentar los momentos crueles y duros de la vida que sufrimos, como es el tránsito, el dolor por la pérdida, reforzando los lazos que nos unen en la tristeza.  Porque el dolmen, “es un templo de dolor” que se asienta en un lago de desgarro que muchas veces se hiela. Un lugar donde creer, esperar, rezar, sufrir y amar. Un lugar donde los ritos unen y permiten seguir la existencia después de la pérdida de un ser que sentimos tan pegado a nosotros como nuestra propia piel.

No sabemos el nombre de esa divinidad: Dios, Ser, … Montaña, Agua, Prado cuarteado. Pero entablamos como aquellos antepasados relaciones en forma de oración y sentimos que está presente en nuestra vida. Un Dios que se manifiesta a veces terrible, poderosos, cruel. Una espiritualidad que flota en este campo nuestro tan místico, en el paso rasante de las rapaces, el olor agreste de las plantas que embalsaman el aire con su dolor, el cielo azul que a veces se rompe en hielo sobre las rocas.

Un dolmen era una montaña sagrada, donde reproducir esos viajes de la vida al mas allá, mientras entraban reptando y colocaban los restos amados en urnas cerámicas junto con aquellas cosas que determinaban su vida y posición social: collares, puntas de flecha… Un viaje sagrado que siento que aún hoy continúa por aquí en esta tierra de Teresa y Juan, en esta Ávila en la que vivimos. Una aventura vital que parece seguir dentro de mi interior, pasados ya más de treinta años de todo aquel trabajo, del descubrimiento cuando iba al campo a prospectar con mi hermano pequeño montados en una moto. De los meses de excavación cuando pasábamos tanto frío que nos poníamos papeles de periódicos como calentadores debajo del jersey. Aquellos días en los que el sol sangraba cada tarde al posarse sobre las montañas del otro lado del más allá.

Y cuando entras en este sentimiento puedes sentir una especie de hermanamiento con aquellos pueblos que cazaban en medio del frío, aquellas mujeres que parían en las rocas cortantes, en los jóvenes que empujaban grandes piedras para construir un lugar donde dejar que el dolor se pudiera posar, donde llorar a la muerte en comunidad.

Este libro más que un poemario es realmente un poema largo, un largo grito lleno de dolor y de esperanza, porque son las palabras poéticas las que tienen semillas en su interior, son las que ponen un poco de vida verde en medio de la tumba, dándonos la posibilidad de legar todo esto, pasando la mano de mi abuelo y mi padre a mi nieto recién nacido. Palabras que van componiendo una cámara donde descansar después de una estadía tortuosa y dolorosa en los corredores del horror que describe cada muerte. Es por tanto un grito que se puede recitar como un Cantar de Gesta, sentándonos en el dolmen, sintiendo que estamos allí siendo parte de lo que pasó hace milenios y que sigue rondando a nuestro alrededor como los abejorros que a veces nos rodean.

Un pequeño libro que hemos preparado para que podamos llevarlo en un bolsillo, y allí en Bernuy soltemos las palabras poéticas para ver dónde se posan, para que puedan contarnos muchas más cosas sobre nosotros mismos de lo que nunca hubiéramos podido imaginar.

Versos y pinceladas para tender ese puente con mis lectores, abriendo mi dolor al de cada uno de vosotros, sintiendo como a veces el frío construye en el vaho de nuestra respiración, castillos hechos de esperanza.

Ven y vive.

Ven y vive.

Ven y vive.

 

Aspirando lo agreste

de los tomillos

que en aroma de libación

ascienden.

 

Hace unos días se inauguró una nueva edición de la Muestra de Arte contemporáneo Arteson en el Antiguo Hospital de San Andrés (Mombeltrán). Una treintena de artistas llenan las paredes de piedra y ladrillo de su propio mundo al que en sus obras nos invitan a visitar. Nos dejan en sus esculturas, cuadros o fotografías las llaves de lo más hondo de si mismos para que podamos allí habitar. Y sucede que en alguna de esas casas artísticas nos sentimos como en nuestro propio rincón y no sólo disfrutamos, sino que lo hacemos nuestro.

En la segunda planta del Hospital, con unos esplendidos ventanales que miran a la Plaza de la Corredera entro con unas  llaves  artísticas hechas de flores recortadas de papel ,a la guarida de la artista Gemma Perales. Una  Eva de tamaño natural emerge de la pared y toma vida en medio de una maraña de papeles con recortes de flores, unos hilos de araña muy especiales. Pone papel sobre las olas de un mar del que como diosa emerge, unas flores que se sumergen y al salir así enhiestas y secas entran a formar parte de lo eterno, como la obra de Dante Gabriel Rosseti o de Gustav Klimt, como ella misma destaca en la cartela de la obra.  Creo que este nombre, eterno, es lo que me gustaría poner al lado de la obra pictórica de Gemma, lo eterno que rodea aquello que el arte nos regala, haciéndonos vivir sobre un hilo dilatado que no parece tener fin, donde las fronteras de lo físico, del tiempo, de los precipicios, las olas del mar y las nubes que rompen el cielo, nos dejan. Un arte lleno de femineidad, donde mostrar cómo el mundo se puede también cambiar, al menos en el ámbito estético. Donde unas flores de papel recortadas se convierten en diosas que de la pared de ladrillo centenario emergen. El arte todo lo puede, rompiendo las barreras de lo físico y real para abrir nuevos territorios por explorar.

