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En este comienzo de año recojo todos mis propósitos, ideas y proyectos para los meses que se avecinan y me siento tranquilamente debajo de un árbol en medio del bosque. No conozco nada que tenga, al menos para mi, mas potencia que estos momentos, sintiendo que no sólo las ramas me abrazan en el cielo que en ellas se recorta, sino que las raíces me introducen en un submundo real y lleno de energía. Nos cuentan los naturalistas como Peter Wohlleben que las raíces de los árboles de un bosque se interrelacionan formando una red tupida por la que fluye energía, y donde se comunican información sobre las amenazas y las distintas peculiaridades del momento. Así entiendo ese poder de envolvernos y de cobijo cuando nos sentamos como yo ahora, a principios de 2022 en la base de su tronco.

La niebla se va levantando como puede, quedándose enganchada a veces en las ramas de los árboles cargados de líquenes en el camino umbroso que conduce al Santuario de San Pedro de Alcántara en Arenas de San Pedro. La vista parece abrigada por la filigrana de ramas plateadas envueltas en niebla, en un espectáculo que parece salido de un cuento navideño, mostrándome árboles que parecen cantar y susurrar cosas, palabras, pensamientos y canciones, con el paso del viento.

El árbol ha fascinado a todos los hombres desde la más remota antigüedad siendo adorados como dioses, sintiendo su poder al conectar el cielo con lo mas profundo de la tierra, viendo que eran el canal que comunica el sol sanador y fuente de vida con la tierra que por él se engendra rociada de semillas. Se junta así el árbol cósmico y el árbol del conocimiento que nos conecta con el inframundo. Un árbol que nos invita a un viaje hasta lo más hondo de nosotros mismos, meditando en sus profundidades y encontrando cómo dice nuestra Santa la fuente del conocimiento de la verdad del ser y de la naturaleza amorosa del Creador. Sentados bajo sus ramas, en esta mañana de enero, cuajadas de frío y líquenes, aprendemos de manera inmediata algo sobre nosotros, el futuro que se avecina y las raíces de lo vivido.

En este mágico lugar al sur de Gredos, me encuentro con el gran amigo de Teresa, san Pedro de Alcántara, que también se sentó como yo por aquí, maravillado por las cortezas secas, retorcidas y plateadas que le recordaban su propio camino en la fe, su personalidad austera y brillante, la humildad, la pobreza en el escenario más rico en belleza natural que podamos admirar.

En todo este vértigo de comenzar un nuevo año, donde la reflexión sobre lo vivido, los logros y patinazos, las pérdidas de amigos entrañables, y el empuje hacia delante,  parece que me va enseñando, tengo esa necesidad de escribir todas estas palabras que los árboles me regalan. Poder compartirlas como parte del paisaje gélido de esta mañana, junto con los líquenes y la niebla. La palabra hace en un momento vivir lo que existía solo en mi mente, y al tomar cuerpo en el papel parece que comienza una nueva andadura en mi vida y en la de los que las van haciendo suyas.

Vivimos un tiempo muy convulso, la pandemia del COVID ha trastocado nuestra existencia y por lo menos en estos días, nada es como ha sido siempre, durante siglos. La parte más dura y cruel es la que tiene que ver con las relaciones interpersonales. Las limitaciones para encontrarnos, abrazarnos y conversar en privado, nos ha empujado a lugares virtuales, con las series, películas, y chats que nos aíslan aún más de los demás y también del entorno donde habitamos. Todo parece sacado de una pesadilla, los paseantes y peregrinos que suben al santuario andando bajo la bóveda de ramas y musgos, llevan sus mascarillas como una especie de escudo frente al aire, la brisa, los aromas del bosque. Pero el bosque ejerce incluso frente a esa armadura de las mascarillas, su influjo, dándonos paz y serenidad, conectándonos con la tierra en un paseo por nuestro pasado que nos empuja a vivir este nuevo tiempo que comienza de manera sencilla.

El bosque constituye ese lugar que los hombres hemos llamado casa desde milenios, aunque, como en algunas reformas de nuestra casa, hayamos metido la pata al elegir qué introducir, las plantaciones y las acciones que llevamos a cabo. El hombre se siente por encima de la creación, con un deseo de perfeccionarla para su propio interés económico, de disfrute, de apreciaciones vitales. Más que sentirse un ser más que vive entre sus árboles, matas y ramas, se erige como director de operaciones en medio del bosque, provocando dolor a  los habitantes, a los árboles, las plantas, con la contaminación, las talas despiadadas, el fuego devastador, la planificación de sus recursos con fines puramente económicos.

Bosques llenos de belleza, que nos enseñan lecciones de humildad y cooperación, mientas entramos en sus reinos llenos de admiración y profundo respeto. Árboles que nos regalan palabras cargadas de sosiego, belleza , paz y esperanza. Feliz año 2022

 

 

 

La noche estaba muy fría pero serena, la nieve comenzaba a caer lentamente. Veía como en un cine una historia cruel por ser absolutamente verídica: tras la ventana se arremolinan las miradas de los miles de seres que buscan la manera de pasar una frontera, huyendo del hambre, el frio y la miseria. Estoy anclada en estas imágenes, en la frontera ente Polonia y Bielorrusia, y parecen recién sacadas de una novela naturalista, donde el frio se convierte, junto con el bosque, en el protagonista . Donde el horror se congela y gime lleno de vergüenza.

