UN LIBRO QUE HAY QUE LEER.

Creo que la vida muchas veces nos va empujando. Nos dejamos llevar en el momento que abrimos las puertas de nuestra mente, nos atamos las zapatillas, y comenzamos sencillamente a caminar, a mirar, a comenzar a dialogar con lo que nos rodea, el terreno, las piedras, los surcos de un arado, los montículos de tierra que sobresalen al final de un prado.

En el año 1986 estaba en mi cuarto curso de prehistoria y arqueología en la Universidad de Salamanca. En una larga mesa en medio de la biblioteca del departamento del Palacio de Anaya se impartían las clases a un reducido numero de alumnos, éramos sólo doce.  Terminábamos en una cata arqueológica muchas veces, o recorríamos con los coches de un yacimiento a otro, después de las clases. Sobre las mesas había libros y algún material a estudiar y siempre había una conversación sobre alguna investigación que quedaba en el aire.

Sentí por primera vez en mi vida que la historia de la humanidad mas primitiva y antigua que siempre me había fascinado, estaba escrita en un libro y que nos invitaba a leerla.  Que eso es en realidad la arqueología. Un libro por leer, investigar, cavar, nivelar, estructurar, haciendo su planimetría, cribando todo el polvo y el barro, dibujando, siglando, escribiendo al fin una nueva página del devenir del hombre prehistórico.

En la asignatura de metodología nos empujaban a ir al campo y a comenzar a trabajar, aprendiendo a caminar con los ojos en el suelo, a seguir mapas, a orientarnos con la brújula. A ir siempre con cuadernos, y anotar todo, haciendo dibujos. A recoger los materiales arqueológicos y a estudiarlos. A prospectar, a mirar, a aprender fundiéndonos en el campo, abriendo nuestras puertas y empujándonos por ahí. Aquel comienzo en mi manera de ir al campo se ha quedado creo que para siempre.

Siento desde entonces que soy un ser mas de los que por aquí han pasado, vivido, sufrido y disfrutado tambien. Que miles de años antes ya había otros hombres poblando estos campos, mirando las nubes, los astros, la huella de un roedor y el vuelo racheado de un milano sobre las rocas. Miles de años en un pequeño trozo de cerámica con el que me da la mano la historia y el hombre que detrás emerge.

En medio de mis caminatas alrededor de Ávila, me topé un día con un grupo de piedras hincadas bastante grandes en un prado cercano al pueblo de Bernuy Salinero.

Al mirarlas, estudiando su distribución y forma, me di cuenta de que estaba ante un dolmen. La emoción no me dejó dormir durante días, y me levantaba a cada poco a volver a estudiar las características de estos enterramientos en la Meseta Norte.

Formábamos el equipo de excavación un grupo de jóvenes arqueólogos, historiadores  que estuvimos trabajando durante dos largos meses de un frio otoño, con Javier Armendariz, Carlos Macarro, Virtudes Dominguez, Venancio del Hoyo, Ana Montalbo, Charo Moral, Ascensión Salazar y Carmen Sanchidrian. Frio combatido con la emoción de tener en las manos restos de hace milenios.

El megalitismo es quizá uno de los temas de la arqueología que mas interés ha suscitado y que sigue haciéndolo.   Sus construcciones son tan monumentales que intentamos entender cómo las hicieron. Creo que esto se basa en una apreciación falsa que tenemos los hombres del s. XX y XXI con relación a los de hace 6000 años, los consideramos poco capaces, preparados, listos, sensibles. Y no consideramos posible que hayan hecho monumentos tan impresionantes como los dólmenes, los cromlesh o círculos megalíticos, los menhires… Miles de libros, reconstrucciones avalan este interés.

Un dolmen es una construcción importante hecha a base de grandes piedras hincadas con fines religiosos, como enterramiento colectivo. Venía a reconstruir una cueva donde se enterraba y donde se hacían ritos y ceremonias. Así se cubría la cámara y el corredor o pasillo con otras piedras horizontales a veces megalíticas y otras con lajas de diferentes tamaños que tapaban la superficie cubriendo todo con tierra, dejando probablemente una salida de humos central ya que suele aparecer en el suelo de la cámara restos de hogares como aquí en Bernuy. Un trabajo que implica un reparto de funciones en el planteamiento, levantamiento y conservación del mismo que nos lleva desde luego a ver la estratigrafía social que había detrás de toda esta cadena de trabajo con un mando único y organizado. Cortar las piedras después de localizarlas, transportarlas a base del rodamiento troncos pelados, fabricar las cuerdas que posibilitaban el movimiento. Llevar a cabo los ritos y enterramientos, dejando visible para los demás a lo largo del tiempo su presencia, así como un hito en medio del campo. Un lugar claramente diferenciado que fue saqueado desde la antigüedad, con fines funerarios, o simplemente de buscadores de tesoros, y su paso lo seguimos en el estudio del subsuelo donde aparecen sus restos, enterramientos, ajuares de distintas épocas, hasta una moneda del s. XVII.

Los arqueólogos reconstruimos la vida de los hombres del pasado a base de materiales y evidencias. Es por tanto mucho mas fácil reconstruir un poblado, viendo cómo eran las casas, los restos de alimentos y detritos, los materiales cerámicos, la cocción, que la reconstrucción de esa otra parte de las personas que es el mundo espiritual. Un mundo que a pesar de ser mucho mas escurridizo, y que nos lleva a mas escrúpulos a la hora de reconstruir, es lo que nos define como hombres. Seres que son capaces de transcender con su pensamiento la vida y el devenir. De todo este mundo es fruto el fenómeno megalítico, donde sus lugares son santuarios al aire libre, y lugares donde los hombres entraban en contacto con los muertos, uniendo vida y muerte, subsuelo, luz, oscuridad, agua y fuego. Entrando y saliendo  de si en este viaje iniciático, como las serpientes que con su movimiento simbolizan este paso del hombre a la muerte, de la vida presente a la del mas allá.

La lectura de todo esto que sucedió hace milenios nos sorprende por su actualidad. Primero porque al analizar sus proporciones, diseños, modos de construcción, oficios, comenzamos a considerar la inteligencia, el pensamiento y la decisión de aquellos hombres, nuestros antiguos antepasados. Eran capaces de vivir en unas condiciones muy duras, sacando del suelo, la caza, la domesticación del ganado, los ríos y lagunas, el alimento. Eran capaces de transcender la existencia, creando un mundo de creencias que mas que ser un abrigo que me pongo o me quito a lo largo del día basado sólo en ritos, era su propia vida y existencia lo que consistía esta prenda que los cubría. Experiencia profunda de una naturaleza protectora.

Nos hace reflexionar sobre nuestro lugar en ella que para estos antiguos pueblos era realmente su casa, su madre. Su interlocución continua con ella los hacía mucho mas sensibles y respetuosos que nosotros que tan alejados pasamos nuestros días. A las sociedades de hoy en día que llenan de basura los campos, y envenenan las aguas de tantos lugares, que viven apartadas de todo este regalo natural que recibimos y a la vez tenemos ese deber moral de transmitir, nos cuestionan mucho.