 Y voy tarareando entre las salas y el claustro, unos versos de la poeta norteamericana Anne Sexton que resuenan en mi interior mientras voy caminando “Cada una de ellas en mí es un pájaro./ Golpeo con todas mis alas…” Y voy como esas golondrinas que anidan en el alfeizar del viejo Hospital y en vuelos racheados pasan describiendo círculos en un horizonte donde el Torozo se despega. “Dulce peso, en celebración de la mujer que soy/ y del alma de la mujer que soy// y de la criatura central y su deleite/ canto para ti. Y entre estos artistas de Arteson aparecen algunas otras obras bañadas de este femenino que envuelve el Hospital, me refiero a María Riera creadora de espacios tan minúsculos como mágicos construidos a base de pequeños objetos de deshecho, cartoncitos, maderas, papeles rasgados.  También destaco en este mismo espacio, el lienzo de Rubén Arenal Martínez “ La nueva normalidad ” que nos hace entrar en una mirada interior, una composición con un gato en medio de un  silencio íntimo que me conmueve al sentirme también yo en la escena.

Las fotografías pintadas de Paula Pupo parecen dar a las cerámicas de Talavera, su lugar de residencia, un nuevo aire de modernidad y de belleza, mientras la composición de cerámica de Rosa Luz da a este material un nuevo lenguaje expresivo muy cercano, mientras me siento reflejada en el azul de cada mancha irisada de luz.

Poder reinterpretar lo que la historia del arte nos ha legado, haciéndolo nuestro es algo que empuja a Amalia Granero Calabuij a trabajar en unos oleos singulares donde buscamos lo conocido y en esta búsqueda, nos encontramos a nosotros mismos, como me siento ahora mirando su Judith.

La mañana está muy calurosa en las Cinco Villas, las golondrinas siguen sobre mi, mientras busco lo fresco que este caserón centenario me regala, algo que va más allá de lo físico que siento entre sus muros de piedra, algo que tiene que ver con lo que el arte me brinda cuando me pongo delante de una obra y abro con unas llaves o con unas flores de papel un mundo nuevo que allí emerge .

Y puedo decir con Anne Sexton que cada obra es para mí, un pájaro que vuela en círculos rasantes por aquí. Feliz verano

Los ojos de Amadora

Muchas veces nos conocemos de manera mas íntima con la mirada, sin necesitar miles de palabras y largos ratos de conversación. Los ojos a veces aparecen como puentes que nos llevan al interior de otras personas, nos dejan ver aspectos nuevos y otras perspectivas vitales. Esto es lo que sentí, impresionada por los ojos de los niños del Mombeltrán de principios de siglo XX, cuando visité las salas del nuevo museo etnográfico que el Ayuntamiento de esta localidad ha abierto en el Antiguo Hospital de San Andrés magníficamente rehabilitado como Museo.

En las salas con todo el material etnográfico cedido por los vecinos aparecen las distintas estancias de la vida del pueblo, las alcobas, los sobraos, las entradas de las casas donde se guardaba el ganado, la elaboración del vino y del aceite, los quesos, la miel, la botica… Elementos que tienen un valor sentimental profundo para los vecinos que vuelven a encontrarse con parte de su vida, con cosas que ya habían olvidado pero que les envían inmediatamente, como en una maquina del tiempo, a su propia existencia, a la de sus padres y abuelos. Era entrañable ver la emoción de los vecinos y con qué gusto explicaban todo a los visitantes, orgullosos de su pasado y de sus raíces.

Llevo años disfrutando de la belleza natural y arquitectónica, así como del trato afable y cercano de los vecinos de las Cinco Villas en Ávila. He analizado la botánica que me apasiona, el suelo, los caminos siempre frondosos y llenos de belleza, las rocas, los manantiales y fuentes, las ermitas, los rollos jurisdiccionales y las iglesias, y siempre he intentado encontrar detrás de todo al hombre y la mujer que se esconden en el pasado, los que han configurado estos pueblos en lo que realmente son, los que han arado, cultivado, acarreado carros de mulas. Los que han recogido los huevos y han fabricado el vino de pitarra en los cántaros y tinajas. Los que se impresionaban dentro de la iglesia de san Juan Bautista de Mombeltrán con trazas de catedral, rezando detrás de una reja magnifica que los apartaba de todo, sentados en el suelo con los pies descalzos.

Esa sociedad de nuestros abuelos y tatarabuelos que dista de nosotros mucho mas que un siglo, porque hemos pasado de una economía de subsistencia que nos habla del pasado mas remoto de la humanidad, al s. XXI donde todos los habitantes tenemos un teléfono móvil en el bolsillo estamos al tanto de lo que pasa en todo el mundo en cuestión de minutos.