Junto con las razones que los políticos y los analistas presentan sobre el verdadero sentido de todo, está la nieve, la miseria y el hambre, interrogándonos como ese gamo que se acerca a la ventana mirando desde lejos, en el poema del poeta y novelista británico, Thomas Hardy.

Estos días en mi pesadumbre por tantos seres que pasan tanta necesidad en medio del bosque, me he sumergido con este poema en el mundo de Hardy, leyendo sus novelas y poesías,  aprendiendo muchas cosas sobre la capacidad de describir lo cotidiano, la personalidad de cada uno, la trama llena de giros tan insospechados como la propia vida.

Thomas Hardy(1840/1928) considerado uno de los padres de la poesía británica actual, tiene unas obras tan bien trabadas que podríamos leerlas durante años, sin dejar nunca de emocionarnos, llenas de una profunda melancolía, donde la muerte y el sentido de lo efímero cae sobre sus poemas y novelas. Concibe en sus obras la vida humana como ajena a la voluntad, todo parece estar atado por un sentido que se extiende mas allá de lo sensato.

Leyendo Los habitantes del bosque, mientras nevaba sobre Ávila, me he sentido tan cerca de lo que describe que me ha recorrido un frío interior. El bosque se convierte en el protagonista que fagocita y va expulsando a cada personaje, completamente revestidos de su esencia. Una obra maestra que nos transporta mas allá de la sociedad rural victoriana en la Inglaterra del s.XIX, y que hoy en día tiene tanta vigencia y actualidad en la lamentable situación de tantos seres que, con sus ojos oscuros nos miran detrás de la ventana, en una Europa que se siente a salvo de las oleadas de migrantes, al otro lado de las alambradas del miedo, llenos de falta de compasión.

Europa aparece en la protagonista, Grace Melbournes, preciosa, culta y remilgada a la que le resulta imposible mirar mas allá de su propia existencia para descubrir como, los seres menos favorecidos por la historia y la existencia, tienen valores y normas de comportamiento mas elevadas y dignas de admiración y respeto, llegando a morir por ello, como ocurre con el protagonista Giles Winterbone, comportándose como un Jean Valjean en el ámbito inglés.

afuera, en las tinieblas, alguien mira/ través del cristal de la ventana/desde la blanca sábana aterida”… un gamo que nos habla de la naturaleza y de la soledad, pasando por la existencia sin ser visto por los otros, siendo el bosque el que atenaza a sus personajes, como así lo consideraba Virginia Woolf, ya que Hardy era amigo de su padre Leslie Stephen.

Se han sucedido mas de treinta mil intentos de cruzar la valla alambrada cada noche en medio del frio y la nieve. Cientos de personas y niños viven en este frio entorno en tiendas de campaña, empujadas por el ejercito bielorruso contra una alambrada, después de haber sido conducidos como ratones a este terreno oscuro por el sonido de una flauta al modo de Hamelin.

La niebla se junta con el humo y no somos capaces de distinguir mas que los ojos al final de las nubes. Recogen ramitas para calentarse en tímidas fogatas, recordando sus casas y el viaje que les proporcionaron las agencias que empujaron a tantas personas al fondo del abismo y de la niebla.

El bosque contiene, a la manera de Hardy, su propia vida, incluso en la Navidad, albergando el hogar de Ded Morón, el abuelo de los fríos, una versión eslava de Santa Claus, que ancla sus raíces en los pueblos preromanos.

Estamos en Adviento, alguien nos mira al otro lado del cristal, pero damos la vuelta porque estamos cómodos y calentitos en nuestro salón, ajenos a tanto sufrimiento, sin saber que, si no miramos la realidad mundial como parte de nuestra propia esencia personal, nada cambiará.Nada cambiará si no somos un poco Jean Valjean y Giles Winterbone.

Giles muere en un chamizo para que Grace no pase frio, en medio del clima cruento del bosque. Mas allá del miedo se establece el reino del amor y la compasión, cuando somos capaces de ver en medio de la niebla sintiendo que nos duele todo por dentro, viendo que hay un gamo que nos mira en las tinieblas, a través del cristal de la ventana del salón de casa.

 

 

Las suites francesas de Bach

 

Desde hace unos días estoy estudiando  unas partituras que me llenan de emoción, las suites francesas de Bach en mi piano. Paso por momentos de la partitura a la música en vivo y con ella parece que entro en lugares muy distintos del salón de casa, voy al estudio del gran maestro, su casa en Leipzig llena de estudiantes bulliciosos y una familia muy numerosa. Me encuentro con Anna Magdalena Bach, la esposa del gran maestro, soprano, música, copista y estudiante de clave, para ella dejó Bach escritas un montón de bellísimas partituras entre las que se encuentran estas suites.

Al ir tocando las suites comencé a sentir su sentido como piezas de baile y de cortejo amoroso.Son rítmicas y llenas de melodías profundamente sentimentales que se van repitiendo.Las suites son piezas compuestas para  disfrutar oyéndolas, para ser bailadas, en un momento en el que eran los bailes los lugares para relacionarse y encontrar pareja mediante los movimientos. Me recreo en las allemandes sabiendo que se bailaban cogidos de las manos, con su composición binaria y lenta, llena de romanticismo, tan lejos de cómo se crearon en el medievo para caballeros que las bailaban lentamente al ir vestidos con sus armaduras. El ritmo sensual de las zarabandas me atrapa.