Había el otro día en la charla muchos amigos, compañeros, arqueólogos y entre ellos un grupo de vecinos el pueblo de Bernuy muy interesados en conocer este lugar, orgullosos del dolmen y de toda la belleza que se extiende sobre la vaguada, los montes y altozanos, recordaban el momento de la excavación en un lugar destacado de su infancia en el pueblo.

Abrimos en las excavaciones el suelo para leer sus secretos, y lo que vamos viendo, estudiando, analizando nos va contando muchas cosas. Al leer vamos también viendo como el libro se va como polvo soplado, volando y desapareciendo. Un libro muy delicado, único que no es nuestro, que era de nuestros antepasados y queda como patrimonio para el futuro. Un libro abierto en este dolmen donde leemos cosas de los moradores, de sus galerías de la muerte, allí se enterraban sus huesos calcinados en vasos de cerámica hecha a mano y cocida en hornos primitivos, con el ajuar que iban a necesitar, puntas de flecha de sílex, cuentas de collares de bariscitas y talco, con trozos de cuarzo cristalizado que junto con el fuego les hablaba del mas allá construyendo un mundo de creencias en su mente. Materiales estudiados profundamente en la memoria de la excavación por F. Fabián. 1997.

Comencé la charla con unos versos de Ida Vitale,

CREES descubrir lo secreto

_ donde lo oscuro compite con el azar y repite

sus modelos en secreto-

tocando un cielo concreto

con manos de ilusión…

Al leerlos en estos días de nuevo aterrizaje en las cosas de hace milenios, siento que ese círculo mágico que envuelve la mente de los hombres del neolítico, del calcolítico… desde lo oscuro del fondo de la cata arqueológica nos va metiendo también en su movimiento, y lo vivido hoy se encuentra también inmerso en un movimiento imparable que desde hace milenios nos empuja.

Este lugar de Bernuy es muy especial, el cielo se tiñe de colores majestuosos en su declinación, así también lo vieron estos pueblos que se enterraban ahí, unos tras otros con una secuencia de miles de años que abarca desde el neolítico (4000-2000 a.C) pasando por el máximo esplendor del Calcolítico (1.700 a. C)  con algunas intrusiones del mundo Campaniforme y terminando en la edad del bronce ( 1.500-1.200 a.C). Cielo abierto desde la salida del sol que iluminaba con sus primeros rayos el corredor. Campos encharcados en primavera que se volvían secos y agrietados al fin del verano. El paso de las aves, y el camino de los animales. Una zona amplia de clara significación en sus creencias, con círculos megalíticos, dolmen y santuarios al aire libre con pinturas en Ojos Albos.

Pasear es una invitación a la aventura, no sólo por la orografía, la belleza de los campos y su singularidad, como por seguir la huella del hombre, que se impresionaba con ella y la dominaba, extendiendo sobre el mundo su mirada, inteligencia y emoción.

Amemos un poco mas nuestro patrimonio arqueológico, dejemos a los arqueólogos abrir el suelo para saber algo mas del pasado, mensajes de hombres de hace milenios que nos aportan mucha sabiduría y belleza en sus monumentos y en toda su cultura material.

 

DE CENA CON LEONARDO

 

Hace unos días me encontré de viaje familiar ante el fresco de la Ultima Cena de Leonardo Da Vinci en el Monasterio milanés de Santa María delle Grazie. Y como me ha pasado en otros lugares donde se exponen sus cuadros, me pregunto qué es lo que tiene para causar tal efecto de masas hoy en día tantos siglos después.

Igual que en otras ocasiones, en el Louvre o incluso durante el curso sobre la Gioconda del Prado tras su restauración, creo que esta fascinación tiene que ver con las proporciones y el estilo. La mirada, el sfumato y las dimensiones y sobre todo porque a todos los que las contemplamos nos mandan mensajes. Intuimos que hay siempre algo más detrás de lo que vemos.

El fresco de Cenáculo abre con su trampantojo la pared del antiguo comedor o refectorio de los monjes, creando una falsa perspectiva que nos mete dentro de la escena, colocando los personajes en la verdad y la cotidianeidad, por sus proporciones casi humanas. Dirías que hay una mesa más en el comedor, y que allí está Jesús, y curiosamente como comensales estamos también los visitantes.

Parece que Leonardo utilizó una técnica de óleo y no al fresco que está causando desde hace siglos muchos problemas de conservación. Utilizó esta técnica por algo que desde esta visita entiendo, él quería y así lo hizo, estar mucho rato pintado y recreando la escena, interactuando con la luz que desde las paredes del comedor iba moviéndose. La rapidez del fresco no podía ir acorde con este modo de proceder casi meditativo. Es como si la escena estuviera allí antes de que Leonardo la pintara, y él iba poco a poco como un arqueólogo levantándola en este caso a base de pinceladas, y color, veladuras, y movimientos.

Pintada por encargo de su patrón el Conde Ludovico Sforza en 1597, después de un largo estudio que empezaba como en cada cuadro suyo, tomando apuntes a lápiz en un cuaderno por las calles, tabernas y las tiendas.  Iba viendo en cada modelo cómo la luz caía por su rostro, y qué era lo que anímicamente transmitían para ir confeccionando ese puzzle tan complejo y bello de los protagonistas de la escena. Esto nos lo cuenta él mismo en su “Tratado de pintura”, ligando los movimientos de las figuras con sus estados de ánimo, tratando de detener el tiempo, y hacerlo eterno, en ese momento en el que Jesús les dice que uno le va a traicionar, pese al banquete y la camaradería de ese día de fiesta.

 

Hoy en día, entendemos muy bien que es ese “quedar a cenar”. Es una parte importante de nuestro tiempo de relax y de la dinámica social.  Y la comida al menos en España nos une, celebrando todo alrededor de una mesa. Hay estudios minuciosos de recreación de qué alimentos había en la mesa y en la época de Jesús.  Nos indican que comían mucho menos que nosotros ahora, y era el pan el alimento básico, recordamos que ya Homero definía al hombre como “comedor de pan”. Se prohibía tirar migas, o poner carne roja encima y como sabemos por las escrituras no se podía cortar sino partir con las manos.  Los granos de trigo eran también aderezo para las carnes y se hacía con ellos una especie de “polenta” o “pulens” al modo romano. Tortas de trigo e incluso buñuelos fritos en aceite y recubiertos de miel. Aceitunas, frutas frescas y secas como los higos y las granadas, … Platos con salsas y hierbas aromáticas, hierbabuena, ruda, coriandro, romero silvestre en ramitos para aderezar junto con la sal y la canela. Ajos, alcaparras y cominos.

En estos días de fiesta me he acercado nuevamente en mi recuerdo a este lugar, como seguramente se acercó en vida la bella Beatriz del Este, patrona y amiga de Leonardo, cuyo retrato mira ya para siempre la escena.  Y me sorprende que en España haya tanta devoción por la Semana Santa, y tan poca recreación de este momento que como le pasó a Leonardo nos remueve muchas cosas por dentro, a nosotros que nos gusta tanto quedar para cenar. Quizá esto es así porque esta escena está pintada a nuestra escala, nos introduce y nos lleva inevitablemente a vernos reflejados en algún personaje, buscando sin duda nuestro lugar. Un lugar y una figura que es móvil porque todos pasamos en momentos, por ser Judas, Pedro o Juan que está retratado de forma femenina, como mostrando también el lado maternal del mundo, representando a María que luego fue su madre y amiga.