Y lo que me impresiona es sentir que aunque estemos dentro de esta falla del tiempo tan salvaje, somos los mismos y no nos podemos conocer si no nos reconocemos en nuestros antepasados, con todas estas cosas que la etnología recoge.

Cuando veía las fotos antiguas que expone la muestra, mi mirada se quedó en los ojos de esos niños de antaño, con sus ropitas sencillas hechas por sus madres, los pies descalzos y sobre todo con unos ojos que como linternas aun alumbran mi interior algunas veces. Unos ojos que nos llevan a otros lugares que estaban en donde ahora vivimos y paseamos, que ponen el elemento humano que está presente en este Museo.

Hace años me gustaba hablar con una señora muy especial, llena de viveza y ternura que se llamaba Amadora y vivía en San Esteban del Valle. Me hablaba de la vida de antes, de las recetas que hacían cuando llegaba la Pascua o la Navidad, de cómo hacía las conservas, de cómo tenían que ir a trabajar desde niñas a la capital, en un momento en el que se iba a lavar la ropa de la casa al Rio Adaja y con los nudillos se rompía el hielo. Los ojos de los niños de esta exposición me han puesto inmediatamente en este lugar narrado, y con la fuerza de la fotografía, con su viveza que aún mantiene después de casi un siglo, nos cuenta mas cosas que miles de libros y nos pone nuevamente en contacto con los vecinos y amigos de antes, con Amadora, sus ojos de niña aún en esa cara de mujer anciana, con los que me miraba hace unos pocos años.

 

 

 

 

A veces en la vida encontramos personas que nos impresiona conocer. Aquellas que nos hablan en nuestro propio idioma interior, sintiendo una empatía inmediata. Mas allá de las palabras, la experiencia y la vida parece que se unen en un choque de trenes de alta velocidad, y ya nada vuelve a ser como antes. Nos reconocemos entonces con los ojos interiores, los del corazón, sintiendo que la soledad y la incomprensión que nos atenaza, comienza a volar y a marcharse como una manada de grullas sobre el horizonte.
Corría el año 1560 y en medio de un calor sofocante de agosto, en la fresca sala del palacio de Doña Guiomar de Ulloa en Ávila se conocieron Teresa de Jesús y Pedro de Alcántara. Dos personas inmersas en ese momento en un mar de emociones y expectativas. Dos personas que soñaban, cada una en su propio convento, con una vida religiosa más auténtica donde la experiencia y el amor de Dios pudiera construir un nuevo mundo, abriendo nuevas expectativas a la fe, a la caridad y al amor. Dos personas que sentían sobre sus espaldas la fiscalización social y religiosa, aunque en este momento a Pedro ya se le consideraba un verdadero santo y su opinión sobre la monja abulense Teresa era tenida en consideración.
Frente a la sintonía que Teresa sintió con Pedro al comenzar a hablar, se asentaba todo un panorama vital dominado por unos confesores que fiscalizaban sin piedad su vida, poniendo al lado de su experiencia mística la sombra del Maligno. Hombres que miraban la vida mística de las mujeres siempre bajo la censura y la crítica, en un momento en el que la Inquisición y su hoguera estaban al acecho.
La familia de Guiomar era  amiga del santo, su esposo Francisco Dávila señor de Salobralejo había estado siempre al lado de Pedro ayudándole en la fundación de un convento alcantarino en sus propiedades zamoranas de la Aldea del Palo. En este año de 1560, ya viuda, Guiomar solía preparar en su palacio reuniones con amigos espirituales donde comenzaban a dejar que el espíritu les uniera, planeando nuevos panoramas, llenando todo de entusiasmo y ánimo, queriendo transformar todo aquello que interiormente veían como caduco y viejo por nuevos aires místicos y espirituales. Era la continuación de otras conversaciones que habían empezado en la celda de Teresa de Jesús en la Encarnación, donde con amigas, parientes y otras monjas amigas, se sentaban en círculo, rezaban y pedían luz para transformar todo aquello que veían ya pasado, soñando con un cambio profundo al que luego se le dio el nombre de reforma de la orden del Carmelo.
Guiomar era para Teresa su amiga del alma, aquella que siempre estuvo a su lado, ayudándola en todo. Al hacer posible el encuentro con el santo alcantarino, puso en manos de su amiga las claves de su propia vida espiritual, porque desde ese momento Pedro se convirtió para Teresa en un aliado, el que llevaba las riendas de ese caballo desbocado que era su espíritu, tan encadenado y juzgado por tanta gente.
Teresa tenía una capacidad de percepción psicológica de las personas espectacular, algo que fue vital en toda su futura vida como fundadora, tal y como podemos ver de manera clara en todas sus cartas, donde aparece su propia personalidad y estas pinceladas psicológicas de las personas que la rodeaban están presentes. Así cuando conoció a Pedro, pudo ver su interior profundamente y describió su alma como construida a base de raíces de árboles. Una bella comparación de naturaleza poética que nos habla de la mirada contemplativa de nuestra Santa y de la personalidad enraizada y fuerte de su nuevo amigo Pedro.
Cuando te montas en el coche y te vas adentrando en el espeso bosque que conduce al Monasterio de San Pedro de Alcántara en Arenas de San Pedro, Ávila, tienes la sensación de volver a oír a Teresa hablar de las raíces de esos árboles que te dejan tan pequeño y maravillado. Las raíces de Pedro que inmortal permanece en su espíritu con nosotros. Un santo que hacía enraizar los sueños espirituales de sus amigos porque reconocía el ambiente y la niebla, las lluvias y las sequedades del bosque en el que vivía su alma. Un santo que aún hoy en día sigue llamando a miles de personas a ir a su encuentro en este bello rincón abulense y que es el santo para un pueblo que le venera, el de Arenas De San Pedro.
Subía y bajaba los puertos de Menga y del Pico andando con calores y nevadas para ir a ver y a hablar con Teresa y sus amigos, en medio de una vida ascética llena de rigor y enfermedades. Pero el ímpetu de ayudar a los demás era más grande que sus dolencias y podía dejar la camilla del Hospital de San Andrés en Mombeltrán para emprender otra caminata. Entre Pedro y Teresa construyeron nuevos panoramas espirituales, escribiendo y dando testimonios de vida y de fe que aún hoy nos conmueven, y las cartas que se mandaban llevan entre las letras escritas mucha amistad y ternura, comprensión y vida compartida que como aire sentimos que fluye entre nosotros al leerlas. Un Santo hecho de raíces y una Santa que construía castillos de cristal en el aire, viviendo aquí entre nosotros.