Bach debió componer estas piezas entre 1722/ 1725 cuando trabajaba en la corte de Cöthen para Leopoldo de Anhalt, después de haberse formado musicalmente leyendo los libros de partituras para clavecín de Jean- Henri d´Anglebert, los de Francoise Dieupart y Couperin, cuando estudiaba en Luneburgo.

Esta corte era, hasta el matrimonio con su prima Federica Henrietta, muy musical, algo que cambió totalmente por la falta de interés de la princesa, lo que motivó que Bach que acababa de casarse con Anna Magdalena se tuviera que marchar a Leipzig. Se casó Bach con Anna Magdalena dieciséis años mas joven que él, un día laboral de diciembre y todos los estudiosos comentan que fue por amor, él tenía hijos de su matrimonio anterior con María Barbara y la novia se ganaba la vida como cantante. Sólo el amor explica el motivo.

El amor que se profesaron queda reflejado en el interés que tuvo Bach de regalarle a su mujer lo que más podría gustarle, un conjunto de obras para clave recogido con el nombre de  Pequeño álbum de Anna Magdalena Bach.  En el primer volumen de los dos estaban las suites francesas junto con otras obras de Bach y de otros autores de la época.Un regalo que también podía proporcionarle algún ingreso en el momento que lo necesitara, aunque ella nunca vendió estas piezas, pese a que sabemos que murió pobre de solemnidad y que mendigaba por las calles para poder comer cuando Bach murió.

Anna Magdalena como nos dice su biógrafa Esther Meynell, era una persona alegre que disfrutaba tocando, cantando, bailando. En su casa organizaba unas tertulias musicales muy animadas y seguro que bailó estas suites que tal vez se llegaron a oír y a bailar en los cafés de la ciudad de Leipzig en sus horarios de invierno y de verano en los jardines.

Estas notas de baile y de relaciones sociales completan la imagen que tenemos de Bach como músico dedicado al área religiosa con sus Cantatas, sus Oratorios y Pasiones.Nos cuenta John Eliot Gardiner que era una persona que disfrutaba mucho de la vida social, haciendo con ello un paréntesis de su apretada vida laboral y compositiva en la parroquia de Santo Tomás, con tantos alumnos y obligaciones. Nos cuenta que las habitaciones de la familia estaban pegadas a las salas de estudio y de prácticas musicales de los alumnos y parece mentira que en este galimatías de sonidos y ruido pudiera componer esas sublimes partituras y cantatas que nos conmueven profundamente.

La música clásica lleva desde el s XIX encerrada en las salas de conciertos, y está muy bien que así sea, que los oyentes rompan su vida por unos minutos u horas y se pongan con todos sus sentidos a oír y disfrutar estas suites.Pero ha perdido con ello, esta es mi opinión, vida real.Poder llenar toda nuestra vida con música, orar con ella, danzar y enamorarnos, consolar a los que han perdido un ser querido, celebrar un matrimonio,… Que al oír música clásica entendiéramos música viva, que se crea para nuestros oídos y en ellos desaparece, que nos embarca en una actividad cognoscitiva que nos hace personas mas completas, agilizando nuestro propio entendimiento, sensibilidad y corazón.

Me encantan estas suites, no sólo son bellísimas musicalmente, llenas de interés, de retos compositivos, interpretativos y musicales, sublimes y delicadas, sino que me abren un mundo nuevo cada vez que voy estudiando, compás a compás sus movimientos, sintiendo sobre mí las manos unidas de los enamorados que van bailando, con los claveles amarillos que tanto gustaban a Anna Magdalena,  con los pajaritos (pardillos) que adoraba y que piaban apoyados en las ventanas de la parroquia.

Me acuerdo tanto de mi padre…

Llegó la festividad de Todos los Santos y el otoño aún no se había ido. Los arces del jardín, los liquidambar y los viburnos se deshacía en miles de tonalidades bellísimas, en un último adiós al verano,  a las temperaturas cálidas y soleadas, a las meriendas familiares, las risas y los encuentros.

Toda la tristeza y melancolía que envuelve estos días ha quedado este año pintada de estos colores, con el cielo azul como fondo inspirador de todo, lienzo para soñar en un mundo diferente, el que se extiende mas allá de la muerte, uniendo el amor en  hojas que enramadas se pierden en el infinito.

Cuando se fue mi padre creía que el suelo se abría con una fosa y que yo me iba cayendo de dolor. No encontraba asiento mas que en la fe que siento que me sostiene en todos los momentos de mi vida y de la muerte, una cuerda que me rescató de todo. Saber que hay un mundo mas allá, que los colores que veo y que siento como propios de mis ojos y de mi corazón, pertenecen al autor de todo. Un padre eterno que nos abraza a ti y a mi. Y  doy gracias por ti papá , con hojas y flores llenas de amor y de cariño, por haber estado siempre a mi lado.

Me acuerdo de tantas cosas,… las hojas del jardín me consuelan, en un mullido colchón que me habla de la vida compartida y de lo mucho que nos quisimos.