Más que fijarme sólo en este momento que lleva a cada figura al borde del precipicio, me centro en la auténtica hora de la verdad. Me recreo con el momento en la amistad y alegría que aparece retratado, en la belleza de lo cotidiano como esta reunión de amigos por Pascua.  Con esto, avanzamos en una nueva visión más serena de la Pasión, lejos de ese “Sentimiento trágico de la vida” que D. Miguel de Unamuno analiza en los españoles.

Como recuerdo de la visita traje puntos de libro con el hombre de Vitrubio, y creo que esta es la imagen de Leonardo, de todos aquellos que ponen al hombre en el centro del mundo. Esto es lo que nos fascina de él. Muchas veces necesitamos bajar al suelo para desde allí mirar, vislumbrando al hombre como el centro del universo, y comenzar así a construir desde allí nuestra mirada. Sentarnos en el comedor, y con los monjes compartir una cena, comiendo peces, con panes y copas llenas

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Este pensamiento con el que abro mi artículo es de la gran poeta Ida Vitale, de su poema Patrimonio. Desde que ha terminado la Barcelona Mobile Word Congress, tengo como una mala digestión, ¿o será un dolor de cabeza? Y no sólo por el espectáculo lamentable de algunos políticos que nos saben cuál es realmente su lugar en la esfera nacional e internacional, y llevan su mala educación a cualquier parte. Las fotos con esas caras con las que poder escribir una novela de cada una, el rey, Soraya, Ada…parecen tomadas de la Ultima Cena de Milán.

Pero lo que me lleva a este malestar es algo de mucho más peso y que ocupa ya un lugar en nuestras casas, en nuestra cabeza, me refiero a la era digital con todas las innovaciones de los smartphones.

Los teléfonos de ahora son otra cosa, con sus asistentes personales nos van indicando la señalización de un evento, las listas de tareas, incluso las metas. Siri ya forma parte de la familia, y a ella recurrimos para casi todo. Ahora mismo le digo. ¡Oye Siri,! ,¿qué música está sonando ahora?, y me responde al cabo de unos segundos Pagodas por D. Barenboin. ¡Me parece de ciencia ficción!

Ya estamos dentro de la inteligencia artificial, donde los estudios sobre las redes neuronales han entrado sondeando dentro de nosotros, en nuestra psique, deseos, gustos, fobias, placeres, son elementos del estudio.

Mi preocupación es este panorama está del lado de los indefensos, los más jóvenes e inexpertos vitales. Dejamos a su alcance los smatrphones, las tablets y si bien es cierto que algunas aplicaciones desarrollan la rapidez mental, matemática, visual, mejorando el aprendizaje en algunas cosas, hay en todo esto muchas lagunas. Da tanto pánico dejar abiertas las puertas del mundo a unos niños a los que no dejamos ya ni salir a jugar y merendar en el parque más cercano solos. Queremos que lean para educarse mejor, y damos muy mal ejemplo, nuestras casas están barridas de libros, vamos con el teléfono hasta el baño, y pasamos largos ratos incomunicados con los de casa y sobre -comunicados con los de fuera. Se llega incluso a hablar ya de “huérfanos digitales”. Delegando en Siri y en sus amigos a nuestros hijos, como si hubiéramos encontrado nuevas niñeras, me pregunto dónde queda la verdadera educación, la que hace a los hombres ser realmente humanos, me refiero a los afectos, a la línea divisoria entre el bien y el mal, a la belleza de la singularidad que va más allá de los moldes establecidos, al pensamiento crítico.

Tendremos que decir a los jóvenes quienes son los amigos, los verdaderos, no aquellos miles de las redes sociales. Enseñar a vivir de veras, sin necesidad de referir mensajes, de mostrar continuamente quienes queremos ser, y ser quienes en verdad somos, con todas nuestras valías y fallos. Decir a los demás que la conversación siempre está abierta con los amigos, que a cada poco hay que completarla en persona con un café, y así vivir y avanzar por la vida.

Realmente yo soy una persona como dirían los gurús de Barcelona, analógica porque patino mucho con las nuevas tecnologías. Y soy así porque me encantan las agendas y apuntar a mano mis cosas cada día, y poder pasar un rato delante de la agenda de  acuarelas de Edith Holden cada día sintiéndome tan afortunada, viendo cómo en marzo ya despuntan los narcisos y los gorriones comienzan a volar racheando en las ráfagas de viento. Y me empuja a salir al campo, más que a pasear, a vivir.  Me gusta llevar bolsos grandes donde siempre va algún libro, para pequeños momentos de placer y lectura, y libretas donde escribir un poco, acuarelas para garabatear algo… Creo que la vida hay que vivirla desde nosotros, y hacerlo de verdad y de manera radical, como lo hizo Edith Holden que murió joven y recién casada al intentar coger unas flores que nacían y florecían al borde del rio Támesis entre brotes de nogal.

Realmente estoy tan de acuerdo con este poema de Vitale, si, sólo tendremos lo que hayamos dado/ Y qué con lo ofrecido y no aceptado, / qué con aquello que del desdén reduce/ una vana voz, sin más/ ardiente ántrax que crece/ desatendido, adentro?

Un ántrax que crece por dentro, que explota, que bulle, es la vida y toda la emoción por vivir, y la capacidad de amar que tiende siempre a salir. Algo que ni Siri puede vislumbrar de lejos, lo que somos, nuestra alma y nuestro corazón tan sensible.  Y si, sólo tendremos lo que hayamos dado.

Mientras nieva, hiela y hace un frio tremendo me acomodo tranquilamente tras los cristales. El panorama es bellísimo, con los árboles cargados de nieves en sus ramas, el hielo acristalando los paseos, la luz rasgándose entre las nubes a ras del suelo. De la manta helada del invierno me levanto disfrutando con todas las plantas del mirador.  Emprendo así un paseo por el campo en una maceta, la eterna primavera, el aroma de la tierra mojada, la gota de riego brillando entre las hojitas que del crudo invierno se refugian. ¿Cómo disfrutaban nuestros antepasados, cómo iban metiendo el campo en casa?

Un paseo que me lleva a lo largo de la historia olfateando tierra húmeda, matas, hojitas y flores como un sabueso en medio de la estepa helada: el disfrute de lo natural recluido en el interior, en el claustro de la vida diaria. Nos hablan ya de esto los antiguos romanos en los restos de la sepultada por el volcán Pompeya con sus casas construidas con patios ajardinados en el interior, el trabajo topiario en mirtos, boj, lentiscos, y plantas con flor como las adelfas y los rosales Damascenos. Plantas para acompañar las oraciones y el tributo a los antepasados, los lararios domésticos, y los jardines sagrados con esculturas de dioses entre árboles de sombra. Plantas aromáticas para cocinar, verduras y hortalizas.