Es domingo por la mañana y un montón de turistas recorren las vías del casco antiguo, en manadas van pasando por las calles, parándose ante las fachadas de los palacios y la catedral, deambulando de manera gregaria sobre el nuevo pavimento de la ciudad. Tengo esa sensación de que la Ávila que están conociendo es muy distinta de la que tengo en mi corazón. Muchos de los cambios para su adecuación a estos usos turísticos de masas están transformando de manera radical nuestra ciudad.
Cuando paseo por la nueva ciudad, que remoza la antigua, muchas veces me recorre una pena muy honda, por el paso del tiempo que todo lo transforma. Muchos de los recuerdos, sensaciones, olores, visiones de esta ciudad tan querida son ahora muy diferentes de las de antes, cuando el urbanismo no había subido la ciudad sobre un pavimento tan agresivo, cuando había tierra en los jardines y adoquines en las calles. Cuando había arboledas, rosaledas y matas de plantas aromáticas, cuando llegaba el verano y el suelo de tierra se rastrillaba y se mojaba, llenando todo de un olor que aún recuerdo, en los jardines del Recreo, del Rastro o de San Antonio.
Mi formación académica como arqueóloga me regala ese amor por la tierra y ese interés por el sustrato de aquello que pisamos, viendo tanta historia pasada que está a nuestros pies y que todavía nos quiere decir muchas cosas. Cultura propia que crea su propio corpus de conocimiento, la idiosincrasia propia que nos hace únicos.
No estoy de acuerdo con esa consideración tan generalizada de que el turismo debe ser todo en una ciudad tan bella como la nuestra. Y sobre todo no creo que tengamos que adecuarla para un turismo de masas como este.
Miro con interés y un golpe de nostalgia las fotos antiguas de la ciudad, reconociendo casas, aceras, lugares que hoy en día ya están solo en nuestro recuerdo. Y me encuentro con las imágenes de una ciudad antigua tan hermosa en su sencillez que habla de pobreza, pero también de valentía y de belleza. Las imágenes sobre todo de Ortiz-Echagüe me encantan, verdaderos cuadros vivos al estilo de López-Mezquita, Caprotti o Sorolla. No creo que se puedan criticar como se ha hecho de pintoresquismo, buscando sólo lo teatral de nuestros antepasados y de la imagen de la ciudad, creo que lo que busca, junto con los pintores que cito, es la belleza única de nuestra ciudad y de sus gentes.
Me pregunto por qué queremos adecuar nuestra ciudad al estilo de las demás, consiguiendo que se convierta todo en los pasillos de un centro comercial con temática del medievo.
Me detengo en los detalles de la ciudad, las rocas y la tierra sobre la que la muralla se levanta bella y radical, no como se ve hoy en día sobre un césped al estilo campo de golf. Tierra que en primavera reverdecía, donde le paso de las estaciones entraban en diálogo con los lienzos de murallas más bellos de Europa.
Tenemos un patrimonio increíble y único. Y la manera de conservarlo es siendo en primer lugar humildes, dejando a toda la ciudad su protagonismo frente a nuestro afán de pavimentar, levantar y socavar. Todo lo que pongamos se encontrará inmediatamente en dialéctica con una muralla espectacular, unos palacios y edificios renacentistas únicos y con un subsuelo lleno de miles de cosas y de historia que aún nos falta de conocer para reconocernos como personas y como sociedad. En este rico patrimonio, y no desde fuera es donde podemos levantar algo nuevo en nuestra ciudad, que nos aporta tanto.
Avila tiene que seguir por su propia senda, dejando que la historia, el arte y la cultura marquen el día a día. Si la dejáramos así, con la mirada puesta en su pasado tan rico, en arquitectura, bellas artes, música, mística, literatura, etnografía, podríamos mostrar a todos los que nos visiten quiene somos y podían ver el verdadero rostro y la belleza de nuestra ciudad.
Hace años teníamos la costumbre de enviar postales de nuestros viajes a la familia y los amigos, y la recolección de algunas de estas de fechas antiguas, con estas imágenes antiguas, nos muestran la ciudad bella que de los peñascos se eleva. Qué postales podemos mandar hoy de la ciudad, si parece que hemos perdido el aroma de la tierra, si el silencio se quiebra y el ruido de la nieve rancheada sobre los adoquines no nos sacan del sopor.
Vivimos en una ciudad que levanta el cielo, con su belleza, altura y patrimonio.