RABINDRANATH TAGORE

Después del parón académico impuesto por la pandemia, retomamos las actividades poéticas en La Casa de la Poesía Juan De la Cruz de la Universidad de la Mística de Ávila. Y lo hacemos dando a conocer uno de los poemarios mas valorados y leídos en todo el mundo,  Gitánjali ( Ofrenda lírica) del gran Rabindranath Tagore, en su traducción directa del bengalí por Manuel Díaz Gárriz. Un poemario por el que Tagore ganó en Premio Nobel de Literatura en 1913. Tagore era un hombre profundamente humanista, poeta, dramaturgo, novelista, pintor, músico, pedagogo y místico.

 

Algunos libros y autores se encuentran durante muchos años, algunos toda la vida, bajo el influjo del tiempo vital en que los hemos leído. Como lectores no somos hoy en día los mismos que cuando éramos jóvenes y niños, lo que podíamos disfrutar y entender es al menos diferente sino completamente alternativo. Esta es la deuda que siento con Tagore, haber dejado mi admiración y lectura aparcada por decenios en las lecturas de mi juventud. Para los jóvenes de los ochenta, Tagore era una referencia, leíamos sus poemas y sobre todo extraíamos bellas frases que nos conmovían por su belleza y las colocábamos en las carpetas del instituto y colgábamos posters con imágenes de naturaleza con sus frases para que decoraran nuestro cuarto.

Este verano debajo de los árboles del parque he comenzado a  releer a Tagore y me ha dado un vuelco el interior. He sentido una enorme gratitud hacia él por mostrarme tantas cosas de la vida y sobre todo del mundo interior tan llenos de belleza y naturaleza, que lejos de estar fuera de nosotros, en su lectura siento que nos abre las puertas de lo hondo. Silencio, gratitud, belleza, música y vida en la simplicidad. Y no he parado de encontrar en muchos matices e imágenes a nuestro Santo Juan de la Cruz.  Y muchas veces he dicho por dentro: si es así Rabindranath, Juan también nos cuenta esto mismo…

Siempre había leído su obra poética en un bello libro azul de la biblioteca de mi  madre, de la editorial Aguilar, en la depurada y poética traducción de Zenobia Camprubí y revisada y enriquecida por Juan Ramón Jimenez, con un prólogo muy documentado de Ortega y Gasset. En él siempre he releído con admiración la parte relativa a la escuela experimental de Tagore, Santiniketan en Bengala occidental, entrando en su filosofía de base , con los alumnos viviendo con su maestro en una comunidad educativa autosuficiente.

Rabindranath fue el menor de los catorce hijos de Debendranath y Sarada, y vivió en una casa que era un centro cultural, donde los hijos se dedicaban a la música, el teatro o la poesía. Así sus hermanos fueron novelistas, músicos, dramaturgos. Era además un lugar imbuido de una honda espiritualidad, ya que su padre era la figura clave de la religión Brahmputra o Sociedad de Dios. Siguiendo al fundador, Roy Rammohun creían que los conocimientos de occidente no podían ser ignorados. Admiraban las tradiciones filosóficas liberales y criticaban de manera rotunda la religión existente en India con sus prácticas y sobre todo por su rígido sistema de castas.

El interés por occidente determinó a los padres a enviar a sus hijos a estudiar a occidente, en concreto Rabindranath estuvo en Brigthon y en el universitario collage de Londres. Pero estuvo sólo un año y volvió a la India sin terminar sus estudios. Entiendo perfectamente que su delicado y meditativo espíritu no pudiera vivir en medio de las rígidas normas inglesas.

Fue cuando después de casarse muy joven, aterrizó como administrador de las propiedades familiares en Shilaihaha ( Banglades) y empezó a sentirse como un poeta, viviendo en una casa barco. La vista que se perdía en la superficie del agua, las ramas en su movimiento aéreo, el suave tintineo de los cascabeles que las jóvenes se colocaban en los pies.

La poesía siempre nace de la contemplación y de estadios de silencio, pudiendo captar los aspectos de la vida que están visibles pero que parecen no ser apreciados en un mundo de prisas y de superficialidad.

Si la traducción de Zenobia es un trabajo muy poético y bello, la reciente traducción directamente del bengalí del padre jesuita Manuel Díaz Gárriz está llena de verdad, experiencia y hondura. Recordemos que fue el propio Rabindranath el que tradujo del bengalí, su lengua materna, al inglés su poema Gitánjali y él no dominaba a fondo la lengua inglesa. Y de esta versión, Zenobia tradujo al castellano en poema. Según cuentan los estudiosos, la traducción de esta obra fue para Zenobia y Juan Ramón como un encuentro poético entre ellos, ya que disfrutaron amorosamente de estar juntos traduciendo las bellas palabras de Tagore. Hasta la llegada de Gitánjali a Europa en 1912, Europa ignoraba culturalmente a Asia.

El padre Díaz Gárriz misionero en la India es el traductor de este poema desde el bengalí. La India tiene 450 idiomas muchos de ellos de minorías y posee además veintidós idiomas oficiales, con mas de 230 millones de hablantes. Es una traducción que me conmueve profundamente porque al ir directamente a la raíz de cada palabra y al dejarla limpia, la devuelve a la verdad que llena de belleza insondable cada verso. La palabra poética es tan bella y potente que sólo en la desnudez de complementos disfrutamos de su esencia y verdad. Esta austeridad bella y rotunda es la que contemplo al leer el Gitánjali en esta traducción. Siento además que el poemario vuelve a ser lo que quería el poeta, una ofrenda a la vida, al amor y al desconocido amante que vive en las sombras de cada planta y cada raíz.