Me remonto a Egipto para seguir el rastro de las plantas pequeñas, aquellas que acompañaban la vida de las familias, con sus huertos en la vega fértil del Nilo con sus limos. Habitando junto a los grandes jardines de los faraones que se extendían, agigantándose por momentos.  Recuerdo las escenas talladas en los relieves de las tumbas como la de la reina Hatshepsut del Museo del Cairo, que nos muestran el viaje al país de Punt, contándonos cómo amaban las variedades botánicas y cómo disfrutaban de ellos en esta y en la otra vida.

Hay restos de macetas de terracota ya desde Grecia, arrastrándose hasta nuestros días entre patios ajardinados, donde se plantaba entre fuentes y cauces de agua. Me acuerdo de los árabes con toda su delicada sensibilidad, dejando a la naturaleza invadir las partes centrales de sus palacios, sus lugares de ocio, de placer, los negocios y asuntos caseros, las amistades. Los patios floridos como manifestación del poder y su vivencia de la naturaleza a diario, plantas y sobre ellas, arcos y artesonados llenos de filigrana y belleza. Naranjos, jazmines, madreselvas entre cipreses, cedros y palmeras.

Las nuevas variedades que ya desde la conquista de América se iban trayendo para estudiar nuevas especies, dieron lugar a los jardines botánicos, algunos con patrocinio real como El Real Botánico de Madrid levantado sobre El Jardín de Migas Calientes, en el trabajo ingente de José Quer y Martinez.  Los jardines y huertas eclesiásticas plantadas a la sombra de las abadías y monasterios pobladas de Abrotanum, Ambrosía, Menta, Nepeta,…

La historia mantiene su pulso en las plantas como en todo lo demás. El disfrute de las plantas a nivel individual y el proceso que ha llevado a llenar nuestras casas y miradores de plantas de procedencia, floración y follaje increíble, abarcando todo el planeta está nuevamente relacionada con el desarrollo de las revoluciones industriales y el nacimiento de la clase media burguesa. En el s XIX las plantas de interior comenzaron a estar a disposición de la gente. Los invernaderos y Orangeries llenaban los parques de belleza, y dentro de las casas se comenzó a coleccionar plantitas, helechos, plantas crasas, palmeras, nuevas variedades de orquídeas, para el disfrute personal.

Ahora nos encontramos rodeados de una variedad increíble de plantas, de orígenes tan diversos, americanas muchas de ellas, asiáticas, llenas de interés, floraciones increíbles, y llenan así la parte de dentro de casa de vida natural en estos días terribles de frio.

Dice el investigador Daniel Chamovitz en su conocida “ What a plant knows” que las plantas debido a su falta de extremidades inferiores locomotoras, desarrollan habilidades para subsistir, y la relación humano-vegetal se refuerza, con transferencia de energía, estableciendo relaciones hasta ontológicas. Y esto es así, y me encanta que un estudio tan reputado como este fraguado en su doctorado en Yale llegue a decirlo claramente. Poder abrir las puertas de casa a la naturaleza, sobre todo cuando estamos castigados con tan crudo clima. Caminar con nuestro espíritu olfateando las flores de las gardenias del salón, es como volver a lugares naturales especiales en un momento … a la pradera esa que pintó Waterhouse con las jóvenes descritas por Bocaccio en el Decameron, mirando a Fiammeta:  “ Estaba tal lugar sobre una pequeña montaña, por todas partes alejado de nuestros caminos,… “  lugares mágicos en la naturaleza, dentro de nuestro interior.Y todo tras los cristales de casa. Un jardín en una maceta, sólo para nuestro disfrute que llega tras una larga historia llena de amor por la naturaleza, buscando formas para plantarla cerca de nosotros, en nuestra casa, ciudad, templo, jardín, paseo, monasterio, invernadero, parterre diseñado por Gertrude Jekyll, senda florida, jarrón de flores, maceta de aromáticas, abetos, rosales en flor, … Ya sabía de antemano que al hablar de plantas tendría que terminar con puntos sucesivos …

Articulo publicado en el Diario de Ávila. 8 de febrero, 2018

 

 

 

Mientras nieva intensamente y las calles de Ávila parecen salidas de una postal invernal, me acomodo en la biblioteca con un nuevo libro “En la ciudad líquida” de Marta Rebón. Ya el título y el que sea la reflexión de una reputada traductora de los grandes escritores de lengua rusa, Dostoievki, Navokov, Pasternak, Tolstoi, Gógol, es una tentación en estos días tan blancos. Me atrae esa imagen conceptual de las ciudades como mares de líquido, donde no sólo se han sumergido y siguen haciendo los escritores, los artistas, los pensadores, sino donde nos sentimos todos dentro. Exponer esta imagen en otro lugar del mundo, quizá requeriría de una explicación un poco más detallada, pero en Ávila todo esto no hace falta describirlo, porque lo que hacemos es vivir dentro de todo este fluido que como mar o laguna invade la ciudad, y hace que en ella se refleje el cielo azul, o blanco en estos días de ventisca de nieve.

A veces cuando miro las murallas, callejeando, fijándome en los detalles de las fachadas renacentistas, las imbricadas filigranas de hielo que entre el granito se abren como vidrieras de otro mundo, pienso y en esto parece que viajo, que por aquí pasaron seres tan especiales y únicos como nuestra Santa arrastrando a la iglesia con su arrojo femenino; como Juan de la Cruz mordido por el Cántico en la punta de la lengua, recitando para dentro; Gógol vestido con una sotana enganchada en melodías y polifonías tan rasgadas. Guido Caprotti mirando aturdido al sereno del cuadro, con el aliento helado y la imaginación volando sobre la nieve, la ciudad y el cielo; A veces me gusta arrastrar los pies hasta San Segundo mirando el santo que el Adaja refleja y viendo cómo se llevan las aguas su imagen esculpida en alabastro y el bíblico barro que él pregonó. Aranguren tras los rebaños de vacas en los peñascos graníticos que como miradores ofrecen sus asientos a los pensadores; Rafael Arnaiz, con su cuadernito, dibujando, rimando, volando por ahí.

Compara Marta su trabajo de traductora con los quehaceres de un buceador, un hombre rana que pertrechado con diccionarios a modo de linterna, y de un fusil para cazar palabras, trabaja en las entrañas de un mar de letras. Pero muchas veces entre palabras, aparecen otras cosas de muy difícil traducción: el silencio, la separación, el tiempo, los estados de ánimo. Ese mar que vemos sobre todo entre los versos de un poema, entre las notas de una canción. ¿Cómo podemos transcribir, poner en claro, dar a conocer esos espacios en blanco, el aire con el que se inflan los pulmones entre dos movimientos de una cantata? Simplemente intentarlo ya es algo, saber que existe es un regalo.

Sentarte en un día como estos de invierno, abrir sus libros, o cerrar los ojos sumergiéndote en una composición musical. Seguir con tu interior los vericuetos caminos del espíritu, yendo a calentarte a ese lugar donde nunca hace frio, al líquido del interior.