 

La estrella verde de Teresa

 

Estábamos a punto de celebrar las fiestas navideñas cuando nos enteramos del fallecimiento del p. Rómulo Cuartas,subdirector de la Universidad de la Mística, CITeS de Ávila. El dolor por la perdida de una persona tan querida se juntaba de manera impresionante con el bullicio y la alegría de las fiestas.

Rómulo era un padre carmelita colombiano lleno de todo el carisma de nuestra Santa, afable, simpático y amistoso. Junto con el actual director, J. Francisco Sancho Fermín fue el verdadero constructor del actual CITeS, no sólo en su aspecto material sino sobre todo en el espiritual.

La herencia  de Santa Teresa que mas nos deslumbra y que nos ayuda incluso hoy siglos después de su vida, es todo su pensamiento, la espiritualidad, la experiencia de fe y de amor que da forma a un castillo brillante y transparente. Al leer sus palabras y comenzar a vivir con ellas, el castillo se levanta en nuestro interior, al modo de Teresa. Pero para habitar por dentro, tenemos que conocer lo que nos dice, conocerla a ella en profundidad, aprendiendo a entender su manera peculiar y antigua de expresarse. En este aspecto de aprendizaje  y formación la Universidad de la Mística se alza como una verdadera aliada para sobrevivir de manera mas profunda en este momento tan convulso donde la falta de creencias, la apatía y el materialismo nos deja huérfanos de nuestro principal tesoro personal, la espiritualidad que nos hace hombres.

En este sentido, Rómulo ha ayudado a levantar el castillo interior de miles de personas que desde todo el mundo acuden  presencialmente y de manera virtual a las clases, masters y congresos que se suceden en la programación de la Universidad. Con todo el espíritu de apertura de Teresa y Juan a todas las personas al margen del sexo, espiritualidad y nacionalidad. A personas consagradas y laicas, familias y estudiantes, que se nutren de todo lo que allí se explica, se estudia y se hace vida.

 Todo este ideal de entrega del patrimonio eterno de Teresa, tomó forma y cuerpo en una estrella, con la misma silueta de la Universidad. Un estrella que como la de Belén nos ilumina y con sus muros verdes se levanta en la misma huerta del Monasterio de la Encarnación donde la Santa vivió mas de media vida desde que con veinte años llamó a la campana de la puerta, huyendo de la casa de su padre que no estaba de acuerdo con su ingreso en el convento.

Estaría Teresa a ratos caminando por estos lugares, meditando con la hermosura del campo, las flores en primavera y las puestas de sol sobre la muralla. Los actuales jardines de la universidad que tanto deleitaban a Rómulo se levantan sobre estos momentos teresianos, llenos de naturaleza y contemplación, por donde hoy en día viven y disfrutan cientos de personas que viven entre los curvos y recios muros de la universidad.

Solía Rómulo explicar de manera sencilla, muchas veces con imágenes y demostraciones, lo que acontece dentro de nuestro interior, habitado por un amor que se desborda. Dedicó su vida dentro de la orden del Carmelo descalzo para acompañar en la fe y descubrir a miles de personas, por todo el mundo, el paisaje de su propia alma y el paso del Señor por dentro, siguiendo las huellas de Teresa y de Juan.

Ávila cuenta con la única Universidad de la Mística del mundo y en esto todo el legado de la Santa es nuevamente pionero, en un mundo tan necesitado de volver a la espiritualidad. Digo volver, porque el gran patrimonio de nuestra propia fe es enorme, y lleno de profundos surcos de vida y de renacimiento interior. Parece que hoy en día cuando hablamos de meditación, palabra tan utilizada, nos vamos a las tradiciones budistas y de otras religiones orientales porque, desconocemos el grandísimo legado de nuestra propia espiritualidad, que tiene en Teresa de Jesús una maestra de vida y de oración, completamente idónea para la vida actual con todas sus complicaciones y oscuridades.

Al poner la lista de lugares teresianos en Ávila, junto con la Casa Natal ( La Santa), el Monasterio de la Encarnación y el Convento de San José, aparece la Universidad de la Mistica como la estrella y el faro de las palabras y la experiencia de Teresa a todo el mundo. Un faro que mira al presente y se enfrenta al futuro, enseñando, ayudando a leer y profundizar en todo lo que los místicos nos dicen y que tiene tanto predicamento y vigencia hoy en día.