Releer a Tagore es una nueva aventura llena de sentido, mística y verdad.

Tú me has hecho inmortal. Así ha sido de tu agrado./Este vaso mío lo vacías y lo llenas/con vida siempre nueva

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA AVENTURERA VIDA DE UNA PLANTA. Pilea Peperomioides

Parece una contradicción afirmar rotundamente, como yo hago ahora, que una planta pueda tener una vida llena de aventuras al modo de una película de acción. Su condición estática y pacífica parece que lo contradice, pero si analizamos un poco este tránsito de su enclave natural hasta mi casa, nos sorprendemos con todo lo que aprendemos.

 

Cuando un columnista manda su artículo nunca sabe la repercusión que puede tener, es el milagro diario de lo que las palabras que escribimos provoca en los lectores, en vosotros amigos. Así  cuando en 1983 Robert Pearson columnista británico sobre temas botánicos pidió alguna información sobre una planta apilada desde hace decenios en el Jardín botánico de Edimburgo , La Pilea Peperomioides, no sabía la cantidad de datos históricos, vitales, botánicos y de aventuras que se le avecinaban. Una joven lectora llamada Jill Sidebohom de Cornualles abrió la caja de Pandora al comentar en una contestación a su propuesta, que ella tenía esa Pilea desde niña. Su au pair  noruego llamado Modil Wigg  trajo de su país la planta como gesto de amistad. Nos preguntamos cómo llegó hasta Noruega  desde China.

 

El origen de su descubrimiento botánico me lleva a una verdadera película de tintes exóticos y de aventuras al modo de Indiana Jones, con el increíble y prolífico trabajo del botánico galés George Forrest que en 1906 encontró estas plantas en las Montañas de Cang, cerca de la provincia china de Yunnan. En un paisaje con rocas afiladas y acantilados que ahora se pueden recorrer tranquilamente por pasarelas.

La vida de Forrest parece salida de una novela, sus vicisitudes en China, la enemistad de los lamas que mataron a toda la expedición pudiendo sólo él salir con vida. Las largas caravanas de cajas llenas de miles de plantas que surcaban ese paisaje tan abrupto, conteniendo mas de 1200 nuevas especies.

Al ir leyendo sus nombres me sobrecoge un temblor, porque constituyen la base de cualquier jardín actual, con Acer davidii ,Abies forrest , Camelia reticulada, Contoneaste lácteus, Hiperico forrest , Jasminum polyanthum , Rododendron de un montón de variedades…

Forrest  pasó de buscador de huesos humanos en su juventud a rastreador insaciable de plantas, hijo de un vendedor de telas se lanzó al mundo como un verdadero aventurero lleno del afán botánico de descubrir y catalogar especies, como esta pequeña planta, la Pilea Peperomioides, una mas de las miles que dejó en el jardín botánico de Edimburgo.

 

Pero junto con la vida de los investigadores discurre la actividad de otras personas que se sintieron interesadas por esta pequeña plantita. Me refiero al misionero noruego Agnar Espergen que había pasado su vida en China ayudando a drogodependientes, dando clases y fundando parroquias, como habían hecho sus padres. Agnar es considerado en Noruega como uno de los grandes predicadores, incluso conoció a su esposa y se casó, junto con otras cinco parejas de misioneros.

En 1944 fueron evacuados todos los misioneros , en un momento muy difícil cuando los japoneses devastaron China, y  se llevó  como recuerdo unos esquejes de la Pilea Peperomioides desde China. El viaje de vuelta haciendo escala en la India duró mas de un año.  Milagrosamente cuando llegó a Noruega los esquejes de las Pileas  parecía que tenían vida, y así lo demostraron al plantarlos y prosperar. Crecieron y se multiplicaron por muchos sitios, pasando de mano en mano como regalo,  como un gesto de amistad. Así los trajo Modil Wigg, como un detalle para sus nuevos amigos.

 

Detrás de una plantita que tenemos en el alféizar de casa hay muchas veces una historia increíble que también nos muestra el pasado, la historia y la evolución de la ciencia.

La familia botánica de las Pileas no deja de interesarme por sus cientos de variedades y por su belleza. La capacidad de supervivencia, no sólo de esta Pilea Peperomioides, sino de otras variedades como las que se han descubierto hace poco en China, como la Pilea Cavernaria que sobrevive en el interior de las cuevas y llega incluso a florecer con un nivel de luz de 0,04% del total.

Las plantas no sólo nos dan consuelo y paz, llenando nuestras habitaciones de naturaleza, sino que si investigamos un poco nos cuentan historias increíbles sobre su descubrimiento y lugar de origen, así sabemos algo mas de cómo cuidarlas, introduciéndonos en aventuras exóticas desde casa.

 

 

 

El mar de Castilla donde el alma aúlla

 

 

Después de tanto tiempo encerrada en casa he podido hacer un pequeño viaje por el mar más impresionante que tenemos al lado, el campo de Castilla. La vista se pierde en el horizonte y descansa en los roquedos y las sierras, mientras las olas del trigo se destacan sobre el fondo lleno de aire azul.