Hace años que leo la literatura rusa de la manos de Navokov en su “ Curso de literatura rusa”. Cuando baja al fondo del mar en la obra de Tolstoi, nos abre su vagar por ahí, y la búsqueda de esa “ verdad esencial” , ístina, una de las pocas palabras de la lengua rusa que no se puede rimar. No tiene pareja verbal, y se sitúa entonces en esa oscura roca del fondo en este buceo vital.  La mayoría de los autores, los pensadores, místicos, artistas, han puesto un tremendo interés en descubrirla, y en irla mostrando con su arte, con su mente, con sus palabras, con el camino de sus pasos, con las manos constructoras de muros, murallas y catedrales. Para Pushkin era de mármol, Dostoiesvki de sangre, Chéjov mantenía sobre ella una mirada pasmada mientras se adentraba en un paisaje brumoso de frías estepas nevadas. Tosltoi fue directamente hacia ella como Teresa, con la cabeza baja y los puños cerrados, encontrando el lugar y en él encontrando la cruz.

Miro ahora la ciudad nevada, los atascos y resbalones, los destrozos de la nieve en este temporal que nos sitúa en dónde estamos en relación con la naturaleza madre de los cielos blancos. La que sobre las almenas se levantan reflejándose en el rio helado que abajo se recrea mirándola. Todos estos elementos mojan, nos van calando como el líquido al que nos exponemos al vivir aquí, al deambular por estos lugares. Líquido bajo el que se encuentra la roca helada y brillante, diamante del interior.  Las casas por donde vivieron Victoria, Teresa, Jose Luis. Los llamadores de sus puertas, el alfeizar de sus ventanas, las cuestas por donde paseaban. Ávila nevada, eterna, llena de mares estrellados en el cielo, rocas, cantos, santos. Ávila, ¿nos atrevemos a preguntarnos si eterna? Solo tenemos que ponernos el buzo y sumergirnos en su líquida verdad.

Artículo publicado en el Diario de Ávila el 11 de enero de 2018

 

Boris Pasternak

Hay que vivir sin imposturas…

Hay que vivir sin imposturas
Vivir de modo que con el tiempo
Nos lleguemos a ganar el amor del espacio,
y oigamos la voz del futuro.

Hay que dejar blancos
En el destino y no en el papel
y en los márgenes anotar
Pasajes y capítulos de la vida entera.

Debemos sumirnos en el anónimo
Y ocultar en él nuestros pasos
Tal como se oculta el paisaje
Tras una niebla espesa.

Otros siguiendo tus huellas, frescas
Recorrerán tu camino palmo a palmo,
Pero tú mismo no debes distinguir
La derrota de la victoria
No debes renunciar ni a una brizna de ti mismo.

Tú debes estar vivo.
Solamente vivir
Hasta el final.

 

 

 

 

POR DÓNDE VAGARÉ

Cuando me enteré de la muerte en septiembre del poeta norteamericano John Ashbery, (1927-2017) tuve la sensación de no haberle nunca entendido, de que por donde el “vagaba” yo nunca había vagado. Conocer las Consolaciones de Listz por él me había enganchado a sus cosas: yo tampoco me he consolado mucho con ellas, quizá un poco con las de tono menor. Considerado como uno de los poetas más grandes de la literatura actual, comparándole con Wallace y con Whitman, sus poemas me producían un torbellino del que me sentía fuera al finalizar los versos. Sabía que era un camino poético diferente, sentía que era también mío pero que algo me lanzaba fuera inexorablemente.

El otro día me comunicaron que los chicos de la Casa Grande de Martiherrero querían hacerme su embajadora. La impresión y la responsabilidad me ha lanzado de manera increíble a los brazos poéticos de Ashbery. Es como si ese “¿por dónde vagaré?” se hubiera convertido en mi interior en una especie de mantra.

Tengo esa sensación de que la maraña de palabras que de los versos se lanzan y que sentía como un vendaval sobre mí, ahora como ligera nieve van cuajando, levantándose y mostrándome su belleza y lo radiante de su verdad.

“Sigue una cosa a otro toldo en el horizonte de acontecimientos. Al marchar cambia una vida de tema. Tenían sentido unas cosas, otras no. No esperaba morir tan pronto. En fin, supongo que tenía que haberme tabulado de algún modo. Había hablado de escribir en tu pierna ,…” Heavy home, 2005.

La llegada a la Casa Grande de Martiherrero te traslada en un momento a otra época cuando era sanatorio para la tuberculosis. Esperas ver por allí enfermeras con cofias blancas y largas tertulias de enfermos en los miradores. El jardín con sus altos árboles, que dejan en el verde un montón de caminos laberínticos por donde vagar. Pero cuando traspasas de veras su puerta, comienzas a hablar con los cuidadores, monitores y los chicos, sientes que eso es lo grande que como adjetivo va a las espaldas de su nombre. De ser una casa de reposo y curación se ha transformado en algo grande, lleno de humanidad que palpita, porque los que por allí viven, los que trabajan cada día en estos largos salones, se quieren.

Hablamos en estos días mucho de amor. Una palabra que queremos que ocupe, como decía Wallace Stevens el lugar de una montaña. Allí la ponemos, y estos días prenavideños la decoramos con luces, la vestimos de regalos. Me pegunto qué es el amor, y en qué consiste.

Creo que podría escribir con todo en estos días de descanso navideño un poema al estilo de Ashbery. Usando imágenes impactantes, como piernas escritas con amor en cada sala de fisioterapia. Diciendo que los toldos que vemos desde la carretera son realmente tejados fuertemente construidos para proteger a este lugar de la inclemencia del tiempo, de la crítica, el egoísmo y la indiferencia. Expresaría de algún modo poético que muchas cosas no tienen sentido en mi vida pero que habitan junto a otras que poco a poco se van levantando como casas robustas: estar al lado de los más sencillos y necesitados tiene cada día más sentido y verdad.

 

Dice Andrés Ibañez que no se lee un poema como otro texto, novela o artículo. Un poema se lee, soñando. Pasan entonces las palabras a ese lugar de penumbra entre la luz y la ensoñación, un lugar que cuando lees así de manera profunda y dormida, se queda dentro hasta que un buen día algo los hace resurgir y tienes la certeza de que siempre han estado allí. Los títulos de los poemas de Asberry pertenecen a ese tesoro que se esconde en lo hipnótico de mi ser, como este “por dónde vagaré”. Leer un poema es ajustar los ojos a la profundidad a la que queramos mirar.

El otro día recorriendo el centro con su directora Pura Alarcón y con Esther Martín, viendo con sus ojos todo aquello, dejando que sus palabras y sus gestos tan llenos de amor me salpicaran, sentí que por estos pedregosos lugares de la sierra de Ávila, lo que la lectura de la vida nos deja es algo cercano al granito, a sus musgos y a la luz. A la verdad en palabras de Teresa de Jesús, que da también el nombre a todo. Y es que ella parece también vagar por estos lugares, como de la mano de estas amigas. Granito que brilla al sol más que un fino diamante, lleno de durezas y de belleza. Parece que sus palabras sobre esto aún nos salpican, la belleza de los seres humanos está en nuestro interior, y allí somos tesoros y hermosura. La de los que levantan este centro con su trabajo, apoyo y tesón. Los que ayudan económicamente, los que se acuerdan de ellos, lo que por ellos oran, los que trabajan en definitiva por la paz. Creo que todo lo que la realidad de este lugar nos envuelve, se queda vagando en el interior. Podremos escribir un día un largo poema lleno de inconexas palabras que como copos de nieve formarán una silueta. Una roca brillante de hielos en forma de corazón.