La Universidad de la Mística es una estrella verde en medio de la huerta amada de Teresa, y Rómulo ha sido y sigue siendo, el farero que ilumina a miles de personas, buscadoras de la verdad.

La Encarnación es un lugar mágico. Un regalo para volver a entrar en lo más hondo de nuestro ser.

Con Teresa, sus palabras, consuelo y amor y con la Comunidad de hermanas que orando siempre nos acompañan en la vida.

 

Y vuelves a sonar

y en la caverna siento que vas caminando

mientras cae la luz en el cielo,

las paredes de piedra se hacen cristales

para mirar la naturaleza

que se desborda

entre tus manos

caladas

de sol.

Cuando paseo por las ciudades históricas como la nuestra disfrutando de la belleza del entorno, la arquitectura, el cielo, el pavimento, los jardines mi percepción me lleva siempre un poco mas allá de lo que veo. Comienzo a dialogar con todo.

Vivir en ciudades así tan apabullantemente bellas y llenas de historia y cultura requiere sobre todo afinar nuestra sensibilidad ante lo natural y el pasado, sobre todo a aquellas personas que tienen la responsabilidad de llevar a cabo las actuaciones que se requieran.

Algo en lo que siempre me fijo es en los jardines, las plazas con arbolado, los paseos serpenteados de matas, las laderas cultivadas, las especies y su ubicación. Desarrollo, sobre todo por mi amor por lo natural, por la botánica y el Patrimonio, un diálogo con lo que me encuentro. Una conversación que muchas veces me deja llena de pena.

Creo que debo empezar a analizar todo desde las propias palabras con las que denominamos todo esto, viendo qué entendemos porque de ellas se va a derivar un planteamiento o una actuación concreta. El primer concepto es el de zonas verdes. Con él se engloba una serie de ideas y planteamientos muy distintos y en muchos casos antagónicos, podría decir que en lucha campal muchas veces. En zonas verdesincluimos los jardines junto con las zonas de esparcimiento social de distinta naturaleza, como zonas de juegos para niños, campos de deportes, lugares para practicar deportes estáticos, zonas para perros y otras muchas mas. Todo creo que parte de las bondades y belleza de los jardines por su propia naturaleza: todos disfrutamos en ellos y desde la Antigüedad se han constituido en lugares para el disfrute. Y se ha ampliado su uso a todas aquellas manifestaciones de tiempo libre que se realizan al aire libre. Meter en todo este conjunto tan heterogéneo de lugares a los jardines y sobre todo a los de las ciudades históricas de manera absoluta me parece un error. Algo que lamentablemente veo a mi alrededor.

Los jardines forman parte de nuestro Patrimonio, son un Bien cultural a proteger porque están en una relación intrínseca con el resto de los otros Bienes como los edificios. Son además, como dice la Carta de Florencia de la Unesco de 1981 unos Bienes vivos, perecederos y renovables. Una expresión de la unión entre la historia y la naturaleza. Bellos y únicos por estar formados de especies naturales son lugares para el deleite, el paseo, la meditación.

Los jardines y zonas ajardinadas o arboladas de nuestra ciudad son jardines históricos y la conservación del Patrimonio debe englobarlos. Así no sólo hay que proteger lo que tenemos, árboles, especies, diseños, tierras y rocallas, parterres, rosaledas y fuentes, buscando siempre renovar aquellas plantas que vayan faltando por el paso del tiempo, o por enfermedades y plagas de distinto tipo, sino que el planteamiento de nuevas intervenciones arquitectónicas debe ir envueltas en el Patrimonio vegetal y la historia. Digo esto porque me duele ver cómo se colocan especies de plantas, árboles sin que los aspectos antes mencionados de respeto al lugar se mantengan. Quitamos Negrillos porque están muriéndose, algo lamentable y que a veces ya no resulta posible solucionar, y en vez de volver a plantarlos en los mismos lugares de la ciudad donde han estado por siglos, los sustituimos por otro árboles ajenos a todo, que no mantienen coherencia con el entorno y dejan las plazas en una situación absolutamente diferente de lo que la historia nos ha regalado.

Para mi, todo jardín en Ávila es un jardín histórico, tiene a la muralla como muro, al cielo y al roquedo como aliado. Jardines que nos deben decir de nosotros, de nuestra historia, recuperando lo que se perdió y cuidando lo que mantenemos. Haciendo un diálogo cultural, estético y coherente con el medio en el que nuestra ciudad se mueve, la Sierra, los cantos berroqueños, dejándonos leer algo interesante, motivador y auténtico. Buscando en lo nuestro a nivel botánico lo que debemos replantar, sabiendo que es mas sostenible en cuanto al clima, agua y suelo e infinitamente mas bello por ser natural y nuestro. Rocallas con plantas vivaces que puedan atraer a visitantes de todo el mundo, viendo como florece la Saxifraga, las Prímulas serranas, los Dianthus de nuestros roquedos, los ranúnculos. Las aromáticas en variedades. Mostrando el paso de las estaciones y la belleza de nacer entre rocas y formar con ellas espacios armónicos como los que vemos en un paseo por los alrededores.  Macizos de piornos que muevan a disfrutar de sus variedades y colorido, siendo en esto un jardín en la línea con otros botánicos de todo el mundo. Rosaledas con variedades antiguas, zonas alrededor de las fuentes con aromáticas, algunas de ellas en los claustros conventuales con su sentido medicinal.