Tanta belleza en medio de tanta paz. El aire se posa lentamente mientras surcamos carreteras secundarias detrás de alguna vaguada. Es Castilla la maestra de los que por allí nos acercamos, con lecciones tan serenas como bárbaras sobre la verdad, la luz y el consuelo. Fue la maestra también de Antonio Machado cuando llegó ligero de equipaje, dejando los juegos poéticos que lucían en el simbolismo parisino, para encontrar la palabra que pudiera asentarse levemente sobre las llanuras, las veredas serpenteantes de los ríos y el mar de la mirada. Aprendiendo a desechar muchas cosas, muchas palabras, para quedarse con las auténticas, las que visten de abrigo cada día con su color, su luz y su muerte.

Castilla ahora que las autovías concentran el tráfico galopante aparece con su aspecto ancestral en las carreteras secundarias al abrigo de la velocidad y la prisa. Donde puedes parar en un mirador, contemplar las genistas que pintan los lados de las cunetas, seguir el paso de los tractores, el planeo de las cigüeñas que viven en lo alto de una iglesia que se eleva piedra a piedra para morir en un cielo, azul y evanescente.

En estos días todo parece que me van empujando a cada poco, es lo que tiene querer explicar la vida secreta de las palabras.  Ir viendo su fondo, miles de matices, paisajes por dentro, colores, sutilezas que desconozco, incluso de las mismas palabras que uso en mis poemas. Y todo en un proceso de explicación de algo que ya es mucho más que lo escrito y versificado. Así sé que en cada lector se deslizan de manera diferente, y los suelos sobre los que planean son completamente únicos.

 

Mañana dos de julio presento en el Lienzo Norte mi nuevo poemario” las hierbas de los regatos están blancas. Crónica poética de un agosto en llamas”. Siento que abro las puertas de una jaula poética para que las palabras comiencen a volar libres y verdaderas, en el campo de cada lector que las va haciendo suyas. En esta aventura con las palabras, este campo de Castilla me va enseñando mientras habito así: el tiempo dilatado, la historia de cada roquedo, el polvo de la pradera, el cielo rasgado al ponerse el sol, el incendio sobre todos los que nos quemamos con el deseo de renacer y revivir, el calor y el verano que, con toda su crueldad, nos abrazan.

Con la poesía tengo una relación de absoluto hechizo y respeto. Qué dice y por dónde nos lleva, qué mundos levanta, hacia donde nos empuja cuando nos dice por ejemplo A. Machado estos versos tan llenos de ladridos: “Desnuda está la tierra,/ y el alma aúlla al horizonte pálido/ como loba famélica. ¿Qué buscas/poeta, en el ocaso?

 Escribir poesía me ha transformado en alguien diferente, sintiendo el regalo de cada verso que voy poniendo en mi cuaderno, la gratitud y el asombro al sentir que voy paseando por caminos por descubrir, que están palabra a palabra en mi cabeza muchos días y que al publicarse comienzan a vagar por ahí, siendo yo, como en el mar de Castilla, la que abre la puerta, deja la ropa y se lanza a bucear.

Quiero un mar de palabras, hondas y rasgadas, esenciales, sutiles y libres, surcando el auditorio del Lienzo Norte, y a mis amigos y lectores sumergidos conmigo en un rincón de Ávila, al sur de Gredos donde la garganta suena como un organista y las hierbas con el calor se hacen blancas y eternas.

 

La pandemia con toda su carga de tristeza y angustia ha dejado a muchas personas sumidas en una depresión, en una tristeza vital. Junto con los daños físicos están los psicológicos y existenciales de unas poblaciones confinadas durante meses en sus casas, aislando a padres de hijos y a amigos de vecinos. El tiempo que se nos regaló a las bravas, fue un espacio de libertad también para algunas personas y aunque parezca una contradicción, el lecho para el renacimiento personal. Frente al abismo de las horas en casa apareció la posibilidad de vivir y de ser nosotros mismos, aficiones, gustos y placeres que están normalmente alejados de la jornada cotidiana laboral y social. Apareció el silencio, que en las antiguas imágenes aparece representado mediante la figura de un lector abstraído sobre un montón de libros.

El silencio y los espacios de creación van unidos de la mano siempre, ya Juan Bermudo en el s. XVI escribió ( como nos cuenta Ramón Andrés), “que la profundidad, anchura y largueza de la música no está encerrada toda en los pequeños arroyos de los instrumentos”. La música, como el resto de las artes se desarrolla en el silencio, al posibilitar la escucha de la conciencia, ya sea racional o inconsciente.

Posiblemente si estos días no me hubieran dejado en el dique seco de mis actividades cotidianas, no hubiera transitado por estos espacios de silencio, que se abre paso entre tanto sonido que lo tiene prisionero. Para volver al equilibrio interior busqué aquello que siempre me centra en mi misma, volví a la música de Bach, que aunque nunca la había dejado, en este tiempo la he vivido en sus silencios, encontrándome en ellos con el músico que creó tanta belleza.

Bach es el equilibrio sonoro y vital, el que asienta nuestro interior volviendo de manera ancestral a nosotros mismos. Esta actitud y actividad musical y vital sólo se comprende cuando se oyen también sus silencios que vienen a configurar los nuestros, a entender un poco al maestro, su percepción de lo cotidiano, lo eterno, el cielo y el suelo, las clases, los cafés y los conciertos, los alumnos, los hijos y las preocupaciones económicas de llegar a fin de mes.