Articulo publicado en el Diario de Ávila el día 14 de Diciembre. 2017

LA VIDA PRIVADA DE LOS OBJETOS

Lo que cuentan los periódicos y brama en los informativos, este momento que vivimos lleno de noticias convulsas se parece a la superficie del mar. A veces se cristaliza y se plasma en noticias.  Así, con su capa dura como el hielo impide que veamos otra historia que a la vez va moviéndose por debajo, la intrahistoria. Llevo unos días siguiendo a D. Miguel de Unamuno en su ensayo “En torno al casticismo” (1895). Allí habla y dibuja la intrahistoria, de la que forma parte nuestro día a día lleno de hechos y de datos, como un fondo de mar.

Hace unos días leí la reseña de un nuevo ensayo sobre las hermanas Brönte de una catedrática de literatura norteamericana, D. Miguel de Unamuno. Lo que me tiró a intentar conseguirlo y devorarlo, fue un título de sus capítulos que decía “la vida privada de los objetos”. A partir de un estudio minucioso de ocho objetos que la autora de “Cumbres Borrascosas “y sus hermanas tenían, nos muestra la vida real, la de su casa en Haworth: los libros diminutos que iban elaborando y escribiendo; los utensilios de la cocina cuya mesa a veces era el escritorio con sus mondas de patatas; el bastón de los paseos con su cajón de escritura y su taburete de campo;  las mascotas de la familia; los pliegos de papel y los recortes de viejas revistas; los álbumes de recuerdos, y un montón de reliquias muy del s. XIX como pequeños amuletos del cabello de un ser amado, conchas de mar o pequeñas piedras rodadas. Todos ellos constituyen esa intrahistoria que Unamuno llamó fondo de mar. Con ellas podemos rastrear y revivir en cada página la vida real de las tres escritoras geniales, y cómo su oficio nació en sus juegos entre hermanos que intentan por todos los medios a su alcance, librarse de la sombra cruel de la muerte que los rodeaba, y pasar el rato en una casa sin televisión, internet, ni luz eléctrica. Una casa recién salida de un cuadro gótico, con un cementerio como jardín, y estrechas habitaciones casi siempre húmedas y frías, donde la familia del clérigo se criaba, rodeada de llanuras pobladas de mantas de brezo sacudidas por un viento tan racheado como frio.

Conocemos así una página de la historia de Gran Bretaña en el S. XIX, de la verdadera, la de las casas, el pensamiento, el arte y la espiritualidad. Y entendemos mejor a Emily en su obra maestra “Cumbres borrascosas”. Una novela que se sale del marco del Romanticismo, se desborda, transformándose en un bisturí que va recortando los personajes.  Todos tan variopintos, azotados en su interior por vientos tan helados como los que soplaban junto a la Granja de los Tordos. Nos sitúa al lado del territorio del Sr. Heathcliff, cuyo poder empático y turbulento envuelve como un torbellino la historia y toda la obra, hasta hacernos sentir a los lectores que a veces azota también el sillón de casa donde seguimos cada página con devoción.

Una intrahistória de lo real leída en objetos que los lectores de todos los tiempos han guardado como reliquias, dejando que su fondo e influjo los acercara a las historias y a las autoras. Algo así nos ocurre aquí con nuestra Santa, tenemos cerca de nosotros sus cosas y podemos sumergirnos en su mar, en un paseo por la ciudad, tocando las calles por donde deambuló, la pila donde se bautizó, las baldosas de barro del suelo de su celda, el confesionario donde se arrodillaba. Nos envuelve por completo, sobre todo cuando, como en el caso de las Brönte o la Santa hemos leído sus escritos y poco a poco queremos pasar al otro lado del escritorio y colarnos cerca de ella, bajo la misma luz que de la ventana abocinada de su celda se colaba.

Apuesto desde hace años por una museología basada en estos conceptos, porque creo que los objetos nos abren estas puertas reales de conocimiento, por donde avanzamos de una manera mucho más vivencial, real y profunda. Al saber cómo escribió Santa Teresa, sentada sobre sus rodillas y que cada página de sus escritos está perfilada por una pluma de ganso hecha en casa, escribiendo de noche tras una jornada agotadora, valoramos sus escritos desde su génesis y con ella seguimos su travesía vital de otra manera. La conocemos en su vida.

Miro las noticias que van a definir nuestra historia de hoy, y cuando bajo al fondo de nuestro mar, me encuentro que el rastro que dejamos, los objetos son tan poco materiales, redes, nubes de datos, conversaciones on line, … ¿Qué vamos a dejar?, me pregunto, sin cartas, sin tierra, sin barro de verdad. ¿Qué van a pensar de nosotros en el futuro? Ahora siento que un aire racheado y helador me recorre, como a los brezos de la casa familiar de Charlotte, Emily y Anne.

Articulo publicado en el Diario de Ávila. Jueves, 16 de noviembre, 2017

LAS HERRAMIENTAS DEL SIMIO.

 

Las últimas fiestas de la Santa con la apertura del nuevo año Jubilar, ofrendas, misas multitudinarias, oraciones, música clásica y conciertos, ha llenado la ciudad de energía. Tenía esa sensación de que toda la muralla se transformaba en un instrumento de cuerda y comenzaba a sonar, tensándose en cada interior, haciéndonos rebotar a todos con esa mezcla de alegría y emoción. Una música viva que nos rescataba por minutos de este momento histórico duro y lleno de sinsentidos en la política, el desgarro social, con el desafío de los independentistas catalanes. La música es algo mágico, a veces nos conmueve, nos transmite armonía, belleza, y otras logra desasosegarnos. Música que nos envolvía porque nacía de nosotros, de nuestro interior. Éramos música sobre el suelo, éramos melodía, éramos ritmo y en todo se reflejaba el sol.

Estaba estos días leyendo el libro de Nikolaus Harnoncourt “Diálogos sobre Mozart”, dejando hablar a este músico tan especial, auténtico, talentoso. Una reflexión que parece encajar tanto en lo vivido estos días, de cómo la música, pertenece a otro modo de pensar distinto del puramente lógico y racional, un mundo real a donde podemos llegar y vivir. El modo de pensar que hace al hombre lo que es, separándolo del simio, cuando nace en él todo, el pensamiento imaginativo, el modo de pensar del arte, el del corazón.