Con todo esto los jardines se irían constituyendo en otras páginas de la ciudad que muestran su historia, que sirven para algo mas que para ser zonas verdes, crean cultura, fomentan el turismo y las visitas y nos enseñan a todos lecciones de historia, cultura, belleza y humildad.

 

 

MADRUGARÉ PARA BUSCARTE

 

Vivir en una ciudad como Ávila tan llena de vida, cultura y espiritualidad me empuja a reflexiones muy especiales sobre el paso del tiempo, el devenir, la historia y mi papel dentro de ella. Pasear por las calles y sentir los adoquines en la planta del pie, el frio barriendo las aceras de madrugada y la luz proyectada en los lienzos de la muralla, me une de manera intima a otras personas que por aquí también pasaron y a los que se les congelaba el aliento con todo. Madrugaré para buscarte.

Corría el año 1576 y para celebrar la Navidad de manera afable y distendida, nuestra Santa que estaba en Toledo en esos días, puso en marcha un juego de naturaleza poética llamado Vejamen. Para ella las poesías y los escritos tenían también este carácter de regalo, diversión y entretenimiento. Sta. Teresa escribía a veces para la recreación de sus monjas que con estos textos reían, bailaban y celebraban cada acto de la vida en común.

El Vejamen es un juego poético muy arraigado en el Siglo de Oro Español, donde un grupo de poetas se lanzaban versos de manera jocosa, a veces irónica, sobre un determinado tema, para competir literariamente entre ellos, su agudeza, su ingenio personal. El grupo de personas en el que Teresa convocó este “torneo” era muy variado desde sus hijas de San José hasta el obispo, sus amigos, su hermano, el fraile con el que fundó una nueva orden reformada.  Eran sus amigos, con los que podía reír, cambiar impresiones, compartir lo que quería.

Comenzó el torneo con Juan de la Cruz en ese momento confesor de las monjas de la Encarnación y el obispo Álvaro de Mendoza. Cuando Don Álvaro tomó posesión de la sede de Ávila en 1561 se encontró con el asunto de esa monja llamada Teresa de Ahumada que quería fundar en pobreza y sin renta. Toda la ciudad opinaba, la mayoría con prejuicios sobre ella. El prescripto de la fundación de San José se lo encontró sobre la mesa de su despacho en 1562 cuando Teresa vino desde Toledo después de estar un tiempo consolando a la viuda Dª Luisa de la Cerda. El panorama era muy complicado, tenía que poner la nueva fundación bajo su obediencia como obispo frente a los carmelitas que se negaron a tomar la jurisdicción del nuevo convento.

Pero Don Álvaro terminó siendo como vemos amigo íntimo de Teresa, como lo eran en estos días Gaspar Daza, Francisco Salcedo, Gonzalo Aranda y sobre todo Fray Pedro de Alcántara. Este fraile franciscano moribundo y exhausto se montó en pleno verano abulense, a lomos de un jumentillo para encontrarse con Dº Álvaro en su residencia veraniega de el Tiemblo para hablarle al corazón sobre Teresa y animarle a charlar con ella, consciente de la valía de esta monja abulense y sobre todo de su experiencia de Dios, su don de gentes y simpatía.

Compuso versos para este Desafio, Dº Álvaro y también el hermano de Teresa Dº Lorenzo, su amigo entrañable Salcedo “el hombre santo”, el capellán de San José p. Julián de Ávila, Teresa y sus monjas. En la oración Teresa encontró la frase del desafío: “búscate en mi”. En este Duelo salieron poemas tan elevados y bellos como el de la Santa, Alma buscarte has en Mi.

Ávila rebosa historia y nos atrapa. Estos días en los que intento que la Navidad no me caiga encima como una maraña sino vivirla de manera más auténtica, me encuentro con la práctica navideña de Teresa, escribir cosas para los demás, para entretenerlos, para jugar juntos, y cómo se pueden pasar muy felices estos días con cosas y actitudes sencillas. En unos días en los que el recuerdo de ese obispo tan amigo de Teresa me lleva a este otro de hoy en día, Dº Jesús García Burillo, también lleno de las cosas de nuestra Santa en su corazón y en toda su acción pastoral.

 

Ayer se celebró un Coloquio con nuestro otro Santo, Juan de la Cruz, y leí unos poemas para dialogar con sus sublimes palabras en la “Noche Oscura del alma”, un nuevo juego poético, otro desafío lleno de amistad y en mi caso de profunda admiración. Y es así, el pasado nos coge la mano con ellos y más que estar lejos, en los libros de historia, en los poemarios, en los conventos e iglesias, están aquí a nuestro lado. Abro los poemas de Juan y me lanzo al desafío feliz y jocoso de la Navidad con Teresa, en esta ciudad en la que ellos también sintieron el frio congelando sus pies que descalzos por las calles avanzaban.