La música tiene una barrera que limita dos espacios, el de la audición de las composiciones, abriéndose otra diferencia radical entre la música en directo y la enlatadaen las grabaciones, y el espacio de la interpretación. En todas estas esferas entramos en un mundo efímero que nace y desaparece para nuestros oídos, y que nos introduce en su increible espectro de belleza y sonoridad. Un ámbito donde lo radical comienza en el momento, que desaparece en segundos y va a poblar ya el silencio de nuevos contenidos sonoros y vitales. La música, si dejamos abiertos los oídos, entra hasta lo mas profundo del ser, y a veces nos conmueve.

Bach convirtió el silencio en un estado interior, buscando de manera continua la concentración en medio de tantos ajetreos, y con su obra abre para todos los oyentes y los interpretes un nuevo mundo que sigue abierto de manera ininterrumpida desde el s.XVIII. Un mundo al que podemos acudir cuando lo necesitemos, para disfrutar, crear y renacer musicalmente, porque la enseñanza que nos brinda en cada pieza lleva la semilla de un nuevo camino estético y musical, un sendero para comenzar a caminar.

Hay por tanto alrededor de la música distintos espacios, y sin duda el ámbito de la música compartida es el mas emotivo sin duda. Sentir que una oleada de sonidos, matices, tempos y modulaciones entran por los oídos en un momento y que lo que sientes también está llegando a otras personas en ese mismo instante, hace que la música se expanda y su poder se haga ya imparable, mas allá del techo del auditorio o del salón está el interior de cientos, miles de personas.

Este nuevo momento en el que podemos ir a conciertos en directo, nos empuja aun mas, nos estrecha interiormente, creando vínculos profundos entre nosotros. El concierto de órgano de Monserrat Torrenten la catedral abrió una nueva vidriera dentro de la catedral del alma.

EL JARDIN DE JANE

 

Desde que visité la casa museo de Jane Austen en Chawton hace ya unos años por estas fechas, tengo una tendencia a volver a leer sus novelas por enésima vez en primavera, a sumergirme en los personajes tan fascinantes que va describiendo y que vemos en su actitud y acciones ante las cosas y acontecimientos de la vida. Volver a pasear con ella por los bosques, los grandes salones que miran al jardín, los senecios de sus terrazas, las gallinas, las orquídeas de los invernaderos, los helechos arrancados que van durmiendo entre las hojas de los libros en la biblioteca.

Estos días releo a Jane con otro nuevo ensayo de Espido Freire, a la que tuve el gusto de tener como profesora en los talleres de escritura del Palacio de los Serrano. Y comparto muchas cosas con ella, sobre todo ese sentimiento de que cuando un autor nos lleva a querer saber mucho mas de él que lo que leemos literalmente en sus obras, cuando queremos también saber entender cada matiz de lo que dice y todo lo que hay alrededor, estamos en una esfera diferente, no sólo leemos a Jane, sino que comenzamos a vivir con Jane.

Reconozco que me encanta la literatura que evoca cosas, que me hace ir mas allá de la trama, que me sorprende con su manera de contar y describir, que me empuja a seguir en muchas mas cosas que lo narrado, el sentido de todo. La que va levantando un mundo en el que puedo estar y vivir, sobre las palabras y las descripciones, aprendiendo a escribir y a leer. En las novelas, Jane siempre aparece en el papel en blanco entre las palabras escritas, su propio ser, porque tienes la sensación de que te lo está contando, con todo lujo de detalles, sólo para ti, para que disfrutes entrando en su mundo. Algo así me ocurre con otras mujeres escritoras como Teresa de Jesús y Virginia Woolf. Me conmueve sentir su manera de escribir completamente femenina, llena de la esencia de la autenticidad mas profunda.

Cuando viajas por los lugares de Jane, entras dentro de un magma de seguidores y lectores de todo el mundo, ves las casas y los salones, los jardines con sus borduras floridas, los caminos entre los tilos. Algo así como el turismo teresiano que va poco a poco tomando la ciudad en pos de Teresa de Jesús buscando su rastro y los lugares en los que se inspiró para crear sus grandes obras, para ver, aquí en Ávila, cual es la ciudad que inspiró el Castillo interior o Las Moradas, sentir el cielo azul, el frio, el roquedo, el silencio y el eco de su oración.

En las casas de Jane hay muchos detalles para entrar en su mundo personal, entre todos me quedo con su pequeño escritorio al lado de la ventana, octogonal y minúsculo, donde, cuando las visitas le dejaban un momento libre, se ponía a escribir en pequeños papeles cosidos a mano, que terminaban acumulados en los cajones secretos de su escritorio portátil. Contrastando con estas mesas de trabajo actuales, donde hay tanto espacio para trabajar como cosas variopintas acumuladas, bolígrafos, lápices, ordenadores, impresoras… También me encanta ver su pianoforte en la zona de estar, tan sencillo y pequeño, sus partituras, las labores de patchwork, su pequeña cruz de topacios.