Teresa de Jesús es una mujer incapaz de escribir, de contar algo que no se haya decantado ante ella como un alambique, decantando gota a gota una experiencia concreta, en una progresiva identificación del mundo que la rodea. Dejó su espíritu libre para que pudieran nacerle alas, como así ocurrió transformándose de gusano en mariposa. Una mariposa de papel, del papel de mi libro, del vuestro, del de todo aquel que la lee.  Una mariposa posada en un libro vivo. Todo este proceso empezó a romper cadenas y moldes en su interior, a crear un nuevo lugar dentro de sí donde vivir, lejos de palabras gastadas, lejos de prejuicios academicistas, de objeciones teológicas, de aquellas voces que la llamaban fémina inquieta y andariega en un sentido de crítica. La libertad nos dice, está y comienza en nosotros, y el lugar donde habita la sabiduría, esa que habla al interior, el espíritu que la rodeaba, está en la caverna oscura y silenciosa donde habita el amor.

Esta capacidad de dejarse hacer, una manera de avanzar en este camino de la existencia, es también reflejo de la libertad interior, de aquel que va intuyendo que lo que armaba su vida, su propio caparazón le impide respirar con verdad, y que rompiendo moldes está más capacitado para comportarse como una arcilla mojada en un día lluvioso de octubre: permeable, viva y polvorienta, con gotas, con hojas que flotaban, con algas, con la luz que poco a poco se posaba por allí.

A lo largo de la historia ha habido y hay personas como Teresa, que han sido maestras en esta otra manera de entender la vida, en las que el pensamiento está imbuido de su interior. Es el modo de pensar del corazón, del que surge el arte como manifestación de ese propio paisaje interior y de la búsqueda insaciable de la belleza, de la que está fundida con la verdad. Un nuevo modo de vivir y ser, para el que el lenguaje se queda muchas veces pequeño, como ceñidor de su mensaje. Hay realidades que sólo son abarcables desde la vivencia, no la razón ni el lenguaje lo describen. Experiencias que se viven a través de la emoción, que hacen al hombre verdaderamente humano. Experiencias como las vividas en nuestra ciudad estos días.

El ensayo de Harnoncourt se titula “las herramientas del simio”, en el que se pregunta cómo los hombres podemos vivir como tales tan alejados de toda capacidad de raciocinio emocional y espiritual. Y las herramientas que nos hacen despegar de esta situación, las que nos transforman por dentro se hayan ancladas en nuestro corazón, en la capacidad de percibir lo que nos rodea, en el deseo de vivir en la verdad, atentos y a la vez descansados. Como dice Rainer  Mº Rilke al final de su novena Elegía: “ Mira, yo vivo, ¿De dónde? Ni la infancia ni el futuro/ son menos…Existencia de sobra/ me mana en el corazón”, o en palabras de nuestra Santa “vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero”,…

Reflexión sobre el arte, el lenguaje y la naturaleza en la expresión artística de Carlos de Gredos. Los incendios de Gredos  de estos días y sobre los delincuentes de lo natural, los pirómanos,…

Muchas veces ocurre algo que ya estaba escrito, que las rocas mostraban, las matas daban forma, el aire allí se enredaba y la mirada con él, se paraba. Hay algo potente detrás de la naturaleza entendida en la plenitud esa que abarca junto con los árboles y los mamíferos, el pájaro carpintero, la libélula, la cigarra y el bolo de granito, la piedra caballera sobre el horizonte. Algo o alguien que mueve con su viento las hojas y las arremansa sobre la cortante, llenando sólo de manera racheada cada cavidad que el granito en su panza talla. Está escrito en el aire decimos y hay quien como Carlos de Gredos siente que está escrito también en roca madre, en cardo, el cencerro de mimbre, en hilo de luz cargado de cardos que hasta el infinito se mueve. Está escrito en la palabra esa que está viva y como legado de civilizaciones pasadas, historias, tradiciones y cuentos, nos llega a la boca, al cuaderno, a la canción, a la mente creadora como la suya. Reflexionamos muchas veces sobre el poso del tiempo, y el devenir de la historia que conforma nuestro pensamiento y articula cada civilización, y no nos damos cuenta que somos también los herederos del idioma, de las palabras que desde tiempos inmemoriales nos acompañan como pueblo, que nos relacionan con otros lugares, que amplían nuestro suelo en otras direcciones también nuestras.

Estaba el sábado pasado viendo la exposición que Carlos ha levantado en el patio del Colegio de Arquitectos de Ávila, al lado de la muralla, más bien cerrado por ella. La ciudad estaba bulliciosa al calor del verano que empujaba a todos a disfrutar de las piedras centenarias, los palacios renacentistas, la luz que se iba chocando por las iglesias para morir en el suelo. Y al encontrarnos en la entrada con los verracos comiendo y bebiendo fuego y agua tuve la sensación de que esas imágenes levantadas por Carlos en platos de acero bajo las esculturas, mostraban de manera potente e intuitiva lo que estaba comenzando a ser imparable, el fuego que arrasó laderas y bosques cerca de Hoyocasero, su hogar y lugar donde se asienta su museo al aire vivo llamado “Cerro Gallinero”. El círculo del que en la noche bebían fuego los verracos se transformó de sol de firmamento pacificador en fuego voraz que aniquila la vida y se la traga como un gigante devorador de sus propios hijos, como Saturno puesto en pie. Estaba escribiéndose, y así fue todo rodado.

Carlos es un artista muy especial con el que me une el amor y la contemplación de la naturaleza como enigma de vida, motor de crecimiento personal y fuente de la belleza sin par. Lo natural tal y como es, lejos de los estereotipos. Ávila, su sierra, las peñas graníticas que como grandes vacas pastan en las colinas, la sierra oscura preñada de tomillo, los piornos con su embriagador y ácido perfume llenando de amarillo lo gris, lo pardo, lo dormido. Salir a la sala de exposiciones más impresionante que el hombre tiene en el campo, detrás de su casa, bajo la bota al pasear, entre las cabras perdidas en el risco, bajo los cardos que flotando arman bolas mágicas en el horizonte. Carlos coge todo esto, y nos lo muestra perfilado, diseñado a la manera precisa de un arquitecto, cincelando la naturaleza, en proporciones perfectas, el equilibrio, la luz y la sombra que proyecta. La belleza que estaba siendo quemada en la sierra en ese momento, era la joya más preciada en el patio del palacio, los cardos, las santolinas, la luz que de lo iluminado se proyecta, el calor sofocante, el incendio vital que todo lo cambia.

Estos días hablamos y nos dolemos de tanto incendio, y siempre nos queda ese enigma de qué es lo que hay en el fondo del ser de los pirómanos, y cómo son capaces de disfrutar y sentir placer provocando incendios, muerte y destrucción. Dejando que los ríos no sean capaces de digerir tanto hollín, y que la lluvia de las tormentas resbale sobre lo quemado y como lágrimas recorra la superficie aún caliente. Las turberas encendidas de Menga, en esos prados que son como el firmamento donde la vista quiere pastar.  Esos delincuentes de lo natural no han visto nunca el entorno de su vida como lo hace Carlos, la belleza de aquello que queman, pisoteando con fuego el tesoro de lo natural que además del valor material que puede llegar a cuantificarse, tiene como mochila el emocional, la belleza, la propia historia, mi casa, el huerto de mi padre, el bosque lleno de mí mismo, mi propia piel.