Con mi alma te he deseado en la noche,… madrugaré a buscarte  (Isaías, 26, 9) Noche de Ávila, de cielo de Belén y humo de aliento.

Articulo publicado en el Diario de Ávila. 13 de Diciembre, 2018

 

 

Cuando reflexiono sobre este artículo en el día después de la Gala de los ciento veinte años del Diario de Ávila tengo cerca, en mi escritorio las poesías de Ida Vitale.

Me planteo cómo puedo expresar con palabras algo que ha estado en mi vida, un suelo, una alfombra en vuelo, que desde mis abuelos me lleva hasta hoy y me empuja al futuro, en un periódico que es parte de Ávila. Una ciudad que no es sólo la muralla, ni el roquedo sobre el que se asienta, las calles adoquinadas, las iglesias, la catedral fortaleza, las plazas con sus bancos de piedra. No es sólo eso, es mucho más, somos todos nosotros los que constituimos este nombre. Una ciudad y un periódico donde se oyen nuestras voces, la actualidad que nos va cayendo encima, la agenda de lo que vamos haciendo, nuestras opiniones, las voces de los vecinos, las reflexiones económicas y culturales, los anuncios, nuestros negocios.

El premio Cervantes 2018 ha recaído este año en la poeta uruguaya Ida Vitale. Desafiando todos los pronósticos, los miembros de jurado no han podido elegir otro candidato mejor. Con esta elección levantan con alegría el agradecimiento que hacia ella sentimos los lectores y la crítica, por una obra poética que abarca toda su vida, llena de personalidad y de belleza.

Como todos los poetas de la historia Ida reflexiona a menudo sobre el lenguaje y la escritura como vehículo de comunicación, reflexión y vida. Expresa en una frase la dinámica de su trabajo:

La poesía trata de encajar

un circulo en un cuadrado.

Llevo varios días con esta definición tan genial en mi cabeza, y creo que tiene mucha razón para muchas cosas de la vida. También para expresar lo que es este Diario en la ciudad que somos todos.

Poder poner en palabras una noticia, articular una opinión, reflexionar sobre la vida, la actualidad, priorizar, colocar, diseñar son tareas que requieren de esta acción, plasmar círculos de pensamientos, datos y opiniones en un cuadrado compuesto de palabras, de maquetaciones, de páginas, portadas y anuncios. Una acción que tiene que ver mucho con otra que se recoge en el verbo atinar, dar en el centro, interesar, entretener, dar a conocer.

EL Diario de Ávila, como parte de nuestra historia tiene un poso que me emociona, el de mi propia vida, familia, vecinos, amigos. Algo más que se pega a mi patrimonio inmaterial, como el polvo que se va acumulando sobre el devenir de cada día. Un montón volátil que es nuestro, que cuenta nuestra vida y que por tanto nos va definiendo como personas y como comunidad. Ese polvo personal, como ese que está entre los sillares de la muralla, es algo que no podemos nunca encontrar en otros medios de comunicación más globales. Si, somos habitantes de una gran aldea global intercomunicada, atacada por corrientes de opinión, mass media, y comunicaciones que recorren en segundos medio mundo. Somos esos habitantes, pero no podemos entendernos de veras, si no prestamos atención a nuestro propio caminar y a ese polvo que dejan nuestros pasos, la ciudad, la cercanía, el vecindario.

En todo esto sigo a Ida, que parece que dialoga conmigo,

De la memoria sólo sube 

un vago polvo y un perfume. 

¿Acaso sea la poesía?

La memoria y dónde se asienta, es algo que me interroga. El fundamento de nuestra vida, la raíz que desde luego siento muy cercana. Digo esto tras lanzar una mirada al pasado de este periódico porque en sus páginas encuentro también la historia de mi familia. De mis abuelos ya tan emprendedores y empresarios, anunciándose, dando a conocer su trabajo a los vecinos. De mi padre Antonio Álvarez que nos transmitió este apego al Diario, la comunicación de toda la empresa en su dinamismo. Mi trabajo, la floristería en cada acto, oferta, presentación.  Mis hermanos, cada equipo de trabajo mostrando sus acciones. Tener memoria es tener en cuenta todo esto. Saber que el pasado como dice Ida está como polvo alrededor y también tiene un aroma suave. El día que no tengamos en cuenta todo esto, no valoremos nuestra propia historia, de la que el Diario es una parte fundamental de la misma, iremos cayendo en el anonimato de la aldea global y nuestro pensamiento crítico se comenzará a tambalear.

Termina Ida esta reflexión:

corta la vida o larga, todo

lo que vivimos se reduce

a un gris residuo

en la memoria.

Un residuo gris, lleno de tinta sobre el papel, en forma de Diario, con más de cien años, que en su pozo de recuerdos nos lanza hacia delante. Felicidades.

Articulo publicado en el Diario de Ávila el 29 de noviembre de 2018

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