En la tarea de recrear el mundo de Jane, también se han estudiado las variedades botánicas que ella adoraba, así los jacintos que crecían en Nothanger Abbey cerca de Catherine Morland, los geranios barbados de Fanny Price en Mansfield Park, los paseos floridos que recorría Marianne Dashwood en Sentido y Sensibilidad, el jardín de rosas de lady Bertram. Las semillas de mostaza que tanto gustaban a su hermana Cassandra y las grosellas que recogía con tanto agrado Mrs. Austen. La flor favorita de Jane eran las lilas, elegidas entre los hemerocalis, las loniceras, el phox, la rosa centifolia, las rudbeckias , las verónicas, la alchemila mollis, la astrantia y la dicentra.

En una carta de 23 de agosto de 1814 a su hermana Cassandra decía: Me alojo en una habitación de la planta baja, que me gusta especialmente, pues da al jardín. De tanto en tanto me voy a respirar un poco de aire fresco y después vuelvo a la brisa solitaria.

Y así estoy yo, querida Jane, respirando un poco, en el jardín, entre tus libros que me invitan a vivir, a aprender y a disfrutar.

Mi caja de semillas

Leyendo a Elisabeth von Armin, en un delicioso libro lleno de buen humor, amor por los jardines y libertad ante los convencionalismos sociales, en una escritora del s. XIX que parece traspasar el tiempo en su exposición que encaja a la perfección con las lectoras actuales.

Cuando aparece la naturaleza y todo se despierta de repente sentimos que su reloj inmutable, que funciona exactamente desde hace milenios, nos da la seguridad que necesitamos ante el devenir y las preocupaciones de cada día. Mi reloj en estos días está alerta a la floración de un grupo de amigas, que me levanta feliz por las mañanas. De una tarde de migrañas me levantaron el otro día unas flores de Polentillas en el Pinar de Hoyocasero con el color amarillo mas radiante que pueda imaginar. Las praderas llenas de jacintos silvestres y las flores rojizas de los musgos. La vida, me dicen, está para disfrutar de lo que te regalamos en un paseo.

Muchas personas comparten conmigo estos pensamientos sobre la primavera, y la belleza de lo efímero de las flores. Algunas como Elisabeth von Armin, en su conocido libro Abril Encantado comienza su escritura con un anuncio que me parece genial: “ para aquellos que gusten de las glicinias y el sol, se alquila pequeño castillo medieval italiano durante el mes de abril”. La posibilidad de volcar nuestra agenda y mirada hacia la naturaleza que comienza a deshacerse en belleza.

Es verdad que muy pocos pueden como Elisabeth dedicarse sólo a la contemplación de su jardín, ella era baronesa y vivía en un jardín enorme y maravilloso en Pomerania con su marido y sus hijos, rodeada de jardineros y doncellas. Estoy estos días leyendo su libro Elisabeth y su jardín alemán con tanto placer. Esto es algo que solo la lectura te permite, vivir por momentos con ella disfrutando de sus semilleros, de las plantaciones de rosales e hipoemeas, oliendo las lilas que en cientos de arboles llenaban su jardín.

Cuando llegó a la casa de campo de su marido después de cinco años de matrimonio, se dio cuenta de dónde estaba la felicidad. Mas allá de las relaciones sociales, banquetes y viajes de placer, el lujo está en lo natural que se nos regala a cada momento. Cuando percibimos y olemos, entramos en un mágico momento donde sentimos que todo esto nos pertenece como una segunda piel, y que sólo con lo natural nos sentimos felices y en casa. Estas sensaciones nos reconfortan también porque aceleran nuestra memoria, el pasado deja de habitar en la niebla y se hace presente al oler un ramo de muguets o al mirar la cara de un diente de león en un paseo. Memoria que es nuestro legado y que, me digo a mi misma muchas veces, me tiene que servir para vivir en los momentos difíciles y duros que muchas veces atravieso.

Creo que los jardineros tenemos entre nosotros muchas cosas en común. Fundamentalmente somos personas esperanzadas y pacientes, que tenemos en nuestra caja de semillas nuestro tesoro. Tengo siempre ese deseo de conocer qué variedades guardan los otros amigos en sus cajas, y creo que al ver lo que contienen, descubro su verdadera personalidad de una manera muy sutil, su momento emocional y su energía vital.

Para Elisabeth, la escritura y el jardín son espacios libertad, donde sentirnos realmente vivos. Mas allá de nuestro concepto contemporáneo de decoración de zonas verdes, está la palabra jardín que encierra en si ese germen, a modo de semilla de la libertad. Es espacio de libertad, porque cada parterre de flores parece desatar la sensibilidad, dejándonos disfrutar de lo sencillo mas bello que tenemos a nuestro lado. Y es espacio de creación, porque cuando percibimos la belleza tenemos un deseo imparable de contribuir también a agrandarla, cogiendo un puñado de plántulas y una azada para ir colocándolas de manera natural y armónica en el jardín.

Mi caja de semillas este año está llena, y cientos de plantones crecen por aquí, creo que este duro momento de pandemia también me ha empujado a todo esto, con ese intimo pálpito de que agarrada al reloj de la primavera que va pasando, me voy sintiendo cada vez mejor, como en casa.

Leyendo a Elisabeth von Armin en una bella y cuidada edición de la Editorial Lumen, con los fantásticos dibujos de la ilustradora Sara Morante. Una lectura que recomiendo para disfrutar en el jardín.