¿Recuerdas Carlos esas divinidades bicéfalas que ponían los romanos en las puertas de sus casas, Janus?, así debíamos todos mirar por estas mirillas al poner un pie fuera, en el bosque de Hoyocasero, en la sierra de Ávila, en el camino verde de las Hervencias. Para darme cuenta que si lo mancho y degrado con basuras, lo quemo con gasolina, lleno las aguas de venenos y el aire de pesticidas, me va todo a mirar también a mi cuando asqueado de tanta mugre me siente en mi casa para descansar. Ya no podemos hacerlo, la imagen de lo quemado ahí está, y nos mira, y nos quema, y nos hace sufrir.

Una mirada poética en el verdadero sentido es la de Carlos. Articulada en las palabras que como dovelas construyen su mente, y que se muestran en la verdad, la piedra, el cardo, la tierra, el cable, la luz y el color. ¿Es poesía lo que tenemos a nuestro alrededor?, desde luego que sí, sólo tenemos que sentirlo así, y ser capaces como él de crear museos vivos en lo que nos rodea, sintiendo que eso es la vida y que en esta mirada se llena de ser y de verdad. Palabra y roca, cardo y mirada, verraco y vaca y berroqueña piedra sobre mi, las dualidades bicéfalas del interior. Arte y naturaleza, fuego y horror.

Publicado en el Diario de Ávila. sábado, 2 de septiembre, 2017

Ven, vive conmigo , y sé mi amor

y probaremos todos los placeres

que producen los bosquecillos, las colinas y los campos,

el bosque, o las montañas elevadas.

 

Y nos sentaremos en las rocas,

y veremos a los pastores alimentar sus rebaños,

por rios poco profundos, por cuyas cascadas

pájaros melodiosos cantan madrigales.

 

Y te haré una cama de rosas

y un millar de ramilletes frangantes

una gorra de flores y una túnica

todo bordado con hojas de mirto,…

Cristopher Marlowe

El pasado fin de semana si cogías un coche para desplazarte desde Ávila hasta Arenas de San Pedro, te encontrabas en un momento sumergido en una estampa del pasado, rotunda y dinámica, la trashumancia de las vacas que de Extremadura subían a los frescos pastos de Castilla. Subiendo el puerto al ritmo de los rebaños, sentías que el coche con toda su tecnología, tenía que acomodarse al paso de las vacas, y el motor parecía rugir como un mamífero mas.

La Sierra oscura del invierno se llena en estos días de luz, con los piornos florecidos, las flores silvestres de los barbechos, las praderas encharcadas que este año están mas secas de lo normal en estas épocas, los ríos y arroyos bajando entre rocas, espumeando el ambiente con su movimiento.

Parece que entras así de golpe a una parte de tu pasado que aun está viva y que te pide a golpe de cencerro que la protejas como parte de tu patrimonio, la Trashumancia, y que en ella descanses un rato. Hubo hace siglos un poderoso grupo de personas que unidas bajo el nombre de la Mesta, eran una de las organizaciones mas poderosas del país. Parece que procede etimológicamente del adjetivo mixto que significaba mezcolanza, personas de muy distinto tipo social y laboral formaban parte del mismo, de señores a medianos propietarios, aristócratas ricos y eclesiásticos , ganaderos pequeños y pastores. También puede proceder del vocablo bereber mechta, es decir las majadas invernales del ovino.

Esta asociación en Castilla tuvo mucho poder, incluso llegaron a tener la jurisdicción legal desde el reinado de Alfonso X que puso estos privilegios en 1273, en las manos de sus administradores, que se comportaban como verdaderos alcaldes.

Los caminos por los que atravesaban el territorio, las cañadas siguen tan marcadas en el territorio, con unos derechos sobre el mismo claros y rotundos, que hacen que ahora, muchos siglos después, incluso en esta época de las comunicaciones rápidas por medio del coche y el ferrocarril, sigan manteniéndose, y puedan ser las “autopistas” de las vacas que por ellas estos días se mueven.

Está la sierra preciosa, los ganados se mueven en la cañada conducidos por las caballerías, y los pastores pese al esfuerzo de las largas caminatas, vuelven a su verdadero oficio, y disfrutan.

La belleza de la sierra ha llevado desde hace siglos también a cantar todas estas cosas, dando cuerpo a un tipo de poesía que es la pastoril. Lo idílico del paisaje en primavera, ha llevado desde siglos a idealizar la vida en el campo. La sierra llena, con su capa de colores, habla en la boca del poeta de la belleza de lo natural, desde que el griego Teócrito creara este género poético, donde los personajes son pastores que buscan en la naturaleza el consuelo para sus males. El paisaje pasa de ser el fondo de la historia contada, a irrumpir como el protagonista, dando cuerpo al tópico del “ locus amoenus”. Virgilio cantó estos versos, y el Renacimiento castellano continuó en su rastro, con Garcilaso de la Vega.

Reconozco que esta “evasión pastoril” siempre me ha encantado. Sé de la dureza de la vida al aire libre, de las noches a cielo raso, el dolor de los pies desgastando sandalias, la soledad y el aire racheado , la lluvia, la nieve y el pedrizo. Las tormentas, las plagas y el desapego de los pastores de sus familias, compartiendo el tiempo con su ganado y el cielo que sobre ellos sienten que se cae. Releo poesía pastoril como esa tan bella de Christopher Marlowe(1564-1593) el eterno contrincante de William Shakespeare, que dice esto de “ ven, vive conmigo y sé mi amor,/ y probaremos todos los placeres/ que producen los valles, los bosquecillos, las colinas y los campos,/ el bosque , o la montaña elevada,/….y te haré una cama de rosas,…”

Estaba estos días metida en estos versos, recitando a la vez el Cántico Espiritual de nuestro paisano San Juan de la Cruz, viendo cómo estos idílicos paisajes son el fondo y el protagonista a la vez de mi propia vida y de la existencia de todos nosotros. Que todos los hombre somos realmente animales gregarios, y nos gusta vivir así. Que seguimos a los pastores que divisamos en nuestra cañada, y que esto que parece ser nuestra salvación y felicidad puede, y es a menudo, el pozo amargo de nuestra existencia. Pastores que guían pero a veces nos preguntamos que hacia dónde nos llevan y la revisión de los objetivos y metas nos dirige aquí o nos saca de allí. Decía San Juan a quien quería escucharlo que la mirada de Dios es el amor, ese pastor de las almas, mientras atravesaba media España a pie, calculan de mas de 35.000 kilómetros recorrió en su vida. Aquí está sin duda el filtro por el que pasar a cualquier pastor que aterrice en nuestras vidas. Un filtro llamado amor.

Realmente la actualidad tan llena de despropósitos, violencia, y terrorismo a veces no nos deja ver el fondo de la vida, de la nuestra, que en estos días se pinta con los colores de la primavera. Y sobre las rocas que berroqueñas se dibujan en el horizonte me gustaría recitar así en voz alta, “oye pastor, … vive con nosotros, y sé por favor nuestro amor”.

Articulo publicado en el Diario de Ávila. 29 de junio. 2017